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Talibán, un largo camino por el Hindú Kush

Fuentes: Rebelión

No cabe duda que el domingo 15 de agosto el Talibán empujó al presidente Joe Biden a uno de los últimos círculos del infierno de la historia norteamericana. De aquí en más el 46 presidente del imperio reinante tendrá que cargar con el sayo de haber avergonzado a su país, como pocas veces se ha visto, propinándole una derrota homérica. Que si bien no es la primera que sufren los Estados Unidos, ya que como se han hartado de mostrar todos los medios de comunicación se parece mucho a la derrota sufrida en Vietnam en 1975 a pesar de que oficialmente Washington se había retirado en 1972 aunque siguió sosteniendo al gobierno títeres de Saigón hasta el final. En el caso afgano la vergüenza quizás sea mayor, ya que se produce como colofón de la guerra más larga de su historia, al tiempo que sin duda es la más resonante gracias a estos tiempos de hipercomunicación.

Quizás este fracaso provoque que por un buen tiempo las aventuras intervencionistas de los mandatarios de la Casa Blanca sean pensadas dos veces antes de crear acciones que, desde el hundimiento del Maine en la bahía de la Habana en 1898 hasta la demolición de las torres en 2001 y muchas escusas más de diferentes escalas, se fabricaron para permitirse ingresar por la puerta grande a conflictos que en una primera vista en nada les concernía.

Ahora lo urgente, y muy lejos de la suerte que pueda correr Biden, hay que seguir con cuidado el destino de los 37 millones de afganos que, por lo visto en el aeropuerto Hamid Karzai de Kabul y en todos los pasos fronterizos de país, sienten que ya están en la cola de espera para que la daga fundamentalista les abra el cuello, ver como sus mujeres serán embolsadas en una burka y sus hijos condenados a tener como toda educación la recitación de memoria y en árabe de las 114 azoras (capítulos) recopiladas por el Corán. Tal como lo aprendieron en las madrassas pakistaníes, financiadas por Arabia Saudita, el mullah Mohamed Omar, fundador del Taliban, y los actuales líderes como el mullah Hibatullah Akhundzada y el mullah Abdul Ghani Baradar.

Si bien desde hace meses, por no decir años, cuando el Talibán comenzó fuertemente sus operaciones inmediatamente después de que el presidente Barack Obama anunciara en 2013 el comienzo de la retirada norteamericana, lo que provocó que las constantes dilaciones que al final llegarían a Biden, con la fuerza de un sunami, todos intuían que los integristas iban por todo. Eso fue lo que apresuró a Trump para evitar la vergüenza que hoy viven Biden a instalar la mesa de Doha (Catar) que permitía a los Estados Unidos huir de la derrota con cierta galanura. Cosas que manifiestamente no vio el actual presidente, que el 14 de abril anunció como tal cosa, sin respetar lo pactado en Doha por Trump, sobre la finalización de la retirada, que se produciría el primero de mayo. Por cuestiones de marketing, pretendió extenderla hasta el 11 de septiembre. Lo que habilitó a los insurgentes a iniciar las operaciones y comenzar a moverse por todo el macizo del Hindú Kush como lo que verdaderamente es, su patria, ese mismo primero de mayo, con el resultado que ya todos preveían. Y que solo sorprendió por la velocidad que tomó en los últimos diez días, concluyendo con la toma de Kabul, la que fue rodeada con un movimiento de anaconda, como lo explicó uno de los estrategas del Talibán: estrangulando la capital desde el norte, sur y oeste, finalizando con la toma de la ciudad de Jalalabad, a tan solo 150 kilómetros de Kabul, aislándola así por el este.

Con la caída de Kabul los mullah están en condiciones de restablecer el Emirato Islámico de Afganistán, tal como se denominaron hasta 2001 y si bien existen esperanzadoras sospechas de que los rigoristas no lo sean tanto y puedan generar una plataforma de estabilidad, primero para que sus ciudadanos no vivan a la sombra del terror y los inversionistas a los que van a necesitar y mucho como China, Rusia, he incluso Irán. Mientras… occidentales abstenerse, por lo menos un tiempo.

La guerra no se acabó

El domingo el portavoz talibán Mohammad Naeem anunció rimbombante: “La guerra ha terminado en Afganistán”. Ese anunció sin duda ha sido muy precipitado, ya que ellos no son la única opción armada del país, aunque si la más poderosa en hombres, logística, épica e insumos militares, mucho más ahora que tras capturar el armamento de última generación entregado por los Estados Unidos al extinto Ejército Nacional Afgano (ENA) a quien arrebato además cientos de vehículos de todo tipo e incluso helicópteros y aviones.

El Talibán deberá volver a las armas o a la política para desarmar algunos bolsones de resistencia formados por comandos del ENA y otras fuerzas de seguridad que junto a grupos antitalibán están instalados en la remota y montañosa Panjshir, liderados por el ex vicepresidente y jefe de la Dirección Nacional de Seguridad Amrullah Saleh, que ha decidido no rendirse a los mullah. Panjshir históricamente ha sido rebelde a los mullah. Para lo que hay que tener en cuenta una cuestión casi genética, ellos cuentan con ese ánimo guerrero, que no es propiedad del Taliban, sino condición casi natural del ser afgano.

También operan en el país desde 2015 varias unidades del Daesh Khorasan, según la inteligencia iraní, trasladadas en su momento desde Siria al norte de Afganistán por los Estados Unidos. Estas khatibas del Estado Islámico, que desde la última eclosión del Talibán se han mantenido a buen resguardo, han producido operaciones particularmente brutales, como el atentado del pasado 8 de mayo contra una escuela de niñas de Kabul en el que murieron 68 personas la mayoría alumnas y dejó además 165 heridos. En los primeros cuatro meses de este año la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Afganistán (UNAMA) registró 77 ataques por parte de este brazo del Daesh, concentrados, en su mayoría en la capital y fundamentalmente contra la comunidad chiíta, mujeres y extranjeros, infraestructura civil y fuerzas de seguridad. Años atrás incluso se han registrado batallas entre el Daesh y los talibanes, en la provincia de Helmand, epicentro de la producción del opio y heroína, recursos con los que la organización del mullah Hibatullah Akhundzada ha financiado largos tramos de la guerra.

Por la conformación de la sociedad afgana, su unidad será difícil de concretar, ya que el alambicado sistema de etnias, tribus y clanes que la conforman hace milenios, opera en muchos casos como fuerzas disolventes. Por lo que los mullah tendrán que conseguir la creación de algo parecido a una coalición lo suficientemente elástica para poder lograr una estabilidad duradera.

Tampoco hay que dar como una realidad la unidad indisoluble de las fuerzas talibanas, ya que como va apareciendo los más altos líderes estarían dispuestos a atenuar la presión a la sociedad civil del nuevo Emirato, aunque según el experto pakistaní Ahmed Rashid, quien conoce como pocos a los talib (estudiantes del Corán) “Los jóvenes talibanes son una generación mucho más radical que los viejos mandos de la organización”. Refiriéndose a los que incluso han dirigieron el Emirato desde 1996 a 2001, siendo compañeros de armas del idolatrado mullah Omar, muerto por causa naturales en un hospital pakistaní en 2013. Estos nuevos guerreros llevan el estigma de haber pasado por cárceles, algunos incluso con largas estadías en Guantánamo, haber sufrido sistemáticamente torturas y haber visto morir a cientos de camaradas, incluso familiares, bajos las bombas de la coalición occidental. Lo que les ha cultivado un espíritu mucho más radical y antioccidental que sus jefes, por lo que quizás con la intención de exigir a sus mandos un control más estricto de la sociedad, contaminada por los largos años de la presencia occidental, puedan rebelarse y cometer algunos excesos, como ya se están registrando en distintos puntos del país.

Otro punto de disociación entre los jóvenes y los veteranos es que los primeros están de acuerdo con la incorporación de extranjeros a sus filas y apañar a sus hermanos de al-Qaeda, mientras los antiguos muyahidines ha sido remisos a aceptar combatientes ajenos más allá de la alianza con Osama bin Laden.

Existen en Afganistán entre 8.000 y 10.000 combatientes extranjeros en diferentes facciones, con poca representatividad en sí mismas, aunque de generar una alianza con el Daesh Khorasan, la situación podría variar trágicamente. Por otro lado, deberán estar atentos a grupos “hermanos, que operan junto a la frontera con Pakistán como el Tehrik-e-Talibán Pakistán, siempre infiltrado por el poderoso servicio de inteligencia pakistaní el Inter-Services Intelligence (ISIS) y en la frontera con China el Movimiento Islámico de Turkestán Oriental, (MITO) de los fundamentalistas uigures de la provincia suroriental de Xinjiang que pretenden independizarse de China y han llegado incluso a provocar ataques en Beijing.

Por lo que los nuevos amos de Afganistán, si su intención es congraciarse con el mundo, todavía tienen un largo trecho en por las altas montañas del Hindú Kush.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC.