La partida del ajedrez geopolítico que se está librando en el Oriente Medio no atañe a la quiebra ni tampoco tiene que ver con el “derrumbe” del sistema capitalista: se trata de la suplantación del tipo de capitalismo que venía rigiendo los destinos del mundo (el capitalismo occidental, anglosajón y eurocéntrico) por otro tipo de capitalismo que por su procedencia geográfica o connotación geopolítica podríamos designar como capitalismo euroasiático. Se trata de un reordenamiento y reorganización del mismo sistema capitalista globalizado.
Lo de Irán estaría expresando justamente el parto, no sin dolor para todo el mundo, que significa el alumbramiento de un nuevo orden multipolar, centrado principalmente en Asia y más específicamente en China, que en términos prácticos se ha convertido en la nueva factoría del mundo (en una palabra, el “asiacentrismo”). No se está dirimiendo una ruptura respecto de la civilización del capital; lo que se está disputando es el liderazgo geopolítico de la transición sistémica del capitalismo.
En resumidas cuentas, se trata de la disputa entre un tipo de capitalismo que representa el Occidente colectivo (EE.UU., Unión Europea, Japón e Israel), en franca decadencia, contra otro tipo de capitalismo proveniente desde Eurasia (la “alianza” de la República Popular China y la Federación Rusa), en franco ascenso, junto a sus aliados de los BRICS que EE.UU. busca socavar con evidente desesperación.
Irán es el “dolor de parto” de la multipolaridad
Después del sorpresivo ataque inicial del 28 de febrero, traicionando a las mismas negociaciones promovidas por el señor Trump, por parte de las fuerzas expedicionarias norteamericanas y de sus incondicionales aliados israelíes, la respuesta militar iraní está permitiendo apreciar una estrategia realmente inteligente para manejar y conducir el conflicto; en comparación a lo que habían planificado y previsto los dos estados agresores (un estado imperial en declive y el otro con aspiraciones de hegemonía absoluta en Oriente Medio), cuyos altos mandos militares y liderazgos políticos se basaron en escenarios de simulación construidos con IA, así como en supuestos sociopolíticos que en los hechos resultaron ser irreales e inviables.
Irán es el país históricamente más importante del mundo árabe-musulmán; un Estado con un pasado imperial (el imperio persa), con una civilización que se remonta a miles de años, un país con un territorio extenso que equivale al tamaño de Europa y con una población que profesa profundamente una religión (el Islam) que le da el sentido vital a sus vidas. La República Islámica de Irán, además de estar librando una dura lucha existencial y de resistencia, por la defensa de su soberanía, por su derecho a existir como Estado y como civilización1/, también viene librando una suerte de guerra de liberación justamente en virtud de aquella estrategia militar inteligente, siendo enfocada como una guerra asimétrica que es valorada y reconocida por diversos analistas de la geopolítica internacional, incluyendo a norteamericanos y occidentales.
¿Cómo llamar correctamente a este conflicto sin parangón respecto a las agresiones anteriores en este siglo, ocasionadas impunemente por Estados Unidos e Israel contra otros países de la misma región? Los medios occidentales lo vienen designando como “guerra con Irán”, “guerra en Medio Oriente”, “guerra de Irán y Estados Unidos”, “guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán”. En todos los casos, la palabra común que se antepone es “guerra” cuyas verdaderas causas son deliberadamente abstraídas, ocultadas o tergiversadas. Se designa a los países beligerantes y hasta se menciona aquella región del planeta donde tal “guerra” tiene efectivamente lugar, para dar la falsa impresión de que se trata de un conflicto focalizado, para tranquilizar así al público y a la población del resto del mundo, especialmente el público occidental, que consume las noticias de sus medios corporativos.
Sin embargo, no se trata de un conflicto focalizado solamente en Oriente Medio, ni los países beligerantes, reales y potenciales, son únicamente tres. Esta “guerra” tampoco representa un “choque de civilizaciones” como Huntington profetizaba, aunque el componente cultural esté innegablemente presente, sin ser el “determinante en última instancia” del conflicto. Recurriendo a una metáfora de Marx, lo de Irán está representando, en este preciso momento de la historia del capitalismo, el parto doloroso no del tránsito del capitalismo al socialismo (o “comunismo”) en todo el mundo, sino de la agónica y temeraria unipolaridad hacia la plena emergencia de la “multipolaridad”.
En los términos marxistas clásicos, esta guerra “en”, “con”, “de” o “contra” Irán encierra una lucha por el control y la superexplotación de las fuerzas productivas mundiales, lo cual incluye ciertamente los recursos de la naturaleza (energía fósil y sus derivados en primer lugar), las tecnologías más avanzadas, el conocimiento científico altamente especializado y por supuesto la fuerza de trabajo, sus recursos y productos. Esto se conjuga con lo que Samir Amin identificaba como las cinco grandes concentraciones monopólicas, sin las cuales no se puede entender el imperialismo contemporáneo o lo que él denominó la “mundialización polarizante”; concentraciones monopólicas que son el sustento fundamental de lo que surgió como “unipolaridad” tras el fin de la Guerra Fría. Citando al economista marxista egipcio, las cinco grandes concentraciones son2/:
(i) el monopolio de las nuevas tecnologías; (ii) el del control de los flujos financieros a escala mundial; (iii) el control del acceso a los recursos naturales del planeta; (iv) el control de los medios de comunicación; (v) el monopolio de las armas de destrucción masiva.
En Irán se está jugando la partida quizás decisiva del tablero geopolítico (o las últimas cartas) por parte de un orden agonizante, que ha venido siendo dominado por un solo estado hegemón después de 1945 y que se hizo global (unipolar) tras el “derrumbe”, por autodisolución, de la URSS en 1991. En función de las grandes concentraciones monopólicas de Amin, el alicaído dominio unipolar se sostiene fundamentalmente en dos de los monopolios que todavía conserva, que –tal como se viene observando— vienen siendo activa e intensamente utilizados con lo del genocidio palestino en Gaza, así como en los crímenes de guerra y de lesa humanidad en la región. Esos monopolios son el control mundial de los medios de comunicación y el arsenal de armas de destrucción masiva, que se constituyen en los soportes principales para restituir e imponer la unipolaridad en todo el mundo. En la medida que, en Irán y por extensión en todo el Oriente Medio, la “guerra” que se está desatando trasluce la mencionada disputa, es asimismo una lucha por la perpetuación de un patrón de poder con el cual Occidente basó su hegemonía durante 500 años, el patrón de la modernidad-colonialidad, y del cual depende la restitución de la supremacía estadounidense.
La transición sistémica: hacia un nuevo “centro” del orden mundial capitalista
Como fue mencionado anteriormente, China es la nueva factoría de producción del sistema capitalista, o está a pocos pasos de serlo. Está ganándole la carrera tecnológica y económico productiva a los EE.UU. y por extensión a todo el bloque occidental. Esto se puede fácilmente constatar en las estadísticas que publican diversos organismos internacionales (ONU, FMI, Banco Mundial), en revistas de economía y finanzas, artículos y reportajes periodísticos, así como en los comentarios sustentados con cifras que hacen los especialistas en las redes. La creciente fortaleza financiera de China, su posicionamiento internacional como segunda potencia económica, su liderazgo en el Asia-Pacífico, así como su creciente poderío militar, son consecuencia de la capacidad de dirección que los liderazgos políticos chinos, desde los tiempos de las grandes reformas después de Mao Tse Tung, han mostrado en la organización y manejo de la economía de su país. En China es la política proveniente de un partido único la que gobierna su mercado interno. En el mundo occidental, así como en gran parte del Sur global y dependiente, son los intereses económicos (ocultos o no) de las grandes corporaciones y de las elites privadas multimillonarias las que gobiernan a través de las representaciones políticas. Hay un gran debate que sigue abierto, y por ende irresuelto, entre las corrientes marxistas y de izquierda que, en síntesis, versa sobre el tipo de régimen económico que impera en China: ¿se trata de un “capitalismo de Estado” de nuevo tipo, o es más bien un caso especial de “economía mixta”? ¿Fueron correctamente planteados de esa manera los términos del debate? No es el propósito del artículo desarrollar este asunto.
De lo que quisiéramos más bien llamar la atención aquí es que, de acuerdo al lenguaje económico convencional, el ascenso vertiginoso de China es la contrapartida de la acelerada pérdida de competitividad y, en consecuencia, del declive económico inevitable de los EE.UU., aunque todavía no se pueda decir lo mismo en el terreno militar. La pérdida de hegemonía norteamericana, fuera del mundo occidental, no se puede entender sin considerar tal hecho3/.
Recurriendo en cambio a la crítica marxista, el proceso fundamental que discurre detrás de aquel “hecho” es el progresivo agotamiento de la capacidad de generar plusvalor en el “primer mundo”, afectando innegablemente los ciclos de acumulación/reproducción de capital y al mismo crecimiento económico en el Norte global. En pocas palabras, se trata de lo que Norbert Trenkle, uno de los representantes de la crítica del valor, llamó la “crisis del trabajo abstracto”4/, cuando trasladamos este señalamiento teórico a las arenas de la geopolítica. Allí se encuentra la explicación esencial del “declive”, que asimismo fue advertida mucho tiempo antes por pensadores y estudiosos de varias corrientes críticas que se basaron en la crítica de la economía política de Marx5/.
El ascenso de China y la aparición de los BRICS ha trastocado profundamente las relaciones entre países y estados que desde el siglo pasado conocemos como sistema Centro–Periferia; es decir, un sistema interestatal de relaciones de explotación, dominación y conflicto en el marco del capitalismo histórico, donde el colonialismo y la colonialidad están y siguen estando muy presentes, desde los orígenes de este modo de producción. Hoy, en el primer tercio del siglo XXI, el “centro” ya no es solamente uno ni es único (el llamado “occidente colectivo”: EE.UU., Unión Europea y Japón), tampoco es homogéneo en sus intereses; al constituirse en la nueva “factoría del mundo”, China está desempeñando el rol que en su momento le correspondió a Inglaterra en el siglo XIX y a Estados Unidos en el XX. La “periferia” de hoy tampoco es la misma del siglo XX, pues se ha ampliado y diversificado; no concierne solamente a lo que antes conocíamos como “tercer mundo” (países pobres y excolonias, subdesarrollados o “en vías de desarrollo”); la periferia también incluye a las poblaciones migrantes y “marginales” que habitan en grandes concentraciones en las grandes ciudades del norte y del sur globales. Estados periféricos y poblaciones periféricas conforman hoy en día el Sur global, cuya importancia geopolítica radica en ser fuentes de valor respecto de las necesidades del capital y del funcionamiento sistémico del capitalismo: esas fuentes son los recursos naturales del planeta (energía fósil, minerales, tierras raras, cursos de agua, biodiversidad) y la mano de obra como “ejército industrial de reserva”. Todo esto se halla en posesión y aún bajo la “soberanía” del Sur global. El Sur global, especialmente sus recursos naturales, constituye el motivo no declarado de la disputa entre un centro capitalista en declive y otro en plena emergencia. De esta disputa surgiría el nuevo orden mundial, o al menos se daría un paso decisivo en esa dirección. La conflagración que viene dándose en Irán es, de acuerdo con la opinión de un conocido experto, “el verdadero punto de inflexión del siglo XXI” (49m48s)6/.
El Factor BRICS
En una extensa entrevista sobre los nuevos problemas que el siglo XX le hereda al siglo XXI, a la manera de un ejercicio de prospectiva histórica, el historiador marxista británico Eric Hobsbawm (1917-2012) reconocía que, tras el fin de la guerra fría y el “hundimiento” de la URSS7/:
[El] destino político de la zona del mundo que se extiende desde las fronteras de Rumanía hasta las de China es dramáticamente incierto. Esto no había sucedido al acabar las dos guerras mundiales. Así pues, la gran cuestión del siglo XXI es qué sustituirá efectivamente el viejo sistema de poderes que regía el mundo.
La incertidumbre política señalada por Hobsbawm se fue resolviendo en el sentido de que, en el transcurso del primer tercio del presente siglo, hemos presenciado el resurgimiento de Rusia y el ascenso de China. La Federación Rusa, bajo la conducción de Vladimir Putin, ha logrado constituirse en potencia regional con relación al resto de Europa, así como en superpotencia nuclear (la mayor parte del arsenal heredado de la URSS estaba en posesión de Rusia). La República Popular China, en cambio, conducida por el PCCh y el liderazgo de Xi Jinping, ha consolidado su posición de segunda superpotencia económica en el mundo, adquiriendo además la condición de principal potencia regional en el Asia-Pacífico. China y Rusia entablaron asimismo una alianza estratégica en base a la cual fueron generando un bloque geopolítico alternativo, que se formó en el 2010 (los países BRICS) como un espacio compartido entre países miembros para el intercambio comercial, el uso de un sistema de pagos alternativo al dólar y otras áreas de interés (tecnología, información y defensa).
De esta manera, la alianza China-Rusia junto con los BRICS fue emergiendo rápidamente y proyectándose como un sistema o bloque de poder emergente. Su proyección era tal que no solamente entraba en directa competencia y rivalidad con el bloque occidental y, por consiguiente, en disputa con las políticas de las últimas administraciones norteamericanas (Biden y Trump). En los términos de la “gran cuestión” que preocupaba a Hobsbawm, los BRICS con la alianza China-Rusia en su interior, fueron vistos como una amenaza y un potencial sustituto del “viejo sistema”. La expansión de la OTAN hacia el este de Europa, incorporando estados que pertenecieron a la desaparecida órbita soviética, la guerra en Ucrania, el régimen de sanciones contra Rusia y países aliados (Cuba, Irán, Venezuela); la “guerra de aranceles” contra China y la disputa por la tecnología del 5G, impulsadas ambas por el primer gobierno de Trump antes de la “pandemia mundial” del 2020-2021; estos y otros acontecimientos, hasta el actual conflicto regional en Oriente Medio, se inscriben y deben interpretarse considerando aquel contexto; contexto sin el cual tampoco se puede entender el auge de las derechas y de los neofascismos. La presencia del PCCh, el rol del liderazgo chino en los BRICS, el eje Moscú-Pekín como centro neurálgico de decisiones geopolíticas, y los BRICS mismos, fueron ideológicamente barnizados por la propaganda occidental como si se tratara otra vez del “fantasma del comunismo”. La forma quizás más extrema de este embarnizamiento fue expresada por parte de políticos e ideólogos de las corrientes anarco capitalistas en América Latina, especialmente en Argentina (Javier Milei, Agustín Laje).
La crisis del occidentalismo y de su orden capitalista internacional
Si dejamos de lado el “factor BRICS”, el capitalismo occidental atraviesa por una gran crisis existencial, estructural y sistémica de larga duración, una «onda larga», un «ciclo Kondratieff» que ya viene durando alrededor de 50 años, desde los años 70 del siglo XX, y que llegó a su clímax en el 2007-2008 con el estallido de la burbuja financiera hipotecaria, propagándose rápidamente desde el centro financiero de Nueva York hacia el resto del mundo. Esta crisis de larga duración no logró ser resuelta por los grandes poderes que controlan el mundo desde Occidente, instalándose una suerte de impasse de alcance estructural que se fue agravando a lo largo de los años y con cada crisis que el capitalismo generó (1974-1975, 1979-1980, 1982-1983, 1997-1998, 2000-2001, 2008 en adelante).
En los setentas y ochentas tales crisis tuvieron que ver con el petróleo y la deuda externa; pero de los noventa en adelante se fueron acentuando los rasgos especulativos y financieros. Cada una de ellas tuvo relación con el problema del declive de la hegemonía norteamericana y, asimismo, con las cada vez más agudas dificultades para contrarrestar la tendencia a la baja de la tasa media de ganancia en el conjunto del sistema.
Todas y cada una de las crisis mencionadas fueron la expresión fenoménica de fallas geológicas profundas en el funcionamiento del sistema capitalista como un todo. De ahí el acelerado progreso técnico que tuvo lugar desde aquellos años setentas, para contrarrestar la tendencia señalada. Se desató en los países capitalistas tecnológicamente más avanzados una desenfrenada carrera por el liderazgo tecnológico, como el nuevo nicho de la acumulación de capital, lo cual fue especialmente facilitado con la pérdida de posiciones de la URSS (por ejemplo, su rezago en la carrera militar y espacial) y su colapso final a inicios de los 90. La carrera tecnológica implicó previamente una “alianza estratégica” de los principales Estados capitalistas con sus empresas multinacionales, permitiendo así una considerable revolución de las fuerzas productivas a escala planetaria y de tal magnitud (en áreas como biotecnología, tecnologías de la información y comunicación, Big Data, informática, nanotecnología, tecnología de materiales, procesos industriales basados en la robotización y automatización, así como en muchas otras), que trastocó radicalmente la lógica de funcionamiento del capitalismo.
La carrera tecnológica agudizó los procesos de concentración y centralización del capital en todas partes; manifestándose de diversas maneras, en términos de fusiones entre las grandes empresas, el surgimiento de transnacionales y mega corporaciones, la financiarización de las economías y los mercados internacionales, las famosas “alianzas público-privadas” para los grandes proyectos de infraestructura, así como para el comercio internacional, los acuerdos de libre comercio, etcétera. Todo esto fue acompañado con la reorganización de las “reglas de juego”, la recomposición de las estrategias y alianzas de poder, los nuevos tratados internacionales; una reingeniería o rediseño global de las economías, sistemas financieros y finanzas del Estado (vía privatizaciones y venta de empresas públicas en la periferia del sistema) en cada país, siendo esto validado a escala internacional (mediante préstamos condicionados), a fin de favorecer preferente y prioritariamente a las grandes corporaciones. De esta manera fue como la conducción neoliberal del sistema capitalista logró restablecer sobre nuevas bases la acumulación de capital y la tasa de ganancia, aunque por un tiempo, bajo el paraguas de un nuevo patrón de poder que fue disfrazado con el discurso de la “globalización de los mercados”, las oportunidades de hacer nuevos negocios, el “emprendedurismo” y otros cuentos de hadas con los cuales se lograba ilusionar con el supuesto “progreso”, el “crecimiento económico”, y el “chorreo” para los más débiles, que ocasionaría el “libre mercado”.
El neoliberalismo fue uno de los impulsores decisivos del capitalismo global, junto con las políticas de los estados occidentales, principalmente Estados Unidos e Inglaterra, desde donde se desató en los años ochenta la llamada “contrarrevolución neoliberal”. Las propias mega corporaciones contribuyeron a ello, con sus estrategias de penetración (mediante grupos de presión y lobbies) en los estados centrales del sistema, así como en los organismos reguladores internacionales, para obtener marcos normativos y reglas de juego favorables con relación al comercio, las finanzas, las inversiones y el medio ambiente.
Todo aquello se fue agotando y llegando a su límite desde la implosión de la burbuja financiera, del 2008 en adelante. Como escribió Paul Krugman, un renombrado economista del establishment y Premio Nobel de Economía 20088/:
ahora, como entonces [Krugman está comparando la crisis de 1997-98 con la de los años 30 (AR)], la medicina económica convencional no ha demostrado ser efectiva, quizás ha sido incluso contraproducente.
Salvando la distancia del tiempo, eso es exactamente lo que ocurre en la actualidad (en el primer tercio del siglo XXI): cualquier política económica puede ser efectiva en el corto plazo (un salvavidas para los grandes capitalistas), pero revela su inoperancia con graves consecuencias sociales en el mediano y largo plazo. No solamente está en crisis el capitalismo sino también la teoría económica que le sirve de “caja de herramientas”. A diferencia de Bretton Woods, el keynesianismo ya no puede proporcionar herramientas para reorganizar, en las condiciones actuales, el funcionamiento del capitalismo global, para sacarlo de su crisis. Menos todavía puede hacerlo el neoliberalismo que lo sucedió en los años 70, actuando y gestionando la economía de los países, así como del conjunto del sistema mundo, como la tecnocracia de los grandes y mega capitalistas. Todo el desorden y el caos generalizado que se observa actualmente, fue ocasionado bajo el paraguas del paradigma neoliberal.
Notas
1/ Yanis Varoufakis haciendo un recuento sumario de la República Islámica, ha sostenido recientemente: “Fue una revolución amplia y popular que, en un principio, movilizó no solo a islamistas, sino también a liberales, socialistas y comunistas. Sin embargo, los movimientos laicos que apoyaron al ayatolá Jomeini y vitorearon su regreso del exilio en París no sabían que Washington se había alineado con las facciones islamistas más reaccionarias en cuanto se dio cuenta de que los revolucionarios iban a triunfar. ¿Uno de los primeros actos bárbaros del nuevo régimen? La detención y ejecución sumaria de los dirigentes del Tudeh [Partido de las Masas], el gran partido comunista que había apoyado a Jomeini. Este intercambio de favores entre Washington y el régimen islámico durante la Guerra Fría, debería hacer reflexionar a los izquierdistas de hoy que viven bajo la ilusión de que la República Islámica está próxima a la agenda y los valores antiimperialistas de la izquierda.” (Y. Varoufakis, Irán y la izquierda, Sinpermiso, 15/03/2026). Respecto de la cadena de acontecimientos que entre 1977 y 1979 desembocaron en el derrocamiento del antiguo régimen, véase de Fernando Camacho (2019), La revolución iraní de 1979. De las primeras movilizaciones ciudadanas contra el régimen del Sha a la instauración de la república islámica, Historia del Presente (34), https://doi.org/10.5944/hdp.34.2019.40389
2/ S. Amin (2001). Capitalismo, imperialismo, mundialización. En Resistencias mundiales. De Seattle a Porto Alegre (J. Seoane y E. Taddei, compiladores). Buenos Aires: CLACSO, p. 25.
3/ El debate latinoamericano sobre la hegemonía norteamericana es de larga data. Se brindan solamente algunas referencias. Los trabajos reunidos por Luis Maira en ¿Una nueva era de hegemonía norteamericana? (Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano, 1986), proporciona una mirada panorámica del tema en la primera mitad de los ochenta. Alberto Acosta et ál., en Una hegemonía en crisis. Hacia un nuevo orden mundial (Quito: FONDAD Andino, 1991) proporcionan un panorama diferente a inicios de los noventa, muchos meses antes que ocurriera la disolución de la URSS. Otra perspectiva, que buscó penetrar en los soportes estructurales de dicha hegemonía, ya convertida en unipolar, en los umbrales del siglo XXI, lo proporcionó Jürgen Schuldt, Trasfondo estructural y sociopolítico de la crisis estadounidense. Visión panorámica y perspectivas (Lima: Universidad del Pacífico, 2011).
4/ N. Trenkle ([2007] 2025). La crisis del trabajo abstracto es la crisis del capitalismo. En N. Trenkle et ál., Crisis mundial y los límites del capitalismo (pp. 63-71). Lima: Fondo Editorial del Instituto para la Investigación Social del Perú.
5/ A. Quijano ([1974] 2020). Sobre la naturaleza actual de la crisis del capitalismo. En Cuestiones y horizontes. De la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/ descolonialidad del poder (pp. 197-225). Lima y Buenos Aires: UNMSM/CLACSO. Quizás uno de los mejores debates, sobre la crisis capitalista de los setentas y ochentas del siglo pasado, fue proporcionado desde distintas dimensiones por autores como Amin, Arrighi, Gunder Frank y Wallerstein, cuyos textos están reunidos en el libro Dinámica de la crisis global (México: Siglo XXI, dos ediciones: 1983 y 1987).
6/ P. Escobar (2026). EAU [Emiratos Árabes Unidos] entre Irán y EE.UU.: por qué el riesgo aumenta. [Webinar]. Voz de los Expertos. https://youtu.be/aG-KjXC8-Xo?si=JPcSLrqCYnTm0qqX
7/ E. Hobsbawm (2000). Entrevista sobre el Siglo XXI. Barcelona: Crítica, p. 64.
8/ P. Krugman (1999). De vuelta a la economía de la Gran Depresión (B. Recamán Santos, Trad.) Bogotá: Editorial Norma, p. 9.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


