El 30 de marzo se cumplen 50 años del fin de la guerra de Vietnam con la derrota de Estados Unidos, sus políticas de intervención y sus estructuras hegemónicas de poder y de dominio. La Guerra se inició un año después de la revolución que derrotó a Francia y que mediante los acuerdos de Ginebra de 1954, la dejó separada, el norte comunista, liderado por Ho Chi Minh y respaldado por la URSS y China, y el sur anticomunista, apoyado por Estados Unidos. En 1975, Estados Unidos fue derrotado y expulsado y reunificado Vietnam. La invasión se intensificó en la década de 1960 con los presidentes Kennedy y Johnson, que justificaban la teoría del dominó, que “temía la expansión comunista en Asia” y en América latina con la sucesión de golpes de estado y dictaduras conducidas por militares.
Hubo incidentes como el ataque del mayor destructor americano por lanchas vietnamitas en el golfo de Tonkin en 1964, respondido con el despliegue de medio millón de soldados estadounidenses en 1968, que no lograron superar las tácticas de guerrilla del Vietcong, que con creatividad y conocimiento de su territorio y cultura enfrentaron sucesivamente entre 1965 y 1968 la barbarie de más de 300.000 misiones de bombardeo y más de 800.000 toneladas de bombas de la operación Rolling Thunder, que uso armas biológicas y químicas como el agente naranja, del que quedaron afectaciones en la siguiente generación. Todo por fuera de los límites del respeto al DIH o DDHH.
Las consecuencias humanas, económicas, sociales y ambientales fueron devastadoras, se calcula entre 1.5 y 3 millones de vietnamitas muertos y más de 58.000 soldados estadounidenses, el 20% de los bosques destruidos y un éxodo que desplazó a millones. Estados Unidos perdió la guerra. Miles de jóvenes, esta vez sus propios jóvenes, regresaron en ataúdes y aunque con ceremonias, banderas y medallas, trataron de justificar y exaltar su memoria y heroísmo, no lograron disipar la rabia de los crecientes movimientos internos y externos contra la guerra en las calles. Países como Argentina, Chile, Brasil, Uruguay, Venezuela, Cuba, levantaron su voz de solidaridad y decenas de países en todos los continentes también incansables en las calles repudiaron la guerra y clamaron por su fin.
La credibilidad del gobierno americano entró en crisis con las revueltas y protestas universitarias, que con el espíritu de libertad y rebeldía de mayo del 68 organizaron un movimiento antibélico, fortalecido por las revelaciones sobre eventos como la masacre de cuatro estudiantes de la universidad de Kent, Ohio, en 1970, que polarizó a la sociedad y el conocimiento público sobre la práctica del engaño gubernamental para alargar la guerra (papeles del pentágono en 1971; la táctica del engaño para justificar la barbarie fue repetida para invadir a Iraq). Al descontento se sumaron las cifras sobre el costo económico de la guerra que superaba los 168.000 millones de dólares que aparte de debilitar “su” economía, inducía a reformas. En 1973, tuvo lugar el Acuerdo de París que marcó la retirada, pero no el fin del conflicto militar, que continuó hasta que el Frente Nacional de Liberación (Vietcong) y el Ejército de Vietnam del Norte se tomaron Saigón el 30 de abril de 1975, y produjeron la caída del helicóptero en la embajada de EE. UU, (expuesto en el museo de la guerra) que para el mundo simbolizó la derrota de la superpotencia invasora, propiciada por un ejército insurgente.
El museo de la guerra documenta lo ocurrido y es visitado por miles de turistas que llegan a la floreciente ciudad de Hochimin (antigua Saigón) que había quedado devastada, pero inició su recuperación en los 80s con reformas que mejora cualquier otra ciudad del mundo logran mezclar lo mejor de la arquitectura moderna, y planificación urbana con lo mas sólido de su cultura e identidad, basada en el máximo respeto por el otro, igualdad de condiciones humanas para todos, seguridad personal al 100%, sin crímenes, ni trampas, con silencio y tranquilidad pública como grandes valores. Con la riqueza de su comida propia y mucho café a todas horas, en todas partes y con confianza que en 2030 el 53% de sus 104 millones de habitantes serán de clase media (actual 13%).
EE. UU. y el mundo aprendieron la dura lección de que toda superioridad militar es derrotable; que toda guerra tiene límites; que la superioridad tecnológica no garantiza la victoria en guerras asimétricas; y que ignorar la historia y cultura vietnamita llevó al país más poderoso del planeta a ejecutar estrategias fallidas, que lo convirtieron en repudiable y a erosionar el apoyo interno. EE.UU. quedó marcada para siempre con el “Síndrome de Vietnam”, muchos de sus veteranos han cometido crímenes y nunca superaron sus traumas mentales y el gobierno ha evitado caer en intervenciones prolongadas, en las que sin embargo recayó y sufrió nuevas derrotas disfrazadas de retiros voluntarios en Iraq y Afganistán en 20 años de sucesivos fracasos, solo que no llevó a sus propios jóvenes como soldados, sino que hizo unas guerras con jóvenes ajenos y mercenarios a su servicio.
La guerra de Vietnam cuestionó la teoría del dominó, mostró el costo humano de las guerras proxy y subrayó la necesidad de soluciones diplomáticas, fue un punto de inflexión que expuso los riesgos de la intervención extranjera y redefinió la geopolítica. Para EE.UU., fue una lección de humildad; para el mundo, un recordatorio de que las guerras no se ganan solo con armas, sino con legitimidad y comprensión de las realidades locales. Al pueblo de Vietnam el mundo le debe gratitud por su legado vigente en debates sobre ética militar, derechos humanos y el papel de las superpotencias en conflictos ajenos y por su capacidad para haberse reunificado, reconciliado y dar lecciones de paz y respeto.
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