Estados Unidos ha centrado su atención en ella por su riqueza mineral y ubicación estratégica. Su pueblo, lxs kalaallit, ocupa un lugar secundario en las maquinaciones de Washington.
Cada cierto tiempo, Estados Unidos, el centro del Norte Global imperialista, olvida sus modales.
Una cosa es ser grosero con Irán o Venezuela, pero serlo con Dinamarca es otra cosa completamente diferente. El Atlántico Norte no ha experimentado hostilidad interna, quizás desde que Adolf Hitler invadió Polonia en 1939. Pero para ser justos con Estados Unidos, no ha codiciado a Dinamarca en sí. Washington ha lamido sus dedos pegajosos y los ha colocado sobre Groenlandia.

Dinamarca comenzó su colonización de Groenlandia hace 305 años, en 1721. Lxs académicxs constitucionalistas dirán que el estatus colonial formal terminó en 1953 cuando Groenlandia fue incorporada al Reino de Dinamarca y que ganó una medida adicional de autonomía en 2009 cuando se aprobó la Ley de Autogobierno de Groenlandia. Sin embargo, seamos francos, sigue siendo una colonia.
Para contextualizar, Groenlandia (más de 2 millones de kilómetros cuadrados) es 50 veces más grande que Dinamarca. A modo de comparación, si se situara sobre Estados Unidos, se extendería casi desde Florida hasta California. Si fuera un país independiente, sería el duodécimo más grande del mundo en superficie. Por supuesto, este país ártico tiene una población muy reducida, alrededor de 57.700 habitantes (equivalente aproximadamente a la población de Hoboken, Nueva Jersey).
En la imaginación de Washington, Groenlandia no aparece como una patria, sino como una ubicación, un lugar en un mapa o una señal en una pantalla de radar. Las palabras utilizadas para hablar de ella pertenecen a la gramática de la posesión: compra, control, apropiación. Este es el lenguaje de la dominación, de una potencia imperialista (Estados Unidos) que quiere apoderarse de la tierra de una potencia colonial (Dinamarca).
Pero Groenlandia no es un premio.
El pueblo inuit de Groenlandia llama a su país Kalaallit Nunaat: “Tierra de lxs kalaallit” (groenlandesxs). Cuando Trump y sus aliados hablan de Groenlandia, nunca hablan de su pueblo: lxs kalaallit. En cambio, Trump habla de la importancia estratégica de la isla y de lo que el gobierno de Estados Unidos considera los peligros de su ocupación por parte de China y Rusia (sin importar que ni China ni Rusia han reclamado el territorio). Groenlandia es siempre un lugar que debe pertenecer a otros, pero no a lxs kalaallit. Para personas como Trump, o incluso para generaciones de primeros ministros daneses (a pesar de las declaraciones moderadas sobre el camino hacia la autodeterminación), lxs kalaallit no tienen ningún papel como sujetos políticos.
Groenlandia creció en importancia estratégica y económica para Dinamarca después del hallazgo de la criolita en 1794, un mineral clave utilizado en la producción de aluminio. Este enfoque extractivo continuó después del descubrimiento en 1956 de uranio y elementos de tierras raras en Kuannersuit (Kvanefjeld) en el sur de Groenlandia. En 1941, el enviado de Dinamarca en Washington, Henrik Kauffmann, firmó un acuerdo que permitió a Estados Unidos establecer bases y estaciones en Groenlandia. En 1943, Estados Unidos instaló una estación meteorológica en Thule (Dundas) conocida como Bluie West 6, y en 1946 agregó una pequeña pista de aterrizaje.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Dinamarca fue uno de los primeros países en sumarse al esfuerzo estadounidense para construir un bloque militar contra la Unión Soviética. De hecho, fue fundadora de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (1949) y luego firmó el Acuerdo de Defensa de Groenlandia (1951), que permitió a Estados Unidos construir la Base Aérea de Thule bajo el nombre en clave de Operación Blue Jay (ahora Base Espacial de Pituffik). La base resultó útil no solo como un lugar para vigilar a la URSS, sino también para la alerta de misiles, defensa antimisiles y la vigilancia espacial. Es un punto de apoyo estratégico que ha cobrado mayor importancia a medida que los yacimientos de uranio y tierras raras de Groenlandia se han convertido en un elemento central de la contienda mundial por los minerales críticos.
A medida que las capas de hielo de Groenlandia se han derretido en las últimas décadas debido a la catástrofe climática, la geología profunda del país se ha vuelto más fácil de investigar y explotar.
Los estudios de viabilidad y las perforaciones realizadas a principios y mediados de la década de 2010 (especialmente 2011–2015) mostraron que la tierra estaba colmada de grafito, litio, elementos de tierras raras y uranio. Cuando Estados Unidos impuso su Nueva Guerra Fría contra China, tuvo que buscar nuevas fuentes de tierras raras debido al dominio de China en el refinamiento de tierras raras y la producción derivada de imanes.
La isla se convirtió no solo en una fuente de minerales o una ubicación geográfica para la proyección de poder, sino también en un nodo crítico en la arquitectura de seguridad de la cadena de suministro liderada por Estados Unidos.

En agosto de 2010, mucho antes del viaje del primer ministro canadiense Mark Carney a China a mediados de enero de 2026, el gobierno canadiense publicó un informe con un título interesante: Statement on Canada’s Arctic Foreign Policy: Exercising Sovereignty and Promoting Canada’s Northern Strategy Abroad. [Declaración sobre la política exterior ártica de Canadá: ejerciendo soberanía y promoviendo la estrategia del norte de Canadá en el extranjero]. A primera vista, el informe es bastante insípido, con muchas declaraciones sobre cómo Canadá respeta a los pueblos indígenas del Ártico y cómo sus intenciones son completamente liberales y nobles. Esa postura es difícil de conciliar con la realidad, cuando los principales proyectos mineros en todo el Ártico canadiense han suscitado reiteradamente la preocupación de los inuit por el impacto en la fauna y la actividad de recolección de su pueblo, y que los reguladores han recomendado en ocasiones no ampliar los proyectos, como en el caso de la mina de hierro de Mary River de Baffinland.
De hecho, Canadá cuenta con el mayor centro mundial para el financiamiento minero (TSX y TSX Venture Exchange listan más de la mitad de las compañías mineras que cotizan en bolsa del mundo), que ha estado husmeando alrededor del Ártico durante décadas en busca de energía y minerales. El informe de 2010 menciona el “potencial energético y de recursos naturales del norte” de Canadá y que el gobierno está “invirtiendo significativamente en mapear el potencial energético y mineral del norte”. Sin embargo, no se mencionan las grandes compañías mineras privadas canadienses que se beneficiarían no solo del potencial mineral de Groenlandia (por ejemplo, Amaroq Minerals, que ya posee la mina de oro Nalunaq en el sur de Groenlandia) sino también de la región ártica de Canadá (por ejemplo, Agnico Eagle Mines, Barrick Mining Company, Canada Rare Earth Corporation y Trilogy Metals). Lo relevante del informe es que si se pone en práctica, agudizaría la disputa de larga data entre Canadá y Estados Unidos sobre la navegación en el Ártico, particularmente en el Paso del Noroeste, que Canadá considera aguas internas y Estados Unidos un estrecho internacional.
Canadá es una “potencia ártica”, dice el informe. Hay otros siete países que tienen presencia en el Ártico: Dinamarca, Finlandia, Islandia (a través de Grimsey), Noruega, Rusia, Suecia y Estados Unidos (a través de Alaska). Son miembros del Consejo Ártico, que fue establecido por Canadá en 1996 para hacer frente a la contaminación ambiental y crear espacio para que las organizaciones indígenas de la región expresen sus puntos de vista. Sin embargo, el Consejo Ártico ha estado en gran medida paralizado desde la invasión rusa de Ucrania en 2022, cuando los países miembros suspendieron la cooperación normal con Rusia. Posteriormente reanudaron el trabajo, limitado al nivel de proyectos que no involucra la participación rusa, aunque Rusia posee aproximadamente la mitad de la costa ártica. Como se requiere consenso, esto ha reducido el papel del consejo de un lugar que podría mediar la coordinación pan-ártica e incluso negociar acuerdos vinculantes a uno que se limita en gran medida a proyectos de grupos de trabajo técnicos y evaluaciones. La afirmación de Canadá de ser una “potencia ártica” viene con bravuconería pero carece de sustancia. ¿Realmente impedirá que Estados Unidos utilice sus rutas marítimas y podrá ejercer una forma de soberanía capitalista para sus compañías mineras en la región ártica?
En 2020, antes de que el consejo suspendiera la cooperación con Rusia, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ya había llamado a sus miembros a “poner sus miras en el alto norte” (como señaló en un informe el grupo de expertos de la OTAN, el Atlantic Council). Después de 2022, esta entidad desarrolló una estrategia de “alto norte” que puede apreciarse mejor en su informe parlamentario de 2025 Renavigating the Unfrozen Arctic [Renavegando el Ártico descongelado]. El informe identifica lo que considera la amenaza principal para los países de la OTAN: China y Rusia. Uno de ellos (Rusia) es una potencia ártica importante, y el otro (China) tiene dos estaciones científicas en el norte (la Estación Yellow River en Svalbard, Noruega, que está allí desde 2003 estudiando ciencia atmosférica y medioambiental, y el Observatorio de Ciencia Ártica China-Islandia en Kárhóll, Islandia, que está allí desde 2018 estudiando ciencia de sistemas terrestres y medioambiental). China también ha indicado que las aguas árticas serían ideales para una Ruta de la Seda Polar, un corredor comercial que la vincularía con Europa. Pero no hay presencia militar china en la región hasta ahora.
El 9 de enero de 2026, Trump dijo que no quiere que China o Rusia obtengan un punto de apoyo en Groenlandia. Es cierto que representantes de empresas chinas han estado en Groenlandia y han firmado memorandos de entendimiento (MOU por su sigla en inglés) no vinculantes, pero es igualmente cierto que ninguno de ellos ha avanzado. Trump teme que algunos de estos MOU puedan eventualmente convertirse en proyectos que podrían llevar a empresas chinas a suelo groenlandés. Sin embargo, dado que la inversión de la UE es tan baja en Groenlandia (alrededor de USD 34,9 millones por año), y dado que la inversión de Estados Unidos (alrededor de USD 130,1 millones por año) y canadiense (USD 549,3 millones por año) es mayor pero aun así inferior a la inversión china anticipada (al menos USD 1.162 millones), es creíble temer a las empresas chinas. Al mismo tiempo, vale la pena señalar que lxs diplomáticxs danesxs y otrxs nórdicxs han rebatido las afirmaciones de Trump sobre buques de guerra rusos y chinos operando “alrededor de Groenlandia”, para lo cual Trump no ha ofrecido evidencia pública.
La inversión anticipada de China en Groenlandia no representa una amenaza militar, ni es algo de lo que Estados Unidos, Canadá o de hecho Dinamarca deban preocuparse. Esta debería ser una discusión y debate dentro de Groenlandia.

Groenlandia no está en venta. No es una plataforma militar o una reserva mineral esperando ser extraída. Es una sociedad, viva con memoria y aspiración. El Sur Global conoce bien esta historia, una historia de saqueo en nombre del progreso, de bases militares en nombre de la seguridad, del sufrimiento y la inanición de la gente que llama a esta tierra su hogar.
La tierra no sueña con ser poseída. Los pueblos sueñan con ser libres.
Pregúntale a Aqqaluk Lynge, poeta kalaallit, político y defensor de los derechos de los inuit, que escribió en su poema “Una vida de respeto”:
En los mapas del país
debemos dibujar puntos y líneas
para demostrar que hemos estado aquí
y que estamos hoy aquí,
aquí donde corren los zorros
y anidan las aves
y desovan los peces.Ustedes lo circunscriben todo
exigen que demostremos
que existimos,
que usamos la tierra que siempre fue nuestra,
que tenemos derecho a nuestras tierras ancestrales.Y ahora somos nosotros quienes preguntamos:
¿Con qué derecho están ustedes aquí?
Fuente: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/boletin-groenlandia-estados-unidos-colonizacion/


