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Entrevista a un compañero residente en Irán

Irán volvió a ser testigo de otro levantamiento

Fuentes: Rebelión

(Por motivos de seguridad, nos reservamos el nombre de la persona entrevistada)

Irán volvió a ser testigo de otro levantamiento. Parece que fuera de Irán, los comentaristas observan constantemente al pueblo iraní ya sea como “víctimas puras” o como simples “instrumentos” de conspiraciones extranjeras, y nunca les reconocen agencia propia. Hablemos al respecto.

¿Podría ofrecer una imagen general de los días que están viviendo?

Quizá la descripción más precisa sea esta: una combinación de asombro, duelo y ambigüedad. Estas tres palabras, por sí solas, no logran explicar el espacio en el que yo y personas como yo estamos viviendo. Ya estábamos familiarizados con los levantamientos, la represión y la depresión resultante de la derrota; una experiencia que, durante casi medio siglo, hemos enfrentado una y otra vez. Sin embargo, algo distingue a este período. Sin duda, el gran número de personas asesinadas —en su mayoría muy jóvenes— pesa como una herida imposible de cerrar sobre nosotros, los vivos.

Pero lo que hizo diferente a este levantamiento fue el espejismo que impulsó a tantos jóvenes airados: el espejismo de un derrocamiento fácil del régimen. Ese espejismo se desvaneció en apenas dos días, pero sus secuelas quizá perduren durante años. De repente sentimos que todas las experiencias adquiridas a lo largo de tantos años de lucha se evaporaron. Como si todo lo aprendido en luchas anteriores hubiera resultado, de la peor manera, inútil frente a lo ocurrido en esos dos días.

Lo verdaderamente ambiguo es si el pueblo aprenderá de esta experiencia para futuros levantamientos. En este levantamiento se ignoraron muchos aspectos técnicos que habíamos aprendido, a un costo muy alto, en luchas callejeras previas. ¿Permanecerá esta experiencia, obtenida a un precio tan elevado, en la memoria colectiva? Responder a esta pregunta en el clima actual de dolor y duelo resulta extremadamente difícil.

¿Era posible prever, en los días anteriores a este levantamiento, hacia dónde se dirigiría?

En ninguno de los levantamientos anteriores fue posible prever el curso de los acontecimientos, y en este caso ocurrió lo mismo. Durante esos doce días que desembocaron en los dos días de la catástrofe, hubo momentos en los que parecía que la ira y el fervor de los comerciantes se habían atenuado. Incluso hubo días en Teherán sin manifestaciones. Dado que los comerciantes iniciaron este proceso, la extensión de las protestas de ningún modo abarcó toda la ciudad. Se manifestaban los barrios cercanos al bazar y algunas calles más allá, pero no más.

Hasta donde recuerdo, en otras grandes ciudades como Mashhad, Isfahán, Shiraz, Ahvaz y Rasht, aún no se habían formado aquellas manifestaciones continuas y en ascenso características de levantamientos anteriores, y parecían dispersas. Solo la región suroeste del país alcanzó rápidamente su punto álgido y una insurrección urbana, acorde con patrones previos descentralizados. En el mejor de los casos, pensaba que continuaría por un corto período y luego terminaría en un declive gradual.

Entre las personas que conozco, muchas no participaron activamente en aquellas dos noches de la “catástrofe”. Tal vez observaron desde los tejados de sus casas, quizá pasaron fugazmente por un barrio donde había manifestaciones, quizá oyeron los gritos y consignas y salieron a la calle. Pero no tenían información precisa ni conocimiento real de la magnitud de lo ocurrido.

El jueves 8 de enero, a las 11 de la noche, se cortaron internet, los móviles y la telefonía fija en todo el país; es decir, se perdieron todos los canales de comunicación. Solo funcionaban los satélites, aunque con interferencias tan intensas que, en la práctica, era imposible ver nada. Incluso lo poco que se veía no aportaba más información de la que ya se tenía. Estábamos completamente ajenos a la masacre ocurrida. Aunque, por la experiencia previa de 2019, suponía que algo terrible había sucedido; solo una suposición, nada más.

El viernes ocurrió lo mismo. La telefonía fija urbana volvió, y llegaron noticias fragmentarias de incendios y destrucción en muchos lugares, pero no había información sobre el número de víctimas. El sábado, cuando la gente regresó al trabajo, comenzaron a revelarse lentamente las dimensiones del suceso. Es decir, casi dos días de absoluta desinformación.
La mayor parte de las noticias provenía de los medios del régimen, leídas “entre líneas”, junto con escasa información satelital. El relato oficial se basaba por completo en la supuesta ofensiva organizada del Mossad y agentes enemigos mediante acciones armadas contra centros militares, urbanos y civiles: un relato unilateral. Dos semanas de bombardeo informativo —que yo llamo lavado de cerebro—. El relato alternativo fue emergiendo lenta y obstinadamente, y tras la exhibición de cadáveres dentro de bolsas negras en Kahrizak, barrió con fuerza el relato del régimen.

¿Cómo evalúa la penetración del discurso Pahlaví?

Creo que hay que dividirla en dos partes: su influencia en el ámbito cultural e intelectual, y su influencia entre las masas.

En el plano cultural e intelectual, era visible que este discurso crecía gradualmente, especialmente después del movimiento “Mujer, Vida, Libertad”. Las señales eran relativamente claras: el aumento de seguidores de canales de ciertos “activistas políticos” que defendían abiertamente la monarquía; ataques constantes a las tradiciones de izquierda bajo el pretexto de defender el pasado monárquico; la formación de círculos intelectuales de personas educadas que teorizaban la defensa de la “monarquía”; la amplia difusión de revistas de derecha que elogiaban abiertamente la era Pahlaví; la disminución del tiraje de libros de izquierda y el aumento de lectores de textos derechistas sobre nacionalismo e Irán antiguo; y el crecimiento de sitios web derechistas dentro del país.

Este fenómeno se intensificó particularmente durante el genocidio en Gaza. Salvo unos pocos intelectuales dentro del país, de izquierda o derecha, la gran mayoría defendió el genocidio israelí y el ataque a Gaza bajo el pretexto de destruir a Hamás. Esta ola de apoyo a Israel, aunque no fue tan visible durante la guerra de doce días, era perceptible en todas partes. La combinación era específica: oposición al régimen, hostilidad hacia Palestina y defensa de Israel.

Sin embargo, la influencia de los Pahlaví entre las masas se basa más en la oposición al sistema gobernante y en el recuerdo “agradable” del pasado que en la atracción de un programa o acción concreta. Las referencias intelectuales de las masas opositoras eran, en la práctica, dos canales de televisión: Iran International y Manoto. Pero este apoyo era pasivo y nunca adquirió una forma activa. No se manifestaba abiertamente y permanecía envuelto en emociones ocultas, apareciendo solo en forma de consignas durante los levantamientos, y aun así de manera muy limitada.

En 2019, el lema “Reza Shah, que tu alma descanse en paz” fue muy poco frecuente. En 2022, ese lema o la defensa de Reza Pahlaví fue extremadamente marginal y nadie se congregaba en torno a él. Lo ocurrido en esos dos días quizá represente, en cierto sentido, un crecimiento lento de esta influencia, pero un crecimiento que ha sido enormemente exagerado en el espacio mediático y logrado, en la práctica, silenciando otras voces.

Si tomamos como criterio de influencia entre las masas la emisión de consignas específicas a favor de los Pahlaví —lo que considero muy superficial—, según lo que he escuchado, estas no superaban quizá el 40% de las consignas. El resto fue completamente ignorado. La consigna más destacada, “muerte al dictador”, constituía el lema dominante.

¿Fue realmente, como afirman los medios occidentales e iraníes, que la gente salió a las calles solo para devolver el poder al hijo del Shah? Si es así, ¿desde cuándo y de qué manera los fascistas lograron asumir la dirección de este levantamiento?

Plantear esta pregunta de este modo, debido a la amplitud de las consignas monárquicas, impone serias limitaciones al contenido y significado de este levantamiento. Cuando decimos que una consigna es la expresión resumida de una demanda, partimos del supuesto de que las masas han definido conscientemente sus reivindicaciones a través de sus propias organizaciones o estructuras. Pero eso no fue lo que ocurrió, al menos durante esos quince días.

En primer lugar, las demandas gremiales del bazar no representaban las demandas de toda la población. Las innumerables exigencias económicas, políticas y culturales del pueblo son tan amplias que ninguna corriente puede pretender representarlas en su totalidad. En segundo lugar, es evidente que consignas como “muerte al dictador” o “los Pahlaví volverán” esconden contenidos muy profundos que no pueden reducirse simplemente a la defensa de la monarquía o al regreso de los Pahlaví.

Las masas están hartas de toda forma de discriminación. Han llegado al límite frente a todo tipo de violación de derechos y explotación. La pobreza, el desempleo, la desesperanza ante el futuro, la violencia cotidiana desatada, el miedo a una vida que ya no tiene valor para ellas y cientos de otros factores han agotado su paciencia. Han probado todos los caminos posibles: el Movimiento Verde, los estallidos callejeros ciegos de 2017 y 2019, la lucha contra el velo obligatorio y la defensa de su dignidad humana; todos fueron reprimidos violentamente.

En este agujero negro, mientras que las fuerzas democráticas y socialistas no ofrecen en la práctica una salida a este bloqueo, y mientras todos los sustitutos han perdido credibilidad, aferrarse a un pasado idealizado, embellecido por medios fascistas, se convierte en una antorcha: una antorcha falsa. Tan ficticia como lo fue el “¿dónde está mi voto?” [consigna del Movimiento Verde]. Así es como surgen los movimientos fascistas de derecha: las alternativas reformistas convencionales se transforman en cómplices y decoradores del sistema gobernante; la izquierda es incapaz de ofrecer una alternativa real y está tan dispersa que no cuenta. Los Pahlaví se convierten en una antorcha que aparentemente puede tanto derrocar al sistema como responder a los sueños del pueblo. Pero esta es solo la forma en la que se envuelve el contenido profundamente revolucionario del movimiento actual, y no puede condenarse únicamente por la forma, es decir, por estas consignas.

En este contexto, ¿cómo evalúa la presencia del discurso “de izquierda” en Irán?

El hecho de que el entrevistador coloque “izquierda” entre comillas indica precisamente que la entiende como un concepto muy amplio, distinto de la izquierda marxista clásica. Esta “izquierda” es un producto específico de la época actual: un concepto que abarca múltiples demandas y contiene elementos de igualdad y oposición a la opresión y la explotación en todas sus formas.

Así, todas las demandas democráticas, ambientales, las críticas al funcionamiento de las instituciones gobernantes, las protestas gremiales y, naturalmente, las luchas políticas y sociales cuyo eje jurídico es la oposición a la opresión, la represión y la desigualdad, pueden considerarse, en cierto modo, “de izquierda”. El hecho de que quienes defienden estas ideas no sean necesariamente conscientes de que son “de izquierda” puede ser un fenómeno nuevo en la sociedad iraní, al menos en comparación con la era Pahlaví, cuando la inclinación hacia la izquierda equivalía principalmente a una creencia política e ideológica en los fundamentos del marxismo y exigía pertenecer a un círculo, grupo u organización política clandestina.
Si tomamos esta última definición como sinónimo de izquierda —es decir, adhesión al marxismo y pertenencia a una organización—, puedo decir claramente que no existe en Irán una corriente llamada izquierda, salvo algunos individuos o círculos muy limitados.

La izquierda que hoy existe en Irán es, en la práctica, un movimiento de masas, diverso y heterogéneo, con múltiples tendencias, que comparte la oposición al capitalismo, la defensa de la democracia y la libertad, el respeto a los derechos de las mujeres y de las minorías étnicas, y la diversidad de pensamiento. Esta izquierda no tiene organización, ni publicaciones, ni congresos, pero está presente en todas partes, aparece bajo múltiples rostros y ha tenido un impacto significativo en los acontecimientos. Esta izquierda contrasta profundamente con la imagen convencional de la izquierda marxista.

Parece que tanto el régimen como su oposición intentan presentar solo dos opciones: o permanece la República Islámica, o regresa el hijo del Shah y todo vuelve a la situación previa a 1979. ¿Es realmente así?

Sin duda, el régimen se considera a sí mismo permanente y eterno, o al menos así lo pretende. Sin embargo, en los periódicos y revistas de sus distintas facciones no se da importancia a la idea del regreso del hijo del Shah, y esta se presenta incluso como objeto de burla. En contraste, los partidarios de los Pahlaví sostienen esta idea idealizando la época del Shah.
Ambos grupos, sin embargo, ignoran por completo el amplio espectro de fuerzas opositoras. Dado que las fuerzas anti-Pahlaví y anti-República Islámica han perdido con el tiempo sus instituciones organizativas y mediáticas dentro de Irán, y se han debilitado en el exterior, ha surgido la ilusión de que solo estas dos fuerzas están activas en el escenario político. Yo no lo creo en absoluto.

Más allá de las fuerzas políticas visibles, existen vastas fuerzas sociales que operan bajo la superficie de la sociedad: grandes redes de activistas en los ámbitos de las mujeres, los niños trabajadores, el medio ambiente, los jubilados, los docentes, los estudiantes, círculos pequeños y grandes de trabajadores y activistas sociales entre kurdos, baluches, turcomanos, árabes, entre otros. Estas fuerzas, que hoy carecen de voz, constituyen una parte fundamental del activismo social.

Si analizamos el papel de las distintas fuerzas sociales: a) Podemos condenar fácilmente al Estado por sus innumerables crímenes, que comenzaron desde el día siguiente al levantamiento inconcluso de 1979. b) También podemos condenar sin dificultad a los monárquicos, incluyendo los medios que los respaldan y a diversas figuras provenientes del propio régimen —especialmente reformistas— e incluso de la izquierda y la izquierda radical que se sumaron a ellos.
Pero ¿qué ocurre con el papel del movimiento obrero, que hasta hace poco encabezaba muchas huelgas y protestas?

El movimiento obrero iraní no está organizado. La actividad de núcleos conscientes de trabajadores se limita a ámbitos fragmentados y desconectados que, en momentos determinados, estallan y se visibilizan, pero luego disminuyen rápidamente y pierden su impacto. En la práctica, esta actividad es más sectorial que nacional y no se expresa en estructuras organizadas como consejos, sindicatos o federaciones. Por ello, la destacada actividad del Consejo de Trabajadores de Haft-Tapeh nunca logró extenderse a otras unidades productivas, ni siquiera a ciudades cercanas, mucho menos a nivel nacional.

En consecuencia, el movimiento obrero aún no ha logrado desempeñar un papel clave y decisivo en las protestas recientes ni imprimir su sello distintivo. La imagen del poder del movimiento obrero que se presenta en ciertos sectores de la izquierda marxista es más un deseo que una realidad concreta.

¿Cuál ha sido el papel de las fuerzas políticas de izquierda, que en el pasado estuvieron organizadas en grandes estructuras?

Lamentablemente, debo decir con franqueza que hoy no existe en Irán ninguna fuerza política organizada con nombre y presencia reconocida; ni se percibe su existencia ni realiza labor de propaganda. Con el tiempo, se han convertido en recuerdos. Las masacres de la década de 1980, especialmente la de 1988, la emigración y el exilio de la mayoría de las fuerzas organizadas de izquierda, su no retorno en períodos de relativa apertura (como durante el mandato de Jatamí), el envejecimiento de los cuadros experimentados y el colapso de las organizaciones de izquierda —que eran, en todo caso, centros teóricos relevantes— han vaciado el escenario hasta el punto de que generaciones enteras han olvidado su papel central en los años 80.

La amarga realidad es que la izquierda organizada de esa década fue completamente destruida, y los individuos que permanecieron en Irán o bien no hicieron esfuerzos reales para crear nuevas organizaciones, o perdieron la fe en la organización, o sus intentos limitados fueron aplastados por la represión, sin dar lugar a nuevas estructuras.

¿Y puede olvidarse el papel de la izquierda radical anti-organización? ¿No ha influido la “teoría de los dos demonios” en el desarme de los movimientos sociales?

Probablemente, el papel de los opositores a las organizaciones clandestinas no fue insignificante, al menos durante la era reformista de Jatamí. Sin embargo, el problema era que incluso los partidarios de dichas organizaciones carecían de perspectivas claras y de un programa de acción definido. Desde un exceso de teorización hasta un activismo puro, estas características definían a estos grupos.

Ejemplos como la organización estudiantil Libertad e Igualdad en la década de 2000, o los activistas estudiantiles de la década de 2010, lo demuestran. En ambos casos, la cuestión central era si debían unirse a organizaciones existentes en el extranjero o crear nuevas estructuras. La escasa capacidad teórica, la limitada experiencia práctica y la fuerte represión impidieron un análisis serio, y aquí es donde el papel de los opositores a la organización clandestina se vuelve más visible.

¿Puede considerarse que todos estos cambios en Irán, y quizá en la región y el mundo, reflejan una transformación estructural del capitalismo?

Es una pregunta importante que requiere un análisis integral. Lamentablemente, la mayoría de las respuestas carecen de investigaciones rigurosas sobre los cambios estructurales. Quienes consideran determinante el individualismo derivado del neoliberalismo ignoran la dimensión de la globalización de las conexiones entre activistas políticos; y quienes consideran decisivas solo las redes virtuales descuidan el papel práctico de la lucha en el terreno. Creo que esta pregunta merece un estudio profundo.

¿Todavía es posible imaginar un futuro luminoso para Irán?

Responder a esta pregunta es difícil, y lo es aún más tras una derrota colectiva. Los 47 años posteriores a la revolución han oscurecido aquel optimismo. Las derrotas sucesivas, sin logros significativos, han impregnado el ánimo general de un profundo pesimismo.

Sin embargo, es evidente que ha surgido una nueva generación que, pese a su juventud, carga con una gran experiencia. El contenido de esa carga es profundamente confuso. Rechaza la teoría, es impaciente, quiere resultados rápidos, es ajena al trabajo colectivo y, por tanto, se apoya únicamente en su experiencia personal. Se deja arrastrar fácilmente por el clima social y olvida el pasado. Pero es valiente y se lanza al riesgo. Por eso, el camino que ha encontrado es el ensayo y error.

Probablemente esta respuesta no satisfaga a nadie, y lo entiendo. Es mi experiencia personal y seguramente tiene muchas limitaciones.

Los zapatistas de México hablan de una tormenta devastadora y llaman a prepararse desde ahora para el día después de la tormenta. ¿Considera esta idea digna de reflexión?

Tal vez la tormenta metafórica de Walter Benjamin represente mejor el futuro que tenemos por delante: montones de ruinas tras ruinas, sin que en el horizonte aparezca el sol radiante del mañana. Quizá estemos inmersos en una lucha en la que, sin falsas esperanzas, debamos cruzar un río construyendo nosotros mismos el puente, con miles de idas y vueltas, avances y retrocesos. Este puente aún no está listo y solo puede construirse mediante este esfuerzo, y quizá ni siquiera llegue a construirse. Pero al menos no estaremos guiados por ningún horizonte determinista.

Bahram Ghadimi, de Colectivo Andeesheh va Peykar (Pensamiento y lucha)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.