Recomiendo:
0

Lo que el deporte profesional esconde

El fútbol como negocio y cortina de humo

Fuentes: Rebelión

La FIFA es una mafia, una secta… El fútbol está contaminado.

Diego Maradona

El fútbol es el opio del pueblo.

Jorge Valdano

El espíritu amateur que se pusiera en marcha con la reedición moderna de los Juegos Olímpicos de la mano del Barón Pierre de Coubertin en 1896 en Atenas, ya no existe. El deporte, por cierto, no nació como actividad profesional; distintas sociedades, a su modo, lo han cultivado a través de la historia, siempre como culto a la destreza corporal. La profesionalización y su transformación en gran negocio a escala planetaria es algo que solo el capitalismo moderno pudo generar”.

Así declaró hace unos años un funcionario del Comité Olímpico Internacional. Por supuesto, eso le valió su inmediata expulsión. “¡No queremos comunistas en nuestro país!”, diría el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, al conocer esas declaraciones, firme impulsor del actual Mundial de Fútbol, en cuyo país se disputan 78 de los 104 partidos programados, incluyendo la final, en total sintonía con la FIFA, y básicamente con su actual titular, su “amigo cercano”, como así declarara el varias veces acusado de corrupción, el suizo-italiano Gianni Infantino, que llevara la institución a convertirse en un formidable poder económico (el dinero que hoy mueve la FIFA equivale al PBI de muchos países), pero siempre envuelto en muy turbios manejos. (Bueno, parece que hay muchas coincidencias en ambos personajes, podría agregarse como glosa marginal. Sin dudas, son muy “cercanos”. ¿Qué diría Maradona entonces, que no tenía pelos en la lengua para expresarse?).

Hablar de amateurismo en el deporte hoy puede ser motivo de risas, de escarnio, por no decir causa para ir al manicomio (que es una forma elegante de sacar de circulación a quien no encaja en los patrones normales, quizá algo menos violento que ir a la cárcel, o pegarle un tiro, como fue costumbre años atrás en Latinoamérica). Es más: muchos jóvenes ni siquiera escucharon jamás el término deporte amateur en toda su vida.

Seguramente la gran mayoría de la población mundial, preguntada sobre el amateurismo y el deporte profesionalizado, estaría de acuerdo con mantener la situación actual: agrada “consumir” deportes, los que son practicados por atletas altamente preparados. O más aún: consumir espectáculos audiovisuales donde el deporte es la estrella principal, en muy buena medida vía televisión o medios similares varios, azuzando viscerales nacionalismos, muchas veces rayanos en el desprecio y burla del otro rival. Entonces… ¿eso del “internacionalismo proletario” quedó en el olvido, solo pieza de museo? En otros términos: tanto y tanto fútbol…. ¿embobándonos?

Hablando de nacionalismos, permítasenos esta otra glosa marginal: en las selecciones europeas, de blancos níveos, ojos claros y rubias cabelleras, se ven cada vez más jugadores negros, de origen africano (en el equipo francés ganador del Mundial de Rusia en 2018, 15 de sus 23 convocados eran negros). Esa incorporación ¿será una forma de solidaridad con los más pobres y olvidados del planeta, una nueva forma de internacionalismo, o una repugnante e infame forma de hipocresía? ¿Robar recursos naturales del África se permite, al igual que dejar que su población muera en las pateras en el Mediterráneo, mientras a esos “negros” que vienen de “la jungla” para entrar al “jardín florido” de Europa, como dijera Josep Borrell, dirigente de la Unión Europa, se vale dejarlos ahogar, mientras se vale aprovechar sus talentos futbolísticos? ¿Alguien podrá explicar eso, porque está algo confuso? ¿Ese ese el nuevo internacionalismo proletario?

La práctica deportiva en tanto desarrollo sistemático de habilidades y destrezas físicas, en tanto recreación sana, ocupa indudablemente un lugar importante entre las construcciones humanas; pero secundario si se la compara con el peso específico que ha ido adquiriendo su profesionalización. El deporte, desde hace ya varias décadas -el fútbol, deporte estrella, mucho más que cualquier otro-, y cada vez más, se ha tornado 1) gran negocio, y 2) instrumento de control político-social. Entre los campeonatos mundiales de fútbol y las Olimpíadas se mueven inconmensurables fortunas, y prácticamente nadie, en ningún rincón del planeta, puede escapar a su influencia, salvo esos pequeños grupos neolíticos que perduran en selvas tropicales, desconectados del resto del mundo. ¿O llegará ahí también esta fiebre mundialista? Gracias a Starlink ¡ahora hasta en la profundidad de la jungla tenemos señal!

En un mundo donde absolutamente todo es mercancía negociable no tiene nada de especial que el deporte, como cualquier otro campo de actividad, sea un producto comercial más, generando ganancias a quien lo promueve. Y tampoco estamos diciendo que esto, en sí mismo, sea reprochable en la lógica de mercado imperante. Simplemente reafirma el esquema universal que sostiene el mundo moderno, capitalista, donde todo es un bien para el intercambio mercantil: recreación y salud, alimentos y vida espiritual, educación, pornografía, drogas legales e ilegales, la guerra, la muerte, etc.

En este contexto, del que hoy ya nada y nadie pueden escapar, la práctica deportiva ha llegado a perder -al menos en buena medida- su carácter de esparcimiento, de pasatiempo. Esto trajo como consecuencia su ultra profesionalización, con la aplicación de modernas tecnologías a sus respectivas esferas de acción. Todo lo cual ha mejorado, y sigue haciéndolo a un ritmo vertiginoso, su excelencia técnica. Día a día se rompen récords, se logran resultados más sorprendentes, se superan límites ayer insospechados. La robótica y la inteligencia artificial han llegado también a su espacio.

El fútbol es en la actualidad, por lejos, el espectáculo deportivo más consumido. El aumento siempre constante de fútbol por donde quiera (programas especializados, ropa afín, escuelas de fútbol para niños, sistemas de pronósticos de resultados multimillonarios, contratos por cantidades impensables, etc.), su presencia omnímoda en los medios de comunicación, en la cotidianeidad mundial, justamente por su monumental magnitud, abre algunos interrogantes. O preocupaciones.

A mí no me gusta el fútbol”, confiesa un pasajero al chofer del taxi. “Entonces, los lunes ¿de qué habla?”, recibe como respuesta. Porque, por supuesto, hay temas infinitamente más acuciantes que discutir si Pelé, Maradona, Cristiano o Messi.

Sin dudas tiene algo, o mucho, de atractivo, porque sus seguidores se cuentan por millones, y van en aumento (“La única religión que no tiene ateos”, dijo Galeano). Como todos los deportes colectivos, atrae más que los individuales. Difícilmente alguien se emocione tanto con la halterofilia, o el golf, o el montañismo, agite banderas y celebre frenéticamente sus logros. En Argentina, que se caía a pedazos económica y socialmente, después de obtener el título en el Mundial de Qatar, cinco millones de personas salieron a festejar a las calles (con tres muertos en los festejos, como resultado de la algarabía -locura- colectiva); pero esa misma población no sale a protestar por los desmanes monstruosos de sus mandatarios. Curioso, ¿verdad? Como dijo Valdano: ¿“Opio del pueblo”?

Años atrás, el fútbol era cosa sólo “de hombres”; hoy son innumerables las mujeres que también lo siguen con pasión, o incluso lo practican, o funcionan como árbitros en los partidos. Países donde antes ni se conocía, ahora participan en certámenes mundiales, con muy buenos resultados, organizan torneos de alto nivel y son un enorme mercado económico para este deporte. La FIFA quiere llevarlo a India y China, teniendo en cuenta que ahí están los potenciales mercados más grandes del planeta. ¿Super buen negocio en puertas?

Para jugarlo no se necesitan aparatos especiales ni costosos, como sí sucede en otras disciplinas. ¿Quién practica navegación a vela, polo o esquí alpino, por ejemplo? Ya no digamos automovilismo, si es que lo consideramos un deporte. Cualquiera lo puede practicar y cualquier espacio es bueno: el patio de la escuela, un terreno desmalezado en el medio de la selva, el lobby de un hotel, la calle mientras no circulan vehículos, etc. En los potreros muchos lo juegan descalzos. Hasta incluso no se necesita una pelota profesional, porque cualquier cosa la puede reemplazar eventualmente: una lata vacía, una piedra, una pelota de trapo.

Su promoción no está acompañada de una genuina política de desarrollo deportivo. En todo caso, el sacrosanto dios-mercado regula sus movimientos, sus acomodaciones. Alguna superestrella podrá fichar por sumas astronómicas (de ahí que numerosos padres ven en las escuelas de fútbol un pasaporte para una posible “salvación” económica, según los talentos de sus hijos, o aparece el negocio de las “botineras”, buscando acomodarse económicamente en el romance con algún jugador de moda), pero las grandes mayorías están condenadas a ser receptoras pasivas del gran espectáculo montado, opinando y opinando, repitiendo frases hechas, quizá envidiando la suerte de algún astro que “la hizo”, pero sin decidir nada al respecto. El astro Diego Maradona surgió de una favela, una “villa miseria”, como se las conoce en su país natal. Él sí “la hizo”; los miles y miles de sus connacionales que siguen viviendo ahí, en condiciones paupérrimas, por supuesto que no. Lo endiosarán, o envidiarán, al ver sus abultadas ganancias, o tendrán motivo de conversación en torno a su figura, su talento y sus goles. De todos modos, la favela permanece. “Embobarse” mirando más y más partidos no las desaparece, obviamente.

El fútbol, como todos los deportes -quizá más que todos- dejó hace mucho tiempo de ser un pasatiempo, un entretenimiento dominguero. Pretender desandar ese camino en un mundo hoy globalizado donde todo, absolutamente todo, siguiendo la lógica capitalista, se mide en términos de beneficio económico, es un imposible. Ello podremos plantearlo desde el socialismo. Pero al menos se puede intentar no perder de vista el fenómeno en su magnitud global: el fútbol (este circo romano moderno), además de negocio fabuloso, ha pasado a ser una cortina de humo, un mecanismo de control social de una dimensión increíble.

Sería ingenuo pensar que el Campeonato Mundial, esa parafernalia mediática que cada cuatro años crea un escenario ilusorio de 30 días de duración, o un mes y medio, como el actual (hay propuestas de hacerlo cada dos años), no necesariamente sirve a las clases dominantes para hacer o dejar de hacer lo que son sus planes geoestratégicos de dominación a largo plazo. No necesitan de él para invadir países, para fijar a su conveniencia los precios del petróleo o de los alimentos, para desviar la atención sobre la catástrofe medioambiental en curso debida al mismo modelo insostenible de desarrollo, sólo por dar algunos ejemplos. Si hay “lavado de cerebro” de parte de las clases dominantes, ello no se realiza porque durante un corto tiempo se inunden las pantallas de televisión o de teléfonos celulares con partidos de fútbol y media humanidad ande hablando sólo de los ídolos de moda, de cuánto ganan en cada fichaje o del nuevo modelo de ropa deportiva. “¿De qué habla entonces el lunes?”, preguntaba sorprendido ese chofer.

El proyecto es más insidioso, más perverso: se trata de controlar en el día a día, abrumando con partidos y más partidos, y más campeonatos y más ligas… ¿Cuántas horas diarias de fútbol consume por televisión un habitante promedio? Eso depende de cada país, de su historia con relación a ese deporte, de su situación socioeconómica y cultural, pero en Occidente se calcula que no menos de dos horas diarias en promedio. ¿Mejora eso de algún modo su relación con el deporte? ¿Por qué ese crecimiento exponencial del fútbol profesional en todo el mundo?

No hay dudas que, al igual que todo gran evento de proporciones enormes, puede funcionar puntualmente como distractor de masas, tal como también lo puede ser la boda real o la muerte de alguna estrella de la música pop, por ejemplo, un connotado asesinato que mueve nuestro morbo o los platos voladores. No otra cosa que un fenomenal distractor fue el que organizara la dictadura militar argentina en 1978, con el que se intentó lavar la cara en su sangrienta guerra sucia (“Durante el Mundial grité como loco. Firmado: un torturado”, rezaba un provocativo grafiti), o el de la Italia fascista de 1934, en el que se buscaba a toda costa disciplinar y mantener ocupada a una clase obrera demasiado “rebelde” para la lógica capitalista. De todos modos, quedarse con la estrecha idea que estos campeonatos mundiales son las cortinas de humo de gobiernos dictatoriales es ver sólo un lado del asunto, y quizá sesgadamente. En todo caso, los Mundiales evidencian de un modo especial el papel que en la moderna cotidianeidad ha pasado a desempeñar el fútbol profesional como parte de la industria del entretenimiento (¿o de la llamada “ingeniería social”?, léase: control de masas). En forma creciente, desde mediados del siglo pasado, y sin detenerse, aumentando cada vez más, el negocio del fútbol sirve como “opio de los pueblos”. Ello no es decisión de quienes estamos condenados a consumirlo en forma pasiva sentados ante un televisor, sino de los grandes poderes que fijan el curso de lo que sucede en el día a día del planeta.

El fútbol -o más exactamente su manipulación a través de los medios masivos de comunicación- da la ilusión de igualar clases sociales (ricos y pobres, explotadores y explotados se abrazan tras la camiseta de su selección nacional o su equipo preferido). De ese modo, distrae, aleja preocupaciones… o al menos lo pretende. Sucede en los Mundiales, durante ese breve período de “locura” mediática llevada a ribetes monumentales, donde los poderes dominantes crean la idea de “paréntesis” en la vida real. El fantasma de los nacionalismos se agita de un modo gigantesco, colosal, siendo bastante difícil oponerle críticas. De ese modo el empresario y el trabajador, el docto y el marginal “deponen” diferencias en función de un supuesto objetivo superior, que para el caso sería el “orgullo nacional”. No hay dudas que, más allá de una concepción crítica de los nacionalismos en tanto forma sutil de dominación de las grandes masas -el pobrerío no tiene patria, ni tampoco el capital la tiene-, la ola irracional, sabiamente manipulada, que se expande por todas las poblaciones, ayuda a hacer creíble el mito de unidad nacional.

Que es gran negocio, es innegable (lo que mueve globalmente cada año representa una gran economía mundial: la FIFA informa que el fútbol-espectáculo mueve 500.000 millones de dólares al año, representando la 17ª economía planetaria). Lo que sí puede deducirse es que poderes globales de largo aliento que están más allá de las administraciones gubernamentales de turno, también lo aprovechan como droga social, como anestesia. El Mundial no es sino una dosis un poco más fuerte del pan y circo cotidiano al que nos someten, con tres, cinco o más juegos diarios durante los 365 días del año. ¿Cuántos millones de personas están ahora prendidos a un televisor (o radio, o pantalla de algún dispositivo) siguiendo una transmisión de fútbol, anestesiados, “embobados”, si queremos decirlo así?

¡Qué bueno que se practiquen deportes!…, pero el circo moderno que nos manipula no fomenta la práctica deportiva precisamente. Por el contrario: nos adormece.

Blog del autor: https://mcolussi.blogspot.com/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.