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Las lecciones de Afganistán

Una derrota histórica para EEUU-OTAN y sus valores universales

Fuentes: Rebelión

En la cumbre de APEC-2011 en Hawai, el presidente Barak Obama de EEUU expuso la nueva agenda política de su país, consistente en un giro radical de su estrategia militar hacia el Asia-Pacífico.

Los periodistas le preguntaron insistentemente sobre la presencia militar en Iraq y Afganistán, de la cual ya había anunciado su salida, y fue enfático en afirmar que “la suerte del mundo no se definiría en Iraq y Afganistán”.

En la revista Foreign Policy:“America’s Pacific Century” (Siglo del Pacífico de América, Clinton, nov de 2011), la secretaria de Estado de Obama, Hillary Clinton, anunciaba: El futuro de la política se decidirá en Asia, no en Afganistán o Irak, y Estados Unidos estará justo en el centro de la acción”. También revelaba el desplazamiento del eje de intervención hacia el Indo-Pacífico.

En otro aparte del documento aseveraba: “…Uno de los más destacados de estos socios emergentes es, por supuesto, China… Y hoy, China representa una de las relaciones bilaterales más difíciles y consecuentes que los Estados Unidos ha tenido que gestionar”.

Quizá hoy retumbe en las cabezas de los dirigentes, esa realidad que los refuta. Los Talibán de Afganistán le han propinado la mas espectacular derrota política y militar a EEUU y el mayor revés en este siglo, con inmensas consecuencias para asegurar y mantener el liderazgo mundial que pretenden.

Cuando en 2001, EEUU invadió a Afganistán, Sadam Hussein dijo que “esa nación cosechará lo que siembra”, y agreguemos que si aún no sabe lo que sembró, la cosecha se está dando.

Ha sido un golpe categórico al imperio estadounidense y a sus estados subordinados, la Unión Europea, Canadá y Australia, a quienes lideró para invadir obstinadamente a países con recursos petroleros, pero con otra peculiaridad, ser musulmanes. Fue necesario desarrollar una campaña mundial de islamofobia para preparar a las opiniones públicas para tal proyecto. Pero ninguna cantidad de justificaciones “democráticas” pudieron encubrir tantas hecatombes.

Hoy Occidente intenta ocultar la responsabilidad de su derrota evadiendo el error político y desatando una talibanofobia extrema que le ha permitido crear un frente único entre presidentes, medios de comunicación, analistas internacionales, redes sociales, y académicos y ONGs de varios tipos.

Tres son las argumentaciones de Biden que en diferentes empaques sigue el rebaño de corifeos. Que el gobierno y el ejército afganos fueron unos cobardes que no supieron defender el esfuerzo democrático americano, y que los derechos humanos y la situación de la mujer retrocederán al período del gobierno talibán de 1996 a 2001; como si la realidad no cambiara y la invasión no existiera. Nadie puede exponer con razones que los ocupantes occidentales se hubieran preocupado por esa situación.

Pero Estados Unidos deja un Afganistán donde no solo vuelven a gobernar aquellos que expulsó del poder hace veinte años, sino que ni siquiera consiguió disminuir las bases del terrorismo islamista, objetivo que sirvió de pretexto para la invasión y con el que mantiene nexos sospechosos.

Ninguno, entre los miembros de la coalición internacional invasora, se planteó la cuestión de la fuerte identidad de la nación afgana; ni si las huellas de la caótica experiencia soviética aún permanecían. El siniestro catecismo del “bien contra el mal” predicado por George Walter Bush en Afganistán, y que reproduciría en Iraq dos años después, dejó como legado una región hundida en los horrores de la guerra y la ocupación. Nadie tampoco pensó que los talibán, desterrados en sus inaccesibles montañas pero rumiando su derrota, transformarían paulatinamente su lucha fundamentalista, paralizante y traumática para la propia sociedad afgana, en una inteligente lucha de liberación contra el poder militar y económico de una coalición sin fundamento ni valores.

Entre muchas declaraciones de altos cuadros del gobierno estadounidense, el general Douglas Lute, “zar de la guerra afgana” bajo Bush y Obama, confesó que “estábamos desprovistos de una comprensión fundamental de Afganistán, … No teníamos la más remota idea de lo que estábamos haciendo […] Si el pueblo estadounidense supiera la magnitud de esta disfunción”.

Sería una paradoja por lo menos muy extraña que “la guerra más larga de Estados Unidos” se haya perdido únicamente debido al desconocimiento de un pueblo y un país. Sun Tzu en el Arte de la Guerra nos enseña que para ganar hay que conocer el terreno, a los rivales, pero también, conocerse a sí mismo.

Después del humillante retiro de las tropas estadounidenses y de la OTAN de Afganistán, los medios y analistas son prácticamente unánimes: la tragedia es que los «valores occidentales» no prevalecieron ni prevalecerán.

Esta situación ha forjado un momento decisivo en medio del telón de fondo que muestra un declive inexorable y constante de Estados Unidos, que se ha acelerado en el último período y que la derrota en Afganistán puede presagiar un nuevo capítulo en el transcurso mundial.

Son veinte años en el que Estados Unidos ha destruido un país musulmán tras otro, y no surgió ninguna resistencia que pudiera plantar cara con éxito a los ocupantes. La afgana bien puede ser el punto de inflexión. No será el último clavo del ataúd del hegemón mundial, pero sí el acelerador de su crisis interna y mundial, que lo está llevando en su desespero, a dar palos de ciego en otro escenario, la zona del Indo-Pacífico. El liderazgo de Estados Unidos está roto y se ha convertido en un espectro que acecha a Europa y a sí mismo. Ha fenecido el viejo-nuevo proyecto que quiso hacer del siglo XXI el “Siglo Americano”, y enfrenta el horror del declive.

Tras 10 años de retraso respecto del anuncio de Obama y Clinton, con la firma del AUKUS (un acuerdo entre Australia, Reino Unido y EEUU) Estados Unidos intenta compensar con submarinos nucleares y una OTAN del Pacífico, su descalabro euroasiático. Así encadena a Australia como beligerante vasallo de Estados Unidos en la región geográfica de China, para “contenerla”.

Francia ha hecho su pataleta al constatar la burla de Biden a su país, llamando al AUKUS “puñalada en la espalda”. Para la Unión Europea, que varios de sus miembros fueron arrastrados a la guerra en Afganistán y ni siquiera les consultaron cuando Washington decidió la retirada, ahora teme una nueva oleada de refugiados, un éxodo masivo hacia Europa. Después de ese agravio unilateral, el contrato australiano es una invitación a desmarcarse de Estados Unidos y buscar alguna autonomía en política exterior.

Significado de la derrota EEUU–OTAN.

Muchas diferencias y similitudes podemos encontrar entre las derrotas de Saigón y la de Kabul para Estados Unidos.

La derrota que el Talibán infringió a EEUU-OTAN es mas importante políticamente que la de Vietnam, porque si bien en ambas guerras fue derrotado el ejército mejor armado del mundo, la de Vietnam fue dirigida por una guerrilla campesina y un partido comunista apoyados por varios países del mundo, en medio de ese enfrentamiento entre potencias conocido como la Guerra Fría. No fue en las calles de Nueva York ni Washington -a pesar de las protestas- donde se definió el triunfo, fue en los campos vietnamitas.

La victoria de Afganistán fue obtenida por una guerrilla irregular, popular y campesina, dirigida por una organización musulmana, sin apoyo directo de potencias externas, a excepción de Pakistán. Es la primera vez que Occidente es derrotado por un país islámico después de múltiples cruzadas, invasiones y felonías del máximo poder del mundo.

El impacto sobre el resto del mundo musulmán marcará una perspectiva diferente. Para Occidente, es un fracaso político, cultural y militar. Para los pueblos de Libia, Siria, Iraq, Yemen, Somalia, Palestina, etc.; será un largo aliento para continuar la resistencia contra la invasión occidental.

Adoptando una perspectiva histórica y en el contexto de un mundo fragmentado e inestable, el fracaso de Estados Unidos en Afganistán significa también el fin de múltiples alianzas tejidas a lo largo de varias décadas y que le dieron forma al orden mundial de postguerra, conocido también como pax americana. El descrédito ante sus “protegidos” cuando deja al garete a los afganos colaboracionistas de EEUU y la OTAN y cuando cambia de aliados a espaldas de ellos como hizo con Francia y la Unión Europea, son manifestaciones del estado crítico en que lo situó la huida de Afganistán. Las fotos de la retirada del último militar norteamericano mostraban la humillación y la vergüenza del país que todavía pretende dirigir el mundo.

El impacto de la derrota erosiona no solo su prestigio militar, sino la confianza que generaba, su diplomacia y la imagen de potencia que Estados Unidos proyectaba sobre el mundo, incluida su hegemonía en la OTAN. Pero si bien ha sido un golpe arrollador, el imperialismo no ha muerto, y sus aparatos y servicios secretos van a seguir operando a través de múltiples maneras -841 bases militares en el mundo-, incluidas las organizaciones terroristas como ISIS, a quien apoyó en su traslado de Siria a Afganistán en 2015. Mas no le serán suficientes para revertir el proceso del declive.

Los signos de decadencia a nivel interno se expresan en las dificultades de liderazgo y cohesión nacional que tuvo el expresidente Trump y ahora Biden, aupados por el quiebre de la salubridad con la pandemia de Covid 19, la de mayor impacto en el mundo; la crisis de las elecciones y el espectáculo de la toma del Congreso por parte de los feligreses de Trump, los asesinatos de afroamericanos por la policía y múltiples hechos que cuestionan la zalamera democracia americana. Pero una derrota es una derrota y la última sorpresa nos viene de parte de las fracturas domésticas de las élites, en este caso del ejército, con las declaraciones del general Mark Milley ante el Congreso, de sus tratativas con China, que reflejan una insubordinación militar cercana a un golpe, y sus llamadas telefónicas secretas a ese general chino, advirtiéndole de las posibles amenazas militares contra ellos.

Las fracturas económicas y políticas de hoy en Estados Unidos son muy profundas, pero también las hay sociales, morales, culturales y raciales. El aborto, Black Lives Matter, el crimen urbano, la violencia armada y las matanzas en las ciudades, los privilegios de pocos, la supremacía blanca y las demandas de equidad entre muchas, también los divide. En la pandemia de COVID-19, el uso de máscaras y la aplicación de las vacunas los tiene polarizados.

Todos los grandes imperios de la humanidad han caído y dado paso a nuevos poderes emergentes. Muchos cayeron por causas externas como los griegos en sus enfrentamientos con Esparta (Trampa de Tucídides), otros como el romano combinaron las causas externas con las internas. ¿Será el imperialismo norteamericano un caso nuevo? Lo único claro es que sigue la tendencia histórica del agotamiento de su dominación y se dedica a dar palos de ciego. Su superioridad militar ha fallado siempre, es teórica, no es real políticamente. Estados Unidos con su superioridad nuclear y militar ha perdido todas guerras e invasiones que ha desatado después de la II GM, a excepción de la del Golfo, Kuwait-Iraq, en 1991.

“Un ejército victorioso gana primero y entabla la batalla después; un ejército derrotado lucha primero e intenta obtener la victoria después.” Parece escrito sobre EEUU hoy, pero fue Sun Tzu hace 2500 años.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.