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Rusia: en busca del futuro perdido

Fuentes: El Viejo Topo

En este año que ha visto morir a Mijaíl Gorbachov (y a dos de los tres golpistas de Belavezha: el ucraniano Leonid Kravchuk y el bielorruso Stanislav Shushkévich) y que se conmemora el centenario de la fundación de la Unión Soviética, Rusia se enfrenta a un complejo, dificultoso y preocupante horizonte político.

En el interior del país y en la escena internacional los riesgos para Moscú son muchos, en una coyuntura histórica donde debe negociarse el nuevo acuerdo de limitación de armas nucleares (START III) con Estados Unidos, cuando se acelera el calentamiento del planeta y la crisis climática y surgen serios peligros para la economía global, y ello sin que se hayan resuelto los principales problemas de la humanidad, el hambre, la pobreza, la guerra. Y el tiempo apremia. En ese marco, Moscú debe hacer frente al acoso estadounidense en sus fronteras europeas, al rearme de la OTAN y la guerra ucraniana, y a los planes de Washington para desequilibrar la situación interna y, eventualmente, para estimular planes y favorecer actores políticos que trabajen por la ruptura y la partición del país.

El desastre de Gorbachov, que asistió impotente al golpe de Estado de Belavezha de 1991 que liquidó la Unión Soviética y, sobre todo, la catástrofe, robo y destrucción de la economía soviética urdidas bajo Yeltsin causaron millones de muertos, la producción del país se redujo a la mitad, más de ochenta millones de personas se hundieron en la pobreza y los salarios cayeron a niveles de miseria. Con el gobierno de Yeltsin, el Departamento de Estado y la CIA ayudaron a los más avispados y feroces liberales rusos a enriquecerse con el saqueo de la propiedad pública. Parece mentira, pero Yeltsin abrió todas las puertas del país, incluso los servicios secretos, a los agentes de un país enemigo: el propio Putin ha hecho referencia a que agentes de la CIA y asesores estadounidenses tenían despachos en los principales organismos rusos, en dependencias del gobierno central, en las bases militares que guardan el armamento atómico. No se escondían: plantaban sus banderitas de barras y estrellas en las mesas de sus despachos. En diciembre de 2021, Putin reveló que hizo una limpieza de la mayoría de esos agentes, aunque algunos de sus cómplices siguieron ostentando puestos relevantes: en esa fecha, Anatoli Chubáis era todavía representante de la presidencia rusa para la relación con organismos internacionales. Solo en marzo de 2022, tras el inicio de la guerra ucraniana, Chubáis dimitió y abandonó el país. Junto con Yegor Gaidar, Chubáis fue un corrupto viceprimer ministro de Yeltsin que organizó la privatización de más de cien mil empresas del Estado soviético: un gigantesco robo asesorado por la CIA y por supuestos expertos económicos estadounidenses que llevaron al país a la ruina. Yeltsin, Gaidar, Chubáis, Búrbulis y otros gobernantes sin escrúpulos, colaboraron con Estados Unidos para lograr la desintegración de la Unión Soviética y la destrucción de su economía. A cambio, consiguieron su botín.

Treinta años después, Estados Unidos acaricia la idea de culminar la destrucción del más extenso país de la tierra. En el verano de 2022, la agencia Bloomberg publicó un artículo de Leonid Bershidski donde el autor se preguntaba retóricamente si la forma de acabar con el «imperialismo ruso» era impulsar la partición del país. Bershidski es un judío moscovita que intentó hacer negocios bancarios en los primeros años del siglo, después dirigió en Moscú el diario de negocios Vedomosti creado por el The Wall Street Journal, y más tarde colaboró con Forbes y acabó marchándose a Berlín para trabajar con Bloomberg. Un perfecto liberal ruso, aplicado difusor de las ideas y la propaganda de Estados Unidos: no es un hombre relevante pero, como muchos otros, sus planteamientos ilustran el objetivo de Washington, no por inconfesable menos real.

Como hicieron Yeltsin y sus cómplices, ayudados por Estados Unidos, con la partición de la Unión Soviética, Bershidski lamenta que no se hiciese lo mismo con Rusia en los años noventa, cuando el corrupto Borís Nikoláievich gobernaba un débil país en ruinas. Bershidski habla por boca de Washington, y cree que una derrota rusa en Ucrania, junto a las sanciones y la presión occidental, podrían llevar al colapso y la partición de Rusia. Para argumentarlo se enreda en disquisiciones sobre cuál es el «núcleo histórico» de Rusia, impugnando que regiones como el Tatarstán (que se encuentra en el continente europeo y forma parte del país desde el siglo XVI) y otras formen parte de la Rusia moderna, sin reparar en que aplicando universalmente ese criterio la mayor parte de los países actuales serían desmembrados. ¿Cuál es el núcleo histórico de Estados Unidos? ¿Deben formar parte del país territorios como California, Tejas, Nuevo México, etc, robados e incorporados hace poco más de un siglo y medio, o Hawái, anexionado ilegalmente por la fuerza hace apenas un siglo? Con la tesis de que Moscú se apodera de los recursos de las regiones del país y devuelve solo una pequeña parte, el escribiente de Bloomberg considera que los Urales, Siberia, el Lejano Oriente («donde el espíritu rebelde de los pioneros sigue vivo», nos dice) podrían desgajarse de Rusia. Haciendo gala de bondad, Bershidski afirma que sigue esperando la democracia, el «fin del imperialismo agresivo» y una distribución justa de los recursos en las fronteras de la actual Rusia, pero admite que tal vez eso no sea posible. Después de todo, los patrones por cuya boca habla Bershidski son buena gente: solo quieren lo mejor para los rusos, y es posible que eso exija la partición, la desmembración de Rusia. El mismo objetivo defiende Lech Wałesa, el ex presidente polaco que, aunque su influencia sea hoy mínima, dijo este verano lo mismo que Bershidski, apremiando a Estados Unidos y sus aliados a desmembrar Rusia y dejarla convertida en un pequeño país de cincuenta millones de habitantes. Otros muchos, como ellos, especulan con la partición: no son relevantes en sí mismos, pero sus conjeturas y planes hipotéticos reflejan las elaboraciones y la ambición de Washington y sus aliados.

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Los riesgos de la situación actual en el mundo son muchos, y el más peligroso es una catástrofe nuclear. La apabullante y tóxica información servida por los canales occidentales sigue al pie de la letra la torcida visión del mundo de la doctrina de seguridad nacional de Estados Unidos: China y Rusia son declarados enemigos porque pretenden llevar al mundo al caos y acabar con el «Occidente libre» y de «economía abierta» para imponer dictaduras cerradas. La evidente mentira se sirve con el ocultamiento de la verdad en los grandes medios periodísticos: si existe un poder que ha incendiado y destruido países, causando centenares de miles de muertos en los últimos treinta años, ha sido Estados Unidos.

Tras la implicación de Estados Unidos y la OTAN en la guerra ucraniana, los principales dirigentes rusos, Putin, Lavrov, Médveded, han declarado el fin de la cooperación con Occidente. Con Putin, Moscú ha pasado del proyecto de integración con los principales países occidentales, que llevó incluso a facilitar bases y aeropuertos para el despliegue militar estadounidense en Asia y su guerra en Afganistán, a un progresivo distanciamiento que se inicia con la advertencia del presidente ruso en la Conferencia de Múnich en 2007 y culmina con la evidencia del apoyo occidental al golpe de Estado del Maidán en Ucrania en 2014. La Rusia surgida de la partición de la URSS aspiraba a una relación igualitaria con Estados Unidos y que sus intereses fueran respetados, pero la guerra de Osetia lanzada por la Georgia de Saakashvili con el aval de Washington, el escudo antimisiles estadounidense en Polonia y Rumanía, la expansión y el rearme de la OTAN, y la intromisión norteamericana en el Cáucaso, Asia central y la propia Rusia, que culminaron con el Maidán, mostraron al gobierno ruso que Washington solo aceptaba una relación subordinada, y aunque no lo declarara explícitamente ni siquiera renunciaba a la partición de Rusia. Tras el golpe de Estado en Ucrania de 2014, durante los gobiernos de Obama y Trump se inició el envío constante de armamento al país, que Biden ha incrementado, decisión que Moscú no podía contemplar como una iniciativa amistosa. El propio secretario general de la OTAN, Stoltenberg, ha admitido que los aliados occidentales llevaban entrenando y armando a los gobiernos golpistas de Ucrania desde 2014. Y Putin incluso ha hecho referencia pública a una «quinta columna» que trabaja en Rusia para Occidente.

Moscú apostó por los acuerdos de Minsk, cuya aplicación hubiera evitado la guerra: eran un paso para construir la neutralidad estratégica de Ucrania, pero Estados Unidos optó por convertir el país en una plataforma contra Rusia, ignorando las garantías que exigía el gobierno ruso y Biden se negó a negociar un acuerdo de seguridad mutua con Moscú, al tiempo que Washington sabotea el proyecto ruso de reforzamiento de los lazos que unen a las antiguas repúblicas soviéticas con la Unión Euroasiática y la OTSC. Ese proyecto es legítimo y respetuoso con el derecho internacional; sin embargo, proliferan las acusaciones estadounidenses sobre el supuesto propósito de Putin de «recuperar la URSS», atribuyéndole rasgos casi diabólicos que vuelven a recorrer el camino de la guerra fría.

Según Alexéi Drobinin, que dirige el departamento de planificación del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, una de las prioridades de la política exterior rusa es impulsar una asociación económica que englobe a la Unión Económica Euroasiática (Rusia, Bielorrusia, Armenia, Kazajastán y Kirguizistán) y a China, India y otros países. El proyecto, que se denomina la Gran Asociación Euroasiática, fue planteado por Putin en 2015 y pretende vincular proyectos de integración, desarrollo económico, suministros e infraestructuras de transporte y energía. Es un plan muy ambicioso, complementario de la nueva ruta de la seda que impulsa con éxito China y que, de llevarse a cabo, configuraría un bloque de colaboración continental entre Europa y Asia que transformaría los actuales equilibrios políticos. En el Foro Económico Euroasiático, celebrado en Bishkek en mayo de 2022, Putin hizo referencia al proyecto asegurando que puede convertirse en la garantía para la prosperidad y la estabilidad en el continente. Kazajastán, país clave para unir los corredores necesarios para el flujo de mercancías e hidrocarburos, apoya esa Gran Eurasia.

Con la guerra ucraniana en curso y el contexto creado por las masivas sanciones económicas impuestas a Rusia por Estados Unidos y sus aliados, el presidente ruso hizo en el séptimo Foro Económico Oriental, EEF, celebrado a principios de septiembre en Vladivostok, una desafiante declaración afirmando que «el obsoleto mundo unipolar está siendo reeemplazado por un nuevo orden mundial», y citó el interés de Rusia por incrementar la cooperación con la Organización de Cooperación de Shanghái, la Comunidad Económica Euroasiática, los BRICS, la APEC y la ASEAN. Esos movimientos han sido acompañados por el abandono del dólar en el comercio mutuo de Rusia con la India y por el trabajo para crear junto a China un nuevo sistema financiero internacional que no esté controlado por Washington.

Con frecuencia, esas iniciativas rusas encuentran, además del sabotaje estadounidense, la reticencia de muchos de quienes gobiernan en las antiguas repúblicas soviéticas, que componen un diverso mosaico, con dictaduras oligárquicas y elecciones truchas (como en Asia central, Ucrania o Azerbeiján, que tienen prohibidos los partidos comunistas) y sistemas en apariencia más abiertos, como en los países bálticos, Georgia, Moldavia o Armenia, aunque también están en manos de oligarquías enriquecidas con el robo y la corrupción y persiguen a la izquierda comunista. Aunque los dirigentes de algunos de esos países no se cierran a proyectos conjuntos de desarrollo, su principal objetivo es mantener su poder y no ponerlo en peligro si aumenta la influencia de Moscú.

En todas las antiguas repúblicas soviéticas, Moscú sigue librando un combate con Estados Unidos y sus aliados de la OTAN, que no han renunciado a incorporar a su alianza a Georgia, Moldavia y Ucrania y siguen operando en el Cáucaso, Asia central y la propia Rusia estimulando procesos particularistas y centrífugos y financiando organismos y personajes que puedan ser protagonistas políticos en pocos años. En el Cáucaso, Armenia es aliada de Moscú pero Putin quiere mantener lazos con la dictadura azerí y evitar que se convierta por completo en un peón turco y estadounidense. La mayoría mantienen un cauteloso silencio ante la guerra de Ucrania, aunque alguna (como Kazajastán, pese a que forma parte de la Unión Euroasiática y de la OTSC junto a Rusia) ha entregado equipos militares a Ucrania. El gobierno kazajo de Tokáev negoció con Londres el suministro de armamento soviético a Kiev, disfrazando la operación a través de una empresa jordana. Tchnoexport, una compañía kazaja, obtuvo licencia del Ministerio de Industrial y Desarrollo de Infraestructuras, MIID, de Kazajastán, para exportar armamento a Ucrania de forma encubierta, aunque el ministerio negó haber otorgado permiso para ello. Technoexport está dirigida por Berik Kuzhibaev, un hombre próximo al gobierno. Y la prensa kazaja ofrece de forma habitual la versión ucraniana sobre la guerra, mientras el gobierno protege a los sectores nacionalistas que impulsan iniciativas antirrusas que conviven con gestos conciliadores hacia Moscú del gobierno de Tokáev.

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Para impulsar los planes de desestabilización de Rusia, Estados Unidos y sus aliados de la OTAN no solo llenan Ucrania de armamento e imponen sanciones económicas: también intervienen en la política interior rusa a través de organismos creados al efecto con apariencia de entidades culturales o civiles, patrocinan y crean medios de comunicación y redes de internet, y financian y forman a jóvenes que puedan tener relevancia en el futuro. La financiación occidental y el estímulo a la oposición liberal proestadounidense no se limita solo al partido de Navalni (denominado, primero, Partido del Progreso; después, Rusia del futuro), que apenas tiene influencia en el país pero es patrocinado por los medios informativos internacionales occidentales que lo califican, con una gruesa mentira, de «principal oposición a Putin», como si el Partido Comunista no existiera, y que encuentra eco en los círculos liberales de la mesocracia de Moscú y San Petersburgo que han asumido los valores del capitalismo y que crecieron no solo al amparo del paraguas estadounidense sino también del propio régimen creado por Yeltsin que Putin ha conservado, aunque los cambios en la situación internacional y la agresiva dinámica creada por la ambición de dominio estadounidense sobre la periferia rusa e incluso la propia Rusia hayan llevado progresivamente al presidente ruso a distanciarse y a romper vínculos con Estados Unidos.

La guerra de Ucrania, además, activa otros frentes: Estados Unidos financia organizaciones para crear movimientos nacionalistas y disgregadores en la Rusia actual: la Fundación Asians of Russia es una iniciativa particularista que utiliza ahora el discurso antibélico con un lenguaje similar al de los centros de pensamiento conservadores estadounidenses. Previamente, apareció el movimiento étnico Novaya Tuva, y en julio de 2022 surgió como otra organización antibélica, esa Fundación Asians of Russia. La primera mención a Asians of Russia como iniciativa antibélica apareció en la rama regional de Radio Liberty (Sibir.Realii), la emisora de la CIA. También se dio a conocer la organización de Novaya Tuva y Buriatia Libre. Ambas entidades siguen el modelo de Buriatia Libre (en la región del Baikal), persiguen los mismos objetivos y promueven las mismas tesis. El director de la fundación es Vasili Mationov que, según él, trabaja junto a su mujer, de quien no quiere revelar su nombre. La organización existió de manera informal durante dos años y se dedicó a popularizar las culturas de los pueblos de Rusia. Pero ante el auge de las iniciativas «étnicas» contra la guerra, Mationov anunció el registro del movimiento, que ha pasado a ser de «apoyo y asistencia a los pueblos amenazados y minoritarios sometidos a la discriminación del Estado». Mationov asegura que reciben información a través de grupos cerrados en Viber, donde se comunican las esposas y madres de los militares rusos.

Uno de los objetivos principales de Washington es alentar a los países asiáticos a rescindir contratos militares con el Ministerio de Defensa ruso. Las fundaciones Buriatia Libre y Nueva Tuva tienen las mismas tareas. Además, Asians of Russia pretende «parar la guerra» y crear un medio de comunicación «independiente» para los pueblos asiáticos de Rusia que combata la «propaganda del Kremlin». La organización, al igual que otras fundaciones semejantes (o como la secta Falun Gong que mantiene la CIA contra China) recoge historias de discriminación y xenofobia contra las minorías y los pueblos asiáticos en Rusia para fomentar el nacionalismo antirruso y propagar las ideas de partición e independencia. La conexión entre Asians of Russia, Novaya Tuva y Buriatia Libre es innegable y la insistencia con que los activistas de esas peculiares ONGs ocultan cualquier mención a sus fuentes de financiación, delata que reciben fondos de patrocinadores estadounidenses y del propio gobierno de Biden. Lo mismo ocurre en organizaciones de Moscú y San Petersburgo-Leningrado. Es también muy revelador que esas entidades, y otras semejantes en diferentes regiones y repúblicas rusas, coincidan con las ideas de partición que aparecen en Bloomberg y otros imperios de comunicación, en Polonia y los países bálticos y en think tanks de cancillerías occidentales y fundaciones internacionales.

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Tras el inicio de la guerra ucraniana, Estados Unidos y la Unión Europea bloquearon acuerdos con Rusia, como el del Nord Stream 2, intercambios y mecanismos financieros. Para el gobierno ruso cabalgar la crisis mundial y delimitar la guerra de Ucrania en un escenario donde aumenta la tensión internacional, sobre todo en Europa oriental y en la gran región del Pacífico, al tiempo que suben los precios de los alimentos y de la energía, aumenta la deuda externa de muchos países, se elevan los tipos de interés, y se detienen mecanismos y cadenas de suministros y de algunas materias primas, no es algo sencillo.  Rusia tiene una economía estancada y aunque ha experimentado avances en algunos sectores durante las dos últimas décadas no se ha impulsado un desarrollo autónomo; y dispone de un debilitado sistema sanitario, que lleva a los comunistas a exigir la reconstrucción de la red de salud pública soviética. En lo esencial, la economía y el sistema financiero del país están controlados por los liberales rusos del partido de Putin.

El dominio de los mecanismos financieros del mundo le ha permitido a Estados Unidos la incautación de las reservas de divisas y de oro de Rusia (y antes las de Iraq, Libia, Afganistán, Venezuela) arrebatándoles recursos y creando serias dificultades a sus economías, pero, al mismo tiempo, esos robos han puesto de manifiesto que el mundo no puede confiar en el actual sistema financiero ni en la función del dólar como moneda de intercambio comercial y de reserva internacional, por lo que se ha abierto paso con fuerza, en Rusia y otros países, la propuesta de construir nuevos mecanismos financieros globales y utilizar otras monedas para el comercio mundial. Con la guerra de Ucrania en curso, el viceprimer ministro ruso, Andréi Belousov, anunció que el producto interior bruto (PIB) de Rusia se reducirá en 2022 «algo más de un 2 %». Y según la agencia federal rusa de estadística, Rosstat, en el primer semestre del año el PIB ruso se contrajo un 0,4 % debido a las sanciones occidentales. Pero, contrariamente a lo que esperaban Estados Unidos y la Unión Europea con sus sanciones al gas y petróleo rusos, el aumento de los precios de los hidrocarburos en los mercados internacionales y el flujo hacia otros mercados está incrementando los ingresos de Rusia. A finales de agosto, el Wall Street Journal daba cuenta de que, pese a la propaganda sobre el inminente colapso de la economía rusa por las sanciones occidentales, los ingresos por el petróleo están en cotas máximas para Moscú, hasta el punto de que esas entradas compensan sobradamente las pérdidas por la venta de gas: Elina Ribakova, economista del Instituto de Finanzas Internacionales, asegura que «Rusia está nadando en dinero en efectivo». Sin embargo, Rusia necesita disponer de otro sistema monetario, con China, los BRICS y buena parte del Tercer Mundo. Sin olvidar que para asegurar el control del sistema financiero ruso, Moscú debe apartar a los liberales que siguen ligados a Occidente, algo imprescindible si el gobierno quiere limitar el poder de los tentáculos de las grandes corporaciones, fondos y entidades financieras occidentales.

La estructura económica rusa es dependiente de Occidente en muchas áreas, desde la aviación hasta la tecnología, y en los mercados donde vende sus productos. La etapa de enfrentamiento con Estados Unidos, anterior al estallido de la guerra en Ucrania, ha llevado a Putin y su gobierno a diseñar nuevos planes de desarrollo que se apartan de la trayectoria seguida hasta hoy, algo que reclamaba el Partido Comunista desde hace años, pero que avanzan con lentitud. Esa orientación, forzada ahora por la sanciones occidentales, por el acoso y el bloqueo a la llegada de componentes industriales, busca la «soberanía tecnológica», y los medios oficiales rusos la han denominado la «nueva vida sin Occidente». Tantos años dependiendo de los designios occidentales han impedido la aparición de grandes empresas rusas, excepto las ligadas a la explotación de los hidrocarburos. En el horizonte ruso, se impone el desarrollo de Siberia, el nuevo papel que pueden desempeñar las rutas del océano Ártico, y la creciente colaboración con China y eventualmente Japón y Corea del Sur para el progreso económico del Lejano Oriente ruso, una gigantesca región de siete millones de kilómetros cuadrados con enormes recursos.

Rusia precisa una nueva industrialización, detener la pérdida de población, recuperar el control de grandes compañías, porque en los últimos años ha continuado la venta y destrucción de empresas rusas y buena parte de la industria está en manos de capital foráneo: algunos estudios consideran que llega al sesenta por ciento y que además cuenta con importantes participaciones en el accionariado de los bancos rusos. Pese a ello, el gobierno de Putin y Mishustin opta por nuevas privatizaciones e incluso se especula con que el Kremlin deje quebrar a algunas de las grandes empresas públicas del complejo militar-industrial.

Los comunistas han denunciado que en el «partido del poder» y en los círculos que rodean a Putin hay muchos exponentes que siguen el viejo nacionalismo zarista de la «guardia blanca» de los años de la guerra civil que siguió a la revolución bolchevique. A despecho de la fantasía occidental sobre Navalni, la principal oposición a Putin es el Partido Comunista ruso, cuyos militantes padecen frecuentes detenciones, centenares de ellos han sido multados, e incluso se han ordenado destituciones de diputados comunistas en parlamentos regionales, mientras prosigue el acoso policial a quienes realizan homenajes en monumentos soviéticos o estatuas de Lenin. El hostigamiento a los comunistas es constante: la comisión electoral de la región de Orenburg, en manos de partidarios de Rusia Unida, se negó a registrar los candidatos del Partido Comunista para las próximas elecciones municipales, con pretextos fútiles e ilegales, y hay muchos episodios semejantes. Y en agosto de 2022, además de otras manifestaciones en distintas regiones, los diputados del Partido Comunista realizaron una concentración ante la Duma en protesta por la manipulación informativa, la marginación de los responsables comunistas en los medios públicos y el fraude en las elecciones. Por el contrario, los seguidores del partido de Putin reciben protección: Igor Redkin, diputado de Rusia Unida y empresario millonario de Kamchatka, fue condenado solo a nueve meses de prisión y a una pequeña multa tras haber matado a un hombre, según él «por haberlo confundido con un oso». Ni siquiera fue a la cárcel porque estuvo en arresto domiciliario en su mansión.

Para afrontar la situación de emergencia, los comunistas consideran imperativo apartar a la oligarquía enriquecida de la gestión de la economía, proponen la nacionalización de los bancos y de los principales sectores de la economía y que se deje de favorecer inversiones y negocios privados, y que el Estado se convierta en el principal inversor en la economía rusa, además de retirar al país de organismos internacionales como el FMI, Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio, OMC, y que se impida a capitalistas extranjeros la presencia en Gazprom, Rosneft, Lukoil, Novatek, y en empresas estratégicas como las aeronáuticas o las de construcción de motores. El Partido Comunista ha propuesto el plan anticrisis «Veinte medidas urgentes para la transformación de Rusia».

Ante la evidencia de que se preparaba una ofensiva ucraniana sobre el Donbás y Crimea, planificada con Estados Unidos y la OTAN, el Partido Comunista ruso respalda al ejército y apoyó la operación en Ucrania, subrayando la fraternidad con el pueblo ucraniano sometido a la dictadura del golpe de Estado del Maidán. En la esfera internacional, los comunistas rusos ponen el acento en el combate al imperialismo estadounidense, el nazismo y el colonialismo, y otorgan gran importancia a la Unión de Partidos Comunistas (UPC–PCUS) que reúne a todos los partidos comunistas de las antiguas repúblicas soviéticas. A diferencia de las propuestas de Rusia Unida, el Partido Comunista ruso propone la reintegración de las repúblicas soviéticas y la recuperación de la unidad del país multinacional en un sistema socialista.

La guerra en Ucrania ha mostrado de nuevo el peligro de las centrales nucleares, y los bombardeos de artillería del ejército de Zelenski contra las instalaciones de Zaporozhie pueden causar una catástrofe de gigantescas dimensiones. Pese a las evidencias, el régimen de Kiev, Estados Unidos y la Unión Europea, intentan hacer creer al mundo que es Rusia quien ataca la central. Es decir, según esa alianza que parece vivir en una realidad paralela, Moscú bombardea la central nuclear que tiene en sus manos y protege, y lo hace con armamento y munición estadounidense, y sin tener en cuenta, además, que los primeros afectados serían los rusos. Pese a ello, Moscú sigue mostrando contención: no ha bombardeado los centros de poder de Kiev, ni los civiles de Zelenski, ni los militares. En Ucrania, la apuesta de Putin y el Estado Mayor ruso consiste en luchar con un limitado contingente de militares profesionales junto con unos cincuenta mil hombres del Donbás, utilizando la artillería y los misiles de largo alcance.

Estados Unidos, aunque ha arrastrado a la Unión Europea, a sus aliados anglosajones y a Japón, no ha conseguido atraer a la mayoría de los países a un enfrentamiento contra Rusia, ni en América Latina, ni en África, el mundo islámico o Asia; de hecho, más de ciento cincuenta países del mundo se han negado a aplicar sanciones a Rusia. La presión sobre China para que condenase a Rusia por la operación en Ucrania y asumiese las sanciones occidentales tenía la lógica endiablada que denunció con sorna la televisión china: «Estados Unidos nos pide que le ayudemos a destruir Rusia… para después poder concentrarse en atacar a China». Paralelamente a la guerra ucraniana y la creciente tensión en Europa oriental, la presión estadounidense se ha incrementado en Taiwán y el Mar de China meridional. Es sintomático que Christine Lagarde hiciese referencia al peligro de ruptura del actual sistema financiero mundial y que la directora del FMI, Kristalina Georgieva, haya alertado también sobre los riesgos de la situación más peligrosa desde la Segunda Guerra Mundial, que ha visto reaparecer el peligro de una hecatombre nuclear.

Los equilibrios mundiales están cambiando, hasta el punto de que Rusia ha declarado el fin del mundo unipolar controlado por Estados Unidos. Putin y los círculos que gobiernan en Moscú y se enriquecen con el capitalismo son conscientes del peligro existencial que suponen los planes de Washington para Rusia, pero están encerrados en una paradoja: reforzar el papel de Rusia y desbaratar los proyectos occidentales para su fragmentación precisan que el país tome otro rumbo, rompiendo con el neoliberalismo y el régimen impuesto por el golpe de Estado de Yeltsin en 1993, como señala desde hace años el Partido Comunista, pero iniciarlo implica minar su propio poder y la nueva burguesía rusa no quiere correr esos riesgos.

La globalización, que debía ser un ecosistema económico neoliberal dirigido por Estados Unidos, ha quebrado, y Washington opta ahora por un caos que espera poder controlar. Pero Estados Unidos está jugando con fuego, resuelto a impedir el surgimiento de un nuevo marco internacional con varios centros de poder, de un mundo multipolar: los ataques a la central nuclear de Zaporozhie, los asesinatos en Ucrania y de Daria Dúgina en Moscú, los atentados en territorio ruso, no solo tienen detrás a los servicios secretos ucranianos, tienen además a Langley y el Pentágono, y no puede descartarse que el gobierno de Biden, derramando cálculo y furia sobre el estrecho de Taiwán, reviente también el polvorín asiático, mientras Rusia se debate en la búsqueda de su futuro.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.