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La brecha ultraderechista entre norte y sur

Del nacionalismo al liberalismo pueril en las derechas extremas

Fuentes: Rebelión

La extensión geográfica del derechismo extremo

Quienes nos sentimos agobiados por la pandémica contaminación ultraderechista en nuestras latitudes, podríamos fantasear con una suerte de exilio en algún rincón noroccidental que nos ampare de su presencia política con la consecuente percusión segregacionista, racista y violenta. Algo así como lo que décadas atrás permitió un asilo, formal o no, frente al terrorismo de estado del cono sur. Si la intención fuera concretarla habría que apurarse porque en Europa quedan tres islas sin partidos con algún peso significativo de esa orientación: sólo Malta, Chipre e Irlanda. En el resto del mundo, se extiende como peste incontrolada, particularmente agravándose desde la crisis financiera del 2008, con tasas de crecimiento hasta la actualidad. Si bien podemos escandalizarnos frente a la inquina de Milei en Argentina, ni es pionero ni, menos aún, actor solitario.

El continente que incubó y alumbró el fascismo y el nazismo exhuma hoy sus despojos, le impele resurrección y los proyecta rejuvenecidos y aggiornados, cual Dorian Gray, al resto del mundo. La maquinaria usada en el ascensor es mayoritariamente el dispositivo electoral previsto en cada país, aunque no descarta el golpismo, que en el continente americano se experimentó con éxito dispar en Bolivia, Brasil, EEUU, Ecuador y Venezuela. Al igual que los virus, van forjando adaptación a las particularidades no solo institucionales sino culturales de cada país, incluyendo la construcción de liderazgos que pueden parecer disímiles entre el pintoresquismo de Trump, Bolsonaro o Milei y otros más circunspectos como Lacalle Pou o Milani en Uruguay. Sin embargo todos ellos se vertebran a partir de una espina dorsal: el odio a toda otredad, particularmente si es notoriamente vulnerable, cuya delimitación crece conforme se consolida su poder, en ocasiones geométricamente.

La deriva hacia la extrema derecha en Europa y los orígenes citados, podrían estimular correlaciones mecanicistas o simplistas. Una primera gran diferencia es que tanto Hitler como Mussolini lograron imponerse frente a la posibilidad revolucionaria de los movimientos obreros de entonces, que estaban fuertemente organizados y eran partícipes de organizaciones con posibilidades de éxito ciertas. No es el caso del proletariado actual, cada vez más desmembrado, precarizado y poroso a la tentación del emprendedorismo y su aparente “libertad”. La violencia fascista de entonces respondía a la capacidad movilizatoria de fuerzas revolucionarias. Por el contrario, la actual es hija de la desmovilización y la pasividad. Hasta en la mínima forma participativa como es el acto electoral, se advierte una tendencia abstencionista. Sin pretensión alguna de exhaustividad ni orden de prelación, intentaré puntualizar algunos de los objetivos de su m(ira)da hacia esa otredad:

  1. Como identidad, el movimiento LGTBIQ+ y, como concepción, el feminismo. Con muletillas tales como el adoctrinamiento y la desviación de lo natural, detentan un culto a la heteronormatividad y la división sexual del trabajo, mientras condenan los derechos de las mujeres y la perspectiva de género. Se trata del primer eslabón de la cadena formatizadora y uniformizadora de la subjetividad.
  2. Los migrantes, tanto los refugiados como los que llegaron en busca de mejores condiciones de supervivencia, más acentuadamente al norte del ecuador que por nuestras geografías. Culpables no solo de amenazar el empleo, sino también de contaminar las costumbres y culturas locales.
  3. Las protecciones medioambientales, orientándose hacia un retroceso conservador en las grandes cuestiones de la transición climática y energética, con argumentos como la crisis económica, entre otros. Como mínimo postergan los posibles acuerdos de reducción de daños con consecuencias impredecibles.
  4. La secularización. Reaparece un reforzamiento de los auxilios discursivos teológicos, apelaciones a fuerzas divinas y en términos comparativos con el auge original, la sustitución del “enemigo” judío por el islam.
  5. El conocimiento y la ciencia. Particularmente en relación al imperio de la duda, la diversidad y la multidisciplinariedad, con extremos en el negacionismo ante catástrofes como las pandemias o el cambio climático.
  6. La movilización en ocasión del poder. Amantes del orden, el liderazgo verticalmente autoritario, el gatillo fácil y el disciplinamiento, desestimulan desde el denuesto hasta la represión física, toda forma expresiva y organización participativa.

Sin embargo, llegados a este punto, debemos hacer una distinción que, aunque no es taxativa, diferencia enfáticamente a las ultraderechas de norte y sur. Mientras las primeras tienen una impronta nacionalista, de resguardo proteccionista y de reforzamiento identitario, las otras, a excepción de Bolsonaro, presentan dóciles genuflexiones ante los imperios, imponiendo un liberalismo extremo, arrasador y entreguista. Sintéticamente pueril. En el caso de Milei expresado de manera textual por su vocero, como alineamiento automático con EEUU e Israel no sólo en el énfasis comercial propio, despojado de todo control, sino en auxilio al conflicto americano con Rusia y China. Aunque el caso uruguayo es más discreto, no dejaría de bucear en alguna otra oportunidad en los gobiernos de Lacalle Herrera y su hijo Lacalle Pou como antecedentes inspiradores de Milei en varios planos legislativos y ejecutivos. Alentadores sin duda, además, para Peña en Paraguay y Noboa en Ecuador.

No obstante, sin que resulte un consuelo, la hegemonía derechista no es eterna, pero tampoco lo es la de los progresismos. Ambos permanecen como opciones basculantes. Con mucha mayor frecuencia las oposiciones (liberales o progresistas frente a las derechas o viceversa) terminan sustituyendo a los oficialismos en una recurrente pendulariad, dado que ni unos ni otros logran conjurar la ruina de sus gestiones, o en otros términos, garantizar una tasa de acumulación de capital en proporción que permita algún tipo de política distributiva. No es impensable que este año el Frente Amplio gane en Uruguay, ni que Trump lo haga en EEUU, si la justicia no lo impugna por su participación golpista en la toma del Capitolio.

Tras el fatídico eco del Brexit en 2016, el telón político europeo se tiñó de incertidumbre y posterior radicalización. Avances electorales llegan a estos días como los destacados de figuras como Le Pen en Francia y Alternativa en Alemania y más dramático aún es en el caso de Hungría donde el partido Fidesz, como un titán político, obtuvo un respaldo del 54% en las legislativas asegurando de este modo el cuarto mandato consecutivo de Viktor Orbán. En esta repsodia de triunfos europeos, Giorgia Meloni, líder del partido posfascista Fratelli d’Italia, ya lleva un año al frente del gobierno. En Suecia, los Demócratas Suecos liderados por Jimmie Åkesson lograron el segundo lugar en las elecciones generales de 2022, algo menos esperado que las auroras borales, obteniendo el 20,5 % de los votos. Este mosaico de movimientos de ascenso de la extrema derecha también se evidencia en otros países europeos como Portugal, España, Finlandia, Austria y Bélgica, donde estas formaciones consolidan su presencia en el panorama político central. En Polonia, el partido conservador radicalizado PiS (Prawo i Sprawiedliwość) alcanzó la mayoría de votos en las elecciones legislativas de octubre, con un respaldo del 35,38 %. Aunque no lograron la mayoría absoluta, esta situación abre la posibilidad de que la oposición pueda formar gobierno. Además, la Confederación, un grupo radical heterogéneo, obtuvo un respaldo del 7,16 % de los votos, agregando matices y complejidad al panorama político polaco. En Europa del Este, el fenómeno se intensifica en naciones como Estonia, Croacia, Rumania y Bulgaria. En el escenario político europeo, marcado por un año electoral en varios países, se vislumbra un desplazamiento significativo hacia la ultraderecha en el Parlamento Europeo, lo cual plantea una amenaza palpable a los principios fundacionales de la Unión Europea. Aún fuera de la Unión no podemos excluir de este breve mención a los derechistas Putin de Rusia y Zelensky de Ucrania, y menos aún a un genocida terrorista extraeuropeo como Netanyahu de Israel. Pero volviendo al futuro del parlamento europeo, la polifonía política se extiende además a quienes han logrado representación parlamentaria en Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, Grecia, Holanda, Letonia, República Checa y Rumania. Y saliendo de Europa se verifica en todo el continente americano, donde estos grupos han dejado de ser meramente opositores para convertirse en opciones de poder.

No debiera abrumarnos la magnitud, ni menos aún, desistir de la resistencia, aunque es indispensable comenzar a pergeñar nuevos modos de lograrla eficaz y superadora.

Emilio Cafassi (Profesor Titular e Investigador de la Universidad de Buenos Aires).

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.