“Siempre ha sido la política de Estados Unidos y en particular de mi administración que este régimen (Irán) nunca pueda tener un arma nuclear. Lo repetiré: nunca podrá tener un arma nuclear. Por eso en la Operación Martillo de Medianoche del pasado junio destruimos por completo el programa nuclear del régimen”. Son las palabras que Donald Trump empleó el sábado 28 de febrero para anunciar lo que pasará a la historia como una violación flagrante del derecho internacional. Con su discurso de ocho minutos, el mandatario de la Casa Blanca apeló a una categoría no existente —aunque debatida en los círculos académicos y políticos— en el derecho internacional, pero a la que distintas administraciones estadounidenses han recurrido para justificar sus intervenciones militares en el Oriente Próximo y el Oriente Medio: el ataque preventivo. Donald Trump continuó hablando: “Después de este ataque (Operación Martillo de Medianoche) les advertimos de que reiniciaran a su maliciosa búsqueda de armas nucleares y tratamos repetidamente de llegar a un acuerdo. Pero Irán se negó; rechazó todas las oportunidades de renunciar a sus ambiciones nucleares, y ya no podemos soportarlo más. En su lugar intentaron reconstruir su programa nuclear y continuaron desarrollando su programa de misiles de largo alcance, que ahora puede amenazar a nuestros muy buenos aliados y amigos europeos, a nuestras tropas estacionadas en el extranjero y que pronto podría alcanzar el territorio estadounidense”.
Si habían destruido por completo con la capacidad nuclear del régimen, ¿por qué recientemente Benjamín Netanyahu en una entrevista para Fox dijo que Irán tendría pronto un “programa nuclear inmune” si no se hubiera producido el ataque del 28 de febrero? ¿Acaso no lo destruyeron del todo? ¿Quién miente entonces? Por supuesto, ambos son mentirosos patológicos y arrastran a sus países (y esperemos que no al mundo) a un conflicto que no se va a resolver con un golpe de sable. El Ejército estadounidense combate en defensa de los intereses regionales de Israel, ya que Irán no tiene la bomba atómica y su arsenal de misiles balísticos, a pesar de que puede golpear todo el Oriente Medio, la península de Anatolia y parte del sudeste europeo, solo se han utilizado como respuesta a los ataques primero recibidos.
Las negociaciones en Omán y Ginebra no han llegado a buen puerto debido a una mezcla de matonismo diplomático y a que las exigencias por parte de Israel eran que Teherán dejara de acumular misiles de largo alcance, algo que el Gobierno de los ayatolás nunca puede aceptar pues el país quedaría inerme ante cualquier acción bélica exterior.
Irán lleva más de dos décadas sancionado por un programa nuclear militar que, según las propias evaluaciones de inteligencia estadounidenses, fue abandonado en 2003, a pesar de contar con la capacidad técnica y humana para llevarlo a cabo. Esa sospecha ha servido como excusa perfecta para asfixiar económicamente al país y provocar revueltas internas, como las que acontecieron a finales del año pasado, con la suficiente capacidad para debilitar la política interna del régimen.
Irán es una amenaza para los intereses geopolíticos israelíes, al igual que Israel lo es para la seguridad de Irán. La dialéctica de Estados suele confrontar a las potencias que tienen intereses compartidos. Sin embargo, no es una amenaza para los Estados Unidos ni para la paz y la seguridad mundial: no hay evidencias públicas de que Irán mantenga actualmente un programa activo para construir una bomba atómica ni capacidad real para golpear objetivos en el continente americano con armas convencionales. En todo caso, sí es una amenaza para sus intereses y su capacidad de proyectar poder en la región.
La OIEA y la NIE niegan la versión de Trump y Netanyahu
El director general de la OIEA, Rafael Grossi, ha declarado el 3 de marzo en un tweet no haber encontrado pruebas que demuestren que los iraníes estaban construyendo una bomba atómica, aunque sí disponen de “uranio enriquecido de grado casi bélico” y muestra preocupación por “la negativa a conceder pleno acceso a mis inspectores es motivo de grave preocupación”. El conflicto regional con Israel se remonta a décadas atrás. Las hostilidades han ido creciendo y, con ella, la desconfianza del Gobierno iraní hacía cualquier tipo de intromisión extranjera, por mucho que tenga fines pacíficos. Como se ha comprobado en Gaza, el Ejército estadounidense e israelí no distinguen entre objetivos militares o civiles, dispara indiscriminadamente, sin importar si la estructura bombardeada sirve a la seguridad ciudadana. Las actuales incursiones aéreas buscan sembrar el caos dentro del país y debilitar por completo al liderazgo para forzar un cambio de régimen o perpetuar la anarquía. La historia muestra el afán aniquilador de Estados Unidos: tras sus intervenciones suelen quedar en pie pocas estructuras industriales civiles. De hecho, el inquilino de la Casa Blanca se está pensando si autorizar “la destrucción total del país”.
¿Cómo, pues, va a permitir Irán la entrada a un organismo internacional con el que ha mantenido una relación ambigua? Hay una serie de episodios que despertaron las alarmas de los inspectores a principios de este siglo. En 2002, descubrieron actividades de enriquecimiento de uranio no declaradas en la planta nuclear de Natanz. Tiempo después, el Gobierno iraní hizo los deberes y declaró las actividades, permitiendo a los inspectores acceder a la central de la discordia. Ese mismo año, se descubrió que la central de Arak tampoco se había declarado y contaba con la capacidad de producir plutonio, material también empleado para la fabricación de armas nucleares. Teherán aseguró que las actividades de esta central irían destinadas a la investigación médica. Trece años después, el Estado iraní modificó el diseño del reactor para demostrar al concierto de naciones que no había intencionalidad “malévola” detrás. Los informes posteriores del OIEA no han encontrado pruebas concluyentes de un programa militar activo después de 2003: no existen evidencias de que Irán esté construyendo en esas centrales un programa nuclear de uso militar, solo se está enriqueciendo uranio por encima de los niveles estrictamente civiles.
La propia inteligencia americana contradice la argumentación de Trump y Netanyahu. En 2007, la NIE (National Intelligence Estimate), presentó un informe en el que se puede leer que a partir de 2003 no existen indicios que hagan pensar que el Gobierno iraní está tratando de fabricar una bomba atómica: “Juzgamos con alta confianza que en otoño de 2003 Teherán detuvo su programa de armas nucleares”. Y añade: “Evaluamos con confianza moderada que Teherán no había reiniciado su programa de armas nucleares a mediados de 2007”.
Entre 2010 y 2012, Lieutenant General Ronald Burgess (director de la Agencia de Inteligencia de Defensa), James Clapper (director de Inteligencia Nacional), Leon Panetta (Secretario de Defensa) y el General Martin Dempsey (presidente del Estado Mayor Conjunto) realizaron declaraciones que van por la misma línea: “La inteligencia es clara: los iraníes no han tomado una decisión firme de proceder con el desarrollo de un arma nuclear”, aunque ninguno cierra la puerta a que en un futuro pueda suceder. Y durante los siguientes años hasta la actualidad, la postura de la inteligencia estadounidense no ha variado ni una coma.
La fatwa olvidada
A comienzos de los 2000, el ayatolá Alí Jamenei emitió una fatwa por la cual prohibía la construcción y el almacenamiento de armas nucleares. La decisión del líder chií se fundamentó no solo en los principios de su fe, que prohíbe atentar contra la especie humana, sino también en el recuerdo de los años de guerra con Irak en la década de los ochenta y las víctimas iraníes por los ataques de Bagdad con armas químicas. Aunque su alcance jurídico sigue siendo discutido, se puede entender como una declaración política y diplomática de un país profundamente religioso que la casta militar tuvo en cuenta a la hora de definir su estrategia militar.
Muchos analistas consideran que Irán posee desde hace años la capacidad técnica potencial para desarrollar un arma nuclear si decidiera hacerlo. Irán no es un país subdesarrollado y falto de recursos. El país es heredero de dos de los imperios —el aqueménida y el sasánida— más grandes que se han levantado sobre la superficie terrestre y que más han contribuido a moldear la idiosincrasia del Próximo y Medio Oriente. Bajo mi punto de vista, Irán encaja en las categorías que el politólogo chino Zhang Weiwei utiliza para definir a su país como un Estado-civilización. Ese arraigo civilizatorio fomenta un profundo respeto por la cultura y la palabra que repercute positivamente en el resto de actividades humanas. Irán cuenta con ingenieros cualificados y sus infraestructuras nucleares para uso civil.
Fue durante los años de mandato del último sha de Persia cuando Irán comenzó a desarrollar su programa nuclear de uso civil, enmarcado en el programa estadounidense Atoms for Peace. La monarquía iraní planeó construir veinte centrales nucleares. De hecho, Alemania Occidental empezó la construcción de la central nuclear Bushehr. La revolución del 1979 detuvo una buena parte del programa nuclear, pero la base científica no desapareció. En la actualidad Irán no solo cuenta con centrales nucleares y la capacidad de enriquecer uranio hasta niveles cercanos al grado militar, sino que también tiene a disposición de los futuros ingenieros decenas de universidades técnicas que ya han formado de manera sobresaliente a profesionales en áreas de la ingeniería, la física o la química.
Políticos que infunden bulos para construir su carrera
Desde la década de los noventa, Benjamín Netanyahu lleva advirtiendo al mundo de lo cerca que los iraníes están de conseguir su arsenal nuclear para desestabilizar el Medio Oriente y la amenaza que esto supone para la seguridad internacional. Bibi ha cimentado buena parte de su carrera política pulsando el botón del miedo. Ya en 1992, dirigió las siguientes palabras ante la Knéset (órgano legislativo): “Dentro de tres a cinco años podemos asumir que Irán tendrá capacidad para desarrollar y producir una bomba nuclear”. Cuatro años después repitió una fórmula similar para alarmar a los miembros del Congreso de Estados Unidos. Ante la ONU, un Netanyahu más envejecido legó para la posterioridad una imagen irrisoria. Corría el año 2012 y entre sus manos sostenía un esquema en forma de bomba y de manera didáctica, para que los presentes entendieran su mensaje, advirtió de que Irán “para la próxima primavera, como máximo para el próximo verano… habrá terminado el enriquecimiento del medio (señalando a un segmento del dibujo del artefacto explosivo) y pasarán a la fase final”. Cuando se produjo la operación Tormenta de Medianoche, su argumento para justificar el ataque fue idéntico: “Si no se detiene, Irán podría producir un arma nuclear en muy poco tiempo”. Esta narrativa no es una invención del primer ministro israelí, pues ya en la década de los noventa los medios de comunicación estadounidenses, como The Washington Post, The New York Times o Foreign Affairs, se referían a las supuestas ansias iraníes por dotarse de la bomba atómica.
No fue Irán quien abandonó el Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA)
En 1968, Teherán firmó el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares y dos años después lo ratificó. Asimismo, en 2015 el clima político entre Irán y Estados Unidos se relajó —debido en gran parte a que ambas administraciones contaban con presidentes abiertos a la negociación— y fue propicio para firmar un nuevo acuerdo, el Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA). Este texto imponía un mayor número de restricciones al programa nuclear civil de Irán: limitaba el número de centrifugadoras y el nivel de enriquecimiento al 3,67% y establecía uno de los sistemas de inspección más estrictos jamás aplicados por el OIEA. No se trató únicamente de un pacto entre Estados Unidos e Irán, sino de un acuerdo multilateral entre Teherán y las principales potencias del sistema internacional (P5+1), por el cual el Gobierno iraní aceptó limitar su programa nuclear a cambio del levantamiento de las sanciones económicas.
Sin embargo, en mayo de 2018, la administración Trump se retiró del acuerdo, argumentando que no limitaba el programa de misiles convencionales iraníes ni su influencia regional, lo que interfería con los planes de Israel. Las sanciones económicas se restablecieron y se impuso la política de máxima presión. Tras la salida de Washington, Irán permaneció formalmente en el acuerdo, aunque empezó a incumplir algunas de sus limitaciones a partir de 2019.
Los informes emitidos por la OIEA entre 2016 y 2018 señalan que el Gobierno iraní cumplió con lo acordado y permitió a los inspectores hacer su trabajo. El por entonces director general del Organismo, Yukiya Amano, dijo en 2017: “A día de hoy puedo afirmar que Irán está implementando sus compromisos nucleares”.
Capacidad en el Umbral, lo que pocos ven en el análisis
Hay algo en lo que tenemos que dar la razón a Bibi: desde el 2010, Irán posee capacidad potencial de desarrollar una bomba en un periodo relativamente corto. Sin embargo, los informes, desde 2023, contradicen la segunda parte de su afirmación: no se han encontrado pruebas de que haya un programa nuclear militar activo. Teherán ha jugado con una estrategia de capacidad en el umbral, una estrategia de ambigüedad diplomática muy útil si un Estado se encuentra rodeado en gran parte por regímenes hostiles, ya que permite reducir la ventaja operacional de sus rivales.
Sin embargo, Irán no es el único país que se encuentra en ese umbral. Alemania, Japón y Brasil también disponen de la tecnología y las habilidades humanas para alcanzarlo en un breve periodo de tiempo. Entonces, ¿cuál es la diferencia entre unos y otros? ¿Qué uno es unos son regímenes democráticos y los otros no? Los tres países mantienen una estrecha dependencia estratégica con Estados Unidos y, por supuesto, no suponen ningún estorbo para las pretensiones geopolíticas de Israel. Alemania y Japón, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, son colonias del imperialismo americano y se someten al yugo político, económico y cultural de Washington. En cuanto a Brasil, su situación geográfica lo posiciona en un lugar vulnerable. Estados Unidos ha reactivado la doctrina Monroe y ahora, como se ha comprobado con el secuestro de Nicolás Maduro, ningún país en el continente americano está libre de recibir un zarpazo del águila de la libertad.
De momento, aunque no lo reconozca, el único país en el Próximo y Medio Oriente con un arsenal de armas nucleares, contabilizadas entre ochenta y noventa ojivas, es Israel. Aquí aplica muy bien el refrán bíblico: “Ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio” (Mateo 7:3-5).
Recordemos que en 2003 los Estados Unidos emplearon una treta parecida para invadir Irak y desestabilizarlo. Esta vez han intentado ser más cuidadosos con sus mentiras y han recurrido a un fenómeno psicológico llamado el efecto de la verdad ilusoria: «si algo se repite muchas veces, acaba pareciendo verdad». Pero de nuevo, no hay bomba atómica ni intención de crearla. Los informes de las reuniones en Omán y Ginebra refuerzan la idea de que Estados Unidos ha intervenido en Irán para hacer gran parte del trabajo sucio y librar a Tel Aviv de su némesis regional, la cual nunca hubiera podido vencer sin la ayuda incondicional de las armas estadounidenses.
Fuentes consultadas:
– https://www.globalsecurity. (Documento de seguridad del NIE publicado en 2007)
– https://www.swissinfo.ch/spa/
– https://www. (Declaraciones de los directores y de más altos cargos del servicio de inteligencia estadounidense)
– https://www.theguardian.com/
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