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El régimen socialista de desarrollo y la forja de China

Sorgo y acero (II)

Fuentes: Chuang Journal

El colectivo Chuang está publicando en la revista de mismo título una serie de artículos sobre la historia contemporánea económica china. De momento llevan publicadas las dos primeras secciones de las tres previstas, respectivamente en los números 1 (2016 y 2019) y 2 (2019) de la revista. Publicamos a continuación la primera serie, lo que los autores denominan “régimen socialista de desarrollo” que datan aproximadamente entre la creación de la República Popular en 1949 y principios de los años 70, cuando consideran que se produce la transición al capitalismo. Dada su extensión presentaremos los textos en las siguientes 6 entradas separadas:
I. Introducción; II. 1 – Precedentes; III. 2 – Desarrollo; IV. 3 – Anquilosamiento; V. 4 – Perdición; VI. Conclusión – Desligamiento.

PRECEDENTES

Las últimas dinastías

El desarrollo en la era imperial no empieza con el estancamiento de una supuesta “China tradicional”. El estado imperial, a menudo en competición con miembros de la élite terrateniente, intervino periódicamente en la sociedad rural, cambiando en cada ocasión la forma de su caracter social. En una de las últimas intervenciones importantes (inaugurando el último periodo imperial), la dinastía Ming (1368-1644) intentó crear un campesinado independiente para eliminar rivales que compitiesen por el control sobre el producto excedente rural y para estabilizar la sociedad. Para hacerlo, se les dio tierra a los campesinos, aunque no tan equitativamente como estaba previsto originalmente. En ese momento, como en buena parte de la historia de la región, los campesinos no eran simplemente granjeros: cultivaban la tierra, pero también producían productos artesanos, en particular seda o tejido de algodón. Y el estado Ming, como las anteriores dinastías gobernantes, incentivaba esta producción dual al exigir el pago de impuestos en grano, tejidos y trabajo.

La naturaleza dual de la producción rural iba a perdurar hasta el primer periodo socialista, cuando la colectivización le pondría fin. Notablemente, la producción artesana siguió siendo rural en mucho mayor grado y durante mucho más tiempo que en Europa.[1]  La naturaleza urbana de la producción en Europa hizo que con el tiempo fuese más intensiva en el uso de capital. Mientras la producción en la época Ming y Qing tenía un sesgo rural y de  uso de trabajo, en ese mismo periodo en Europa el sesgo era urbano y de uso de capital.[2] Esto significaba que la división rural-urbana era más débil en la época Ming y Qing, y la producción más difusa. De hecho, desde mediados del siglo XIII hasta el siglo XIX, en realidad la población urbana disminuyó en relación a la población rural. En Europa ocurrió lo contrario.[3]

En el continuo rural-urbano común al este de Asia continental, numerosas aldeas rodeaban una ciudad con mercado (shi). Los días de mercado, campesinos, mercaderes y pequeña nobleza [gentry en el original en inglés. Aunque no se corresponde exactamente con el concepto de pequeña nobleza, pues era la clase de quienes habían pasado los exámenes imperiales y por lo tanto altos funcionarios, será la traducción que utilizaremos a lo largo del texto. Nota del tr.] irían a estas ciudades que, durante la época Ming y Qing, llegaron a estar vinculadas con la economía global. Ciudades mayores con administración y mercados intermediarios (zhen) se desarrollaron junto con la comercialización Ming. Una aguda división rural-urbana solo surgiría en el siglo XX, principalmente como resultado de políticas de la era socialista.[4]

A medida que crecía la producción en el periodo tardoimperial, también lo hacia el excedente rural y el comercio regional y el que abarcaba todo el imperio. Esto dio lugar a una revolución comercial Ming que comportaría una mayor desigualdad en la propiedad de la tierra rural. Con la comercialización, el sistema de impuestos se había vuelto demasiado complejo para mantenerse, y el estado pasó al pago en plata en lugar de en especie. La sociedad rural Ming acabó dominada por la pequeña nobleza terrateniente, que era especialmente fuerte en el sur desarrollado. Esta pequeña nobleza o arrendaba la tierra o se dedicaba a la agricultura de gestión a gran escala, a menudo usando el trabajo forzado de campesinos que habían perdido su tierra y ya no podían sobrevivir de manera independiente en la economía de la comercialización. Con la comercialización de la industria artesana rural, el control del trabajo femenino forzado se volvió cada vez más importante para las granjas de gestión. Se desarrolló una forma de “latifundismo patriarcal”, en la que las haciendas gestionaban el trabajo femenino junto con su matrimonio y sexualidad. [5]

Con la comercialización, los contratos de arrendamiento se hicieron cada vez más impersonales, y los arrendatarios se volvieron más pobres. La pequeña nobleza Ming se desplazó cada vez con más frecuencia a las ciudades como terratenientes absentistas, especialmente en el sur. La pobreza rural llevó a más emigración y a una descomposición general del control del estado Ming sobre la sociedad rural y la recaudación de los impuestos rurales. El sistema Ming inicial básicamente se desintegró bajo las presiones de la comercialización, y su experimento de crear una economía campesina a pequeña escala terminó en fracaso.

A medida que el estado Ming se debilitaba a finales del siglo XVI, los campesinos empezaron a resistirse al pago de la renta y en muchas regiones esto llevó a la rebelión. Surgieron nuevas críticas radicales y milenaristas a la “búsqueda del beneficio” junto con ideales igualitarios y comunales.[6] Las luchas campesinas forzaron a la pequeña aristocracia terrateniente rural a una posición más débil y llevaron a la expansión de los derechos de los arrendatarios en muchas áreas de China, transformando el latifundismo de la época Ming en la dinastía Qing (1644-1911). También terminó en gran medida con el trabajo forzado y el latifundismo patriarcal.

Como resultado de la posición más fuerte del campesinado arrendatario, las inversiones en la renta de la tierra producían menos retornos para los terratenientes, raramente por encima del 8% antes de impuestos en el siglo XIX, según algunas estimaciones, y ciertamente menos de los que se podían conseguir invirtiendo en comercio o usura.[7] El tamaño de las granjas disminuyó  desde la época los últimos Ming, y para principios del siglo XX existían pocas granjas de gestión. El latifundismo patriarcal se transformó en hogar patriarcal campesino.[8] Al hogar campesino patriarcal le preocupaba especialmente el control del trabajo del hogar, y la lógica económica de estas unidades de producción familiar tenía como objetivo conseguir la subsistencia familiar. Como no se podía despedir a los trabajadores de los hogares, la tendencia fue seguir añadiendo insumos de trabajo hasta que se cubría el consumo, aunque la productividad marginal de estos insumos continuase cayendo. Bajo estas condiciones la racionalidad campesina “era la racionalidad de la supervivencia, no la maximización de los beneficios”.[9] La productividad del trabajo agrícola estaba básicamente estancada, y el aumento de la producción era el resultado de la intensificación del trabajo. En lugar de aumentar la productividad del trabajo y el desarrollo económico, a medida que aumentaba la producción caía la productividad del trabajo, un proceso llamado “involución”[10].

La pequeña nobleza rural cambió de estrategia en respuesta a la resistencia y rebelión campesinas en el momento de la transición Ming-Qing, ganando más dinero con el comercio y la usura que con las rentas de la tierra. En otras palabras, el trabajo rural era controlado por el hogar patriarcal en lugar de por la pequeña nobleza, mientras el excedente era extraido mediante el control de la élite sobre los mercados rurales. Este cambio transformó la forma en que la pequeña nobleza rural y el estado tardoimperial intentaron controlar el excedente rural durante la época Qing. En lugar de centrarse en las rentas de la tierra, la pequeña nobleza compraba los excedentes producidos por los campesinos y los vendía a hogares que los procesaban; luego, a su vez, los compraba a estos hogares y los vendía en los mercados urbanos y principalmente regionales, aunque una pequeña cantidad terminaba en los mercados internacionales. No era un sistema de putting-out system como el que se veía en Europa.[11]

Anteriormente, durante la época Ming, la mayor parte de los hogares rurales no habían producido mercancías para la venta en mercados, sino que más bien habían producido una variedad de bienes para la subsistencia y luego vendido un pequeño excedente a la pequeña nobleza rural, quien revendía luego estos productos como mercancías. Pero con la creciente comercialización y especialización, más hogares empezaron a centrarse en la producción de mercancías sin abandonar la producción de subistencia para sus unidades familiares: una situación de comercialización sin desarrollo.[12] Con el tiempo, muchos empezaron a satisfacer sus necesidades reproductivas también mediante compras en el mercado, por lo que áreas que producían bienes de gama alta compraban alimentos en los mercados regionales de áreas más periféricas. Y era la pequeña nobleza rural la que controlaba estos mercados.

En esta situación, los terratenientes de la pequeña nobleza raramente intervenían en la producción o el proceso de trabajo mismos, comprando en cambio barato y vendiendo caro. Controlaban el acceso a los mercados y al capital, pero no el proceso de producción. El excedente era extraído por una pequeña nobleza, en pocas palabras, a la que le importaba poco  la productividad relativa del proceso de producción, y por tanto no invertía en la transformación de la producción. Además, bajo este sistema intensivo en trabajo, casi toda la economía seguía siendo rural por naturaleza.[13] A la economía china tardoimperial le faltó una clase empresarial urbana comparable a la que en Europa convirtió el excedente rural de la revolución agraria en desarrollo capitalista.[14] Cualquiera que fuese el excedente rural —la cantidad exacta es un punto de mucho debate[15]— este excedente no se dirigía fácilmente hacia un desarrollo intensivo en capital que elevase significativamente la productividad del trabajo.

Del hogar al mercado mundial

Desde finales del siglo XIX hasta los años 30 se encuentra el periodo en el que las áreas más desarrolladas de la agricultura china acabaron formalmente subsumidas[16] dentro del mercado capitalista global. En ese momento, la China rural, en particular las regiones costeras, estaba atada al nuevo mercado global de establecimiento de precios para las mercancías agrícolas conocido como “el primer régimen alimentario mundial”. Comerciantes extranjeros, sus agentes chinos, y comerciantes chinos llegaron al continuo rural-urbano, transformando mercados y exprimiendo a los productores campesinos. La ola de comercialización a partir de los Ming junto con la subsunción de los mercados rurales al capitalismo global significó que, para los años 30, en muchas áreas hasta el 40% de la producción agrícola terminase en el mercado, llegando al 50% en las regiones más desarrolladas.[17]

Mientras a los mercaderes y la pequeña aristocracia mercantil a menudo les fue bien con la integración de los mercados chino e internacional, los resultados para los hogares campesinos fueron más variados. No obstante, los niveles de consumo rurales no estaban muy por debajo de los de los residentes urbanos, estimados entre el 81 y un porcentaje superior del consumo medio urbano en los años 30, proporción que seguramente siguió hasta mediados de los 50, aunque esto quizá diga más de la debilidad de la economía urbana que de la fuerza de la rural.[18] Los efectos de la integración dependían del producto en el que se habían especializado. Los productores de té, por ejemplo, sufrieron desde los años 80 del siglo XIX en adelante una vez las plantaciones británicas de té en el sur de Asia empezaron a producir a pleno ritmo. En la industria textil del algodón, los hilanderos de hilo lo pasaron mal compitiendo con las máquinas de hilado extranjeras. En cambio, las importaciones baratas de esta fibra inicialmente permitieron a los tejedores prosperar y solo con el tiempo tendrían también ellos problemas en el nuevo mercado. Las industrias de tejido de propiedad extranjera a lo largo de la costa —la mayor parte de ellas construidas a partir del cambio de siglo— empezaron a recortar cuota al mercado artesano. Al conseguir buena parte de su fibra del extranjero, la industria llevó en parte a la desintegración inicial del continuo rural-urbano.

El mercado internacional emergente de mercancías agrarias empezó a desmoronarse tras la Iª Guerra Mundial debido a la guerra misma y a la reducción del comercio durante la Gran Depresión. Esto llevó a los primeros intentos de construir una economía capitalista nacional en China. Para los años 30, el sector industrial (manufactura, textil, minería, servicios públicos y construcción) todavía constituía solo el 7,5% de la economía de China, la agricultura empleaba aproximadamente al 80% de la población trabajadora, el consumo personal suponía aproximadamente el 90% de los ingresos nacionales y el comercio internacional era todavía bastante pequeño.[19] Durante esta nueva fase, el Partido Nacionalista (Guomindang, de aquí en adelante GMD), que había tomado el poder en buena parte de China a finales de los 20, intentó completar la transición capitalista y construir una economía nacional mediante la creación de un vínculo más fuerte entre las instalaciones industriales en las ciudades costeras y las materias primas producidas en la China rural. A principios de los 30, facciones del GMD se fijaron conscientemente en el modelo de independencia económica y productivismo de la Italia fascista para reintegrar las esferas rural y urbana. Esto implicaba un fuerte control gubernamental de los mercados internos y la cooperación estatal-privada en la industrialización. Pero estas políticas quedaron a un lado por la debilidad administrativa, el foco del líder del GMD Chiang Kai-Shek en el desarrollo militar, y la posterior invasión japonesa de la costa china en 1937 que inauguró la IIª Guerra Mundial en Asia.[20]

A pesar de sus problemas, la agricultura probablemente todavía producía un excedente por encima de los niveles de consumo en los años 30, aunque, muy posiblemente, muy pequeño. Pero la economía estaba estructurada de tal forma que este excedente no era “movilizado para la inversión” en un proceso de industrialización.[21] La subsunción desigual de los mercados regionales preexistentes dentro del capitalismo mundial había llevado a un paisaje económico desintegrado, y no llegó a crearse una economía “china” real. El intento del GMD de construir una economía nacional en los años 30 había fracasado con el inicio de la guerra. Crear una economía nacional junto con el aumento del excedente absoluto producido serían problemas que el régimen de desarrollo socialista intentaría conseguir con la institucionalización de una nueva relación rural-urbana que empezó a surgir en los 50, y que rompería el continuo rural-urbano para siempre.

Partido, ciudad y campesino

En el momento de la invasión japonesa, el GMD encontraba su principal oposición en un ejército campesino movilizado por un reinventado Partido Comunista Chino (PCC). Pero el PCC había empezado décadas atrás, nacido del mismo tumultuoso medio intelectual que el GMD, empezando ambos como un asunto principalmente urbano. El congreso fundacional del PCC en 1921 estaba previsto originalmente que tuviese lugar en Shanghai. Interrumpido por la policía, la reunión se desplazó al norte, a Jiaxing, donde doce delegados fundaron el PCC como una rama de la Internacional Comunista. A medida que este primer PCC crecía, seguía siendo básicamente un proyecto urbano, poblado de intelectuales y trabajadores industriales especializados. Seis años después de su fundación, fue de nuevo en Shanghai donde esta primera encarnación del PCC tuvo un violento final. En una alianza con el GMD apoyada por Rusia, los revolucionarios tomaron el control de la mayor parte de las ciudades clave de China en una serie de insurrecciones llevadas a cabo por trabajadores. Tras asegurar la victoria con el éxito de la Insurrección de Shanghai, el GMD se volvió contra los comunistas, arrestando a un millar de miembros del PCC y líderes de sindicatos locales, ejecutando oficialmente a unos trescientos y haciendo desaparecer a miles más.[22]

La “Masacre de Shanghai” inició la destrucción en todo el país del movimiento comunista urbano. Levantamientos en Guangzhou, Changsha y Nanchang fueron aplastados. En el espacio de veinte días, más de diez mil comunistas en las provincias del sur de China fueron arrestados y sumariamente ejecutados. En total, en el año posterior a abril de 1927, se estima que hasta trescientas mil personas murieron en la campaña de exterminio anticomunista del GMD.[23]

Los únicos fragmentos supervivientes del PCC fueron sus bases rurales entre el campesinado. Para la conclusión de la Larga Marcha siete años más tarde, el partido se había recompuesto reclutando campesinos, expropiando tierras y centrando su agitación en las prolongadas tensiones en la campiña comercializada, expandiendo así esta base rural. Transformado en un ejército campesino, el nuevo Partido tenía solo una marginal ala urbana clandestina, incluso tras volver a ganar influencia nacional. A medida que más y más territorio caía bajo el control comunista en los quince años entre la invasión japonesa y la expulsión del GMD tras la Guerra Civil, el PCC se encontró tomando el control de áreas urbanas en las que tenía poca, si alguna, influencia orgánica —su vínculo con su propio pasado urbano havía quedado completamente cercenado por las masacres en todo el país de veinte años antes. A estas alturas el partido se había transformado, su aparato de organización básicamente se había fusionado con las operaciones de un ejército campesino y las exigencias de una administración rural. Habiendo hecho un largo viaje de la ciudad al campo, el partido volvía ahora como un extraño.

El capital extranjero y las ciudades puerto

Las ciudades a las que volvió el PCC en el curso de la guerra apenas eran las mismas que había abandonado. Entre 1902 y 1931, la inversión extranjera se había cuadruplicado.[24] Antes de la guerra sino-japonesa, en “1936 se estimaba que el capital extranjero constituía el 73,8% de capital total industrial”.[25] La inmensa mayoría de las empresas a gran escala fueron fundadas por inversiones extranjeras. Pero incluso esta cantidad de inversión extranjera no supuso inicialmente mucho. Estudios realizados por el gobierno del GMD descubrieron que “entre 1929 y 1933 solo 250 unidades podían ser registradas como fábricas modernas”, y “en 1933, de las 18.708 fábricas de propiedad privada, solo había 86 empresas de más de mil trabajadores […] 16.273 tenían menos de treinta trabajadores”.[26] No es solo que estas fábricas “modernas” representen una pequeña fracción del empleo en China anterior a la guerra, es que también representan una modesta fracción de la producción industrial a pesar de la gran participación de capital industrial: solo representan aproximadamente el 28%, mientras el 72% restante era producido por pequeños talleres artesanos, a menudo rurales, que suponían el grueso de la estructura industrial del país de preguerra.[27]

Esto no quiere decir que la industria china en las ciudades anterior a la guerra fuese necesariamente ineficiente u obsoleta. A pesar de no estar organizada en grandes conglomerados industriales centralizados, la propia red de negocios urbanos descentralizados de China compuesta de pequeñas empresas y productores artesanos sobresalía por su capacidad tanto de incorporarse con fluidez en aventuras empresariales extranjeras como por superar en la competición a los bienes extranjeros en los mercados domésticos del interior del país (así como, en determinadas instancias, en los mercados internacionales). Remontándose en algunos lugares a la dinastía Song del sur y revitalizadas significativamente bajo los Qing, estas redes de producción urbanas no eran en absoluto reticentes a la transformación tecnológica.

La producción artesana en las ciudades de los periodos Qing y Republicano fue capaz de absorber nuevas técnicas mecanizadas a la vez que se mantenía su caracter descentralizado, a pequeña escala y en red. Tanto el gobierno oficial del GMD como señores de la guerra independientes de facto como Chen Jitang en Guangdong emprendieron campañas de industrialización en ciudades como Guangzhou, Nanjing y Chongqing (la capital de los nacionalistas en tiempos de guerra), pero estas campañas básicamente parecieron haber reforzado  y extendido redes preexistentes de producción, brindándoles apoyo con nuevos insumos tecnológicos, más que simplemente reemplazándolas con fábricas más “modernas”.[28]

Este tejido industrial en red, administrativamente distribuido y flexible, era el pilar básico de las ciudades portuarias de China, donde el trabajo “coolie” se había convertido en una característica fundamental tanto de la producción misma como de la miríada de servicios necesarios para mantener las industrias de exportación funcionando con fluidez —este trabajo coolie era en muchos casos poco más que esclavitud, similar a las formas de servidumbre utilizadas en otras fronteras del capital. Los primeros mercados del trabajo en China fueron especialmente adeptos a facilitar la utilización y la venta de este trabajo, tanto en ciudades como Guangzhou como en ultramar, donde se podían encontrar coolies cortando azúcar de caña en las plantaciones cubanas, construyendo vías de ferrocarril que atravesasen las Montañas Rocosas y trabajando en minas de plata en Perú. Prácticas como esta señalaban claramente la primera transición de China al capitalismo. Esta transición tomó una forma casi colonial, en la que solo pequeñas partes del país estaban directamente subordinadas a los imperativos capitalistas, incluso cuando la demanda internacional empezó a ejercer un fuerte tirón gravitacional sobre la producción nacional. El disciplinamiento y la venta de trabajo era parte integral de este proceso.

Pero esto no tomó una forma inmediatamente “moderna”. Por el contrario, el periodo republicano había heredado el sistema de “supervisión oficial y gestión mercantil” (guandu shangban). Diseñado para una era en la que los mercaderes se distinguían de la clase dirigente formal de eruditos confucianos, el sistema de guandu shangban subordinaba los intereses económicos de los mercaderes a los intereses políticos de los funcionarios-eruditos. En el periodo republicano, el colapso del funcionariado imperial y el ascenso de mercaderes-emprendedores mucho más poderosos alteró, pero no anuló completamente, la práctica. Numerosos funcionarios se habían convertido para entonces en emprendedores, mientras la burocracia del GMD proporcionaba una nueva, aunque muy transformada, sanción oficial al desarrollo industrial en una era de “capitalismo burocrático.”[29]

Esto implicaba que los propietarios formales de las fábricas y talleres (incluidos los capitalistas chinos) raramente se interesaban por los detalles de sus inversiones mientras siguiesen ofreciendo beneficios. Era por tanto común contratar a terceras partes para que actuasen como gestores técnicos y administrativos. Pero incluso estos gestores no eran directamente responsables de la producción:

Los gestores, contratados para conseguir beneficios, eran evaluados por sus resultados independientemente de los medios utilizados para conseguirlos. Eran intermediarios entre los trabajadores y los propietarios y sus aliados del gobierno. La lealtad al propietario era mucho más importante que la competencia. Los administradores, por tanto, tenían que delegar la autoridad principal para las operaciones en trabajadores experimentados, cualificados, conocidos como jefes de banda.[30]

Buena parte del trabajo cotidiano en la fábrica o en los muelles era autogestionado en muchos casos por los trabajadores in situ. Los trabajadores estaban organizados en unidades laxas en las que se unían en una jerarquía descentralizada, con los “jefes de la banda” (batou) o contratistas laborales actuando como los nodos en esta red a los que accedían directamente los administradores. Estos administradores eran ajenos a los detalles técnicos del trabajo, por no mencionar que muchas veces eran literalmente extranjeros, incapaces incluso de hablar con los trabajadores en la base de la cadena. Todo esto, por supuesto, adornado con la brutalidad previsible, en la que ricos gestores llegaban para supervisar sus fábricas en sillas de mano con cojines de terciopelo portadas por coolies, recibiendo estos gestores salarios mensuales que equivalían a unas trescientes veces los de los trabajadores.

Junto con los jefes de banda y contratistas laborales había también gremios de maestros y sociedades secretas. Aunque a menudo se habían fundado inicialmente bajo los Qing como organizaciones rebeldes de un tipo u otro, bajo los nacionalistas los gremios y las sociedades secretas tomaron el carácter de organizaciones criminales. También ayudaron a dar forma a las formas de utilización del trabajo que se desarrollarían en esta primera etapa de integración capitalista. Los gremios restaron importancia al arte en el oficio en favor de la búsqueda de contratos lucrativos. Se “convirtieron en empresas de construcción capitalista novatas cuyos gestores, los maestros del gremio, contrataban gente por salarios que volvían rápidamente al gremio bajo la forma de cuotas de afiliación […] La brutalidad para imponer el monopolio del gremio en la contratación y construcción era común”. [31]

Las sociedades secretas, fuera de la ley bajo los Qing, habían ayudado con sus miembros a la revolución republicana de 1911 y, a cambio, se les había permitido operar abiertamente por primera vez. Esto transformó completamente la función de las sociedades secretas y terminó el periodo en el que podían ser entendidas como “revolucionarios primitivos”. Algunos “siguieron fieles a sus orígenes de ‘bandidos sociales’ y se unieron al Partido Comunista. Pero el resto se convirtieron en reaccionarios comunes y corrientes:

Tuvieron, durante las restantes décadas del periodo republicano, un claro parecido con la Mafia siciliana, funcionando como sindicatos terroristas y perdiendo los elementos de ‘bandidaje social’ que hubiesen podido tener. Su continua y mutuamente beneficiosa relación con el Kuomintang durante los 20 y los 30 les hizo ganar la reputación de asesinos a sueldo del gobieno (usados contra trabajadores desarmados en Shanghai en 1927) y agentes de los elementos más corruptos y reaccionarios del Partido Nacionalista.[32]

La influencia de estos grupos creció en el vacío creado por la destrucción de los sindicatos comunistas y las células del Partido después de 1927. El resultado fue una ciudad en la que los contratistas laborales, el sistema de jefes de banda, los gremios y las sociedades secretas formaron conjuntamente una compleja mezcla de utilización del trabajo definida tanto por la dependencia del salario como por la amenaza de violencia directa común en los regímenes coloniales de acumulación.

Fuera de estas ciudades portuarias, China tenía solamente limitados proyectos industriales urbanos en su interior “confinados a islas aisladas dentro de la enorme economía agrícola”.[33] Normalmente habían sido creados como intentos por parte de funcionarios del gobierno de los periodos Qing y republicano de crear una infraestructura militar capaz de fortalecer sus respectivas provincias. Estas “islas” industriales eran básicamente autosuficientes, como lo eran los pocos proyectos en el interior creados por extranjeros. La inmensa mayoría eran industrias ligeras localizadas a lo largo del continuo rural-urbano. No fue hasta la invasión japonesa que se construyó una verdadera estructura industrial “moderna” en la China continental.

Revolución rural

Cuando la revolución pasó a la esfera rural a partir de finales de los años 20, al PCC le resultó difícil organizarse en las aldeas del sur. El estado republicano había podido intervenir en las relaciones rurales sociales en el campo del sur de una forma que no había podido en el norte.[34] Dado que muchos terratenientes sureños se habían desplazado a las ciudades como terratenientes absentistas a finales del periodo tardoimperial, el estado pudo interpretar un papel mucho más importante en la mediación en las relaciones de clase en las aldeas del sur, permitiéndole “penetrar en la sociedad local y coordinar las actividades de diferentes grupos sociales y clases para sus propios objetivos, sin emplear una fueza despótica, coercitiva”. [35] En el norte, sin embargo, las aldeas estaban menos divididas por clases y más unidas contra la intrusión del estado, especialmente desde los intentos de los últimos Qing por aumentarles los impuestos. Esta diferencia geográfica en las relaciones sociedad-estado permitieron más oportunidades para que el PCC se organizase en el norte durante la guerra, donde trabajaba con aldeas unidas contra los nacionalistas y los japoneses. Exacerbar las diferencias de clase, en otras palabras, no era la estrategia más efectiva para el PCC, y la aldea se convirtió en la “unidad básica” de los esfuerzos de movilización.[36] Esta relación se fortaleció con las políticas del PCC sobre la tierra y los impuestos durante la guerra.

Este éxito en las relativamente unificadas aldeas del norte se convirtió en un modelo para la revolución. El nuevo populismo del partido se desarrolló a partir de las contradicciones sociales generadas en las décadas precedentes por la subsunción desigual de la esfera rural en el capitalismo global. Estas condiciones ayudaron a crear dos tendencias políticas contradictorias: una política de lucha de clases que respondía a la creciente desigualdad rural y el control restrictivo de la pequeña nobleza sobre el excedente rural y los mercados, y una política de unidad nacional, que se enfrentaba a la invasión extranjera, el imperialismo y la sumisión a potencias extranjeras. Aunque hubo muchos momentos de agudo antagonismo de clase que se desarrollaron durante la revolución, la política de unidad nacional dominó en los periodos revolucionario y buena parte del posrevolucionario. En este sentido, las condiciones de la política del PCC eran un espejo de las del GMD, con su foco en la unidad nacional, aunque el PCC podía superar mejor la contradicción entre estas dos políticas con el concepto del “el pueblo”. El foco en la unidad nacional era incompleto e unilateral. “El pueblo”, en cambio, no era definido solo por la ciudadanía nacional ni por la clase. Por el contrario, la postura subjetiva que se tomase hacia la revolución te colocaba dentro o fuera de “el pueblo”. Por eso hasta la burguesía nacional (capitalistas chinos que no colaborasen directamente con potencias extranjeras) y campesinos ricos y terratenientes patriotas podían convertirse en miembros de “el pueblo” siempre que pusiesen su peso (y recursos) en favor de la revolución. Este foco en la subjetividad seguiría siendo un fuerte componente de la política del PCC de ahora en adelante.

El progreso de la reforma agraria —que supuso una serie de campañas y movimientos de base por la redistribución de la tierra— fluctuó con la política del partido. En las áreas del norte bajo control del partido antes de 1949, la reforma agraria empezó en 1946 cuando prendió de nuevo la Guerra Civil con el GMD. Inicialmente, el partido solo dio su “aprobación” a que los campesinos tomasen la tierra de los terratenientes, pero en 1947 convirtió la “redistribución igualitaria de la tierra” en un “principio rector”.[37] Este  primer proceso terminó en 1948 cuando el partido decidió que se había llevado a cabo de una manera demasiado radical. Un proceso de reforma agraria más radical que eliminó a la pequeña aristocracia rural se reinició solo después de que el PCC tomase el poder a nivel nacional, llevando a una redistribución de la tierra a gran escala.

Aunque surgido de repetidas rebeliones campesinas que se habían producido independientes del partido, el proceso implicó a cuadros del partido[38] que identificaron elementos clave activos entre el campesinado pobre para dirigir la lucha contra las clases latifundistas de campesinos ricos. Esto tenía por objetivo eliminar la explotación de clases rural  y cultivar al mismo tiempo un grupo activo de partidarios locales. Este enfoque de dos puntas fue fundamental para construir el poder del estado dentro de las aldeas, puesto que dio a las nuevas estructuras administrativas un mandato local. Este proceso también proporcionaría las semillas de una nueva estructura de clases que se desarrollaría en el curso de la era socialista, ya que el proceso suponía clasificar a los aldeanos en cinco categorías de clase, dependiendo de su relación con la explotación antes de la toma comunista del territorio. En el norte de China, este proceso fue más violento porque las divisiones de clase se habían agravado en las aldeas anteriormente más unificadas. Una vez se completó el proceso, surgió una nueva estructura de poder en la aldea. En el sur, el proceso fue más suave, redistribuyéndose únicamente la tierra excedente de los campesinos ricos. La mayor parte de los terratenientes anteriores a la guerra eran absentistas, y por tanto no vivían en las aldeas una vez empezada la reforma agraria. Los principios rectores en el proceso de reforma agraria posteriores a 1929 fueron el aumento de la producción a la vez que se noqueaba a las clases que pudiesen competir con el estado por el excedente.

A pesar de la variedad de métodos, las parecelas de tierra fueron básicamente igualadas en las aldeas de toda China. La inmensa mayoría de las familias campesinas se beneficiaron, y el partido obtuvo un apoyo crucial. Oficialmente, 300 millones de campesinos consiguieron tierra y más del 40% de las parecelas fueron redistribuidas. Los terrenos de aquellos designados como terratenientes cayeron del 30 al 2%.[39] Esto fortaleció la producción rural familiar, cuando muchas familias campesinas tuvieron acceso directo a los medios de producción por primera vez. La reforma agraria básicamente se completó en 1953, creando igualdad de parcelas en el nivel de la aldea, fortaleciendo el control del partido sobre las aldeas y eliminando la pequeña aristocracia rural, un rival del estado en la extracción de excedente rural. Al facilitar este proceso, el partido había ganado un amplísimo mandato popular. Mientras tanto, la economía rural se recuperó de un largo desplome en tiempos de guerra, produciendo un excedente que el nuevo estado aspiraba extraer. [40]

La Manchuria japonesa

La invasión japonesa tuvo efectos contradictorios sobre la economía china. En primer lugar, trajo con ella una destrucción sin paralelo. La infraestructura nacional de transporte construida en los periodos Qing y republicano fue bombardeada hasta dejarla hecha pedazos. El recién creado sistema bancario, que había estabilizado los precios por primera vez desde el programa de compra de plata americano, colapsó rápidamente bajo la ocupación. Esto dio como resultado intentos desesperados de impresión de billetes para mantener los gastos de guerra, iniciando una crisis inflacionaria que en última instancia devastaría la economía republicana. Ante la destrucción del cinturón de arroz del sur, los productos alimentarios se volvieron escasos y el millón de trabajadores industriales del país y los diez millones de trabajadores artesanos se enfrentaron al desempleo y a precios de los alimentos hiperinflados. Buena parte de este caos económico siguió en la era de la Guerra Civil en zonas bajo el control del GMD, y todos estos problemas serían heredados por el PCC tras su victoria.[41]

Pero la destrucción no fue la única herencia. Ante la inminente Guerra del Pacífico, los japoneses hicieron enormes inversiones en Manchuria y Taiwan, construyendo básicamente una estructura industrial desde la nada completamente nueva en el espacio de unos pocos años, cuya escala y alcance excedía de lejos las inversiones hechas por capitalistas extranjeros en el siglo anterior. Combinados, estos cinturones manufactureros construidos por los japoneses eran dos veces más grandes que toda la industria de China anterior a la guerra.[42]

La geografía productiva del territorio continental del este de Asia fue por tanto reformateada, con menos dependencia de los puertos y las zonas de exportación y mucha más de la nueva industria pesada tierra adentro produciendo para el consumo doméstico (fundamentalmente militar). Mientras tanto, toda la región del noreste asistió a una avalancha de urbanización que no sería igualada en escala o en velocidad hasta los años 80. En 1910, los habitantes urbanos de Manchuria suponían solo el 10% de su población total. Para 1940, la población urbana se había doblado.[43] Muchos de los nuevos residentes eran emigrantes de otras partes del norte de China y volverían con frecuencia a sus aldeas tras completar una tarea asignada, algo facilitado por las redes de ferrocarriles y de barcos de vapor japonesas.[44]

En contraste con las redes industriales descentralizadas a pequeña escala de las ciudades portuarias, la zona de manufacturas japonesa era a gran escala, integrada verticalmente y completamente incorporada a la burocracia de la producción en tiempos de guerra. La estructura de las fábricas intentaba imitar los enormes conglomerados tayloristas del cinturón industrial de los EEUU, con empresas con uso intensivo de capital basadas en la maquinaria más avanzada, todas ellas operadas por “trabajo chino barato y una gestión laboral casi feudal”.[45] En las primeras etapas del desarrollo de la región, se usó también fuerza de trabajo japonesa más especializada, pero incluso esto se abandonó pronto a medida que técnicos baratos chinos formados por los japoneses ocuparon su lugar.

Estos trabajadores chinos los proporcionaban, en Manchuria como en cualquier otra parte, jefes de banda o contratistas laborales, quienes recibían la suma total de los salarios de los empleadores japoneses y la distribuían a los trabajadores como consideraban conveniente, reservándose una gran parte para ellos mismos. Pero mientras el sistema de jefes de banda utilizado en las ciudades portuarias del sur veía a los jefes de banda en competición con los gremios y otros contratistas, dirigiendo redes más pequeñas de trabajadores reclutados que eran enviados a empresas más pequeñas, estas fábricas modernas japonesas requerían un despliegue de trabajo a una escala totalmente diferente. Muchos usaban solo “un pequeño número de batou que proporcionaban y dirigían a varios miles de trabajadores”.[46] Esta gestión se repartía hacia abajo en una jerarquía verticalmente integrada de jefes de banda, con el “batou número 3″ en la base dirigiendo equipos de “unos quince trabajadores”. Al mismo tiempo, la jerarquía de jefes de banda tenía como mediadores a una extensa burocracia, también con “otros funcionarios como un xiansheng o sensei (que era oficinista, contable y pagador), cocineros y recaderos.”[47]

Por debajo de todo esto estaban los trabajadores, vistos como temporeros, y los aún peor “informales”, quienes no tenían la protección de un jefe de banda. A los trabajadores no informales se les pagaban salarios, a menudo diariamente, y los jefes de banda les proporcionaban ciertas ayudas adicionales como comida, vivienda, asistencia sanitaria, protección y actividades recreativas. Los salarios a menudo se escalaban en función de los orígenes del trabajador, pagándoseles a los migrantes dos terceras partes de lo que recibían los trabajadores locales.[48] En algunos casos, como las minas de carbón de Fushun, a los trabajadores los contrataba y pagaba directamente la empresa, pero el trabajo seguía siendo supervisado por jefes de banda operando como administradores del trabajo. A un nivel más alto, la gestión de toda la región tenía un carácter taylorista, con expertos como Wada Toshio, director del Instituto de Psicología Daitō de Hiroshima, enviado para probar la aptitud de los trabajadores, aumentar su eficiencia y estandarizar la producción.[49]

Enfrentados a la falta de mano de obra hacia principios de los años 40, los japoneses recurrieron pronto a medios más coercitivos de reclutamiento. Esto incluía forzar a estudiantes, prisioneros, vagabundos y población flotante de trabajadores en paro o informales a un servicio de trabajo obligatorio y básicamente no pagado, formalizado en abril del 1940 con la Ley del Ejército Nacional, que buscaba la conscripción universal en el ejército y en los proyectos de desarrollo industrial. Los que no fueron metidos en el ejército fueron enviados a los cuerpos de trabajo nacional “entre las edades de veinte y veintitres para trabajar en la construcción militar, las industrias esenciales o la producción local.”[50] La brutalidad de este régimen laboral no debe subestimarse, y ha sido justamente comparado con el holocausto europeo por la escala y alcance de su devastación.

Durante todo este periodo, por tanto, coexistieron intentos de racionalizar y modernizar la utilización de trabajadores mediante la aplicación de métodos tayloristas y el uso de salarios por hora con, y serían finalmente reemplazados por ellos, regímenes que se basaban, en última instancia, en la amenaza de la violencia, ya sea a manos de jefes de banda o mediante la recuperación de sistemas de corveé y métodos “tributarios” de producción y comercio. Esto tenía cierta similitud con diversas formas de acumulación precapitalistas vistas por toda Eurasia, y los autores que escriben sobre el sistema de trabajo en Manchuria se han referido a él de manera descuidada como “feudal”. Lo que es más importante, estos aspectos “feudales” del régimen laboral se presentan a menudo en tensión con el despliegue correctamente”racional” del sistema laboral taylorista mediante una relación asalariada.

Pero esta oposición no está tan clara. A pesar de los elementos supuestamente “feudales”, la industrialización japonesa de la China continental puede ser vista como el inicio de una transición a un modo de producción explícitamente capitalista dominado por la producción de valor. Más que ver el crecimiento del complejo japonés en tiempos de guerra (o sus equivalentes alemán, italiano o estadounidense) como una simple locura militarista, debemos entender que estas expansiones militares son necesidades de acumulación planteadas por los estados que se enfrentan a límites en su crecimiento y atrapados en una crisis de producción de valor. La colonización japonesa del territorio continental era una respuesta a una crisis del capitalismo mundial. En cierto sentido, se puede entender como un proceso de “acumulación primitiva”, pero solo si separamos el término de sus connotaciones de una capitalismo comercial en expansión, en torno a la gestación europea del modo capitalista de producción en sus secuencias genovesa, holandesa y británica.

La entrada japonesa en Manchuria indicaba un intento por moverse de la simple práctica colonial de “empresas capitalistas operando principalmente mediante modos de organización del trabajo arcaicos (‘precapitalistas’) con bajos, y generalmente estancados, niveles técnicos”[51] (una ligera simplificación para China, pero básicamente congruente con cómo funcionaron las cosas en las ciudades portuarias) a empresas industriales a gran escala, muy mecanizadas y coordinadas, capaces de aumentar la productividad y por tanto de generar una plusvalía relativa, más que simplemente capturar más plusvalía absoluta de más trabajadores. Se intentaba que los beneficios de este proceso se intercambiasen e invirtiesen en el creciente mercado nacional y en el internacional, ambos activamente (re)construidos por los japoneses.

El incremento del sistema de jefes de banda y la aplicación del trabajo forzado no eran en ningún caso, por lo tanto, una forma de retroceder a modos de producción precapitalistas. Eran, por el contrario, la lógica capitalista de producción llevada a su extremo —literalmente un esfuerzo desesperado por conservar las relaciones sociales capitalistas que asegurasen la acumulación continuada de valor en el territorio continental del este de Asia. Le siguieron las tasas de interés compuestas, el aumento de la circulación de mercancías por todo el mercado nacional y el inicio de la transición demográfica urbana, junto con la proletarización en masa de migrantes excampesinos. Este despliegue de las formas de trabajo  fueron, de hecho, el último complemento a las campañas de “racionalización” tayloristas, porque, frente a la falta de mano de obra y las derrotas militares, eran estas las únicas formas de utilización del trabajo que funcionaban o, más exactamente: pusieron a la gente a trabajar.

La herencia industrial

Tras el colapso de este complejo militar japones bajo las ofensivas soviética y estadounidense en 1945, el capital fijo en Manchuria fue transferido a la propiedad del estado del GMD. Esta estructura industrial estaba dirigida predominantemente a la producción de electricidad (el 63% de la industria eléctrica del país era de propiedad estatal del GMD tras la derrota japonesa, producido por plantas tomadas a los japoneses en retirada) y materias industriales primarias (acero y hierro: 90%, tungsteno: 100%, estaño: 70%, cemento: 45%). El valor total del capital industrial del estado se había multiplicado por cien en diez años, de 318 millones de yuanes en 1936 a 3.161 millones de yuanes en 1946, cuando suponía el 67,3% del capital industrial total.[52]

El GMD fue absolutamente incapaz de gestionar esta inmensa nueva burocracia. Incapaz de controlar la inflación, las pésimas tendencias económicas iniciadas bajo los japoneses siguieron bajo los nacionalistas, quienes estaban mal preparados para reiniciar el proyecto de expansión imperial iniciado por sus predecesores. La clase media que había empezado a formarse antes de la invasión estaba ahora completamente liquidada. Junto al GMD en colapso, y dentro de él, surgió un nuevo sistema burocrático de señores de la guerra, creando condiciones casi perfectas para el crecimiento de los ejércitos comunistas en el campo.

Cuando el GMD empezó a ceder territorio al PCC en la Guerra Civil, esta estructura industrial estatal construida por los japoneses fue el componente más intacto de la producción no agrícola que heredaron los comunistas. Manchuria fue conquistada pronto con la sustancial asistencia militar de Rusia, que cedió importantes cantidades de munición, artillería, tanques y aviones al ejército comunista a la vez que ayudaba en la reconstrucción del sistema ferroviario de Manchuria. Pero esta asistencia también tuvo un coste importante, puesto que Stalin ordenó que las tropas rusas se uniesen al GMD y saqueasen las fábricas de Manchuria para recuperar la propia industria de la URSS dislocada por la guerra.[53]

Fue en Manchuria, por tanto, donde el PCC se enfrentó por primera vez a las cuestiones de la industrialización y la urbanización que se convertirían progresivamente en temas centrales en la era socialista. Esto significaba no solo que el partido tenía que encontrar formas de superar las dificultades técnicas, puesto que su “ala urbana no podía proporcionar los cuadros formados necesarios para conseguir que la producción urbana funcionase de nuevo,”[54] sino que también tenía que fusionar sus alas rural y urbana, que habían operado con anterioridad con relativa autonomía. El ala urbana, dirigida por Liu Shaoqi, había estado dedicada a la actividad clandestina durante el control del GMD y la ocupación japonesa, con la necesidad de que su organización extremase el secretismo, las cadenas de mando muy reguladas y una disciplina férrea.

Cuando se le dio al ala urbana la responsabildad de la producción en tiempos de guerra y las primeras etapas de industrialización de orientación comunista, seguía operando bajo una estructura de mando muy regulada diseñada para la actividad clandestina. Se reconocían los problemas derivados, pero no había alternativa a mano. Incluso donde los trabajadores mismos podían mantener la maquinaria en funcionamiento después de que huyesen los gestores japoneses y del GMD, el ala urbana del partido era la única fueza que quedaba capaz de coordinar la producción entre fábricas y gestionar la distribución de este producto más allá del cinturón geográficamente concentrado de la industria pesada de Manchuria.

Las decisiones con las que se enfrentaron aquí, más que en ningún otro sitio, iban a la raíz del proyecto comunista. Si el partido tomaba simplemente la infraestructura industrial construida por los japoneses, se arriesgaban a prender de nuevo el brutal proceso expansionista para el que se crearon estas industrias y reconstruir la burocracia necesaria para mantenerlas en funcionamiento. Aunque el partido devolviese el control directo de estas industrias a los trabajadores formados que quedaban para hacerlas funcionar, esto no haría nada por resolver los problemas estructurales inherentes al modo en que funcionaban estas grandes fábricas, ni al reto planteado por su concentración geográfica. La jerarquía de jefes de banda se podía llenar con representantes electos, pero esto reemplazaría simplemente una burocracia más darwiniana por una democrática.

En otras palabras: la infraestructura industrial de Manchuria no era un motor de producción políticamente neutral que pudiese simplemente ser tomado y dirigido a mejores fines. Por el contrario, la totalidad de sus redes logísticas, su geografía desigual y su organización básica a nivel de fábrica (desde la construcción física a la administración), estaban diseñadas precisamente para succionar trabajadores migrantes hacia el nuevo núcleo industrial, separándolos de sus propios medios de subsistencia y obligándolos a depender de diversos estratos de gestión para su propia reproducción, ya fuese mediante salarios o con vivienda y asistencia sanitaria proporcionadas por los jefes de banda. Esto no quiere decir, por supuesto, que esta infraestructura fuese intrínsecamente mala o intrínsecamente inútil para un proyecto comunista —sino que simplemente los beneficios de la tecnología moderna y la productividad aumentada estaban íntimamente mezclados con estos límites.

El problema precisamente era cómo utilizar la capacidad productiva de la infraestructura heredada transformando al mismo tiempo las relaciones de producción de la sociedad —una transformación que solo podía suceder a una escala mucho mayor que la empresa individual, y que de ninguna manera se produce por una aglomeración lineal de pequeños cambios en las relaciones individuales de los trabajadores en lugares de trabajo individuales, aunque estas son sin duda importantes y se producen en cada etapa del proceso. Fue solo al enfrentarse a este problema mayor, por tanto, que las teorías del propio partido sobre la organización industrial llegarían a ser relevantes. Estas teorías de arriba abajo, mientras tanto, iban emparejadas con la actividad de abajo arriba de los trabajadores en estas industrias, cuyas opiniones sobre estas cuestiones contribuyeron a la heterogeneidad general del proyecto comunista, que de ninguna manera se podía reducir al PCC. Las siguientes tres décadas estarían marcadas por las luchas sobre la transformación y expansión de esta herencia industrial, absorbiendo el partido muchas de estas posiciones heterogéneas ante la seguridad de su hegemonía estratégica —una hegemonía basada en los potenciales de producción.

La división urbana

A pesar de la mayoría campesina del país y su base rural revolucionaria, fueron las ciudades las que se convirtieron en un elemento crucial en el intento de expandir los beneficios de la modernización más allá de las fronteras de Manchuria y los puertos del sur. Esto tejería en un conjunto el archipiélago industrial en una verdadera “economía nacional” por primera vez en la historia de la región, a la vez que se creaba simultáneamente una cabeza de playa en la esperada transición a una sociedad comunista global. En el Segundo Plenario del Séptimo Comité Central del PCC en marzo de 1949, Mao declaró que “el centro de gravedad del trabajo del partido ha cambiado de la aldea a la ciudad.”[55] Pero las “islas industriales” de las ciudades demostraron ser serios obstáculos —no tanto a la construcción de una “economía nacional” (de hecho, demostraron ser peligrosos acelerantes), sino a la construcción de algo que se aproximase a un proyecto comunista en el siglo XX.

La era socialista fue ciertamente un tiempo de transición, en el que se cosía gradualmente una “economía nacional” a partir de subregiones económicas dispares y de métodos diversos de utilización del trabajo. Pero la característica más fundamental de esta “economía nacional” —la característica que se podría decir que abarcaba ciudad y campo, determinando las relaciones entre las dos— fue la aplicación del estándar de grano y la canalización neta de recursos del campo a la ciudad. En otras palabras, el eje de todo el proyecto de desarrollo fue la ampliación de la división urbana-rural, a pesar del aumento de la riqueza social total del país.

El enigma básico planteado por la existencia de la ciudad era el siguiente: ¿Cómo era posible poner en marcha una revolución agraria para abaratar el coste básico de la vida, permitiendo una igualdad que no fuese una igualdad en la escasez en el país más pobre del mundo, sin socavar también la base de ese proyecto igualitario al privilegiar zonas industriales geográficamente concentradas y al generar nuevas jerarquías mediante la urbanización? Para ponerlo en perspectiva, solo tenemos que recordar que la zona continental del este de Asia, en el momento de la revolución, era una de las regiones más subdesarrollada del mundo. Comparada con China en 1943, Rusia en 1913 (también un país agrario básicamente subdesarrollado en vísperas de su revolución) ya manufacturaba el triple de toneladas de acero, el doble de hierro, tenía el doble de kilómetros de ferrocarril y producía treinta veces más petróleo.[56] Todo esto en términos absolutos, no per capita, sin tener en cuenta la impresionantemente mayor población china. De esta población, muy poca gente estaba empleada en industrias urbanas modernas. Hasta principios de los 50, menos del 2% de la población de China eran “trabajadores y empleados”.[57] La inmensa mayoría eran campesinos.

La urbanización no es un problema sencillo. Las teorías sobre la ciudad están a menudo abiertamente saturadas de ideología. La más popular es el “modelo de comercialización” de desarrollo capitalista, que retrata al capitalismo como un vástago inevitable de la naturaleza humana, y también da por descontado generalmente “que las ciudades son desde el principio capitalismo en embrión.”[58] Esto implica “que las ciudades son por naturaleza antitéticas al feudalismo, de manera que su crecimiento, sin importar de donde venga, mina los cimientos del sistema feudal”.[59] Este modelo también tiende a inferir que las ciudades son, de hecho, antitéticas a cualquier modo de producción que no sea el capitalismo y que todas las formas de urbanización son intrínsecamente capitalistas.

En realidad, el capitalismo no ha sido el único modo de producción que haya visto grandes procesos de urbanización. No obstante, a menudo se asume simplemente que la abolición del capitalismo supone la abolición de la ciudad y la explosión de la industria hacia una “ciudad jardín” de campos, fábricas y talleres,” en la que la población debe estar aproximadamente igual repartida a lo largo del territorio habitado. Las propias obras de Marx y Engels exacerban esta confusión. Una “distribución de la población más equitativa entre el campo y la ciudad” es una de las diez medidas avanzadas en el Manifiesto Comunista. Aunque esto puede ser entendido como una respuesta a las desigualdades particulares rural-urbanas que habían surgido en Europa en esa época, se vuelve ahistórico en Los orígenes de la familia, donde Engels proclama la ciudad como una “característica de civilización” básica, y por tanto un punto de origen para todas las estructuras de clase tempranas.[60]

En los primeros años de la era socialista china, un principio similar sería pronto consagrado en los documentos oficiales, reflejando el lenguaje del Manifiesto. Se le prestó poca atención al hecho de que, en contra del estandar europeo observado por Marx y Engels, la zona continental del este de Asia ya tenía una distribución muy equitativa de la población entre campo y ciudad. La política se había redactado para responder a un problema que apenas existía, y el resultado fue que todo intento por crear las condiciones en las que la distinción entre campo y cuidad pudiesen ser abolidas tendió a ampliar la desigualdad entre las dos. Pero el reconocimiento del problema también aseguraba que la urbanización  debería detenerse pronto —de hecho doblando la división al fijar más población en el campo infrafinanciado. La división urbana fue por tanto exacerbada por todos los intentos de escapar de ella.

Nueva democracia, vieja economía

Aunque afrontada pronto en Manchuria, la cuestión de la ciudad solo pasó al primer plano con el fin de la Guerra Civil, cuando todas las grandes ciudades de China cayeron ante el ejército revolucionario, excepto las de Hong Kong y Taiwan. Previamente, los problemas planteados por la industria urbana habían sido o resueltos parcialmente o pospuestos temporalmente por la guerra. Las ciudades del norte y noreste se convirtieron en centros para la producción en tiempos de guerra, necesitando tanto altos niveles de empleo como una más completa toma de estas industrias de las manos de sus anteriores propietarios, ya fuesen capitalistas privados o burócratas japoneses y del GMD. En estas áreas liberadas inicialmente “muchas empresas privadas de hecho fueron gestionadas por los trabajadores tras ser abandonadas por sus antiguos propietarios y todo o la mayor parte del personal de gestión.”[61] Lo mismo sucedió con las industrias de propiedad estatal en las primeras etapas de producción durante la guerra, antes de la importación de gestores y técnicos soviéticos.

La situación cambio, sin embargo, al terminar la Guerra Civil. En las ciudades portuarias del sur, últimas en ser liberadas, muchos propietarios y gestores seguían presentes, tomando ventaja de sus valiosas capacidades técnicas y acceso a crédito extranjero a cambio de un tratamiento favorable por parte del partido. Lo que es más importante, la victoria en la guerra significaba que los comunistas habían tomado varias de las mayores áreas urbanas del país justo cuando el estímulo de guerra a las industrias de estas ciudades empezaba a flaquear y el bloqueo económico apoyado por los EEUU acababa de empezar. El número de trabajadores y refugiados por la guerra se disparó, pero muchas de las industrias en las ciudades de la costa habían sido bombardeadas por los japoneses o saboteadas por el GMD en retirada. Solo en Guangzhou “se informó en diciembre de 1949 de que menos de una cuarta parte de las empresas de la ciudad estaban operativas a plena capacidad, mientras casi un tercio de toda la fueza de trabajo estaba desempleada.”[62]

Estos trabajadores en paro habían contribuido significativamente a la victoria comunista. En lugar de ser sujetos reticentes a un nuevo régimen, muchos trabajadores habían presionado activamente por el derrocamiento de los japoneses y luego del GMD. A lo largo de los años 30, olas de huelgas periódicas habían recorrido los territorios ocupados, resultado tanto de la actividad comunista clandestina como de un movimiento obrero de amplio espectro, aunque desorganizado. Después de que los japoneses transfiriesen el poder al GMD, las huelgas no hicieron más que aumentar, “con más de tres millones de trabajadores tomando parte en huelgas solo en 1947”.[63] Al oir hablar de los progamas de reforma agraria en el campo de los comunistas y de las tomas de fábricas en el norte, muchos trabajadores se vieron inspirados a la acción contra el GMD con la esperanza de que a las técnicas brutales de gestión, los bajos salarios y las jerarquías arrogantes que les resultaban tan familiares se les diese la vuelta mediante la toma directa de las industrias del sur.[64]

Pero mientras el partido se concentraba en la reforma agraria en el campo, la tarea inmediata en la ciudad fue la recuperación de la producción. Si no se podía conseguir que las fábricas funcionasen de nuevo, no habría forma de modernizar la agricultura, dejando al campesinado en su ciclo histórico de crecimiento de la población acribillado por el hambre y la expansión mercantil. Y ejerciendo aún más presión, estaba el problema de los desempleados urbanos, desnutridos y con viviendas en condiciones pésimas —muchos urbanitas viviendo literalmente en los escombros que habían dejado veinte años de guerra casi constante. La salida de población de zonas rurales en guerra había inflado la población urbana y socavado la capacidad de producción de alimentos del país.

El resultado fue que las ciudades densamente pobladas dependían, en 1949, de importaciones de bienes de cosumo y alimentos, y muchos residentes vivían en barrios de chabolas. Cuando empezó el bloqueo internacional de los comunistas victoriosos, el país se quedó muy rápidamente privado de todas estas necesarias importaciones.[65]  Si la gente en China iba a reconstruir sus ciudades, iba a necesitar producir su propio cemento, acero, electricidad y, lo que es más importante, grano para alimentar a los trabajadores en cada etapa de este proceso.

Si, por otra parte, las ciudades fuesen a ser parcialmente abandonadas para repoblar el campo en un intento por construir una especie de socialismo agrario, no estaba claro cómo el país desgarrado por la guerra podría escapar de una hambruna inmediata, una renovada expansión de la actividad comercial que llevase a otra era de señores de la guerra o su equivalente directo, una invasión extranjera —una amenaza que se cernía, pues los estadounidenses empezaron a ocupar buena parte del territorio que los japoneses habían tomado anteriormente. Y lo que quizá es más importante, esta opción hubiera llevado posiblemente a cortar los lazos recientemente renovados con la URSS, una de las pocas fuentes de ayuda internacional y formación técnica de China, por no mencionar la mayor amenaza militar fronteriza con China. [66]

Sin embargo, no faltaban precedentes de intentos de formas agrarias de socialismo, pues anarquistas, republicanos y comunistas habían abogado e incluso intentado construir tales proyectos rurales igualitarios en el pasado, particularmente en los movimientos Nueva Aldea, Reconstrucción Rural y Cooperación Aldeana de principios del siglo XX. Algunos, como el anarquista tolstoyano Liu Shipei, veían el objetivo final de cualquier proyecto igualitario en China como algo antimoderno por carácter, retornando al país a su herencia agraria.[67] Muchos de los primeros miembros de PCC habían surgido del movimiento anarquista y conservaron más que un poco de fidelidad a los modelos descentralizados de desarrollo que mezclaban la actividad industrial y la agraria y por lo tanto alentaban la migración fuera de los núcleos urbanos.

Aunque esta última opción pueda parecer absurda, dado el compromiso intelectual del partido con un marxismo truncado y con algunas de las peores características del Alto Estalinismo, debería recordarse cuánto había divergido ya el programa comunista en el campo respecto a la vía soviética. El apego chino a las prácticas estalinistas, y especialmente las justificaciones teóricas de estas prácticas, eran más el producto de un oportuno pragmatismo que cualquier creencia ingenua en la infalibilidad del modelo ruso. Las lecturas de la historia socialista china a menudo privilegian exageradamente el papel de la teoría y la ideología en las decisiones de una era que estuvo marcada de hecho por una inmensa irregularidad y una continua, y a veces fallida, experimentación.

Aquí, sin embargo, hacemos hincapié en que las condiciones materiales básicas y los límites objetivos que ellas crean son primordiales para cualquier visión marxista de la historia. Esto no quiere decir que la herencia ideológica de los comunistas chinos fuese irrelevante —veremos solo lo empobrecida que estuvo— sino señalar simplemente que los límites a los que se enfrentaba el proyecto comunista chino en el siglo XX no eran fundamentalmente límites de la imaginación. Para volver al ejemplo anterior: si hubiese habido fuertes factores materiales de atracción que ofreciesen a la gente una vida mejor en el campo en tiempos de paz, es probable que hubiese habido una presión para que la población volviese de vuelta a las áreas rurales —con precedentes en la historia de las ciudades de la región— y el partido hubiera tenido que de algún modo frenar o acomodarse a esta tendencia.

El factor preeminente, sin embargo, era que la abundancia agraria no estaba próxima. Las ciudades estaban en ruinas. Las industrias del noreste estaban ligeramente más intactas, gestionadas en este periodo más o menos directamente por trabajadores. Pero a la mayoría de estos trabajadores no se les había permitido nunca el acceso a las capacidades técnicas de mayor nivel necesarias para reparaciones complejas, modernización o coordinación interfabril. Por encima de todo esto, había poca o ninguna infraestructura diseñada para llevar los beneficios de esta industria pesada del noreste al resto del país. El sistema de ferrocarriles estaba cortado en miles de sitios, no había autopistas nacionales, y el partido habia heredado muy poco de algo del estilo de una marina mercante —con los EEUU amenazando hundir los barcos chinos que saliesen en cualquier caso.

En las ciudades portuarias, muchas empresas habían sido gravemente dañadas, pero sus propietarios y gestores a menudo no habían huido con los nacionalistas en retirada. Esta “burguesía urbana, cuyos miembros poseían la alfabetización, el conocimiento técnico y la experiencia empresarial vitales para la producción urbana”, eran el “principal rival político urbano” del PCC.[68] El pequeño tamaño medio de las empresas de las ciudades portuarias también implicaba que la élite local no fuese en absoluto una clase de consistencia pareja, con pequeños propietarios, administradores y expertos técnicos distribuidos a lo largo de una compleja jerarquía de producción descentralizada. Algunos eran poco más que trabajadores especializados, mientras otros habían sido jefes de banda influyentes aspirando a su propio feudo en los muelles. Un segmento mucho más pequeño eran inequívocamente capitalistas domésticos, a menudo reteniendo el acceso a flujos de crédito restringidos de Occidente. La reparación de las fábricas, la movilización de las redes de trabajadores y la gestión del día a día de la producción eran enteramente dependientes de las capacidades técnicas y de gestion dispersas por esta jerarquía.

La reestructuración de la economía era coordinada por tres actores principales. En primer lugar, los militares, “que enviaban representantes (que eran también miembros del partido) a las fábricas individuales donde reclamaban la autoridad del nuevo gobierno.”[69] Pero estos representantes militares no estaban particularmente familiarizados con la producción industrial y, por tanto, tenían que apoyarse en la jerarquía de técnicos y administradores ya en el lugar. Segundo, el ala urbana del PCC, muchos de cuyos miembros eran trabajadores especializados. Sin embargo, el ala urbana del partido era pequeña y estaba acostumbrada a operar dentro de una rígida jerarquia de mando que necesitaba el secretismo. Mientras la experiencia rural del partido en la mediación entre conflictos sociales simultáneos y la administración de grandes franjas de producción había hecho de él una organización flexible y adaptable, la experiencia urbana del partido había sido mucho más limitada.

Finalmente, estaban “los trabajadores alfabetizados, especializados, quienes, con la bendición del Partido Comunista, fueron rápidamente promocionados a posiciones de liderazgo en las fábricas por los sindicatos.”[70] Pero estos trabajadores eran escasos, debido al extendido analfabetismo tanto entre los residentes urbanos como entre la mayoría de los cuadros del PCC: “Solo en Shanghai […] la tasa de analfabetismo del total de empleados, incluidos oficinistas y trabajadores de cuello blanco, se estimaba en un 46 por ciento.” Mientras tanto, “entre los trabajadores fabriles de cuello azul, esta cifra era mucho más alta, probablemente cerca de la cifra del 80 por ciento para el personal industrial en todo el país.”[71] En cambio, “en 1949 casi todos los estudiantes en las universidades chinas y escuelas técnicas de alto nivel procedían de las clases media y media superior urbanas.” Y estos estudiantes ya no eran simplemente élites educadas en los clásicos confucianos. Por el contrario, “más de la mitad (63 por ciento) de los miembros de este grupo graduados en universidades y de escuelas técnicas en 1949 se habían especializado en materias que eran esenciales para la industrialización.”[72]

La respuesta del partido fue lanzar una campaña de reclutamiento, esperando reforzar sus filas con intelectuales y técnicos especializados leales. Eran plenamente conscientes del riesgo del arribismo y la corrpución, pero eran considerados males necesarios que podían ser erradicados más tarde. Mientras tanto, se formaron nuevos sindicatos junto con nuevos órganos del partido, con el propósito de racionalizar la producción y al mismo tiempo permitir a los trabajadores alguna supervisión sobre los nuevos y menos fiables miembros del partido. Al principio, el partido había intentado erradicar de sus sistema industrial reestructurado a los antiguos jefes de banda, los matones de los sindicatos del GMD y los miembros de las sociedades secretas, pero se demostró casi imposible y el intento solo paralizó aún más la recuperación de la industria. Los cuadros locales recibían instrucciones para abrir el reclutamiento en los nuevos sindicatos, esperando que la perspicacia política de los propios trabajadores combinada con las campañas de reforma impulsadas por el estado serían suficiente para impedir que estas élites de las capas inferiores volviesen a tomar el poder.[73]

Más arriba de la cadena, sin embargo, la política del partido fue conciliadora. Era necesario no solo conservar el conocimiento técnico de las élites de los niveles medio y medio-bajo, sino también adquirir nuevas inversiones en capital fijo para reconstruir y expandir la producción industrial. Con el bloqueo económico restringiendo las importaciones de capital fijo y el acceso a los préstamos internacionales, solo la burguesía urbana que quedaba tenía el tipo de conexiones necesarias para adquirir las importacioines clave y el crédito necesario para la reconstrucción.

El resultado fue un sistema de gestión que, en cierto sentido, se parecía mucho al de las ciudades portuarias de antes de la guerra: “En 1953 aproximadamente el 80 por ciento del personal directivo eran de origen burgués y el 37 por ciento de estos eran graduados anteriores a 1949, estudiantes chinos regresados de ultramar, o propietarios de fábricas.” Una diferencia clave era la presencia generalizada del partido, pero sus números eran todavía pequeños. Aunque el reclutamiento los había ampliado, “en 1953 solo el 20 por ciento aproximadamente del personal directivo y técnico estaba compuesto por miembros urbanos del Partido Comunista, trabajadores promocionados” o directores y funcionarios de los sindicatos nombrados directamente por el partido.[74] Mientras tanto, las huelgas habían llegado a su máximo y muchos capitalistas habían respondido simplemente cerrando todas sus fábricas que todavía funcionasen, despidiendo a los trabajadores y esperando ver si podían coger lo que pudiesen y huir.

El partido desarrollo una política de recuperación con dos puntas. Primero, firmó el Tratado Sino-soviético de Amistad, Alianza y Asistencia Mutua a principios de 1950, dando a los rusos ciertos privilegios en Manchuria y asegurando un préstamo de 300 millones de dólares para la reconstrucción de la industria. Esto era considerado inequívocamente necesario: “los soviéticos proporcionaban un aliado internacional relativamente fuerte y absolutamente vital” dado el embargo de los EEUU y el bloqueo militar de la costa este y la completa ausencia de cualquier ruta terrestre entre China y otros países industrializados. De igual importancia, quizás, fue el apoyo de la única potencia nuclear del mundo fuera de los EEUU en una era en la que el general MacArthur se informaba de que amenazaba a China y Corea con ataques nucleares. Poco después de que se firmase el tratado, la URSS empezó a enviar la primera ola de técnicos a China —especialmente en el noreste— con la tarea de poner de nuevo en marcha la producción, así como la de formar a una nueva generación de ingenieros chinos.

El segundo componente del plan de recuperación fue la “política de coexistencia” dispuesta en el “Programa Común”. Formulado a finales de 1949, el programa se hizo más sólido en los años de guerra y consolidación política que siguieron. Aspiraba a completar la “revolución burguesa” en las ciudades, utilizando los elementos de capitalismo “que son beneficiosos y no dañiños para la economía nacional”. En otras palabras, “controlar, no eliminar, el capitalismo”.[75] Lo que esto implicaba era en realidad el apaciguamiento de los capitalistas urbanos que quedaban, a quienes el estado les compraría gradualmente sus propias industrias a cambio de ofrecer sus conocimientos técnicos al proyecto de recuperación industrial y desarrollo.

El tamaño del sector privado en este periodo era importante. Aunque suponía solo el 55,8% del valor neto de producción de la industria en su conjunto, la producción privada era aproximadamente el 85% del total de ventas al por menor —lo que la convertía en algo crucial para la circulación de bienes. Al mismo tiempo que el partido buscaba cultivar y utilizar la productividad del sector privado, sin embargo, también buscaba contener su volatilidad: “la política comunista en esta etapa era luchar contra la actividad especulativa por un lado, y al mismo tiempo ayudar al desarrollo de los negocios privados normales.” La Bolsa de Shanghai fue cerrada y todos los fondos estatales se concentraron en los bancos estatales. Esto ralentizó la producción, causando el cierre de bancos privados y “uno de cada diez establecimientos comerciales.”[76]

El partido respondió con un estímulo masivo, por el que el estado colocaba órdenes a precios garantizados para bienes producidos por empresas privadas y daba diferenciales especiales de precios al por mayor a grandes empresas comerciales para alentar el flujo de bienes en el mercado doméstico. El estallido de la Guerra de Corea aseguró esta relación, pues la demanda de suministros militares se disparó. El negocio era tan bueno que “muchos industriales destacados, que habían retirado previamente su capital de China, ganaron confianza en la política comunista y volvieron,”[77] trayendo con ellos nuevos capitales y personal técnico.

De los ingresos generados por el nuevo boom industrial en las ciudades portuarias, el estado se llevó una parte cada vez mayor bajo la forma de impuestos, que se utilizarían pronto como la base de nuevas olas de industrialización dirigida por el estado. El crecimiento del sector privado en este periodo fue lo suficientemente robusto como para volver a prender los miedos de una continuación incontrolable de la transición al capitalismo ya en marcha, en la que las energías comerciales sobrepasarían los intentos del partido por contrarlas. Por tanto, después de que la reforma agraria se completase y el sistema bancario se nacionalizase completamente, el estado empezó a restringir la industria privada con el lanzamiento de la campaña de los “Cinco Anti” en enero de 1952, que intentaba liberar la rabia obrera reprimida contra sus empleadores de una forma que facilitaría el inicio de la nacionalización industrial.

Canalización del descontento

Muchos trabajadores urbanos se habían sentido decepcionados o traicionados por la continuación del capitalismo en las ciudades portuarias, y los primeros años 50 vieron un lento aumento de la agitación industrial. El nuevo estado respondió a esta insatisfacción de diversas formas. Primero, se hicieron concesiones a muchos trabajadores. Los salarios aumentaron y los medios de vida de la mayor parte de los urbanitas mejoraron significativamente —lo que no era una tarea necesariamente difícil, pues solo la paz ya era una mejora tras dos décadas de guerra y ocupación. Segundo, se crearon nuevas organizaciones de masas, incluidos nuevos sindicatos y un Consejo Nacional del Trabajo, en un intento por ofrecer medios menos perturbadores económicamente para resolver las reclamaciones laborales.[78] Aunque estas nuevas organizaciones a menudo demostraron ser torpes e indiferentes, inicialmente aún así fueron vistas como una herramienta importante para la reorganización de la industria y para la devolución de más poder a los trabajadores.

Finalmente, cuando los salarios y otras concesiones ya no pudieron aumentarse más y los nuevos sindicatos se arriesgaban a ser la chispa para otra toma explosiva del poder por parte de los trabajadores, el partido respondió con el “Movimiento de Reforma Democrática”, seguido por los movimientos de los Tres y Cinco Anti, con la intención de empezar la reforma de la industria y rastrear el nuevo sistema industrial en busca de trazas de corrupción e infiltración por parte de los viejos jefes de banda, miembros de las sociedades secretas y simpatizantes Nacionalistas buscando restaurar el poder que habían perdido al quedar incorporados al partido-estado en desarrollo.

En el cénit de la campaña de los Cinco Anti, “millones de trabajadores y empleados fueron movilizados para denunciar a sus empleadores [y] un resultado de las muchas denuncias públicas de capitalistas fue el gran aumento de suicidios de hombres de negocios.”[79] Esto era esencialmente una extensión de los métodos de la reforma agraria a las ciudades, concediendo a los trabajadores la ira y al mismo tiempo proporcionando beneficios caídos del cielo al nuevo estado, que se apoderó de más de 1.700 millones de dólares estadounidenses bajo la forma de multas a las empresas privadas por haberse dedicado a “diversas transacciones ilegales”. Esto también significaba que el capital circulante de las empresas privadas cayó en consonancia hasta que “las empresas privadas se redujeron básicamente a conchas vacías”.[80]

Aunque estos programas tuvieron éxito en evitar que los trabajadores tomasen directamente el poder y en paralizar la influencia del capital privado, llevaron a una caída de la producción, pues los trabajadores y los cuadros sindicales estuvieron constantemente movilizados en ataques contra sus empleadores y las empresas fueron privadas de su capital circulante en todo el país. El movimiento de los Cinco Anti, en su cénit, “causó que numerosas empresas dejasen de operar e interfirió en la producción en muchas otras”[81] estableciendo también un peligroso precedente al dar a los trabajadores el poder sobre sus directivos y propietarios de la empresa. Temiendo el estancamiento económico y demandas renovadas de una toma de las empresas por parte de los trabajadores, el partido empezó a reducir el movimiento de reforma.

Al mismo tiempo, reorientó la economía en torno al estado, creando toda una infraestructura comercial para reemplazar los mercados restringidos del sector privado. Este periodo asistió a un aumento masivo en el número de corporaciones estatales y almacenes al por menor. “Para finales de 1952, había más de 30.000 almacenes estatales por todo el país, o 4,7 veces los que había en 1950.”[82] El partido fusionó el suministro rural y las cooperativas de comercialización con nuevas cooperativas urbanas de consumidores, almacenes estatales y otras cooperativas en una única “red comercial socialista”, triplicando el total de ventas al por menor controladas por el comercio estatal y multiplicando por cinco las ventas del comercio cooperativo entre 1950 y 1952. El efecto fue tan pronunciado en la venta al por menor como lo fue en el comercio al por mayor, triplicándose la influencia de las cooperativas y las empresas estatales en cada sector. El comercio exterior, mientras tanto, estaba casi completamente entregado al estado, quien, en 1952, controlaba el 93% de todo el comercio internacional.[83]

Ante todo esto es importante recordar que las conquistas de los primeros años 50 fueron ampliamente aceptadas. A pesar de la decepción y la agitación, la mayor parte de los trabajadores limitaron sus ataques al nivel de empresa. Hubo verdaderas pocas olas de huelgas en estos años y el partido conservó la confianza de una inmensa mayoría de la población. La campaña de los Cinco Anti en 1952 es “generalmente vista como el punto máximo de la influencia de los trabajadores y los sindicatos en la industria privada”,[84] pues aumentó el control directo de los trabajadores de sus propias empresas junto con aumentos comparables en salarios, prestaciones sociales y medios generales de vida. El consumo alimenticio per capita en las ciudades llegó a un pico entre 1952 y 1955, con 241 kg. de grano consumidos por persona por año en 1952 y 242 kg. en 1953. Estos números cayeron lentamente durante el resto de los años 50, y luego catastróficamente durante el Gran Salto Adelante (1958-1960; en adelante GSA), después del cual el consumo de alimentos no subiría de nuevo por encima de los 240 kg.  hasta 1986.[85]

La era de la “Nueva Democracia”, por tanto, no estuvo principalmente causada, o incluso definida significativamente, por la ideología mecánica que el liderazgo del partido usó para justificarla. Era una respuesta pragmática a diversos límites materiales simultáneos en el proyecto comunista, en el que la colaboración con los capitalistas que quedaban era vista (correctamente o no) como necesaria. Mientras tanto, se hicieron concesiones a los trabajadores a cambio de su apoyo limitado a la política —concesiones que incluían la implicación de los propios trabajadores en la expulsión (y a menudo el suicido) de muchos de sus empleadores.

Este periodo de desarrollo industrial urbano, unido a la era de la reforma agraria en el campo, puede ser visto por tanto como la continuación fugaz de la transición al capitalismo que había sido abandonada y reiniciada varias veces en la historia reciente del país. El partido lo comprendió así, designando este periodo como la terminación de la “revolución burguesa” en las ciudades portuarias. Esto dio al fenómeno un claro encaje dentro de la mitología determinista del Alto Estalinismo, pero este encaje era simplemente el uso de los recursos teóricos disponibles para justificar la acción pragmática en marcha. La fidelidad teórica al estalinismo era, como mucho, más el resultado que la causa de las tendencias industriales vistas en los años inmediatamente posteriores al fin de la guerra civil.

De naciones a estado

Los primeros años despúes de 1949 fueron también un periodo en el que al partido se le permitió experimentar con sus propias formas de administración industrial y prepararse para detener la transición capitalista, la expropiación de las élites urbanas y la puesta en marcha de un sistema educativo en todo el país abierto a la población independientemente de su origen de clase. El noreste había caído pronto bajo el control de los revolucionarios y buena parte de su estructura industrial fue transferida directamente a la gestión obrera (seguida por técnicos soviéticos) unida a la propiedad del estado. Fue, por tanto, una de las primeras regiones en la que se iniciaron los experimentos con formas no capitalistas de producción.

Al mismo tiempo, Manchuria era el nombre para un problema geográfico. Los bienes industriales tenían que ser no solo producidos —algo de lo que la autogestión obrera era ciertamente capaz— sino también distribuidos por todo el país para reconstruir las ciudades devastadas por la guerra, construir viviendas para millones de urbanitas que vivían en chabolas, y modernizar la agricultura. El sistema eléctrico tenía que ser extendido al resto del país, había que construir los ferrocarriles y las carreteras, y las escuelas y las instalaciones médicas tenían que ser construidas, dotadas de personal y abastecidas.

El partido y los militares eran las dos únicas organizaciones a nivel nacional que todavía existían al terminar la Guerra Civil. Esto significaba que eran los únicos medios disponibles para la coordinación, distribución y facilitar el día a día de la producción. Estos problemas llevarían finalmente a la fusión completa del partido y el estado en el curso de la era socialista. Pero este no era en absoluto el único resultado posible. De hecho, el camino de menor resistencia parecía señalar una dirección muy diferente. Históricamente, los detentadores del poder de las dinastías previas habían encontrado mucho más fácil gobernar a distancia. Para una región tan grande y diversa como la zona continental de Asia del este, esta estrategia había demostrado durante milenios tanto ser más barata como más efectiva que sus alternativas. Las anteriores dinastías habían supervisado la actividad militar, cultivado las capas superiores de la burocracia y asegurado la construcción de proyectos de infraestructura a gran escala, pero, más allá de esto, el alcance del estado raramente se extendía hasta abajo del todo.

Fue precisamente este fenómeno de casi-ausencia-del-estado local lo que había hecho parecer al anarquismo, en etapas tempranas, ser “la vía revolucionaria más prometedora” puesto que se “correspondía más estrechamente con la realidad de la existencia social”. Los estados anteriores, aunque técnicamente eran enormes desde el punto de vista de la geografía y la poblacion, estaban de muchas formas solo mínimamente conectados con los lugares y gentes bajo su dominio:

La inmensa mayoría de la población, después de todo, vivía su vida con una relación con el estado cercana a cero, cuyos funcionarios casi nunca llegaban al nivel de aldea, cuyas exacciones y regulaciones eran administradas en su mayor parte por miembros de la élite local, con vínculos con sus comunidades que eran muchos y variados. Las vidas de la gente estaban marcadas por diversas formas de comunidad y solidaridad —de autoayuda, religiosa, ceremonial, de clan, de ciclo de trabajo y relacionada con la red de mercado— y estas formas de solidaridad habían hecho que muchas comunidades pudiesen resistir y movilizarse frente a amenazas externas, incluida la extralimitación autoritaria imperial.[86]

Muchos anarquistas tenían esperanzas en fortalecer estas formas locales de resistencia hacia un movimiento revolucionario igualitario que aspirase a extender las potencialidades de una ausencia del estado ya presente en la cultura aldeana china. Estos intentos, sin embargo, fracasaron sistemáticamente. Varios de los anarquistas más destacados, como Li Shizeng, Wu Zhihui, Zhang Ji y Zhang Jingjiang, en última instancia se unieron al Partido Nacionalista y tuvieron roles destacados en él, sentándose en su comité central y estableciendo relaciones cercanas con Chiang Kai-Shek y otros miembros del ala derecha del GMD. Los que conservaron su creencia en una revolución igualitaria y básicamente comunista, enfrentados a los fracasos del anarquismo, acudieron en masa al recién fundado PCC. [87]

Los fracasos del movimiento anarquista de principios del siglo XX y la larga historia de formas de explotación casi-sin-estado llevaron a muchos de estos jóvenes radicales a adoptar estrategias que aspiraban en cambio a romper la herencia dinástica mediante la construcción de un estado fuerte. A diferencia del enfoque de manos fuera respecto al gobierno local del estado imperial, el nuevo estado se extendería hacia abajo hasta el pueblo común, que se convertiría en su componente básico. Este estado se haría por tanto cada vez más transparente y poroso, sus actividades visibles y accesibles a nivel local. Los ideales anarquistas fueron conservados marginalmente en esta visión, que verían la autoorganización local incorporada en el funcionamiento básico de una nueva forma de gobierno. La categoría populista “el pueblo” se haría concreta a través de su fusión inmediata con este aparato administrativo, haciendo que el estado mismo fuese comunal.

Al mismo tiempo, la URSS se había convertido en un ejemplo emblemático, aunque profundamente equivocado, de un sistema no capitalista que había sido capaz de sobrevivir en un aislamiento relativo, manteniendo a raya tanto la invasión miltar como el embargo económico. La burocracia y brutalidad que acompañaron los cambios internos de poder dentro de la URSS no eran de ninguna manera invisibles para los comunistas chinos —después de todo, muchos habían pedido a la Comintern que los apoyase en la ruptura de lazos con los nacionalistas en los años 20, solo para ver rechazadas primero sus súplicas y luego horriblemente vindicadas cuando fueron forzados a ver a sus amigos y seres queridos sistemáticamente masacrados. Sin embargo, la URSS era el único ejemplo en el mundo de una sociedad moderna que era substancialmente no capitalista. Y quizá más importante, era también el único país industrial con el que China compartía una frontera terrestre accesible. Esto hacía de ella tanto una amenaza militar como básicamente la única opción de ayuda internacional para asistir al desarrollo. Esta relación se haría cada vez más importante cuando los EEUU establecieron el embargo del litoral chino.

Las cuestiones de la construcción de una economía nacional y un estado nacional que la acompañase fueron también uno de los pocos lugares en los que los recursos teóricos y empíricos a mano tuvieron un serio efecto distorsionador sobre la estrategia del partido. Surgida del fracaso de los proyectos anarquista y liberal,  la única vía revolucionaria alternativa era vista cada vez más como algo que suponía la construcción de una economía nacional que actuase como primera cabeza de playa en la revolución comunista global. Pero la conexión entre el proyecto de desarrollo nacional y la consiguiente revolución mundial era borrosa en el mejor de los casos. Aunque empezó a formarse una estrategia alrededor de la construcción de una nueva forma política nacional china, no había ninguna estrategia inmediatamente disponible para cómo una China asediada y bajo embargo podía ayudar a  la expansión de la revolución mundial.

Hubo muchos factores materiales que cercaron las decisiones durante este periodo. La población china estaba desnutrida, mal armada y había estado rodeada por una guerra casi constante durante toda una generación. Continuar esa guerra para liberar más territorio más allá de las fronteras nacionales preexistentes no era posible inmediatamente. La Guerra de Corea fue, de hecho, una prueba de esta capacidad, pues los chinos vinieron en ayuda de los coreanos y lucharon con los militares estadounidenses hasta un punto muerto. Aunque el ejército de campesinos analfabetos medio muertos de hambre fue capaz de frenar a los militares más avanzados del mundo, los riesgos de un esfuerzo militar eran enormes y su resultado básicamente excluía una mayor expansión internacional.

Por encima de esto, el PCC mismo había sido reformateado por sus años en el campo chino. Anteriormente, las mentes dirigentes del partido, como Chen Duxiu y Wang Ming, habían sido inequívocamente internacionalistas, y lanzado críticas contra las tendencias nacionalistas crecientes dentro del partido. Muchos de los militantes de base del partido eran, en este periodo, trabajadores y sindicalistas en las ciudades portuarias, sus vidas cotidianas estaban marcadas por el contacto cosmopolita con trabajadores, técnicos y revolucionarios de diversas inclinaciones de todo el mundo —pero especialmente Europa y las colonias del sudeste de Asia.

Al mismo tiempo, líderes como Chen y Wang eran dogmáticos obstinados, excesivamente unidos a las decisiones de la Comintern dominada por los rusos, ciegos a los errores de la URSS, firmes creyentes en la universalidad de su vía a la revolución, desdeñosos de los conflictos sociales preexistentes a gran escala del campo chino, y dedicados al marxismo más mecánico e ingenuamente optimista. El resultado fue que sus intentos de una insurrección urbana fracasaron, su voluntaria subordinación a la Comintern dio como resultado una alianza con los Nacionalistas impopular y en última instancia desastrosa, y la primera encarnación del partido quedó básicamente destruida.

Un resultado secundario de esto, sin embargo, fue que los líderes internacionalistas del partido quedaron desacreditados, degradados y reemplazados por figuras cuya estrategia concebía un papel mucho más importante para el proyecto de desarrollo nacional en relación con la expansión internacional de la revolución comunista. Esto no quiere decir que Mao u otros estuviesen estrictamente interesados en el desarrollo nacional chino o que no tuviesen una estrategia internacional. Pero mientras el viejo PCC se formó en una era de revolución internacional cuando el derrocamiento de regímenes en el corazón de Europa parecía todavía plausible, el nuevo PCC surgió en un mundo aplastados por la bota de imperios reaccionarios, en el que los movimientos revolucionarios más esperanzadores habían sido desmembrados y los militares de los países imperialistas estaban henchidos de guerra.

Sin embargo, las inclinaciones nacionalistas del nuevo PCC no se pueden reducir simplemente a las inclinaciones teóricas o estratégicas de su liderazgo. El apoyo de masas a la hegemonía del partido del proyecto comunista transformo el proyecto en sí. Radicado entre un campesinado analfabeto, en gran parte ligado a la tierra y hablando a menudo “dialectos” incomunicables, no había nada intrínsecamente cosmopolita o un punto de vista global innato en la nueva base de apoyo del partido. Al mismo tiempo, no había ninguna cultura o entidad política antigua distintivamente “china” que se extendiese hasta las nebulosas profundidades de la historia. El proyecto igualitario se entendía como la unión, por primera vez, de naciones dispares, regionalmente distintas, en una entidad política justa a mayor escala e interconexión de lo que la mayoría de la gente había experimentado nunca en su vida cotidiana. La siguiente etapa de esto —la expansión mundial— hubiera parecido solo una posibilidad distante, enteramente dependiente de la anterior.

Además de esto, debe recordarse que la estrategia del PCC de construcción del estado era popular no tanto por algún supuesto apego cultural a un estado fuerte, sino precisamente por la reinvención prometida por el partido de las funciones de un estado recién ampliado. De nuevo, el campesinado chino había vivido, tradicionalmente, una vida casi sin estado marcada por diversas formas de comunidad y solidaridad. Pero la casi ausencia del estado en la aldea era en realidad más bien una amalgama de microestados, y cada forma de comunidad y solidaridad (familiar, religiosa, comercial) era de hecho la designación de territorios controlados por micromonarcas que se solapaban (patriarca, sacerdote, comerciante).

Esta confederación balcanizada de pequeños regímenes estaba de alguna forma vinculada hacia arriba a la burocracia de jure de la dinastía gobernante. Los matones locales asociados con clanes particulares podían recolectar impuestos de los aldeanos, tomando una parte para ellos mismos antes de entregar el resto a gobernantes de mayor nivel. De manera similar, los sacerdotes o la pequeña aristocracia formada en la erudición confuciana podían actuar para apaciguar el disenso contra el régimen mayor. Pero en su mayor parte, la vida cotidiana tenía poco contacto con el estado como tal, mientras el contacto regular con estos microestados no se entendía en absoluto como un contacto con un estado, sino que más bien era traducido en términos de ceremonia, tradición autogobierno confuciano, etc.

Después de que fracasasen los intentos anarquistas por utilizar formas indígenas de solidaridad y comunidad, tanto comunistas como republicanos se volvieron hacia el estado fuerte como una alternativa. Pero mientras los nacionalistas, en la práctica, enfatizaban la fuerza disciplinaria del estado contra la población, los comunistas enfatizaban tanto su poder redistributivo como su capacidad para la coordinación. El estado a construir no solo debía extenderse hasta abajo del todo, sino que, enraizado con lo local, conectaría también esa localidad con la riqueza social general. La creación de China era, por tanto, un proyecto económico. Fue esta promesa, por encima y más allá de cualquier mitología nacionalista, la que consiguió un apoyo masivo para el programa del PCC entre la mayoría campesina del país.

[1] Jean-Laurent Rosenthal y R. Bin Wong (Before and Beyond Divergence: The Politics of Economic Change in China and Europe. Harvard University Press, 2011, p. 101) defienden que esto era así porque la guerra en Europa impulsó este tipo de producción en áreas urbanas protegidas, mientras en China la guerra fue más esporádica en el último milenio. Solo a largo plazo benefició esto a Europa, al colocarla en una vía diferente, intensiva en capital, mucho antes. Usamos aquí a Rosenthal y Wong no por su excelente comparación entre Europa y China, sino para dar una visión a largo plazo de las relaciones entre la producción y la división rural-urbana en China.

[2] Ibid. pp. 101 y 110. Argumentan que, en general, el trabajo es más barato en el campo que en la ciudad, y lo contrario sucede con el capital. La guerra europea condujo a una producción más intensiva en capital en la ciudad. En una China más pacífica, el cálculo era diferente, y la artesanía siguió siendo más rural debido a los costes de trabajo más baratos (106-7)

[3] Ibid. p. 111.

[4] Jacob Eyferth, Eating Rice from Bamboo Roots: The Social History of a Community of Handicraft Papermakers in Rural Sichuan, 1920-2000. Harvard University Press, 2009; Jeremy Brown, City Versus Countryside in Mao’s China: Negotiating the Divide. Cambridge University Press, 2012.

[5] Kathy Le Mons Walker, Chinese Modernity and the Peasant Path: Semicolonialism in the Northern Yangzi Delta. Stanford University Press, 1999, pp. 37-39.

[6] Ibid. p. 41-7.

[7] Philip Richardson, Economic Change in China, c. 1800-1950. Cambridge University Press, 1999, p. 69.

[8] Walker 1999, p. 10; Philip Huang, The Peasant Family and Rural Development in the Yangzi Delta, 1350-1988. Stanford University Press, 1990, p. 60.

[9] Huang (1990), p. 105.

[10] Ibid.

[11] Timothy Brook, The Confusions of Pleasure: Commerce and Culture in Ming China. University of California Press, 1998, p. 199.

[12] Huang 1990.

[13] Véase Richardson 1999, p. 26; Rosenthal y Wong 2011, cap. 4.

[14] Ho-fung Hung, “Agricultural Revolution and Elite Reproduction in Qing China: The Transition to Capitalism Debate Revisited,” American Sociological Review 73(4), August 2009, pp. 569-588.

[15] Richardson, 1999, chp. 6; Daniel Little, Understanding Peasant China: Case Studies in the Philosophy of Social Science. Yale University Press, 1989, cap. 4.

[16] La subsunción formal es un momento en el que el proceso de trabajo preexistente es introducido en el mercado capitalista pero este proceso de trabajo no es transformado. El ejemplo del texto señala un momento en el que la agricultura china es subsumida en el mercado capitalista global mediante el sistema de mercado doméstico, pero la forma en que la gente trabaja no es transformada significativamente en el proceso. Lo que cambia son los precios que los campesinos y comerciantes reciben por los productos agrícolas que están vendiendo, aunque los sigan produciendo de la misma forma.

[17] Richardson 1999, p. 73.

[18] Mark Selden, The Political Economy of Chinese Socialism. M.E. Sharpe, 1988, p. 159.

[19] Richardson 1999, pp. 26-27. Estas cifras son burdas estimaciones. Algunos defienden que las tasas de crecimiento hasta la invasión japonesa de 1937 eran mayores, pero estas cifras han sido duramente criticadas (Véase Richardson 1999 para la discusión).

[20] Margherita Zanasi, Saving the Nation: Economic Modernity in Republican China. University of Chicago Press, 2006.

[21] Nicholas R. Lardy, Agriculture in China’s Modern Economic Development. Cambridge University Press, 1983, p. 12.

[22] Para una revisión del papel de los comunistas en le movimiento obrero de Shanghai, véase: Patricia Stranahan (1994). “The Shanghai Labor Movement, 1927–1931”. East Asian Working Paper Series on Language and Politics in Modern China.

[23] Zhongguo gongchangdang lishi, 1919-1949 (History of the Chinese Communist Party, 1919-1949), Beijing: Renmin chubanshe, 1991, vol. 1, p. 216.

[24] C.F. Remer,  Foreign Investments in China. New York, MacMillan, 1933.  p. 76.

[25] Chu-Yuan Cheng, Communist China’s Economy, 1949-1962: Structural Changes and Crisis. Seton Hall Univeristy Press, 1963. p. 4

[26] Ibid. p. 4-5. Para más detalles, véase la cita del propio Cheng 

[no transliterada en pinyin]

: Wu, Chiang, “Certain Characteristics in the Economic Developments of China’s Capitalism,” Ching-chi Yen-chiu (Economic Research), Vol 1., No. 5 (Peking: December 1955) p. 64.

[27] Ibid. p.5

[28] Para detalles sobre cómo esto tomó forma en las ciudades portuarias del momento, véase: Linda Cooke Johnson, “Shanghai: An Emerging Jiangnan Port, 1638-1840,” en Linda Coooke Johnson, ed., Cities of Jiangnan in Late Imperial China. Albany State University of New York Press, 1933. pp. 171-4.

Para detalles sobre la industria textil, véase: Feuerwerker, “Handicraft and Manufactured Cotton Textiles 1971-1910,” Journal of Economic History, 30:2, 1970, pp. 371-5.

Para detalles sobre la campaña de industrialización de Chen Jitang en Guangzhou, véase Alfred H. Y. Lin, “Warlord, Social Welfare and Philanthropy: The Case of Guangzhou under Chen Jitang, 1929-1936,” Modern China, 30:2, April 2004, pp.151-198

Para una visión general, véase Giovani Arrighi, Adam Smith in Beijing. New York, Verso. pp. 336-344.

[29] Véase: Stephen Andors, China’s Industrial Revolution: Politics, Planning and Management, 1949 to the Present. Pantheon Books, NY. 1977. pp.32-33.

[30] Ibid.

[31] Ibid. p.33

[32] Fei-ling Davis, Primitive Revolutionaries of China: A Study of Secret Societies of the late Nineteenth Century. University Press of Hawaii, Honolulu. 1971. pp 171-172.

[33] Andors 1977, p.34

[34] Chang Liu, Peasants and Revolution in Rural China. Routledge, 2007.

[35] Ibid. p. 47.

[36] Ibid. p. 98; Alexander F. Day, “A Century of Rural Self-Governance Reforms: Reimagining Rural Chinese Society in the Post-Taxation Era,” The Journal of Peasant Study 40(6), 2013, p. 937.

[37] Li Fangchun, “Class, Power and the Contradictions of Chinese Revolutionary Modernity: Interpreting Land Reform in Northern China 1946-48,” PhD Thesis, University of California, Los Angeles, 2008, p. 3.

[38] “Cuadro” traduce aquí el término chino “ganbu,” que designa a funcionarios del partido y del estado. El término se puede usar en singular o en plural. Aunque a menudo es poco claro para los lectores en lengua inglesa, la traducción se ha convertido en un estándar en la literatura, así que lo utilizamos para mantener la coherencia con nuestras fuentes.

[39] Carl Riskin, China’s Political Economy: The Quest for Development Since 1949. Oxford University Press, 1987, p. 50.

[40] Victor Lippit (Land Reform and Economic Development in China: A Study of Institutional Change and Development Finance. Routledge, 1975) ve el facilitar la industrialización como el principal beneficio de las políticas rurales del PCC.

[41] Véase Cheng, pp.6-7.

[42] Para los números exactos, véase: Ibid. p.8.

[43] David Tucker, “Labor Policy and the Construction Industry in Manchukuo: Systems of Recruitment, Management, and Control” en Paul H. Kratoska, Ed.,  Asian Labor in the Wartime Japanese Empire. ME Sharpe, Inc. , 2005, p.28.

[44] La similaridad con el actual sistema de trabajo migrante rural basado en la clasificación según el hukou es notable.

[45] Tucker, p. 28.

[46] Ibid. p.29

[47] Ibid.

[48] Ibid. p.36

[49] Ibid. pp.31-32

[50] Ibid. p. 49-50

[51] Jairus Banaji, Theory as History. Haymarket, Chicago IL, 2010, p.62

[52] Cheng, pp.8-9.

[53] Dieter Heinzig, The Soviet Union and Communist China, 1945-1950: The Arduous Road to the Alliance. East Gate, New York City, NY. 1998. p.101

[54] Andors 1977, p.45

[55] Andors 1977, p.44

[56] Véase la tabla 1 en Cheng, p. 14

[57] Cheng, p.14.

[58] Ellen Meiksins Wood, The Origin of Capitalism: A Longer View. New York, Verso, 2002. p.13

[59] Ibid. p.15

[60] p.201

[61] Jackie Sheehan, Chinese Workers: A New History. London, Routledge, 1998. P.17

[62] Ibid. p.18

[63] Ibid. p.15

[64] Ibid. p.16

[65] Véase Andors, 1977, pp.44-45 para una visión general de estos problemas.

[66] Una revisión de la literatura sobre Manchuria en tiempos de guerra muestra que hubo mucho miedo entre muchos comunistas chinos a que los rusos simplemente tomasen Manchuria y posiblemente toda la península coreana para ellos mismos tras expulsar a los japoneses.

[67] Véase Arif Dirlik, Anarchism in the Chinese Revolution. University of California Press, 1991. pp. 100-109.

[68] Andors, 1977, p.45

[69] ibid, p.48

[70] Ibid.

[71] Ibid.

[72] Ibid, p.49

[73] Véase Sheehan, pp.25-26.

[74] Andors 1977, p.49

[75] La frase proecede de los principios de Mao sobre la Nueva Democracia, citada en Maurice Meisner, Mao’s China and After: A History of the People’s Republic. The Free Press, New York, 1977. p.59

[76] Cheng, pp.65-66

[77] Ibid. pp.66-67

[78] Véase Sheehan, pp.23-34.

[79] Cheng, p.67

[80] Ibid. p.68

[81] Sheehan p.42

[82] Cheng, p.68

[83] Ibid.

[84] Sheehan, p.42.

[85] Mark Selden, The Political Economy of Chinese Development. M.E. Sharpe, New York, 1993. p.21, Tabla 1.3

[86] Christopher Connery, “The Margins and the Center: For a New History of the Cultural Revolution.” Viewpoint Magazine. Issue 4: The State. September 28, 2014.

[87] De nuevo, véase Dirlik, 1993 para una visión general, especialmente el capítulo 7. Véase también: Peter Zarrow, Anarchism and Chinese Political Culture. Columbia University, New York, 1990

Chuang (colectivo comunista chino crítico)

Fuente: Chuang, nº 1

Traducción de Carlos Valmaseda para espai-marx.net.

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