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El capitalismo al desnudo

Crisis civilizatoria y pandemia

Fuentes: Rebelión

La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto, el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar.

Albert Camus, La Peste

La velocidad con que la pandemia de coronavirus se derramó por el mundo ha generado diversas reacciones. Conmoción, incredulidad, un lógico temor que muchos medios de comunicación se encargan cotidianamente de transformarlo en pánico, el brusco cambio en la vida cotidiana a partir de la declaración de cuarentenas, medidas de aislamiento social, suspensión de actividades públicas que, de un día para el otro, nos ha confinado en nuestras casas, con la mayoría de las relaciones restringidas a la virtualidad, si tenemos el privilegio de acceder a la conectividad, o a la restringida territorialidad de los barrios.

Intempestivamente, la “normalidad” se vio alterada. Las poblaciones se enfrentan a un escenario distópico, a un mal sueño que rememora con toda su carga de angustia e incertidumbre los futuros más oscuros planteados en la ciencia ficción, de los cuales Hollywood nos ha dado, y sigue haciéndolo, muestras recurrentes para sugerirnos en tono amenazante que el futuro puede ser mucho peor que la realidad que vivimos.

Desde diversos puntos de vista, más o menos optimistas, más o menos pesimistas, se esgrimen y debaten perspectivas sobre el mundo pospandemia, sobre la sociedad que encontraremos y debamos enfrentar e insistir en transformar una vez que, pasado el mal sueño, retomemos la “normalidad”.

Pero, ¿de que se habla cuando se dice normalidad?

¿En qué mundo, en qué realidad se produce la pandemia?

Desde hace tiempo, hemos sostenido, siguiendo el pensamiento de Fidel Castro, que el capitalismo se encuentra inmerso en una crisis que no es solo económica, financiera, como algunas de las precedentes que logró sortear de alguna manera, siempre haciendo pagar el costo de esas crisis a los pueblos, a los trabajadores y trabajadoras y aprovechando estas para extremar los procesos de concentración, para comerse a los más débiles.

El marco global en el que ha arremetido la pandemia, es el de la continuidad de la mayor crisis de la historia del capitalismo, en la cual perduran los aspectos financieros, energéticos, culturales y económicos, que se manifiestan en términos humanitarios, ambientales y alimentarios, constituyendo una única y gran crisis, sobredeterminante, múltiple, abarcadora: la crisis civilizatoria del capitalismo, un proceso en el cual, el sistema, aunque busque disimularlo, enfrenta una vasta y compleja decadencia.

Como bien dice el filósofo Asier Arias en su artículo Ortodoxia económica y crisis civilizatoria [2]No es necesario un terremoto para derribar un castillo de naipes: basta un exceso de peso aquí o una leve corriente de aire allá. Basta, en otras palabras, una eventualidad. La pandemia de COVID-19 no ha sido esa eventualidad para el caso del castillo de naipes de nuestra civilización: las cartas llevaban medio siglo cayéndose, y lo hacían cada vez más deprisa.”

La profunda crisis capitalista, como sabemos, ya estaba presente, y la pandemia lo que ha hecho, hasta ahora, es comenzar a correr los velos tras los cuales la decadencia del sistema intentaba ocultarse.

Esto es así porque el capitalismo, y no solo en su fase neoliberal, sino en su lógica sistémica más allá de las adjetivaciones que buscan “embellecerlo”, se basa en la concentración, privatización y mercantilización masiva de los bienes comunes de la humanidad, siendo su naturaleza incompatible con la preservación del equilibrio del ecosistema y la satisfacción de las necesidades básicas. El modo de producción del sistema capitalista globalizado, erosiona y destruye al planeta, por lo cual, se puede afirmar que la crisis global que enfrenta la humanidad, sobre la cual se derrama el coronavirus, es parte intrínseca de la crisis sistémica del capitalismo, que incluye la cultura del consumismo a ultranza.

La supuesta “normalidad” prepandemia, consiste entonces en un escenario de crisis sistémica que tuvo su, hasta ahora, mas reciente pico en 2007/2008, con epicentro en el sistema financiero estadounidense y que continúa propagándose por el mundo con diversos grados de intensidad. La pérdida masiva de empleos combinada con la concentración del 80% de recursos (en alimentos, medicamentos, combustibles) en el 12% de la humanidad que vive en los países ricos, quedando para la gran mayoría una ínfima parte de los mismos, nos señalaban ya la impotencia del sistema capitalista para solucionar los problemas de un mundo en el cual se espera que la población aumente en 2.000 millones de personas en los próximos 30 años, pasando de los 7.700 millones actuales a los 9.700 millones en 2050, pudiendo llegar a un pico de cerca de 11.000 millones para 2100 (ONU, 2019).[3]

La implementación de las recetas “pro” mercado, meritocráticas que fomentan culturalmente el individualismo consumista para algunos y algunas y la lisa exclusión para otros y mayormente para otras, dejó en nuestras sociedades un saldo de altos grados de pobreza, concentración de la riqueza, desigualdad y una profunda precarización de las condiciones de vida.

Es así que hoy, a escala mundial, 26 personas concentran una riqueza equivalente a la de 3800 millones de pobres y el 13% de los/as trabajadores/as viven bajo la línea de pobreza. (OXFAM. 2019)

La pérdida masiva de empleos, el aumento de la pobreza y la creciente desigualdad se vuelve cada vez más acuciante. Un informe de OXFAM de enero de 2019, plantea algunos puntos que demuestran el crecimiento de la desigualdad, en esa “normalidad” prepandemia:

-La riqueza de los milmillonarios se incrementó en 900.000 millones de dólares en 2018, lo que supone $2500 millones al día.

-En 2018, 26 personas poseían la misma riqueza que los 3800 millones de personas más pobres del mundo.

-Tan solo 4 centavos de cada dólar recaudado a través de impuestos corresponden a los impuestos sobre la riqueza.

-En algunos países, el 10% más pobre de la población dedica al pago de impuestos un porcentaje mayor de sus ingresos que el 10% más rico.

-En la actualidad, hay 262 millones de niñas y niños sin escolarizar.

-Cada día, 10.000 personas pierden la vida por no poder costearse la atención médica.

-Los hombres poseen un 50% más de la riqueza mundial que las mujeres y controlan el 86% de las empresas. (OXFAM, 2019)[4]

En lo que respecta a los índices de pobreza, en América Latina, la tendencia viene en alza desde 2015, registrándose que el 30,1% de la población se encontraba bajo la línea de pobreza en 2018, mientras que un 10,7% vivía en situación de pobreza extrema, tasas que aumentarían a 30,8% y 11,5%, respectivamente, en 2019, según las proyecciones de la CEPAL. (CEPAL, 2019, p. 17)

Frente a estos datos, en los últimos años se han multiplicado los debates sobre cómo enfrentar la creciente pobreza y una desigualdad que, como planteó en su extenso y promocionado trabajo El capital en el siglo XXI, Thomas Piketty, en el siglo XXI se acerca velozmente a los parámetros del siglo XIX. (Piketty, 2014).[5]

En muchos de estos debates sobre la desigualdad, prevalece una mirada sesgada que hace hincapié en los ingresos y la riqueza. Si bien estos son aspectos muy importantes, para tener una completa visión del problema de la desigualdad, el propio Informe sobre Desarrollo Humano de PNUD en 2019, plantea que:

“[se] debe ir más allá de los dólares y las rupias para entender las diferencias existen­tes en otros aspectos del desarrollo humano y los procesos que conducen a dichas diferencias. Existe desigualdad económica, por supuesto, pero también desigualdades en facetas clave del desarrollo humano, como la salud, la edu­cación, la dignidad y el respeto de los derechos humanos. Puede que esas desigualdades no se manifiesten al considerar únicamente la des­igualdad de ingreso y riqueza. (PNUD, 2019 p. 6).[6]

Para tener una aproximación más integral al análisis de la desigualdad, a las disparidades de ingreso hay que incorporarle el examen de otras formas de desigualdad, que se manifiestan, por ejemplo, en el acceso a la educación, la salud, los servicios públicos, a la esfera política, a los más elementales derechos humanos. Todas estas dimensiones, cuyo debilitamiento se constituye como objetivos principales de las políticas de ajuste, han quedado, por si hacía falta, más expuestas por la pandemia.

La “normalidad” prepandemia, es un mundo el cual la opresión ha alcanzado una profundidad y una multiplicidad de formas jamás vista en la historia humana. Donde la “democracia realmente existente” va dejando caer sus velos y ya no puede ocultar que, en su inmensa mayoría, se trata de una práctica meramente formal de procesos electorales de los que queda excluida la mayor parte de la sociedad, en un marco de resurgimiento de ideas y métodos fascistas, como vemos en varia regiones del mundo y en especial en los Estados Unidos de la mano de su política belicista. Un mundo en el que ya era más que lícito plantearse un necesario debate sobre la incompatibilidad del capitalismo con sistemas democráticos, la incompatibilidad de esa “normalidad” con la subsistencia de la humanidad.

El contexto que nos plantea la yuxtaposición de la crisis civilizatoria del capitalismo y la pandemia de COVID 19, ha incrementado los debates y análisis sobre la sociedad pospandemia y las alternativas en pugna, no por muy repetida, la disyuntiva planteada por Rosa Luxemburgo de Socialismo o Barbarie vuelve a interpelarnos poco más de un siglo después de haber sido enunciada.

La crisis que viene atravesando el sistema capitalista ha demostrado una preocupante tendencia en buena parte del mundo a “derivar por derecha”, y esto es así porque la alternativa de supervivencia capitalista en crisis constante tiene su punto de apoyo en el enorme patrimonio cultural burgués conservador instalado por más de dos siglos de capitalismo y que en las últimas cinco décadas de globalización ha llegado a penetrar en todos los rincones del planeta convirtiéndose en un fenómeno hegemónico de una intensidad nunca antes vista.

Las arremetidas imperialistas salvajes a gran escala, pueden provocar que amplios sectores de las sociedades periféricas se resignen a sobrevivir de manera conservadora de los restos de este capitalismo declinante y puede dar lugar, como ya hemos visto, a opciones neofascistas.

Nacionalismos y regionalismos degradados y otras formas de continuidad conformista aparecen encubiertos, muchas veces, en discursos referidos al “capitalismo sano, serio, humano, nacional o productivo y no financiero”. En realidad, todos capitalismos plenos de empleos basura, de masas desocupadas contenidas por políticas públicas asistencialistas, que sólo proponen un mínimo piso de subsistencia en el marco, muchas veces, de un neo-desarrollismo “sensato” que nos insta a adaptarnos a “lo que hay”, a conformarnos con sobrevivir y confiar en nuestros méritos individuales para alcanzar ciertos niveles de progreso personal.

Pero, además, como bien recordó el presidente de Cuba Miguel Díaz Canel, al citar palabras de Fidel Castro en su discurso, hace 15 años, en la Conferencia Mundial Dialogo de Civilizaciones. América Latina en el siglo XXI: Universalidad y Originalidad: “La humanidad puede salvarse, porque el imperio está sufriendo una profunda crisis; sin crisis no hay cambios, sin crisis no se forman conciencias; un día de crisis forma más conciencia que 10 años de transcurrir el tiempo, que 10 años sin crisis”

Porque la puja que enfrentamos no puede quedar limitada a la ilusión de que la crisis y la peste bastan para poner fin al capitalismo, sino que tenemos, con las posibilidades que abre este tiempo histórico, que actuar organizadamente sobre la necesidad de implementar una transformación hacia una sociedad poscapitalista, hacia la alternativa socialista.

Para esto contamos con qué, más allá de los salvajes ataques sufridos y de varias derrotas, la alternativa socialista, no sólo ha resistido, sino que cuenta con experiencias que van dejando importantes ejemplos, enseñanzas y asoman persistentemente, de manera multiforme, asumiendo sus particularidades, a lo largo y ancho del mundo, muchas veces bajo apariencias confusas, pero expresando experiencias políticas de enorme densidad política y cultural.

Los casos de China, Vietnam, Corea del Norte, Cuba, Nicaragua, Venezuela, lo realizado por el gobierno de Evo Morales en Bolivia, son algunos ejemplos, no casualmente atacados sistemáticamente por los oligopolios mediáticos internacionales, de experiencias diversas que alientan la perspectiva de la construcción de una alternativa encaminada al socialismo, al comunismo.

Por lo tanto, la posibilidad de disputar un escenario pospandemia que supere la crisis civilizatoria en que está inmerso el capitalismo, no sólo debe entenderse como producto de la crisis capitalista, de su prolongación y agravamiento acelerado por los efectos del coronavirus.

Esta posibilidad se nutre del gigantesco patrimonio democrático y de lucha acumulado por la humanidad a lo largo del siglo XX, en América Latina en particular a inicios del siglo XXI, y que por su magnitud no tiene precedentes en la historia de las civilizaciones. Para lograr constituir esta alternativa, el comunismo debe asumir su cuerpo plural y universal a partir de una conciencia renovada, realmente planetaria, abarcando una vasta diversidad de identidades en desarrollo.

De ese modo será capaz de ponerse en la primera línea del combate de los explotados y humillados del mundo, trabajando para unirlos, empujando hacia un horizonte de igualdad, de libertad, de paz y fraternidad, horizonte que nunca pudo ni podrá alcanzar la burguesía y que sí puede ser logrado por variados caminos hacia el socialismo.

El desafío pasa por desarrollar y coordinar iniciativas revolucionarias frente al capitalismo y solidarias con los pueblos frente a la pandemia, que puedan operar a escala mundial, tomar iniciativas globales junto a compañeros y compañeras de todos los continentes, esfuerzos teóricos comunes, redes internacionales de información masiva, acciones solidarias y movilizaciones por la paz, una suma de ofensivas globales contra el capitalismo y la pandemia, “que no es lo mismo, pero es igual…”

Notas:

2 Asier Arias https://www.cubahora.cu/economia/ortodoxia-economica-y-crisis-civilizatoria 6/4/2020

3 Organización de las Naciones Unidas. ONU (2019) Forjando un futuro juntos. Disponible en: https://www.un.org/es/sections/issues-depth/population/index.html

4 Oxford Committee for Famine Relief. OXFAM (2019) Informe OXFAM International. En https://www.oxfam.org/es/node/7505

5 Piketty, Thomas (2014) El capital en el siglo XXI, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica

6 Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. PNUD (2019) Informe sobre el Desarrollo Humano.

Marcelo F. Rodríguez. Sociólogo. Director del CEFMA.

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