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La verdadera pregunta sobre la guerra contra Irán: ¿quién se beneficia realmente?

Fuentes: Rebelión [Foto: Netanyahu en un discurso ante la 67ª Asamblea General de la ONU el 27 de septiembre de 2012 (captura de pantalla de Reuters)]

Traducido del neerlandés por el autor

El debate sobre el actual ataque contra Irán suele girar en torno a la pregunta de si Estados Unidos volverá a sufrir una pérdida de prestigio en Oriente Medio. Pero es unaa pregunta equivocada. Debemos mirar quién ha promovido esta guerra durante décadas y qué gana con ella.

Muchos comentaristas analizan la guerra contra Irán desde la perspectiva de Estados Unidos. ¿Busca Trump acabar rápidamente la contienda debido al aumento de los precios del combustible? ¿Volverá Washington a sufrir una pérdida de prestigio en Oriente Medio, como tras las intervenciones en Irak, Libia y Afganistán? Estas preguntas parecen lógicas, pero pasan por alto lo esencial.

Incluso si la guerra provoca caos y perjudica los intereses de Estados Unidos y Europa, una cuestión más importante sigue quedando poco iluminada: ¿qué le aporta esta guerra a Israel?

Un plan antiguo

Según el primer ministro Benjamin Netanyahu, el país lleva cuarenta años preparándose para una confrontación con Irán. El 1 de marzo declaró en un mensaje de video: “Gracias a esta coalición podemos, por fin, hacer lo que yo llevo 40 años queriendo”. En otras palabras, para Israel no se trata de una acción impulsiva, sino de la culminación de una estrategia a largo plazo.

La razón por la que se actúa contra Irán es evidente. Irán es el único país de la región que se opone a Israel. Teherán siempre ha apoyado la causa palestina, no solo con palabras, sino mediante el apoyo a movimientos armados como Hezbolá, Hamás y Ansar Allah (más conocidos como los hutíes).

La mayoría de los gobiernos de Oriente Medio se declaran, en principio, contrarios a la ocupación israelí de Palestina, pero en la práctica mantienen vínculos cada vez más estrechos con Israel.

Así, Turquía funciona como una importante ruta de tránsito para el petróleo y el gas hacia Israel. Egipto ayuda en el bloqueo de Gaza. Instalaciones de defensa antiaérea jordanas y saudíes interceptaron en 2025 misiles iraníes dirigidos contra Israel. Otros países, como los Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Marruecos y Sudán, normalizaron sus relaciones con Israel a través de los Acuerdos de Abraham de 2020.

La cooperación también aumenta en el ámbito militar. La industria de defensa israelí suministra armas y tecnología de vigilancia a varios Estados árabes. Marruecos importa una parte considerable de su armamento de Israel.

Por lo tanto, Irán sigue siendo el único país de la región que obstaculiza activamente a Israel y desafía el statu quo. Tel Aviv considera que el momento actual es propicio para ajustar cuentas definitivamente con este “estorbo”.

El mito de la bomba atómica

Netanyahu agita desde hace más de treinta años diagramas sobre armas nucleares iraníes “inminentes”. En 1992 dijo que Irán dispondría de un arma nuclear en tres o cinco años. Veinte años más tarde, en septiembre de 2012, afirmó que Irán tendría una bomba nuclear “en pocas semanas”. Durante décadas casi no dejó pasar ninguna oportunidad para advertir a los líderes extranjeros sobre una bomba iraní inminente.

Pero nunca se confirmaron esas afirmaciones. Los servicios de inteligencia estadounidenses y de otros países concluyeron repetidamente que Irán no trabajaba activamente en el desarrollo de armas nucleares.

En el análisis de amenazas de 2022 de la comunidad de inteligencia nacional de Estados Unidos se afirma: “Irán actualmente no está llevando a cabo las actividades clave necesarias para el desarrollo de un arma nuclear”. El mismo juicio aparece también en las ediciones de 2023 y 2024.

Sin embargo, el relato siguió circulando con obstinación. La “amenaza nuclear iraní” es un argumento útil para justificar una invasión ilegal. Donald Trump y varios aliados occidentales, como el primer ministro canadiense y el canciller alemán, siguen utilizándolo para justificar el apoyo a una confrontación militar con Irán.

Estrategia de caos total

Las intervenciones militares de Occidente en las últimas décadas estuvieron lejos de ser un éxito; basta pensar en Irak y Afganistán. Pero ese “fracaso” es para Israel precisamente el éxito buscado.

El Estado sionista quiere eliminar cualquier bloque de poder regional que pueda constituir una amenaza. A Israel le interesa sobre todo debilitar estructuralmente a Irán como Estado. Al desestabilizar el país militar, económica y políticamente, puede desaparecer una importante fuerza de contrapeso.

Esa idea encaja con acontecimientos anteriores en la región. La invasión estadounidense de Irak en 2003 eliminó a Saddam Hussein y debilitó a una importante potencia regional. La guerra civil en Siria paralizó a otro adversario de Israel. Y la intervención de la OTAN en Libia llevó al colapso de un Estado que apoyaba a los movimientos de resistencia palestinos.

En cada uno de esos casos, los países que se oponían a la política israelí salieron debilitados de la contienda.

Esta estrategia de desestabilización no es nueva. En los años noventa, estrategas neoconservadores estadounidenses formularon en el informe A Clean Break: A New Strategy for Securing the Realm un ambicioso plan para Oriente Medio. El documento fue elaborado para el entonces recién elegido gobierno israelí de Netanyahu. Sostenía que Israel podía reforzar su seguridad debilitando a los rivales regionales y cambiando fundamentalmente el equilibrio de poder en Oriente Medio.

Algunos de los autores de ese informe ocuparon más tarde posiciones importantes en el gobierno de Estados Unidos y desempeñaron un papel clave en la guerra de Irak. Muchas de las intervenciones de los últimos treinta años en la región reflejan esta estrategia. Es una estrategia que no apunta directamente a un cambio de régimen o a un nuevo gobierno, sino al colapso completo del Estado. Es la estrategia del caos.

Conforme a esa estrategia, Israel quiere ahora balcanizar y fragmentar a Irán a través de líneas étnicas se alimenta el separatismo; basta pensar en el reciente armamento de kurdos iraníes tanto en Irán como en Irak. Aunque no hay grupos ni líderes claros preparados para gobernar un nuevo Estado, se llama a la población a tomar el poder por sí misma y a demoler las instituciones existentes.

Un Irán fragmentado, desgarrado por luchas internas entre minorías, gobernado por milicias y sumido en el caos – como en Libia – ya no constituiría una amenaza para la dominación israelí. Un Irán fragmentado en guerra civil es mejor que un Estado funcional. No se trata de quién gobierna, sino de que ya no gobierne nadie.

El sionismo como fuente de violencia

La raíz de la agresión militar es la ideología sionista. Para mantener el Estado-nación judío exclusivo, se debe sofocar toda demanda de igualdad de derechos entre el Jordán y el Mediterráneo. La tragedia en Gaza es la ejecución más espantosa de esta ideología, en la que la limpieza étnica se considera un medio legítimo.

En palabras de Netanyahu, Israel debe comportarse como una “Super-Esparta”, es decir, como un Estado de guarnición despiadado que jura guerra eterna y la eliminación total de la población palestina. Según esta idea, también debe ser destruida cualquier fuerza regional que se interponga en este “proyecto mesiánico”.

En esta cosmovisión no gobierna la ley, sino la fuerza bruta. Está muy claro que Trump comparte esta idea, pero hay más en juego. Existen serios indicios de que Israel ha arrastrado a Estados Unidos a esta guerra y no al revés. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha admitido que los bombardeos de Estados Unidos contra Irán fueron provocados por el ataque israelí planificado contra dicho país.

En ese contexto existen especulaciones sobre el hecho de que Donald Trump haya sido comprometido por Israel a través del asunto Epstein. Eso permitiría a Netanyahu ejercer presión sobre Estados Unidos. Eso no está excluido, pero son especulaciones. Lo que sí es seguro es que las redes cristiano-sionistas también alimentan el apoyo de Washington al fundamentarlo en profecías bíblicas y en el pensamiento del fin de los tiempos.

Figuras prominentes de ese movimiento ya habían abogado explícitamente en el pasado por un ataque preventivo contra Irán. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, es conocido por sus posiciones cristiano-nacionalistas. Desde el ejército estadounidense han llegado 200 quejas sobre el uso de retórica cristiano-sionista para justificar esta guerra contra Irán.

Un suboficial declaró que su comandante dijo a las tropas que la guerra “forma parte del plan divino de Dios” y se refirió a pasajes bíblicos sobre el fin de los tiempos y la segunda venida de Jesús. El fin de los tiempos no es para ahora, pero las consecuencias de un Irán colapsado – un país con 93 millones de habitantes – eclipsarán los anteriores desastres en Libia, Siria, Afganistán e Irak. Puede provocar millones de personas refugiadas y cientos de miles muertas.

Sin embargo, la élite israelí, apoyada en esto por fundamentalistas cristianos en Estados Unidos, parece dispuesta a sacrificar toda la región al proyecto sionista. El mundo observa mientras se podría producir una catástrofe sin precedentes.

Texto orginal: https://www.dewereldmorgen.be/artikel/2026/03/10/de-echte-vraag-over-de-oorlog-tegen-iran-wie-profiteert-er-echt

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.