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Entre la guerra y el abismo

Fuentes: Rebelión

Se le atribuye a John F. Kennedy la frase “Es mucho mejor que nos encontremos en una cumbre que al borde de un abismo” (Cumbres, David Reynolds, pg. 5, 2008).

Es posible que ambas cosas se hayan encontrado frente a frente durante las 14 horas en que Irán y EE.UU. se juntaron en el Hotel Serena de Islamabad, capital de Pakistán, el reciente 11 de abril y las 3 de la madrugada del 12.

Aunque no fue una cumbre en su sentido convencional porque no se reunieron los cabeza de Estado, sino dos segundones, no deja de ser una cumbre de dos Estados en guerra.

J. D. Vance, es el vice de Trump y Mohammad Bagher Qalibaf, apenas el presidente del Parlamento de una Estado teocrático en cuyo sistema institucional el parlamento no decide casi nada.

En alguna medida el rango de los enviados fue la medida del valor o expectativa que ambos gobiernos confirieron a esta negociación.

Con una diferencia, J. D. Vance, además de ser el segundo jefe del imperio que ataca, es un personaje incómodo dentro de la Oficina Oval.

Además de ser un postulado presidencial para reemplazar a Trump, representa sus mismos intereses económicos y políticos, pero no de la misma manera ni en nombre de la misma ideología.

Vance gobierna en nombre del sector menos sionista del gobierno. Suele escuchar las opiniones de académicos críticos de Trump y el movimiento MAGA, como el respetado politólogo John Mearsheimer (según el académico y youtuber noruego Glen Diesen).

Eso no le confiere ninguna virtud moral a Vance. Solo lo ubica en un lugar distinto en el grupo de poder que sostiene a Trump y Hegset. Ambos representan el ala más radical y guerrerista, inspirados por el grupo supremacista y filonazi encabezado por Netanyahu, conocido como el movimiento del Tercer Templo.

Se trata de una ideología milenarista y mesiánica ultrareaccionaria basada en la supremacía de multimillonarios blancos sionistas judíos y propietarios menores de tierras robadas a palestinos en Gaza y Cisjordania.

Incluye a cristianos fundamentalistas como P. Hegset, el secretario de Guerra de Trump quien se tatuó una cruz de los Templarios de Jerusalén en el pecho. Se inspiran en el Instituto del Templo, de la misma forma que Goebels y Hitler se inspiraban en la «iglesia de la Guarnición». Estos de hoy esperan la segunda venida del Profeta.

¿Significa que fue el encuentro de Islamabad no sirvió para nada? De ninguna manera.

A pesar de sus caras agrias, permitió mostrar por lo menos dos realidades determinantes para imaginar hipotéticos finales de esta guerra barbárica.

La primera es que el poder imperial norteamericano tiene más problemas y contradicciones acumuladas en esta guerra, que los que cuenta el poder chiita instalado en Teherán.

Irán ha sufrido costos humanos importantes, como las tres mil víctimas mortales en tres ciudades que incluye las 164 adolescentes de un colegio.

Además, la decapitación de quien era el eje del sistema de poder político iraní, el ex Ayatollah J. Kamenei, asesinado junto a casi todo su Estado Mayor militar y parte de su jefatura policial en el primer ataque yanqui.

Sin menospreciar el destrozo de algunos puentes, edificios, fábricas, autopistas y estructuras de su vida económica. Pero nada más.

Su sistema político-institucional interno se recompuso en pocos días, relató con detalles el profesor iraní Sayed Mohamad Morandi al youtuber Pascal Lotaz.

El sistema militar se recompuso más rápido por los propios hábitos y esquemas de la vida militar, especialmente en un aparato tan centralizado como la Guardia Revolucionaria de Irán.

La economía no fue afectada en su capacidad presupuestaria nacional.

Estados Unidos, en cambio, perdió 31 mil millones en gasto de guerra y debe soportar el peso muerto de un incremento en el presupuesto militar de casi 40% (Steve Hanke, con Lena Petrova, en World Affair Context).

Según este reconocido economista, un académico fiel a su imperio pero crítico de Trump, desde el inicio Irán facturó el doble de sus ingresos mensuales previos a la guerra.

Si evaluamos el terreno político interno de cada Estado representado en Pakistán, la diferencia es mayor a favor de Irán.

La sociedad iraní mantiene su antiamericanismo en las calles (originado con la Revolución de 1979. La ocupación popular de la embajada de EE.UU. convertida en un símbolo mundial).

Incluso entre sectores que cuestionan los aspectos más oscurantistas de la teocracia iraní se registra apoyo social a la Guardia Revolucionaria (Pablo Iglesias, Canal Red). En Estados Unidos ocurre lo opuesto.

Olor a Vietnam

Desde las marchas antiguerra de Vietnam desde 1967, la sociedad norteamericana no había vivido un ambiente político de similar quebradura.

Una señal es que las masas en las calles lograron adherir a grandes figuras convocantes. Durante los 60 y los 70, ganaron el compromiso de figuras fuertes como el predicador Luther King, los cantantes Joan Báez y John Lennon y la escritora Susan Sontag.

Solo Luther King se adhirió de inmediato y se convirtió en la figura líder del movimiento.

Esta vez, en apenas un mes, lograron la adhesión militante de estrellas globales del cine como Robert Del Niro, Angelina Jolie, Jane Fonda, Arnold Swarzenegger, Michael Moore, Amanda Palmer, o la del puertoriqueño Bad Bunny, y una decena más en Europa y Norteamérica.

Bunny se atrevió a más: Usó un show tradicional de Norteamérica para desafiar la figura y el discurso de Donald Trump. De algo similar solo se conoció el desafío del campeón mundial de boxeo Casius Clay, Mohamad Alí.

Casius Clay se negó a enrolarse como soldado del imperio para ir a matar vietnamitas.

Esta vez la negación a enrolarse no es un personaje de tanto vuelo en la prensa como aquel Maradona negro y valiente.

Sin embargo las informaciones filtradas por algunos medios como el canal CBS News, advierten de algo mucho más serio.

Seis anónimos soldados que sirven a la guerra de su imperio en un país lejano y extraño decidieron denunciar a su propio imperio.

El youtuber español Alan Barroso reprodujo y tradujo el informe periodístico de esta agencia en la que se registra a seis marines norteamericanos que filtran a la prensa una denuncia contra el gobierno de Trump.

Lo acusan como el responsable de la muerte de seis soldados con por lo menos 20 heridos el 1 de marzo, sólo cinco días después de iniciado el conflicto.

El hecho ocurrió en una Unidad Logística militar ubicada en Kuwait, en el puerto de Saiba. Los soldados le contaron a los reporteros John y Michael Kaplan, de la CBS, que bastó un dron iraní para causar las muerte, los heridos y el destrozo de la base.

Uno de los soldados declarantes dijo que estaban “sin defensa contra drones”, en plena zona de guerra.

Los entrevistados por CBS News soltaron este indicio de alto calibre político: “No pretendo minar la moral del ejército, pero estas muertes han ocurrido”.

No sabemos el destino judicial de ese hecho. Lo que si se puede entrever es que será un indicio, un síntoma del debilitamiento de la moral militar del poder militar imperial.

Si este informe periodístico se diluye y no se convierte en el cauce para un escándalo y una crisis gubernamental, será por el silencio del resto de los medios, incluido el opositor New York Times, de gusto demócrata.

El NYT guardó durante casi un mes un informe que pudo haber puesto en serios problemas al gobierno de Trump desde el mismo 28 de marzo, el día que inició la guerra.

Pero los jefes del NYT prefirieron acompañar al gobierno que adversan. ¿Por qué? Apostaron a la posible repetición del “resultado Venezuela” en Irán.

Una victoria norteamericana en Irán los reforzaría como el diario estrella del imperio yanqui. Los destrozos en Irán se contarían como “daño colateral” en un libro de historia.

El informe en cuestión ya es conocido por cualquiera que lo busque en Internet. La guerra de Trump contra Irán se hizo en nombre del Estado de Israel al servicio del poder imperial norteamericano en Asia meridional. Pero bajo la coordinación de Netanyahu, su idea expansionista del “Gran Israel” y la basura supremacista filonazi del “Tercer Templo”.

La asistencia técnica en esa reunión estuvo a cargo de los expertos de la MOSSAD. Ellos elaboraron los informes técnicos que prometían una victoria yanqui-israelí como “breve” e inexorable.

Hubo un pequeño problema.

Esos informes y sus previsiones de una “rebelión social en Teherán” seguida de la caída “del régimen de los Ayatollah” no convencieron a los jefes de la CIA ni a los generales y coroneles presentes en la cónclave discreta en el Pentágono.

Dos hechos posteriores explican la reacción interna. Primero la renuncia y despido de por lo menos 13 altos generales del Estado Mayor de las FF.AA.

Ese grupo se negó acompañar a Trump en la ideología del “sionismo cristiano” (Los exoficiales de la CIA Larry Johson y Lawrence Wilkerson, convertidos en expertos militares y opinadores públicos anti Trump dieron a conocer los nombres de esos generales y coroneles despedidos o renunciados).

El segundo hecho fue la renuncia de Joe Kent, exdirector del Centro Nacional de Contraterrorismo de EE.UU. Renunció el 17 de marzo a 19 días de iniciarse la guerra.

Aunque escuchó a Netanyahu y los informantes de la MOSSAD Kent tardó en renunciar, pero este dato es menor ante el hecho de ser el funcionario de más alto rango desde Vietnam, que renuncia contra una guerra de su imperio.

Nada similar ocurrió en 1991 y en 1992 durante tres guerras, las hechas contra Irak, Libia y Afganistán.

El NYT publicó casi un mes después el informe sobre la sigilosa conspiración de Netanyahu y su grupo. Los periodistas autores del informe fueron Jonathan Swan y Maggi Haberman, usados como tontos útiles.

Todo indica que el destino de esta guerra imperialista no resultará a favor de Estados Unidos, aunque no constituya al final una victoria iraní evidente, incontestable. Así lo sea.

En primer lugar porque se trata del enfrentamiento muy desigual de fuerzas militares en un tipo de guerra en la que los costos se cuentan más en misiles gastados que en soldados muertos.

Estados Unidos es una de esas sociedades del planeta donde la muerte propia adquiere dimensión de crisis.

Algo similar ocurre en Argentina desde 1976-1983. Hay países como Colombia, Centroamérica o Venezuela. donde el impacto de la muerte no es igual.

Según los informes sumados de medios que se han atrevido, los muertos yanquis en esta guerra no pasan de 20, posiblemente 31. Esa cantidad tiene pocos dolientes.

Es una realidad opuesta a la de Vietnam donde el primer año de enfrentamiento con el Vietcom arrojó más de 1.350 cadáveres que volvían cubiertos y se convertían en motivo de rechazo político.

Esa cifra de dolor social se acumuló cada mes hasta más de 58.000 muertos norteamericanos. Entonces, la muerte se transformó en un espanto social, el espanto en calles movilizadas y las movilizaciones en crisis y caída del presidente Nixon.

Todo indica que esta vez la crisis interna de Estados Unidos combinará variables y factores imprevistos.

El principal, determinante, es que EE.UU. como imperio ya no cuenta con las fuerzas que tuvo entre 1945 y 2008. No solo porque China lo aventaja en casi todo menos en potencia nuclear y la moneda dominante.

Es que además, el imperio norteamericano está perdiendo a Europa occidental como su base regional privilegiada de dominación en Africa, Europa del Este y parte del Asia occidental. Ese poder lo tuvo desde los pactos de Yalta, Potsdam, Teherán y Nueva York, entre 1943 y 1945.

La decadencia e impotencia de sus imperios subordinados de Europa tiende a convertirse en la debacle de una civilización próspera de vocación colonialista que dominó el mundo desde 1450 hasta 1920 aproximadamente.

Japón, Corea del sur y Tailandia han comenzado a evaluar sus dependencias de Estados Unidos.

Esto comenzó con el desastre en Ucrania, se potenció desde que Irán impuso su control militar en el estrecho de Ormuz, sin el cual esas tres potencias económicas no pueden funcionar (Así lo sostienen tres expertos en economía y geopolítica: Prahbat Patnaik, John Bellamy Foster y Steve Penk).

Al parecer, Estados Unidos ingresó a una de esas coyunturas excepcionales en la que el sistema de gobierno puede despistarse. Ese despiste es una consecuencia que se muta en causa actual de su decadencia como el imperio dominante.

El resultado de esta guerra renovada después del fracaso del encuentro de J. D. Vance con el presidente del parlamento iraní, señalan que esa tendencia tiende a ser dominante.

El resultado de ese resultado es que el sistema de Estados del sistema mundial del capital ha ingresado a una era de contorsiones insuperable sin una temporada de guerras, rebeliones y revoluciones.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.