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Washington obstaculiza el acuerdo político en Ucrania

Fuentes: Contretemps

Gilbert Achcar analiza los últimos acontecimientos diplomáticos en torno a la guerra de Ucrania, en particular el sabotaje metódico por parte de Estados Unidos de cualquier proceso que pudiera conducir a la paz, ya que la invasión rusa le ha permitido, paradójicamente, reforzar su hegemonía. También destaca el papel indispensable de China para lograr una solución pacífica del conflicto.

La forma como ha reaccionado la administración Biden ante la oferta de China de facilitar un arreglo político del conflicto ucraniano revela claramente el objetivo no declarado de Washington en esta guerra. El contraste entre la actitud de la administración hacia la posición china y las actitudes de algunos aliados de EEUU es sorprendente.

Cuando el 24 de febrero, al cumplirse el segundo año desde que Rusia invadió Ucrania, Pekín hizo pública su «Posición sobre el arreglo político de la crisis ucraniana», su iniciativa fue inmediatamente desestimada por Washington como una farsa, y el presidente Biden dijo a David Muir, de la ABC: «Putin la aplaude, así que, ¿cómo va a ser tan buena?”, y luego añadió: «No he visto nada en este plan que indique que haya algo que, si se sigue el plan chino, sea beneficioso para alguien que no sea Rusia».

Sin embargo, otros dirigentes vieron lo que Biden no pudo ver -o no quiso ver-, a saber, que el primero de los doce puntos de la declaración china reafirmaba un principio contrario a los intereses de Rusia en la guerra en curso y a favor de Ucrania: el principio de «la soberanía, la independencia y la integridad territorial de todos los países».

Por eso Vladimir Putin no «aplaudió» la posición de China, contrariamente a lo que afirmó Biden. En las declaraciones conjuntas a la prensa que hizo el presidente ruso con su homólogo chino, Xi Jinping, el 21 de marzo durante la reciente visita de éste a Moscú, afirmó: «Creemos que varias disposiciones del plan de paz propuesto por China coinciden con los planteamientos rusos y pueden servir de base para un arreglo pacífico.» Varias disposiciones, es decir, no todas.

Aunque Putin podría apoyar plenamente disposiciones como «Abandonar la mentalidad de la Guerra Fría» (punto 2) y «Poner fin a las sanciones unilaterales» (punto 10), obviamente no podría estar de acuerdo con la necesidad de respetar la soberanía y la integridad territorial de todos los países, ni con el punto 8, que afirma que «hay que oponerse a la amenaza o al uso de armas nucleares».

Algo que el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, si lo ha entendido. En marcado contraste con la opinión de Biden, el día en que se publicó la postura china declaró: «China está hablando de nosotros. Integridad territorial. Creo que lo que dicen suena a respeto por la integridad territorial. No menciona el país, pero es nuestra integridad territorial la que fue violada. También se mencionó la seguridad nuclear. Creo que esto responde a los intereses tanto mundiales como ucranianos». Fue esta actitud tan diferente la que hizo posible la llamada telefónica del 26 de abril entre Xi y Zelensky, que el presidente ucraniano comentó así:

“Existe la oportunidad de utilizar la influencia política de China para restablecer la solidez de los principios y normas en los que debe basarse la paz. Ucrania y China, así como la gran mayoría del mundo, están igualmente interesadas en la fortaleza de la soberanía de las naciones y la integridad territorial… En el cumplimiento de las principales normas de seguridad, especialmente la inadmisibilidad de las amenazas de armas nucleares, así como la proliferación de armas nucleares en el mundo”.

De hecho, China mencionó específicamente a Ucrania más de una vez al hablar de integridad territorial. Por ejemplo, al explicar la posición oficial de China sobre la guerra dos días después del inicio de la invasión rusa, el 26 de febrero de 2022, Wang Yi, entonces ministro de Asuntos Exteriores de China, afirmó claramente: «China defiende el respeto y la salvaguarda de la soberanía y la integridad territorial de todos los países y se adhiere sinceramente a los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas. La posición de China es coherente y clara, y también se aplica a la cuestión ucraniana”.

Unos días más tarde, el 5 de marzo, reiteró la misma posición a su homólogo estadounidense, el secretario de Estado Antony Blinken. Diez días después, Qin Gang, entonces embajador de China en Estados Unidos y ahora su ministro de Asuntos Exteriores, publicó un artículo en el Washington Post en el que afirmaba sin rodeos que «hay que respetar la soberanía y la integridad territorial de todos los países, incluida Ucrania».

Una de las principales razones por las que Washington ha hecho oídos sordos al repudio implícito de Pekín a la invasión rusa es, por supuesto, que no quiere oír lo que acompaña a la postura china, en particular, las disposiciones antes mencionadas que Putin podría respaldar alegremente, pero tampoco lo que complementa los principios establecidos en el propio primer punto: «Debe observarse estrictamente el derecho internacional universalmente reconocido, incluidos los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas. […] Debe fomentarse la aplicación igualitaria y uniforme del derecho internacional, mientras que debe rechazarse el doble rasero».

Al fin y al cabo, la idea misma de respetar la soberanía, la independencia y la integridad territorial de todos los países es tan ajena a Washington como a Moscú. Aunque Washington defiende estos tres principios frente a Rusia en el caso de Ucrania, a lo largo del tiempo los ha violado más que ningún otro gobierno, y sigue haciéndolo, mediante ataques con aviones no tripulados y misiles, aunque actualmente, tras la debacle afgana de 2021, no despliegue tropas sobre el terreno,.

Las reacciones contrapuestas a la visita de Xi Jinping a Moscú en marzo siguieron el mismo patrón: condena por parte de Washington, con insistentes profecías de una inminente entrega de armas de Pekín a Rusia, mientras que el Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y vicepresidente de la Comisión Europea, Josep Borrell, aseguró que la visita de Xi «reduce el riesgo de guerra nuclear» porque el presidente chino «dejó muy, muy claro» a Putin que quería «minimizar el riesgo de que se le asocie con una intervención militar rusa», un comentario del que apenas se hicieron eco los medios de comunicación. Contradiciendo las profecías de Washington, Borrell añadió que China «no está comprometida militarmente y no hay señales de que quiera comprometerse militarmente».

Desde el inicio de la actual crisis ucraniana en 2021, ésta es la segunda ocasión importante en la que la administración Biden se ha entregado al ejercicio de la predicción, de una forma que da una fuerte impresión de que en realidad desea que sus profecías se autocumplan. Cuando Moscú presentó un proyecto de acuerdo para una solución política de la crisis en relación a Ucrania el 17 de diciembre de 2021 Washington también la rechazó. En lugar de entablar negociaciones con Rusia para llegar a un acuerdo global que evitara la guerra que se avecinaba, la administración aumentó frenéticamente el anuncio de que Rusia atacaría al día siguiente, hasta que finalmente ocurrió.

Hay buenas razones para creer que, lejos de hacer todo lo posible por evitar la guerra, Washington actuó como si quisiera que sucediera por la sencilla razón de que la invasión rusa sería, y de hecho fue, una bendición para sus designios hegemónicos. Del mismo modo, se puede argumentar que Washington hizo poco por disuadir a Sadam Husein de invadir Kuwait en 1990 (algunos incluso afirman que la embajadora estadounidense en Iraq en aquel momento, April Glaspie, hizo creer a Husein que a Washington no le importaría), porque la invasión también era una bendición para sus designios hegemónicos. En ambos casos, la hegemonía mundial de Washington y la lealtad de sus aliados de la Guerra Fría, tras años de declive, se vieron muy reforzadas.

Si se trata de eso, ¿cuál podría ser el objetivo de Washington al rechazar la colaboración con Pekín, que es de hecho el único camino posible hacia un acuerdo político que reconozca la integridad territorial de Ucrania, todo ello en un momento en el que hay varios indicios, incluidas recientes filtraciones del Pentágono, de que Washington no confía en la capacidad de Ucrania para expulsar a las tropas rusas del territorio que ocupan desde el año pasado, y mucho menos para infligirles una derrota a gran escala?

¿Cómo explicar la enorme distancia entre la postura de Washington y los intentos europeos de aprovechar la oferta china de mediación, como ilustran las recientes visitas a Pekín del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, del presidente francés, Emmanuel Macron, de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y de la ministra alemana de Asuntos Exteriores, Annalena Baerbock? Esta última declaró en Pekín: «Al igual que China medió entre Irán y Arabia Saudí, queremos que utilice su influencia para instar a Rusia a poner fin a su guerra en Ucrania».

La clave de este contraste es que Europa Occidental está deseando que termine la guerra en Ucrania por la razón obvia que resumió Anthony Cordesman, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), un destacado think tank estratégico bipartidista estadounidense: «Nuestros socios y aliados europeos están sufriendo mucho más que los estadounidenses las consecuencias económicas de su apoyo a Ucrania y el aumento de los costes energéticos mundiales», mientras que Estados Unidos obtiene «grandes beneficios estratégicos» al animar a Ucrania a continuar la guerra, que es «una inversión cuyos beneficios superan con creces su coste».

Zelensky captó muy bien esta diferencia un mes después del inicio de la guerra, cuando admitió muy lúcidamente al London Economist (25/03/2022) que:

“Hay a quienes en Occidente no les importa una guerra larga porque significaría agotar a Rusia, aunque signifique la desaparición de Ucrania y se produzca a costa de vidas ucranianas. Sin duda, a algunos países les interesa. Para otros países, sería mejor que la guerra terminara rápidamente, porque el mercado ruso es importante [y] sus economías están sufriendo a causa de la guerra”.

Esto es muy cierto y, del mismo modo que es correcto ayudar a Ucrania a defender su territorio y su pueblo contra la agresión rusa y erróneo tratar de obligarla a capitular, lo mejor para el pueblo ucraniano es hacer todo lo posible para poner fin a la guerra sobre la base de un compromiso aceptable, en lugar de frustrar cualquier posibilidad de negociar dicho compromiso, como ha hecho sistemáticamente Washington incluso antes de que comenzara la guerra.

Gilbert Achcar es autor de La nueva guerra fría: Estados Unidos, Rusia y China de Kosovo a Ucrania (The Westbourne Press, 2023).

Traducción: viento sur