Aunque los Emiratos Árabes Unidos (EAU) no ocupan ningún territorio, arman a milicias, controlan los puertos y camuflan la violencia con el lenguaje del desarrollo. El precio lo paga Sudán.
Un imperio nunca ha consistido únicamente en la ocupación colonial. Estados Unidos y Gran Bretaña siguen siendo los artífices más visibles de la muerte y la destrucción a gran escala, pero los EAU representan un modelo diferente y en cierto modo más insidioso: uno que funciona por medio de la adquisición de capital, de armar a fuerzas que actúan por intermediación y del control de las infraestructuras en vez del control territorial directo.
La alianza entre Occidente y el Golfo funciona por medio del poder militar, el secretismo financiero y la inversión extractivista. La característica que la define es la externalización de la violencia, que se camufla con el lenguaje del desarrollo, la logística y la diplomacia humanitaria, y se esconde detrás de una arquitectura de lujo.
Recientemente se ha presentado a los EAU como la desafortunada víctima de las represalias iraníes tras la guerra regional que iniciaron Israel y Estados Unidos. Donald Trump ha indicado que está considerando conceder ayuda financiera a los EAU por ser un «aliado fiel» que ha sufrido un golpe económico. Es extremadamente irónico: los EAU han utilizado todo su aparato autoritario para detener a cualquier persona que documente públicamente la magnitud de los ataques iraníes sobre su territorio; una investigación de Bellingcat concluyó que se había detenido a al menos cinco personas simplemente por compartir grabaciones con el teléfono de ataques de misiles. Pero el relato victimista no debe ocultar el papel que desempeñan los EAU como potencia subimperialista que ha facilitado guerras y crímenes de guerra en toda la zona, sobre todo en Sudán.
Los EAU tienen un valor estructural para Estados Unidos. Fue el primer Estado del Golfo que normalizó sus relaciones con Israel, es uno de los principales compradores del armamento estadounidense y actúa como centro neurálgico para la inteligencia, las finanzas y la logística militar. Han creado una red de bases e instalaciones que se extiende desde Yemen hasta Somalia, en torno al mar Rojo y al golfo de Adén, y que se construyó con la participación de Estados Unidos e Israel. Se trata de la infraestructura de una potencia regional que busca tener influencia sin asumir sus responsabilidades.
La mayor crisis humanitaria del mundo tiene lugar en Sudán. En abril de 2023 empezó una catastrófica guerra civil provocada por una violenta lucha de poder entre las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF, por sus siglas en inglés) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés) que devastó Jartún, El Fasher y otras docenas de ciudades. Se podría ver desde el espacio la sangre derramada en El Fasher.
Desde abril de 2023 han sido desplazadas unos 15 millones de personas, mientras que otros varios millones más siguen necesitando ayuda para sobrevivir. Las mujeres están particularmente expuestas a la violencia sexual y la tortura. Más de 33.7 millones de personas de una población de 50 millones necesita actualmente ayuda humanitaria urgente. Más de la mitad del país sufre una inseguridad alimentaria severa, los servicios sanitarios esenciales han colapsado y los brotes de enfermedades agravan una situación que ya es de por sí catastrófica. Se calculaba que a fecha de finales del año pasado la cantidad de víctimas mortales ascendía a 400.000 personas, aunque es muy difícil de calcular.
La guerra en Sudán es una de las que financian directamente los Emiratos Árabes Unidos. No parece una ocupación colonial clásica y por ello se la considera secundaria, aunque las consecuencias que tiene son de las más catastróficas del mundo.
El escritor sudanés Husam Mahjoub ofrece el marco analítico más claro: «El papel de los EAU en Sudán no es una anormalidad, sino que forma parte de un proyecto coherente, bien financiado y de alcance regional: una agenda subimperialista que combina extracción económica, el establecimiento de alianzas autoritarias y políticas contrarrevolucionarias bajo la cobertura de la sofisticación diplomática y alianzas globales. Por desgracias, Sudán es uno de sus principales laboratorios».
Mahjoub explica que los EAU se han posicionado como una fuerza contrarrevolucionaria en toda la zona, que canaliza el apoyo a las RSF (una milicia que ha cometido atrocidades generalizadas) por medio de transferencias de armas y apoyo logístico. La organización The Sentry reveló en abril de 2026 que el líder de RSF Mohamed Hamdan Dagalo (Hemedti) y sus hermanos habían acumulado inversiones en 20 propiedades de lujo por valor de 24 millones de dólares, todas ellas situadas en la misma urbanización cerrada de Dubái.
Los EAU no actúan solos. Egipto y otras potencias regionales trabajan conjuntamente con la Unión Europea, Rusia y Estados Unidos para mantener la inestabilidad en Sudán mientras obtienen beneficios estratégicos y económicos: reservas de oro, goma arábiga, tierras agrícolas y acceso a las rutas comerciales del mar Rojo. Los EAU han negado todas las acusaciones contra ellos, pero ello no ha ido acompañado de transparencia, de modo que siguen sin asumir sus responsabilidades.
Un imperio no siempre se anuncia a sí mismo por medio de decretos coloniales, a veces llega a través de puertos. En los últimos 15 años los EAU han extendido su presencia en toda África por medio de inversiones en infraestructuras portuarias, aeropuertos y redes logísticas, y un puerto nunca es un lugar neutro. El poeta e investigador palestino Rafeef Ziadah ha escrito acerca de la intervención de los EAU para controlar los puertos yemeníes y las rutas comerciales en todo el océano Índico y el mar Rojo, y ha indicado que el mismo puerto que se utiliza para la ayuda humanitaria se utiliza para suministrar material militar. La línea entre ayuda y guerra es deliberadamente difusa, no es casual.
El oro es el recurso que permite entender el circuito de retroalimentación. Un informe publicado en abril de 2026 por el Center for Environmental and Social Studies detalla cómo el oro de Sudán, que se extrae mediante violencia y coacción, se mueve por medio de redes informales a través de las fronteras hasta llegar a Dubái. Las cadenas de suministro permiten que los materiales se atribuyan erróneamente, se vuelvan a etiquetar o se mezclen para ocultar su origen; la línea entre el oro de origen legal y el ilegal se difumina durante el transporte. El oro se cambia por armas y liquidez financiera, y la guerra se mantiene.
En enero de 2026 la misión naval «Will for Peace» llevó un convoy de buques de guerra procedentes de Rusia, China y los Emiratos Árabes Unidos a atracar en la ciudad sudafricana de Simon’s Town bajo la etiqueta de un «ejercicio marítimo». Ahí se vio perfectamente la confusión deliberada que identifica Ziadah entre logística humanitaria, militar y comercial. Sudáfrica no es un mero espectador en estas redes. Open Secrets ha sacado a la luz a Integrated Convoy Protection (ICP), una empresa sudafricana, y el papel que desempeña suministrando a la maquinaria de guerra emiratí con envíos que pasan por el puerto de Durban hasta Jebel Ali, en Dubái. Este es el rostro de la violencia silenciosa: se mueve a través de infraestructuras ordinarias, oculta en la rutina del comercio mundial.
Pero el puerto de Durban también ha sido el escenario de un plante: en 2021 sus estibadores se negaron de descargar un barco de mercancías israelí en un acto de solidaridad con el pueblo palestino, y los movimientos sindicales se sumaron en señal de apoyo. Los puertos son políticos, es donde se sustentan las guerras y donde los trabajadores conservan el poder de interrumpirlas.
El papel subimperial de los EAU no es una anomalía, es la expresión lógica de un sistema global en el que la alineación estratégica tiene prioridad sobre la vida humana, tanto en Jartún como en Gaza; tanto en Sudán como en Yemen. Los Estados del Golfo contribuyeron a neutralizar la liberación palestina. Ahora se está abandonando a Sudán con los mismos mecanismos. La alianza entre Occidente y el Golfo no es una relación entre iguales que comparten los mismo valores, sino que es una estructura que produce y mantiene la muerte generalizada y hay que llamarla por su nombre.
Se debe ver Dubai como es: una isla artificial construida sobre la esclavitud.
Cheriese Dilrajh es una artista, escritora e investigadora de Open Secrets.
Texto original: https://africasacountry.com/2026/06/not-all-empires-look-the-same
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