Trump rompe todas las reglas del orden internacional, pero no muestra la menor capacidad para sustituirlas. Socava el entramado imperante desde hace décadas, sin forjar el sistema que imagina bajo su comando. Esa contradicción explica los interminables vaivenes de su gestión, sus marchas y contramarchas y la absurda verborragia que despliega todos los días.
El magnate ha intentado colocar a todo el mundo al servicio de Estados Unidos, pero no cuenta con las condiciones para materializar ese objetivo. Proclamó la captura de Groenlandia y la isla permanece fuera de su control, sugirió la anexión de Canadá y el vecino rechaza esa invitación y anunció una nueva denominación para el Golfo de México que todos desconocen. Trump no pudo tampoco transformar a Gaza en un apéndice colonial propio.
Construye un entretenimiento tras otro para ocultar ese tendal de fracasos. Sus críticos ya han acuñado el certero acrónimo de TACO (Trump Always Chickens Out), para describir como se va al maso. Luego de sufrir una vergonzosa paliza con China, viajó para mendigar negocios y tampoco obtuvo de Rusia su anhelada tregua en Ucrania. Soportó, además, los desplantes económicos de India, la indisciplina de sus socios europeos y la continuada permanencia de los BRICS. La monumental derrota bélica que acaba de afrontar frente a Irán corona esa impotencia.
Con amenazas y griteríos Trump disfraza el retiro que guía su conducta. Ese agachado patrón fue visible en su primer mandato, cuando luego de fanfarronear con duras represalias retrocedió frente a Corea del Norte. En su segundo tránsito por la Casa Blanca ha multiplicado un repliegue que pulveriza la credibilidad de su gestión.
DISFRACES DEL RETROCESO
Trump intenta resucitar un imperialismo a secas, puro, duro y despojado de todas las mascaradas liberales. Expone esa descarnada exaltación de Estados Unidos, sin el menor sustento para efectivar su proyecto. Por eso desplegó una ideología guerrerista y no perpetró ninguna invasión. En lugar de organizar las incursiones que sugerían sus amenazas, consumó actos de terrorismo carentes de proyección bélica.
En ningún caso se atrevió a desplegar tropas para hacer valer la resurrección imperial. Renombró territorios extranjeros, pero nunca los ocupó y enalteció el expansionismo sin incorporar ningún territorio a su país.
Su verdadera pretensión ha sido imponer tributos al resto del mundo eludiendo el uso de la fuerza. Pero esa dominación por mera amenaza, requiere una exhibición de poder que Trump no logra transmitir. Esa contradicción explica todas sus incongruencias (Foster, 2025).
Cuando desembarcó por segunda vez en la Casa Blanca, el magnate esperaba desenvolver una reducida intervención bélica externa. Tuvo especialmente presente la humillación de Biden frente a los talibanes e imaginó una reconstrucción de la maltrecha economía estadunidense, mediante cierto paréntesis en el intervencionismo militar.
Este rumbo soberanista no implicaba aislacionismo o desconexión del mundo, porque la supremacía imperial que pretendía recuperar se asentaba en la dominación global. Lo que intentó fue una moderación en el patrón de incursión imperial, para recolectar los recursos exigidos para la competencia con China.
Trump buscó encubrir ese paso al costado con una gran verborragia ofensiva, para someter a los aliados, asustar a los socios y neutralizar a los adversarios. Pero la evidente contradicción entre su delirante retórica y su inmovilismo práctico, desplomó la sustentabilidad de sus mensajes.
Ese contrapunto ha sido especialmente llamativo en el plano ideológico. Trump enalteció a las principales exponentes presidenciales del expansionismo estadounidense. Elogió a Polk por la expropiación de gran parte del territorio mexicano, pero sin repetir las acciones de su referente. También ensalzó el fanatismo proteccionista de Mac Kinsley, olvidando que la penalización aduanera de la centuria pasada ya no es practicable en el siglo XXI.
Trump tampoco pudo retomar la agresividad económica de sus antecesores más recientes. Sus iniciativas monetarias presentaron un alcance irrisorio, en comparación a la inconvertibilidad del dólar que dispuso Nixon o el drástico aumento de las tasas de interés, que Reagan concretó para inaugurar el neoliberalismo.
En el ámbito geopolítico y militar el contraste con Bush ha sido más llamativo. Su fracasada intentona contra Irán fue una olvidable sombra del ataque consumado contra Irak hace dos décadas. Esa expedición involucró un monumental despliegue de tropas y una osada red de alianzas internacionales, que Trump ni siquiera concibió. En consonancia con esa diferencia, la ideología que difunde MAGA es un pálido credo, en comparación al evangelio del “Nuevo Siglo Americano” que propagaba Bush (Reguera, 2021).
Trump exaltó la agresividad imperial, pero solo pretendió lograr un respiro de esa belicosidad, para revertir el declive de la economía yanqui. Su plan contaba con el visto bueno de las personalidades más lúcidas de la elite, que diagrama en Washington la política exterior (Mearsheimer, 2026). Pero el ensayo naufragó en tiempo récord y al año de su debut perdió viabilidad.
El proyecto soberanista del magnate no logró levantar vuelo, ni delinearse como una opción efectiva, frente a sus rivales del globalismo Demócrata y del neoconservadurismo Republicano. La agenda bélica de sus competidores se impuso en las propias filas del trumpismo y el resultado está a la vista, en el gigantesco fracaso de la guerra contra Irán.
EL ADN BELICISTA
El giro militarista de Trump ha sido coherente con la conducta de otros personajes que llegaron a la Casa Blanca. Todos han recurrido a la fuerza para lidiar con los contratiempos que enfrentaron. Lo que otras potencias mantienen en reserva como una instancia final, irrumpe en los círculos de Washington como la respuesta inmediata. Esa reacción deriva de una larga trayectoria imperial, que le dio a Estados Unidos primacía mundial, transformando la guerra en un dato estructural de la vida norteamericana.
Por esa razón, el militarismo es un presupuesto compartido por todos los sectores de la burocracia gobernante y por los tres sectores que actualmente organizan ese conglomerado. Soberanistas, neoconservadores y globalistas actúan con criterios semejantes en el terreno bélico y sus divergencias tan solo giran en torno a las prioridades, los momentos o los lugares de la acción militar.
El imperialismo estadounidense arrastra una compulsión a dirimir conflictos de todo tipo por las armas. Por eso guerrea en incontables rincones del planeta, obstruyendo las soluciones negociadas de esas tensiones.
Esa conducta se ha repetido en todas las convulsiones de las últimas décadas. Los diplomáticos estadounidenses desecharon las propuestas de acuerdo que formularon los talibanes en Afganistán, Sadam Husseín en Irak y Gadafi en Libia. Boicotearon también las tratativas de Minsk para pacificar Ucrania e ignoraron todas las opciones que acercó Irán para distender el conflicto. Ese modelo se ha repetido en todas situaciones críticas que involucraron a Estados Unidos.
Washington rechaza esas concertaciones, porque desde la mitad del siglo pasado, su fuente de dominación mundial proviene del temor que suscita su poder militar. Entre 1890 y 2001Estados Unidos perpetró 133 intervenciones bélicas externas, con una tasa de incursiones crecientes a lo largo del tiempo. El promedio anual de esas acciones antes de la Segunda Guerra Mundial (1,15) saltó luego de esa conflagración (1,29) y se elevó posteriormente a un promedio superior (2,0). El número de decesos provocado por la única potencia que ha utilizado armas nucleares se cuenta por millones (Galtung, 2022).
VERTIENTES EN DISPUTA
Los soberanistas, globalistas y neoconservadores divergen a la hora de definir dónde y cuándo se utiliza la fuerza militar. En esas decisiones pesan intereses económicos específicos y propósitos geopolíticos singulares. Cada lobby apuntala los negocios de sus empresas y las burocracias del Pentágono actúan en múltiples direcciones (Pont, 2026). Las tres corrientes que actualmente aglutinan a los grupos con poder de decisión canalizan y ordenan esa variedad de intereses.
Los globalistas dominaron la agenda imperial durante el apogeo del neoliberalismo, actuando como voceros del capital financiero internacionalizado y las empresas con mayor raigambre en todo el mundo. Actualmente sintonizan con los sectores más belicistas de Europa y Estados Unidos, que propician la confrontación con Rusia. Por eso sabotean los compromisos que Trump y Putin intentaron concertar para poner fin a la guerra de Ucrania.
Los neoconservadores han mantenido tradicionalmente estrechos vínculos con el sector petrolero y por esa razón alentaron las intervenciones bélicas en Medio Oriente (Hanieh, 2026). Han sido siempre voceros del imperialismo fósil, que prioriza el control de los hidrocarburos como fuente de poder internacional de Estados Unidos (Seoane, 2026a).
El soberanismo trumpista mantiene un lazo muy estrecho con ese sector y el magnate verbalizó esa afinidad, en su convocatoria pública a “perforar, niños, perforar”. Sustrajo a Estados Unidos del Acuerdo de Paris y archivó todas las iniciativas de energías renovables. Se ha empeñado en desmantelar la institucionalidad forjada durante décadas, para introducir algún atenuante al desastre climático. Qué haya centrado su intervención imperial en Venezuela e Irán, confirma su estrecha relación con las grandes compañías petroleras (Seoane, 2026b).
Pero no cabe duda que en su segundo mandato, Trump trabaja ante todo para la plutocracia digital y los milmillonarios de la informática, que capturaron los centros de decisión en Washington. Ese sector digita los proyectos de inversión gubernamental y los contratos de mayor porte del Pentágono. Ha impuesto, además, la indefinida relación de rivalidad y asociación con China, que desenvolvió la Casa Blanca en el último bienio.
Como esas firmas emigraron en masa del globalismo Demócrata al soberanismo trumpista, cabe predecir que jugarán sus cartas a la corriente con más chances de seguir al comando de la Casa Blanca.
Ese futuro ya está en la agenda de los poderosos, ante la escala de fallidos que acumula Trump. La disputa por la sucesión se ha desatado y tanto Rubio como Vance, son señalados como aspirantes del riñón trumpista a esa coronación. Ambos comparten una tónica belicista, que el primero explicitó con enfática crudeza ante el auditorio europeo (Lujano, 2026).
Pero lo que más sobresale en el crítico escenario de fracasos que ha generado Trump, es la irrupción de los adversarios globalistas y neoconservadores más opuestos al rumbo actual. Proponen sustanciales virajes para enmendar las adversidades generadas por el magnate.
En el campo globalista emergió la figura del ex presidente del Banco Central de Canadá e Inglaterra, Mc Carney, con el programa de retorno a la globalización neoliberal que impulsa la internacionalizada elite de Davos. Exaltan el libre comercio repudiado por Trump, con una novedosa tónica de regulación estatal keynesiana y se proponen reconstruir la alianza transaltántica quebrantada por el magnate (Roberts, 2026).
En el terreno neoconservador los cuestionamientos a Trump resaltan su flaqueza guerrera y su incapacidad para hacer valer la prepotencia bélica estadounidense, frente a Putin y Xi Jinping. Un halcón de la era Bush vocifera esas críticas ante la humillación propinada por Irán y despotrica contra la “superpotencia rebelde que no quiere luchar” (Kagan, 2026). A tono con el hiper belicismo de Netanyahu, propone embarcar al imperio en la escalada que Trump intentó soslayar, luego efectivizó a medias y finalmente abandonó con inverosímiles maquillajes.
En los círculos imperiales se debaten varias alternativas para corregir el desorden sin rumbo que ha suscitado Trump. Pero esas alternativas son parches apenas curativos para un convaleciente en grave estado. El problema central de Estados Unidos es un declive imperial de largo plazo, que no se revierte con paliativos. Esa regresión tiene un peculiar efecto sobre América Latina, que analizaremos en el próximo texto.
RESUMEN
Trump rompe el orden internacional, pero no puede sustituirlo y esa contradicción explica sus incoherencias. Fracasó en su intento de reconstruir la maltrecha economía estadunidense, mediante un paréntesis en el intervencionismo militar y disfraza ese fallido con una retórica delirante. Soberanistas, neoconservadores y globalistas comparten el ADN belicista y solo divergen en las prioridades, momentos o lugares de la acción militar. Ya debaten alternativas al desorden sin rumbo que genera el magnate.
REFERENCIAS
-Foster, John Bellamy (2025). La doctrina Trump y el nuevo imperialismo MAGA
-Reguera, Marcos (2021) Imperio, auge y declive americano: la tradición declivista estadounidense en los siglos XIX y XX, Jerónimo Zurita, 99. Otoño 2021: 79-104, https://www.academia.edu/83279183/Revista_de_Historia_Jer%C3%B3nimo_Zurita_n_o_99_oto%C3%B1o_2021
-Mearsheimer, John (2026). La Guerra Fría 2.0 y la derrota de la OTAN en Ucrania
-Galtung, Johan (2022). Sobre el declive y la caída del imperio estadounidense.
-Pont, Alejandro Marco del (2026). ¿Quién controla las guerras de Estados Unidos? https://rebelion.org/quien-controla-las-guerras-de-estados-unidos/
–Hanieh, Adam (2026). Capital fósil e imperialismo https://sinpermiso.info/textos/capital-fosil-e-imperialismo-entrevista-con-adam-hanieh
-Seoane, José (2026a). El imperialismo fósil 22/04/2026 https://huelladelsur.ar/2026/04/24/el-imperialismo-fosil/
-Seoane, José (2026b). Vulnerabilidades imperiales https://rebelion.org/vulnerabilidades-imperiales/
-Lujano, Crismar (2026) Marco Rubio en Múnich: Neocolonialismo sin Rubores y ¿Primer Acto de Campaña? https://www.diario-red.com/articulo/internacional/marco-rubio-munich-neocolonialismo-rubores-primer-acto-campana/20260216081650063999.html
-Roberts, Michael (2026). El consenso económico: de Washington a Londres
https://www.sinpermiso.info/textos/el-consenso-economico-de-washington-a-londres
-Kagan, Robert (2026) Estados Unidos es ahora una superpotencia rebelde.
https://www-theatlantic-com.translate.goog/international/2026/03/trump-us-power-iran/686567/?
Claudio Katz. Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA. Su página web es: www.lahaine.org/katz
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