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Pandemia global

Paranoia e hipocresía global en tiempos de capitalismo tardío

Fuentes: Rebelión

Vivimos tiempos de pandemia, paranoia y cuarentena, en un mundo capitalista que, como Ícaro, vuela raudo hacia el sol de su autodestrucción. Es como si la realidad fuese una mala escritora –mala por su falta de originalidad o mala por su sadismo– empeñada en imitar La peste, aquella memorable novela de Camus sobre los efectos psíquicos y sociales de una misteriosa plaga que se abate sobre la ciudad argelina de Orán; plaga que es también, en otro plano más profundo de lectura, una parábola de la absurdidad humana (el libro, dicho sea de paso, ha vuelto a ser bestseller). La sensación compartida de estar metidos dentro de una distopía –sensación de sorpresa, perplejidad, opresión, espanto, fastidio, enojo, pero también curiosidad y rebeldía– fue un poderoso acicate para la escritura de todo cuanto sigue.

Entre los Caprichos de Goya, hay un aguafuerte que se llama El sueño de la razón produce monstruos. «Sueño» como siesta, letargo o sopor, como lo contrario al estado lúcido de la vigilia. El grabado muestra a un hombre durmiendo, con la cabeza apoyada sobre una mesa. A su alrededor revolotea un enjambre de alimañas infernales. La irracionalidad, el absurdo, representan una pesadilla: tal es la moraleja que quiso transmitirnos Goya. Este mundo, esta sociedad, este capitalismo tardío obsesionado con el COVID-19, con los contagios y las muertes, son un absurdo y una pesadilla. A ese absurdo, a esa pesadilla, oponemos aquí la confianza en el poder de la razón y la esperanza en el despertar de la razón crítica.

El presente ensayo busca problematizar la pandemia del coronavirus como fenómeno social global de estos días, en un esfuerzo consciente y deliberado por romper el cerco de la ideología dominante, el sentido común y los relatos falaces de la prensa hegemónica. Nos proponemos llevar a cabo un análisis y una reflexión de carácter crítico sobre el COVID-19, la emergencia sanitaria y toda una serie de impactos o efectos que ambos han tenido en la economía, la sociedad, la política y la cultura contemporáneas, especialmente –pero no solo– en Argentina, país donde habitamos. Es, por lo tanto, un escrito de urgencia, un texto redactado en caliente, en medio de un frenesí de noticias periodísticas, medidas gubernamentales y reacciones sociales que fueron poniendo patas para arriba nuestra vida cotidiana, y creando en nosotros la imperiosa necesidad de pensar y de decir lo que pensamos.

Tal urgencia entrañó no pocas dificultades. Ante todo, el fenómeno bajo lupa es un proceso inconcluso, en pleno devenir, con desenlace abierto. En segundo lugar, el volumen de información periodística es tan grande que resulta inabarcable (sin contar que no siempre es fiable o corroborable). A eso agréguese el escollo de que aún no se dispone de bibliografía especializada. Y por último, téngase en cuenta la existencia de un importante –parafraseando a Enrique Pichon-Rivière– obstáculo epistemofílico: el abordar, desde el escepticismo científico y la parresía de izquierda, temas tan espinosos como qué tan grave es realmente el COVID-19, qué tan convenientes son algunas políticas drásticas para combatirlo, qué sesgos deja traslucir la pandemia (y la preocupación universal por la pandemia) o qué tan fidedignas son algunas teorías conspirativas sobre el origen del virus; temas que pueden herir susceptibilidades en vastos sectores de la población en un momento histórico inédito de altísima sensibilidad y baja racionalidad.

Algunos fragmentos de este ensayo ya han sido incluidos en otros artículos: “Pensar la pandemia y la cuarentena”, de Federico Mare, publicado en La Quinta Pata el 22 de marzo; y “Paradojas virales”, de Ariel Petruccelli, que salió a la luz en La Izquierda Diario tres días después. Tales fragmentos han sido aquí corregidos o reescritos para una adecuada integración con el resto de los textos. No obstante, gran parte de esta miscelánea es enteramente nueva.

Paradojas virales: capitalismo tardío y pandemia

Desde hace al menos medio siglo, sectores importantes de la comunidad científica internacional vienen alertando sobre los problemas presentes y futuros del crecimiento económico indiscriminado. Desde hace unas dos décadas, los llamados de alerta –e incluso de alarma– sobre el cambio climático, la emisión de gases de efecto invernadero, la contaminación ambiental, el extractivismo, la desforestación y la inminente proliferación de todo tipo de plagas, se han multiplicado hasta la angustia. Sin embargo, las ínfimas cuotas de reducción de la emisión de gases que las autoridades internacionales lograban consensuar (muy lejanas, aun así, de las recomendaciones hechas por lxs científicxs) no eran cumplidas. El escenario global es el de una larga y rápida marcha hacia la catástrofe.

De no frenarse el calentamiento global en la próxima década, las víctimas se contarían por cientos de millones. Esto se sabe. Lo saben. Pero la marcha de la economía capitalista no se detiene. Más bien al contrario: si el crecimiento no supera en 3% anual, se habla de crisis o de recesión, y se alerta sobe las penosas consecuencias sociales en términos de desempleo, pobreza, hambre, etc. La economía debe crecer. No hay alternativa. Pero el planeta estallará. No hay alternativa. Pero el cambio climático causará ciento de millones de víctimas y de muertes. No hay alternativa: la economía tiene que crecer. Pero estamos destruyendo nuestra casa, que es este planeta. No hay alternativa. Se debe seguir adelante: la economía no se puede detener. Pero esto es absurdo, los bienes que se producen son cada vez más superfluos (automóviles, celulares, tablets, etc.) y la inmensa mayoría de las personas a duras penas puede comer. Las cosas son así, no hay alternativa, no hay.

Este era el panorama a nivel mundial. Y de repente, llegó el COVID-19. En cuestión de semanas, se redujo un 35% la emisión gases de efecto invernadero. La economía mundial se frenó prácticamente en seco. Países enteros entraron en cuarentena obligatoria. Todo, absolutamente todo lo que se decía que era imposible, de repente se volvió realidad.

El planeta respira, ligera y temporalmente aliviado, mientras enormes cantidades de la población mundial viven en estado de pánico y de autoencarcelamiento como medida de salvación pública. Paradójicamente, un virus ha hecho más por frenar el calentamiento global que todas las autoridades de todos los países en los últimos cincuenta años.

Las buenas conciencias quizá se consuelen pensando que, al menos, esta catástrofe viral servirá para que tomemos conciencia de que todxs somos parte de un mismo barco y que necesitamos unirnos para salvarnos. Y sin embargo no. En este momento de «frente único» contra la amenaza del COVID-19, es necesario no perder la cabeza. Ningún virus hará lo que tenemos que hacer como humanidad.

Pandemia y teorías conspirativas

Muchas son las teorías conspirativas sobre el origen del coronavirus: Dios ha castigado a la humanidad por sus pecados, China ha usado un arma bacteriológica contra Occidente para conquistar la hegemonía global, los Estados Unidos sembraron un nuevo virus en China para frenar el ascenso económico del gigante asiático, el COVID-19 es una bioarma diseñada por un laboratorio del gobierno chino que se propagó accidentalmente, la «sinarquía» del New World Order (NWO) pretende acabar con la superpoblación mundial, el neoliberalismo busca deshacerse de la gente anciana para lograr un ajuste a gran escala en el sistema previsional, etc. etc. Entre tanto alarmismo y paranoia, conviene recordar una verdad de Perogrullo que invita a la prudencia y la mesura: todas estas hipótesis no pueden ser válidas, porque en muchos aspectos son incompatibles. Hay algo aún más inquietante que la proliferación irresponsable de elucubraciones complotistas sobre la pandemia: que muchas personas den por ciertas, al mismo tiempo, varias teorías o versiones que se excluyen lógicamente entre sí.

Todo lo dicho no excluye esta otra verdad: la humanidad es tecnológicamente capaz, desde hace rato, de producir armas biológicas o bacteriológicas del alta complejidad y letalidad; y cuando todavía no lo era, tuvo en muchas ocasiones la astucia de inventar bioarmas más sencillas como arrojar, mediante catapultas, serpientes venenosas o carroña contaminada a ciudades o fortalezas asediadas (tal como testimonia, entre otros, el general romano Sexto Julio Frontino –experto en tácticas militares y autor de las célebres Strategemata– a fines del siglo I). No solo eso: desde tiempos muy antiguos, hemos sido moralmente capaces de asesinar en masa, mediante variados métodos (guerras, genocidios, etc.), a nuestrxs semejantes, por codicia, ambición, odio, fanatismo, crueldad, venganza y otros motivos. Las atrocidades perpetradas por el imperio asirio, por Roma, por Gengis Kan, por los cruzados, por la Inquisición, por Cortés y Pizarro, por todas las potencias coloniales europeas, por Shaka Zulú, por Hitler y Mussolini, por Stalin, por el Japón de Hirohito, por las dictaduras latinoamericanas, por el déspota ugandés Idi Amin, por la Sudáfrica del Apartheid, por los jemeres rojos, por los Estados Unidos, por el fundamentalismo islámico, por la derecha sionista de Israel, eximen de todo comentario. Después de horrores inefables como la conquista de América, la Shoá o el bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaki, nadie puede estar seguro o segura que la humanidad, a pesar de su modernidad, no vaya a hacer algo igual o peor. Nuestra especie parece no tener ya un non plus ultra tecnológico y moral.

Ahora bien: que la humanidad tenga la aptitud de cometer matanzas o masacres, no significa que toda mortandad sea intencional, premeditada, planificada. Quizás sí, quizás no. Es algo que no se puede saber a priori. Es algo que debe ser averiguado a posteriori en cada caso particular, a través de la recolección y análisis de evidencias. Podemos tener cierto escepticismo o recelo pesimistas respecto al origen de la pandemia. Cabe dudar de si se trata de un flagelo accidental o ex professo. Lo que no debemos hacer es dar por cierto lo segundo si no tenemos pruebas, y eso es lo que está ocurriendo ahora con las teorías conspirativas sobre la génesis del COVID-19.

También hay que decir esto: que la pandemia no haya sido criminalmente inducida, que no sea consecuencia de un plan maquiavélico de gobiernos o corporaciones, no significa que sea ajena a causalidades o factores sociales. En Italia, por ejemplo, las políticas neoliberales de ajuste en salud han contribuido al desmadre catastrófico de la tasa de contagio. Más en general, la comunidad científica viene alertando desde hace tiempo que la acelerada y descontrolada desforestación de las selvas tropicales y subtropicales, junto a las granjas de «producción industrial» de aves, son la combinación perfecta para la proliferación de todo tipo de virus nuevos y viejos (más aquellos que se prevé que pueden reaparecer luego de miles de años inactivos, con el descongelamiento global provocado por el cambio climático). Además, aun cuando la pandemia tuviera –como parece por ahora– un origen meramente accidental, eso no excluye la posibilidad de que distintos sectores del establishment se aprovechen de la crisis sanitaria desatada: gobernantes haciendo demagogia o suspendiendo las libertades públicas –con toques de queda, por ej.– más de lo estrictamente necesario, derechas racistas fogoneando la xenofobia (la sinofobia especialmente), empresas y comerciantes lucrando con la desesperación de la gente, etc. Las explicaciones de tipo funcional son totalmente legítimas, siempre y cuando posean algún sustento racional y empírico, y siempre y cuando se tenga bien claro la diferencia entre explicar la génesis u origen de un fenómeno, y explicar su pervivencia, desarrollo, mutación o intensificación.

Una digresión: si hay alguien que debe estar feliz con la pandemia del coronavirus, o aliviado en todo caso, es Sebastián Piñera, el impopular presidente de Chile atornillado al sillón de O’Higgins. Lo que la represión no ha logrado en tantos meses, quizás lo logre en un par de días o semanas la cuarentena: distraer y desmovilizar a la sociedad chilena, que lo tenía contra las cuerdas. Al menos un poco y transitoriamente, pensará el mandatario, tan proclive, desde el inicio de la revuelta popular en octubre, a declarar el estado de excepción (días atrás, Piñera decretó el toque de queda nocturno en todo Chile para –aduce– garantizar la cuarentena total). El tiempo dirá… Por lo pronto, las protestas callejeras han cesado. El miedo al COVID-19, que forzosamente irá creciendo a medida que suban las tasas de contagio y letalidad (hoy todavía bajas), amenaza con paralizar la revuelta popular del país trasandino.

Pandemia e infodemia

Cuando leemos o escuchamos que la letalidad o mortalidad del coronavirus, en los países más afectados (Italia, China, España, Irán), oscila entre el 4 y 8%, tengamos en cuenta que esa estimación no es en base a la población total, sino, solamente, en base a los casos confirmados de infección. En Italia, donde hubo más decesos, la proporción respecto a la población total no llega al 0,005% (49,3 en un millón). En China, donde se inició la pandemia, es de 0,00022% (2,2 en un millón). Dimensionemos también cuál es la proporción de casos confirmados respecto a la población total: en Italia no llega al 0,07% (679 cada millón de habitantes). En España e Irán, no alcanza el 0,04%…

A nivel mundial, la letalidad del COVID-19 ronda el 3%. Pero de nuevo: recordemos que ese 3% es en relación a los casos confirmados de contagio, no en relación al total poblacional. A lo que hay que agregar lo siguiente: las personas infectadas seguramente son muchas más (hablamos de personas que portan el virus sin que sea detectado. En al menos el 50 % de quienes se contagian, el COVID-19 no provoca ninguna sintomatología; en tanto que en un 30 % provoca una afección leve). Existen en todo el orbe, a la fecha, unas 304 mil personas infectadas de coronavirus, oficialmente. ¿Muertes? Cerca de 13 mil. Considerando que la población mundial treparía ya a 7.700 millones, eso significa que la pandemia ha afectado a algo menos del 0,004% de los hombres y mujeres del planeta, y que ha matado a algo menos del 0,0002%.

Parece importante aclarar esto porque circula por WhatsApp, redes sociales, páginas de Internet, medios de prensa y foros virtuales una inmensa cantidad de mensajes alarmistas donde no se brinda ninguna precisión sobre cuál es la base demográfica de los cálculos. No es lo mismo 3 decesos cada 100 habitantes, que 3 decesos cada 100 personas infectadas. Se advierte mucha confusión en materia infodemiológica. Esa confusión se debe, en gran medida, a la irresponsabilidad de quienes comunican. Por ej., médicos que graban y difunden audios por WhatsApp en los que dan por sentado que la gente ya sabe que los porcentajes de letalidad son en relación a los casos de contagio, y no al total de población. Tengamos más cuidado en lo que informamos. Hace rato que la OMS viene alertando sobre los perjuicios que genera la infodemia, esto es, la propagación de información sanitaria totalmente falsa, parcialmente errónea o insuficientemente clara.

No obstante, debe admitirse también que las estadísticas mundiales de casos confirmados no reflejan la gravedad de la pandemia en su exacta dimensión debido a que, al parecer, cerca del 80% de las personas contagiadas no son afectadas en su salud por el virus, pero sí pueden propagarlo en tanto portadoras. Esta aclaración, de cualquier modo, no contradice la cautela de los párrafos anteriores. Solo la matiza. En el mundo siguen muriendo muchísimas más personas por causas ajenas al COVID-19, que a causa del COVID-19: infarto, cáncer, diabetes, tuberculosis, cólera, accidentes de tránsito, asesinatos, suicidios, etc. No hay comparación posible en este sentido. Se impone, pues, la necesidad de poner coto al tremendismo.

No se propone aquí subestimar el coronavirus. En absoluto. Lo que aquí se sugiere es evitar exagerar su gravedad, a caballo de la paranoia, el pánico, la desinformación, el morbo y el sensacionalismo. Si la irracionalidad es lo que prevalece, la parálisis o el error le ganan la partida al cuidado preventivo responsable y solidario, único modo posible de revertir la pandemia hasta tanto se desarrolle la vacuna. En una entrevista que le hicieran en un programa de TV tucumano, el doctor Alfredo Miroli, inmunólogo, habló de tener “prudente temor”, evitando el “patológico terror”. En síntesis, ni subestimación ni exageración del COVID-19: justa calibración es lo que hace falta.

Pandemia y sesgos ideológicos

Cabe preguntarse: ¿habría tanto terror mortis frente al coronavirus si este fuese una típica enfermedad de la pobreza y la periferia, como el cólera o el paludismo, que causan estragos mucho mayores? La malaria, por ej., se cobra un millón de muertes al año; la diarrea, casi dos millones; la tuberculosis, al menos un millón y medio… El COVID-19 aún no ha llegado a las 20 mil defunciones… Pero claro: Italia no es Mozambique o Haití, ni España es Camboya o Nicaragua; y las clases altas y medias que pueden cultivar el turismo internacional o los viajes de negocios, llevando o trayendo el coronavirus, nada tienen que ver con el «pobrerío oscuro» que habita en zonas rurales y urbano-marginales del planeta.

Es sintomático, en este aspecto, lo poco y nada que se está hablando del impacto de la pandemia en Irán, una de las naciones más grandes y pobladas del Medio Oriente: alrededor de 20 mil o 21 mil casos confirmados y más de 1.500 muertes. La cobertura periodística y el interés del público ha sido muy dispar. Francia, Alemania y Estados Unidos importan: son países centrales, occidentales y ricos, miembros de la OTAN. Irán no importa: es un país «tercermundista» y pobre, islámico, acusado de terrorismo. No se mide con la misma vara, no. Hay vidas que valen más que otras, conforme a criterios de clase y étnico-geopolíticos (no siempre explicitados, pero siempre operantes). La pandemia no está libre de sesgos ideológicos.

Aunque resulte disonante y políticamente incorrecto, hay que decir que el impacto público de esta pandemia tiene mucho que ver con las franjas etarias, los sectores de clases y los grupos étnicos que se han visto principalmente afectados. El sesgo es pronunciado. Más aún: es casi increíblemente pronunciado. A nivel mundial, el 95% de las víctimas superan los 60 años. Más aún, el 80% de las víctimas superan los 70 años, y, por ende, se hallan casi todas por encima de la esperanza de vida promedio (que ronda los 72 años, con obvias y escandalosas diferencias regionales y de clase). El virus prácticamente no afecta a menores de 10 años, y hasta ahora no ha provocado ningún deceso en esta franja etaria. Los casos de contagio son escasos en la franja de entre 10 y 19 años, y las muertes son muy pocas.

Ahora bien, es claro como el agua clara que el promedio de edad de lxs líderes políticxs mundiales, de lxs ricxs y súper-ricxs, de lxs CEOs de las corporaciones, de lxs ejecutivxs de organismos internacionales; en suma, la franja etaria promedio de quienes dominan el mundo, los coloca entre la población de riesgo. A esto se suma que los estados más afectados son potencias mundiales o países relativamente acomodados, y que, con la excepción parcial de China, el virus circuló profusamente en sectores sociales con capacidad para viajar al extranjero. En menores de 30 años, la mortalidad del COVID-19 no difiere mucho de la gripe común. Para la gran mayoría de la población mundial, la amenaza mortal del virus es realmente baja.

No nos engañemos: no son las vidas de la población en general lo que les preocupa. Son sus propias vidas, que sienten ante un riesgo mayor. Mientras lxs muertxs en masa caen por balas, cólera, desnutrición, malaria o gripe en las villas miseria, en África, en Medio Oriente, en los campos de refugiadxs, en las barriadas populares… la vida sigue para ellxs como si tal cosa. Nunca les tembló el pulso para reducir presupuestos de salud, pagar jubilaciones miserables, recrudecer la explotación, achicar los salarios, talar los bosques, echar al mar refugiadxs, contaminar los ríos, inundar el mundo de sustancias cancerígenas, establecer bloqueos económicos a países enteros o lanzar misiles a mansalva lamentando cínicamente sus «efectos colaterales». Pero cuando las víctimas potenciales son ellxs… entonces son capaces de todo. Incluso de hacer lo inimaginable. Incluso de hacer lo que durante años dijeron que no se podía hacer –reducir drásticamente la emisión de gases– aunque fuera indispensable para salvar a millones de personas de una catástrofe inminente.

Desde luego que políticxs y empresarixs conocían y conocen perfectamente los efectos devastadores que el cambio climático ocasionará: pero calculaban que a ellxs no les llegaría. Lxs muertxs del cambio climático no serían sus muertxs. Para su sorpresa, el COVID-19 también se metió con ellxs. De eso al pánico no había mucho más que un paso. Hasta que se desarrolle una vacuna, nos tendrán a todxs obsesionadxs con su amenaza. Cuando la vacuna esté disponible, los medios de comunicación de masas se olvidarán pronto de si la bendita vacuna no llega a lxs hambrientxs de África.

Con un puñado de excepciones (quizá Corea del Sur, acaso Alemania) las autoridades públicas oscilaron entre el negacionismo omnipotente y el pánico. El gobierno chino pasó de uno a otro en cuestión de días: de negar el problema y tomar medidas represivas contra lxs médicxs que alertaban sobre los riesgos, a establecer una cuarentena total en Wuhan. A medida que los contagios se esparcían por el mundo mediante lxs viajerxs internacionales, el pánico comenzó a generalizarse entre las clases altas. Desde luego que en España y –sobre todo– en Italia, la situación es dramática. Pero no deberíamos olvidar que la inmensa mayoría de las víctimas pertenecen a franjas etarias numerosas en esos países, pero exiguas en muchos otros. En África, en India, en buena parte de América Latina, las personas mayores de 80 (que son el 50% de las víctimas) resultan muy escasas: allí se mueren antes de alcanzar esas edades por enfermedades curables. En Italia, las personas mayores de 65 años representan un 22% de la población. En España son aproximadamente el 16%. Se trata de países del llamado «primer mundo». Pero en Argentina sólo un 8% corresponde a esa franja etaria, en la que se registra el 95% de las víctimas fatales. Y digámoslo todo: en India son menos del 2%. Desigualdad global, que le dicen.

Esto no significa que haya que tomar a la ligera a la pandemia, desde luego. Pero el pánico que ha generado, debe admitirse, tiene mucho que ver con que ha afectado a sectores sociales que tradicionalmente se han considerado invulnerables; y al poder económico, político y mediático que poseen.

Cuarentena y teletrabajo

La cuarentena no son vacaciones, nos recuerdan nuestras autoridades gubernamentales y patronales con insistencia, y a veces con cierto tono admonitorio o socarrón. Muy cierto. Si resulta riesgoso salir del hogar para ir a trabajar o estudiar, también resulta riesgoso salir de esparcimiento, al menos si el esparcimiento conlleva contacto con muchas personas: shoppings, discotecas, estadios, cines, plazas, fiestas, etc. Los países que no entendieron eso, lo están pagando caro.

Pero tampoco la cuarentena debiera ser pretexto para el trabajo a domicilio carente de toda utilidad, meramente burocrático, sin más razón de ser que el afán directivo –privado o estatal– de evitar a toda costa, por inercia o mezquindad, o por malicia o rencor, que lxs trabajadores se den el gusto de «holgazanear» o «no hacer nada» en sus casas. Qué pasión triste –parafraseando a Spinoza– es esta de combatir el ocio con tareas a distancia absurdamente innecesarias.

Hay también, por otro lado, mucho de sobreactuación en esto de contar lo maravillosamente bien que nos va en adaptarnos a la cuarentena, en describir el ingenio y la inventiva que tenemos para sortear los contratiempos que generan las medidas de suspensión y aislamiento en el trabajo, la educación, el transporte, la salud, el aprovisionamiento, el cuidado de menores y mayores, etc. Nos está faltando honestidad intelectual –y acaso un poco de humildad– para entender y asumir que la emergencia indefectiblemente conllevará postergaciones de toda índole en nuestras vidas. Lo que se quiere decir con esto es que muchos quehaceres no podrán ser hechos a distancia, virtualmente, y que habrá que diferirlos o posponerlos para cuando la crisis sanitaria haya pasado. No se puede hacer magia, aunque gobernantes, tecnócratas, patrones y jefes nos presionen todo el tiempo con el memento sarcástico «recuerden que la cuarentena no son vacaciones». Comprendamos y aceptemos, con realismo y sin desesperación, que muchas cosas habrán de quedar en el freezer por un tiempo, aunque eso no le guste a quienes mandan.

No en todos los casos, pero sí en muchos, el teletrabajo que hoy se improvisa bajo cuarentena es solo burocracia improductiva: papeleo virtual que no reporta ningún beneficio real, y que solo responde a la lógica patronal-punitiva «no estamos de vacaciones». El trabajo asalariado, de por sí alienante por las razones que explicara Marx, se vuelve aún más alienante cuando, disociado de las condiciones materiales que lo harían viable y útil, pierde toda conexión con las necesidades sociales. Cuando el homeworking queda reducido a un simulacro desesperado y fantasmagórico de continuidad laboral, sin más sentido que el de reprimir o frustrar la «vagancia» de los «recursos humanos», el capitalismo muestra una de sus facetas más mezquinas, absurdas y enajenantes.

No dejemos que el poder, so pretexto de una emergencia sanitaria cuya gravedad no se minimiza, demonice y aplaste el ocio con una avalancha de requerimientos y tareas a distancia impracticables e inservibles. Defendamos la skholè (aquí se rescata la palabra griega para «ocio» con el propósito de darle más fuerza al concepto) del vigilantismo filisteo de las gerencias y tecnocracias. Sin skholè –en la Grecia antigua lo sabían muy bien– no hay ciencia, ni arte, ni filosofía. Sin ociosidad no existe la posibilidad de leer, de formarnos, de cultivar el autodidactismo, de reflexionar, de crecer intelectualmente… El ocio constituye una pasión alegre, en estricto sentido spinoziano: es decir, una pasión que nos perfecciona.

La skholè, en palabras de un notable sociólogo francés, es “tiempo libre y liberado de las urgencias del mundo, que posibilita una relación libre y liberada con esas urgencias y ese mundo”. El ocio sirve, entre otras cosas, para releer y actualizar libros esenciales, como las Meditaciones pascalianas (1997) de Pierre Bourdieu, obra de la que se extrajo la cita anterior. Releer y actualizar libros esenciales es, nos parece, un modo muy productivo de utilizar el tiempo libre de la cuarentena. O en todo caso, un modo menos inútil que «trabajar a distancia» para alimentar la maquinaria burocrática.

La cuarentena: ¿un privilegio de clase?

Se ha viralizado en las redes sociales, con bombos y platillos, un meme que dice “poder quedarse en casa también es un privilegio de clase”. Nos recuerda o explica que cumplir la cuarentena “mirando Netflix o leyendo libros es la realidad privilegiada de unos pocos”. No solo eso: “romantizar el aislamiento puede ser un insulto para una gran parte de la sociedad, que, si no trabaja, no come”. Y concluye: “poder adherir al «yo me quedo en casa» también es privilegio de unos pocos”.

Hace años que vienen circulando dispositivos retóricos de este tipo, construidos sobre la premisa de que tal o cual cosa «también es un privilegio de clase»: vacaciones pagas, viajes turísticos, empleo formal, estudios universitarios, obras sociales, salario acorde a la canasta básica, alimentos saludables, vivienda propia y confortable, actividad intelectual, goce estético, práctica de ciertos deportes… En fin, todo aquello que podríamos englobar como satisfacción de necesidades secundarias, e incluso, a veces, necesidades básicas.

Aunque sea políticamente incorrecto decirlo, es necesito decirlo: esta clase de memes cansan. Hay algo de verdad necesaria en ellos, no se puede negarlo: la empatía y solidaridad con quienes menos tienen. Pero también mucho de falacia contraproducente. Está fuera de toda discusión seria que la población asalariada y con trabajo formal –aun el precarizado– está mejor que aquella otra condenada por el sistema capitalista al desempleo, la informalidad, el cartoneo, la venta ambulatoria o la mendicidad. Existen, entre una y otra, significativas diferencias en nivel de ingresos, en hábitat, en salud y nutrición, en educación y esparcimiento, en capacidad de consumo y ahorro, etc. Pero, en la mayoría de los casos, no corresponde calificar esa brecha como privilegio, ni en términos sociológicos ni en términos ético-políticos (privilegio en su denotación o connotación negativa, que es la más corriente).

¿Es justo, por ej., considerar a una enfermera, un operario de fábrica, una profesora suplente del secundario o un barrendero municipal como una persona «privilegiada» solo porque tiene un empleo formal que lo sitúa técnicamente, en las estadísticas oficiales, por arriba de la línea de la pobreza? Por supuesto que hay personas que están peor que las que acabo de mencionar: gente en situación de calle, relegada a la pobreza o la indigencia, que padece hambre y otras injusticias. Pero, cabe preguntarse, ¿el hecho de no estar tan mal es siempre sinónimo de privilegio? Honestamente, parece un disparate, un despropósito.

Se ha tergiversado y banalizado en exceso la palabra «privilegio», con mucho descuido de la semántica y la sociología. Un privilegio de clase no se reduce a un mero estar mejor que otrxs. Privilegio de clase es un estar mejor que otrxs, a expensas de otrxs, o de alguna otra forma éticamente repudiable o cuestionable. Es decir, el término «privilegio» solo corresponde cuando hay explotación u otra injusticia. Tildar de privilegiadas a millones y millones de personas que trabajan duro por un salario (muchas veces bajo condiciones precarizadas y sin llegar siquiera al piso de la canasta básica), solo porque existen personas que están peor, parece una moda intelectual nefasta, cuyo efecto práctico es el de legitimar o justificar la nivelación para abajo, el aplanamiento de derechos. Es dar a entender que las primeras son las culpables de la postergación de las segundas, un desquicio que alimenta la guerra de pobres contra muy pobres mientras que las clases dominantes que nadan en la opulencia, y que sí son privilegiadas, se destornillan de risa.

Es hora de terminar con la cantinela culpógena de que el trabajo asalariado, con su modesta satisfacción de necesidades vitales, constituye un «privilegio de clase». En el capitalismo, la única clase verdaderamente privilegiada es aquella que extrae plusvalor de las masas productoras, aquella que acumula riquezas a través del parasitismo, a través de la explotación. Es la burguesía la responsable de la pobreza extrema de quienes quedaron al margen del mercado laboral formal.

No digamos que cualquier trabajador o trabajadora en cuarentena –una maestra rural con hijxs menores, un recolector de residuos sexagenario, una cajera de supermercado con dolencias pulmonares, un celador que debe cuidar a su madre anciana, etc.– está disfrutando «románticamente» de un «privilegio de clase», porque hay quienes –un cartonero, una vendedora ambulante, un campesino– no pueden darse el lujo de dejar de trabajar y ver una serie de Netflix o leer un libro. No naturalicemos el reaccionario sofisma según el cual el trabajo asalariado, y la satisfacción de necesidades básicas o secundarias, es una prerrogativa elitista, mal habida y vergonzante. El adversario no es el segmento menos pauperizado de la clase trabajadora. El adversario es la clase capitalista que explota o excluye a las mayorías populares. No romanticemos el sentimiento de culpa. La lucha es contra el capitalismo, no contra el buen vivir.

Llegará el día en que se teorice –para deleite de los oídos patronales y neoliberales– lo que ya están dando a entender desde hace rato con ejemplos prácticos cada vez más desatinados: que tener derechos laborales «también es un privilegio de clase», porque hay gente que no los tiene: descanso dominical, vacaciones pagas, indemnización por despido, aguinaldo, licencia por razones particulares, etc. Será distópico.

Los derechos que no están universalmente garantizados no son privilegios. Son eso: derechos que no están universalmente garantizados. El desafío político que tenemos por delante no es crear culpa en la conciencia de quienes ya los gozan legítimamente, sino luchar hasta lograr su universalización (universalización no solo jurídico-formal, sino también, y sobre todo, real, efectiva, práctica).

Desde los tiempos de la Ilustración y la Revolución Francesa, la palabra «privilegio» suele entrañar una carga semántica profundamente negativa, peyorativa, ya sea por denotación o connotación. No siempre, por supuesto. También hay un sentido más coloquial y neutro del término, como cuando alguien dice: tuve el privilegio de asistir al último show de los Beatles, en la terraza del Apple Corps. Pero cuando se habla de «privilegio de clase», con todas sus implicancias o resonancias sociológicas, no parece tratarse de una noción tan ingenua e inocua… Usarla con ligereza, confusa o ambiguamente, es algo que debiéramos evitar hacer, sobre todo en contextos de discusión pública donde hay cuestiones delicadas en juego, como una emergencia sanitaria por pandemia, el problema de la distribución de la riqueza o la avanzada del neoliberalismo contra los derechos sociales conquistados.

Cuarentena y control social

Permítasenos iniciar este apartado con un hecho cotidiano menor, pero profundamente sintomático. Un ejemplo que resume este Zeitgeist o clima epocal: en Buenos Aires, una médica que iba en auto al hospital público donde trabaja, y donde se brinda uno de esos servicios esenciales que tanto se pondera y reclama, fue agredida a piedrazos por un vecino anónimo, quien le espetó, entre insultos, “¡quedate en tu casa!”. La anécdota tragicómica ilustra, pone en evidencia, el nivel inusitado de paranoia, vigilantismo e irracionalidad que ha alcanzado la sociedad con la pandemia del coronavirus.

Podría añadirse otro ejemplo, aunque en este caso sin una arista graciosa: en General Pico, La Pampa, un joven que salió de su casa para comprar pan en un comercio de cercanía resultó herido en la cabeza al recibir de la policía disparos de bala de goma, sin que haya mediado ninguna voz de alto. La Pampa es la provincia argentina con mayor número de detenciones por incumplimiento de la cuarentena (según informara La Izquierda Diario), y es, curiosamente, una de las menos pobladas (350 mil habitantes). En ella, por lo demás, solo existe un caso confirmado de coronavirus, y ninguna muerte a causa de la pandemia.

De todas las jornadas de cuarentena que se han vivido en Argentina, la del 24 de marzo es la que más ha dolido, por la impotencia política que produjo no poder conmemorar, marchando en multitud por las calles, a nuestrxs 30 mil desaparecidxs, víctimas del terrorismo de estado durante la última dictadura. Pero eso dolor se ve agravado por la lectura del último reporte de Correpi, en el que se denuncian toda clase de abusos y atropellos de las fuerzas de seguridad, so pretexto de garantizar el cumplimiento a rajatabla de las medidas sanitarias de aislamiento social respecto a la pandemia del COVID-19.

Se han registrado, por ej., numerosos casos de persecución, maltratos y golpizas contra personas en situación de calle, en CABA, Córdoba y otras provincias. Lo sucedido en una barriada humilde de Goya, Corrientes, donde un grupo de adolescentes fue dispersado a balazos por un patrullero, también es alarmante, igual que los hostigamientos policiales a inmigrantes o descendientes de inmigrantes del Asia oriental en los llamados supermercados chinos, muchas veces instigados por clientes cuya paranoia ha derivado fácilmente en sentimientos de sinofobia y microfascismo.

Correpi señala que hubo en estas jornadas más de 10.500 detenciones en todo el país. Si bien una parte de este accionar se enmarca en lo que constituye un razonable esfuerzo por evitar el contagio del coronavirus (como en los casos del «rugbier de Buquebus», el «surfer de la Panamericana» o el preparador físico que agredió a un vigilante privado en un edificio de Olivos), otra parte se encuadra en la vieja lógica represiva clasista-racista de las razzias «antivilleras».

Por otro lado, la situación en las cárceles también es preocupante, debido a la falta de artículos de limpieza e higiene personal, y a las condiciones de hacinamiento; problemas históricos que se han visto súbitamente agravados por la imposibilidad de las familias –a causa de la cuarentena– de acercarse a las penitenciarías para entregar –como han hecho habitualmente– insumos a sus parientes. Los reclamos de las personas convictas están siendo acallados con brutales palizas y represalias: Bariloche, Batán, Bouwer, Coronda, Las Flores, Florencio Varela… En dos presidios de Santa Fe donde hubo motines y represión, cinco reclusos perdieron la vida, según confirmaron varios medios de prensa y la agencia Télam.

Paradojalmente, en Argentina, la violencia represiva desatada en las cárceles por la crisis sanitaria causó pocas muertes menos que la propia pandemia. El número podría elevarse de un momento a otro, debido a la oleada de disturbios penitenciarios en todo el país. Es de notar que en otros países del mundo está sucediendo lo mismo, por ej. en Colombia, donde al menos murieron 23 convictos. ¿Cuántas personas mató el COVID-19 en Colombia? Solo cuatro… Todo es muy absurdo.

Siempre es necesario luchar contra una concepción meramente arqueológica de los derechos humanos, y puramente formal de las libertades democráticas. Pero esa necesidad se hace tanto más acuciante cuando se atraviesa una coyuntura como la actual, donde, en casi todo el mundo, el límite entre legítima prevención sanitaria y estado de excepción comienza a volverse borroso, a la sombra del pánico irracional de masas y los intereses oportunistas de las clases dominantes.

Los toques de queda en China y Chile, por ejemplo, han dado pábulo a desbordes de autoritarismo y violencia inaceptables, que no se pueden justificar apelando al argumento de la salud pública. Muchos otros países han comenzado ya a imitar, en mayor o menor medida, el modelo chino de cuarentena militarizada: Italia, España, Irán, Israel, Perú, Ecuador, Jordania, Bolivia, India, Honduras, El Salvador, Panamá, Francia… Trump, el presidente de la potencia hegemónica del globo, ha dicho que la lucha contra el COVID-19 es una guerra. Macron, uno de los principales líderes europeos, también ha recurrido a metáforas bélicas poco felices. Si estamos en guerra, ¿todo vale?

En su estimulante columna El mundo después del coronavirus, Yuval Noah Harari analiza los riesgos totalitarios que entraña la generalización de las técnicas de vigilancia digital y biométrica del gobierno chino, si no hay adecuados contrapesos de empoderamiento ciudadano. El filósofo Byung-Chul Han también ha abordado la cuestión en su debatido ensayo La emergencia viral y el mundo de mañana, aunque su postura crítica respecto a la biopolítica digital del big data parece más matizada y cautelosa que la del israelí. Lo cierto es que el peligro de que se universalice el estado policial es real. No debiéramos negarlo o minimizarlo, por mucho que nos preocupe la salud pública. No debiéramos porque, como bien lo ha explicado Naomi Klein en La doctrina del shock, los mayores retrocesos de la historia reciente en materia bienestar social y derechos humanos han estado asociados, por lo general, a situaciones de conmoción pública y pánico colectivo no tan diferentes, en varios aspectos, a la de estos días. El terror paraliza, desalienta y disciplina a la sociedad. Es la más eficiente fábrica de quietismo, resignación y obediencia. El poder lo sabe, y lo explota.

Argentina no ha llegado a los extremos de China, pero es un hecho que las fuerzas de seguridad están aprovechando la emergencia para «hacer de las suyas» con total impunidad, amparadas en el silencio de la ciudadanía y las autoridades civiles. Es preciso, pues, renovar el compromiso con los derechos humanos y las libertades democráticas. No dejemos que la cuarentena se convierta en un cheque en blanco al microfascismo vecinal y al desmadre represivo del Estado.

En EE.UU., donde el presidente fomenta la sinofobia sin sutilezas hablando continuamente del «virus chino», gran cantidad de inmigrantes y descendientes de inmigrantes del Asia oriental han sido víctimas de agresiones y discriminaciones escandalosas, como en los tiempos más virulentos de la psicosis del Yellow Peril. Trump, además, reclama al Congreso poderes especiales para combatir la pandemia… Las protestas masivas en Chile, Francia, Nueva Delhi y Hong Kong han sufrido una caída abrupta, al quedar encorsetadas en la virtualidad de las redes sociales. El Leviatán del estado policial gana terreno en casi todas partes.

Inquieta pensar en los efectos mundiales a largo plazo que podría tener esta avanzada draconiana, una vez que la emergencia sanitaria haya pasado. ¿Todo volverá a ser igual a como era antes de la pandemia? ¿O las libertades individuales y públicas quedarán con secuelas permanentes? ¿Vamos hacia una democracia de cada vez más baja intensidad, so pretexto de ser más eficientes en las políticas de salud pública, y así evitar una nueva mortandad como la de Wuhan o Lombardía? En amplios estratos de la población argentina y mundial, cunde la ilusión autoritaria –bajo el influjo omnímodo de los medios hegemónicos– de que el éxito sanitario es directamente proporcional a la militarización de las calles y la delación contra personas presuntamente sospechosas.

Cada vez más periodistas y analistas se atreven a vaticinar públicamente –con resignación unas veces, con cierto entusiasmo o regodeo otras– que el mundo occidental no podrá seguir siendo tan libre, tan democrático como antaño, y que el futuro está en lo que hace China, la nueva locomotora del progreso capitalista: eficacia gubernamental sin veleidades liberales. Luego de haber criticado durante años el autoritarismo del régimen posmaoísta de Beijing, ahora empiezan a verlo con otros ojos (un giro ideológico que probablemente responda no solo a razones coyunturales de envidia sanitaria, por el control exitoso de la pandemia, sino también a razones más duraderas de envidia económica, por el crecimiento inigualable de sus industrias, exportaciones y capitales). Los discursos mediáticos pesimistas o desencantados sobre la libertad y la democracia, tan afines al sentido común de la mano dura, se van poco a poco instalando y naturalizando en la sociedad, sin que la clase capitalista dé ninguna señal de malestar o inquietud. Acaso esté cobrando así nueva actualidad aquel famoso apotegma de Bertolt Brecht que reza: “no hay nada más parecido a un fascista que un burgués asustado”.

Postales de la hipocresía

En los últimos días, la teleaudiencia ha podido observar imágenes surrealistas. Pero no menos surrealista ha sido la interpretación dominante de dichas imágenes. Fuerzas de seguridad desplegadas con su equipamiento de siempre… para combatir un virus. Un opulento habitante de barrio cerrado intentando ingresar a su empleada doméstica en el baúl de su vehículo… lo cual indignó a todos los comentaristas televisivos. Pero lo que les indignaba, sobre todo, era el no respeto de la cuarentena, y no el que una persona fuera trasladada en un baúl. Un indigente moral es sorprendido violando la cuarentena navegando en un lujoso yate privado. Escándalo, escarnio… por violar la cuarentena. Al margen de lo obsceno del asunto, ¿tan grave era para la salud pública? Lo que debería escandalizar, en verdad, es que haya gente que puede disponer de yates costosos y lujosos simplemente para pasear, cuando miles de pescadores arriesgan sus vidas en barquichuelos inseguros sólo para ganarse la vida, y millones carecen de hogar. Lo escandaloso es que haya yates privados, no tanto que se viole en ellos una cuarentena. En barriadas populares el ejército cocina en carros móviles y reparte platos de guiso a la población, en medio del aplauso y la emoción del periodismo al uso. ¿Es que no se dan cuenta que esa gente no son familias refugiadas de una inundación que han perdido sus casas y no tienen donde cocinar? Repartir paquetes de alimentos hubiera solucionado el problema de esa gente por varios días; un plato de guiso, en cambio, sólo por uno. Pero claro, el impacto visual no es el mismo. Está todo pensado.

En una entrevista publicada el 23 de marzo, Luis Enjuanes, considerado usualmente como el mayor experto español en coronavirus, afirmó: “pero el virus de la gripe es mucho peor que este, de momento. Solo en EE.UU., en el invierno de 2017 a 2018 el virus estacional de la gripe infectó a 32 millones de personas. Unas 350.000 personas necesitaron hospitalización y, de ellas, murieron 18.000. En España en los últimos inviernos el número de pacientes muertos por la gripe ha sido de 6.000. Esto quiere decir que los dos virus son peligrosos, pero en este momento, por gravedad, ganaría la carrera el virus de la gripe”. ¿Por qué los 6.500 muertos por gripe común en España todos los años duelen menos que los muertos por el COVID-19?, se pregunta la periodista María José Pintor Sánchez-Ocaña en Diario 16. No se atreve a esbozar una respuesta. Quizá, la respuesta sea inescuchable para los millones de compatriotas sensibilizados por las muertes cercanas.

Pandemia, distopía y utopía (a modo de conclusión)

Cuando pase el temblor, cuando la pandemia haya cesado, las clases dominantes querrán volver a la lógica capitalista de siempre, basada en un productivismo estúpido y un consumismo histérico. El 99,9% de la humanidad sobrevivirá al COVID-19. Pero seguirá presa del desquiciado virus de una vida orientada por las ganancias del capital, que nos conduce a todxs al desastre a marchas forzadas, en medio de un estado de sitio real o virtual propiciado por este virus. Y a ese desastre no le pondrá freno un virus biológico, sino la organización, la conciencia y la capacidad de lucha de lxs trabajadores del mundo dispuestxs a enfrentar la locura capitalista. Con o sin COVID-19, la tarea de la hora –aunque a muchxs le parezca imposible– es abolir el capitalismo.

Y no nos hagamos vanas ilusiones. Una actitud generalizada en estos días es pensar que el virus abrirá los ojos a lxs gobernantes. Que al fin se tomará conciencia de que toda la población humana está en riesgo, sin distinciones. Que ahora se fortalecerán los estados benefactores y se ampliarán los presupuestos sanitarios. En síntesis, que el virus hará lo que las fuerzas políticas existentes no han podido hacer. Pero son ilusiones vanas. Y peligrosas. Los ejemplos a contrario abundan. Cuando fue la crisis económica de 2008, también se pronosticó que ahora sí se pondría freno a los especuladores, se nacionalizarían los bancos en favor del bien público y se regularían los flujos de capital. Nada de eso sucedió: la especulación creció desde entonces, y es cada vez más peligrosa. Los bancos fueron salvados con dineros públicos, y la gente que perdió sus casas y sus empleos ahí está, en la cuneta. Cuando el huracán Katrina asoló Nueva Orleáns, el bien pensar progresista concluyó que ello demostraba la impericia del mercado y del neoliberalismo para administrar la vida ciudadana, y se predijo un resurgir keynesiano. No sucedió: Nueva Orleáns fue reconstruida en medio de grandes lucros capitalistas. El negocio de la reconstrucción fue eso: un gran negocio.

Por otra parte, las fantasías hoy desbordantes sobre los estados como protectores o garantes del bien público –que han llevado a que ahora se vea con buenos ojos al estado policial chino– solo están favoreciendo el consenso popular ante el autoritarismo: en nombre del bien común… que por otra parte es lo que dijeron siempre (ni siquiera hay originalidad en el «fascismo» contemporáneo). Quien se tome la molestia de comparar las cifras de suicidios en China (un país en que ya es una postal común las empresas que deben colocar redes para impedir que sus obreros se quiten la vida arrojándose al vacío) con la de fallecidos por el COVID-19, seguramente dejará de fantasear con la eficiencia de ese estado en el resguardo del bien público.

Está muy bien que se movilicen todos los recursos habidos y por haber para afrontar los problemas sanitarios. Pero hay una desproporción absoluta, francamente obscena, entre la movilización general que ha generado el COVID-19 y la nula preocupación que generan problemas de salud pública inmensamente mayores (y de más sencilla solución), pero ajenos a los grupos y países dominantes. Si la vara con la que se mide los problemas del bien público fuera siempre la que hoy impera, jamás habríamos conocido recortes del gasto público, ajustes en los hospitales… No existiría población sin agua potable ni víctimas de la malaria o el cólera. Ni habría en el mundo un solo niño desnutrido. Ni tampoco industria armamentista.

Pero, acaso sin quererlo, los sectores dominantes, al paralizar la economía, nos han dado muestras de su propia radicalidad. La tibieza, la moderación, el hacer sólo lo que parece posible, la negociación a la baja, la cautela reformista, el posibilismo, son taras insufladas en la conciencia pública por décadas de propaganda interesada. Lxs dueñxs del mundo son capaces de tomar las medidas más radicales cuando se sienten personalmente amenazadxs. Nos han dado una lección. Nosotrxs, lxs explotadxs en el capitalismo del desastre, debemos tirar por la borda el tibio posibilismo que nos suicida en cuotas. Hay que tomar las medidas más radicales para acabar con el capitalismo. Cuando la vida está en juego, no hay margen para la tibieza. El capitalismo coloca a la inmensa mayoría de la humanidad ante la inminencia del desastre ecológico. Si la economía se puede parar por un virus, ¿cómo no podríamos ralentizarla por medio de una revolución que organice sensatamente la producción y distribuya igualitariamente el disfrute de las riquezas?

En medio de la pandemia, cierto aislamiento social es, desde luego, recomendable, aunque la brutalidad policial con que en muchos casos se quiere imponer una imposible –y en gran medida hipócrita– cuarentena total resulte un despropósito, sobre todo en las condiciones de hacinamiento o de falta de vivienda que proliferan en nuestro país. Pero, en cualquier caso, recordemos que a la revolución no la vamos a hacer quedándonos en casa.

En circunstancias como esta, de pandemia y cuarentena, donde la vida cotidiana sufre de golpe toda clase de desórdenes y problemas insospechados, uno comprende, en medio de tanta fragilidad e incertidumbre, de tanto absurdo y estrés, que las distopías del cine y la literatura no necesariamente son los futuribles de un pesimismo abstracto y delirante. Pueden ser también los futuribles de un realismo bien situado aquí y ahora. Un realismo lúcido, crítico, comprometido, capaz de usar el artilugio retórico de la hipérbole para visibilizar –alertarnos de– todos los males y las amenazas de este mundo que habitamos.

Fenómenos de crisis como esta pandemia serán cada vez más frecuentes, porque el derrumbe del capitalismo está a la vuelta de la esquina de la historia. La concentración de la riqueza, el calentamiento global, la superpoblación, el consumismo, la contaminación, el extractivismo, la recomposición del mapa geopolítico mundial con el descenso de Estados Unidos y el ascenso de China, etc., conforman un cóctel explosivo. Se avecina un colapso civilizatorio.

Ojalá sepamos aprovechar ese colapso para hacer la revolución socialista. Una revolución socialista con nuevas premisas, de vocación antiautoritaria y antiburocrática, que no nos conduzca otra vez a los errores y horrores del estalinismo. Ojalá, sí. Porque también existe el riesgo de que el capitalismo, al colapsar, sea sucedido por un orden económico-social aún peor… Todo indica que será la crisis ambiental la que, finalmente, precipite el naufragio de la economía y la sociedad burguesas. Parece poco probable, al menos por ahora, que el principio del fin sea el estallido de una revolución anticapitalista de alcance masivo y planetario. Nos inclinamos por la opción inversa: el hundimiento progresivo del capitalismo podría hacer posible un gran estallido revolucionario. Pero claro: posible no es sinónimo de inevitable. Todo dependerá de la acumulación de fuerzas que se logre al interior de la izquierda antisistémica.

Y no tenemos tiempo que perder. La pandemia pasará, todas las pandemias pasan. Pero el cambio climático, cuyas consecuencias serán infinitamente más graves, no podrá ser detenido sin abolir un sistema social depredador que se encuentra ya ante sus propios límites civilizatorios: no puede continuar desarrollándose bajo sus propias premisas. O mejor dicho: sólo puede hacerlo sumergiendo a la inmensa mayoría de la humanidad en una barbarie jamás vista. Quizá, quizá, lo más sensato sea procurar convertir esta guerra planetaria contra el COVID-19 en una guerra no menos planetaria contra la burguesía y el capitalismo. Lo primero, lo urgente, es abandonar toda expectativa posibilista, toda ensoñación reformista. Por difícil e improbable que parezca, hay que romper toda atadura política y subjetiva con el orden del capital. Sólo así se podrá imaginar un orden nuevo, que nos salve del desastre. Como escribiera alguna vez Rodolfo González Pacheco, “hemos llegado al momento en que lo único práctico es la utopía; todo lo demás conduce a desalentar y desalentarnos”.

Que la pandemia y todos los males del mundo nos convenzan, cuanto antes, de la inviabilidad civilizatoria del capitalismo, pues vamos camino al precipicio. Es tiempo ya de cerrar la caja de Pandora. Es hora de soñar de nuevo con la Utopía.

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