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Fracasos y fracasados

Balance de la Cumbre de Mar del Plata

Fuentes: Prensa Obrera

Los yanquis no tomaron nota del «entierro del Alca». Parece que es cierto que «resucitó como Lázaro», de acuerdo a lo que dijo el encargado de América Latina del Departamento de Estado norteamericano -Thomas Shannon (La Nación, 5/11)-, porque ese mismo día Bush firmaba en Brasilia un documento con Lula que reivindica el Alca. Algo […]

Los yanquis no tomaron nota del «entierro del Alca». Parece que es cierto que «resucitó como Lázaro», de acuerdo a lo que dijo el encargado de América Latina del Departamento de Estado norteamericano -Thomas Shannon (La Nación, 5/11)-, porque ese mismo día Bush firmaba en Brasilia un documento con Lula que reivindica el Alca. Algo completamente natural, además, porque el mismísimo Lula es vicepresidente de la comisión encargada de dar forma a la «Asociación de Libre Comercio de América». Se trata de una continuación de las decisiones adoptadas por el «neoliberal» Fernando Henrique Cardoso.

«Los muertos que vos matáis…»

El propio Cardoso había anticipado que el Mercosur iría como bloque al Alca, en condiciones que deberían ser precisadas. «La posición que Kirchner defendió en Mar del Plata fue diseñada por Brasil hace mucho tiempo», dice Morales Solá en La Nación. Brasil tiene mucho más que ‘proteger’ que Argentina en una negociación con los yanquis, porque no se debe olvidar que Argentina entregó, bajo el menemato, la totalidad de las concesiones de penetración económica que exigieron los Estados Unidos. En plena Cumbre, el uruguayo Tabaré firmó un «Tratado de Inversiones» con el gobierno de Bush, que es una especie de pre-ingreso al Alca, algo que Menem había firmado en su momento y que Kirchner nunca anuló. Mientras tanto, el paraguayo Frutos enfrentaba las denuncias sobre la confirmación de una base militar yanqui en su territorio.

La verdad de todo es que la disputa por la declaración final en torno al Alca fue suscitada por la negativa de Bush a secundar el pedido de Kirchner de que el FMI firme un acuerdo de refinanciación parcial de la deuda sin exigir la normalización de los contratos con las privatizadas, los aumentos de las tarifas residenciales, una salida para los bonistas que quedaron fuera del canje e incluso una mayor revalorización del peso frente al dólar. Kirchner quiere esa refinanciación para disponer de una porción del superávit fiscal para ‘reestructurar (léase subsidiar) a la burguesía nacional’.

Es un error suponer que incluso esto sea una muestra de antiimperialismo, cuando se sabe que el 75% de las ventas internas está a cargo de multinacionales extranjeras. Hay que decir también que cuando Lula y Kirchner piden la eliminación de la protección al agro de Estados Unidos y Europa, lo que defienden son los intereses de los pulpos exportadores, como Cargill, Dreyfuss o Bunge y Born -no los de los trabajadores argentinos. Si la demanda internacional de productos agrarios se disparara, como consecuencia de la eliminación de los subsidios en los países desarrollados, las víctimas serían los trabajadores argentinos, porque tendrían que pagar una considerable suba en el precio de los alimentos.

Obra en demolición

Con su pedido de ‘mediación’ ante el FMI, Kirchner suponía que se estaba cobrando servicios tanto más importantes que había brindado a Bush. Nos referimos, por supuesto, a Bolivia. Es significativo que los editorialistas de La Nación y Clarín, que manejan información directa de la embajada y servicios yanquis, hayan coincidido en destacar que el punto más concreto de la entrevista fue la preocupación del yanqui por la situación en Bolivia. Brasil y Argentina lograron, con la ayuda de Chávez, que Evo Morales se convirtiera en un baluarte del orden existente, primero enfrentando la insurrección de octubre de 2003 y luego apoyando el referendo que vetó la nacionalización del petróleo boliviano.

Los Kirchner y los Lula tratan de cobrarse su función de garantes del orden en América del sur, en un momento de crisis excepcional del imperialismo yanqui, frente a las tendencias revolucionarias que agitan la región. «Reina en nuestro hemisferio una gran inestabilidad -decía el día de inicio de la Cumbre la corresponsal de Clarín en Estados Unidos-: Lula está acorralado por los escándalos de corrupción, Lagos será reemplazado por Michelle Bachelet, lo que crea algunas dudas; en Ecuador, Perú y Nicaragua la situación es confusa; en México, Vicente Fox será reemplazado por un presidente de izquierda, y Bolivia es un rompecabezas…».

Concluía con esta notable caracterización: «en este contexto Kirchner asegura una cierta estabilidad». Pero estos servicios no le aflojaron la bolsa a Bush con relación a una refinanciación de la deuda de Argentina ante el FMI. El colmo de la demagogia es pretender disfrazar este tire y afloje con el imperialismo bajo el ropaje de la defensa de un desarrollo económico que ofrezca «trabajo de calidad». Bajo el gobierno de Kirchner sigue creciendo el trabajo en negro y la flexibilización laboral. ¿O la ley de educación técnica apunta a elevar la calidad del trabajo cuando autoriza a las patronales a calificar el trabajo de los pasantes?

El dato que falta es que George W. llegó aquí en plena crisis de su propia administración. El mismo día de su llegada, el Washington Post informaba en primera plana que el 60% de los norteamericanos dudaba de la «integridad» y «honestidad» de su presidente, lo que no es poco para quien hace apenas 11 meses decía que iba a utilizar a fondo el capital político que le había brindado su reelección. La Cumbre estuvo poblada de cadáveres políticos, apenas disimulados en los oropeles de los rituales del protocolo.

Fracasó Kirchner que pretendía cobijarse en el ala del presidente yanqui para lograr alguna «ventaja» en su negociación con el FMI. Fracasó Bush que, dado su deteriorado frente interno, vino con la intención de aparecer disciplinando sin quebraduras a su patio trasero. Fue una «desastrosa visita», pontificó el New York Times.

No se trata de un fenómeno «americano». Hace pocos meses, otra ‘cumbre’, esta vez en Europa, casi termina a las trompadas entre sus protagonistas, metidos a discutir su propio Alca, el presupuesto de la Unión Europea y su extensión al Este y a Turquía. Ahora, los gobiernos del viejo continente se encuentran sacudidos por una enorme crisis política. La descomposición capitalista es por definición «internacional».

De ilusiones no se vive

Chávez, en la ‘contra-cumbre’ citó a Rosa Luxemburgo pero propuso reeditar la «Alianza por el Progreso», pergeñada por John F. Kennedy en 1962 para aislar y derrotar a la revolución cubana. Lo que Kennedy pretendió hace cuarenta años, el acaparamiento de los latifundios, en el agro latinoamericano, por parte del capital financiero, lo consumaron Reagan y Clinton varias décadas después. Al final, el planteo de Kennedy era convertir en monedas locales las deudas de América Latina para financiar una llamada ‘reforma agraria’.

El nacionalismo que contrapone Chávez, el Alba, es harto limitado, restringiéndose a una integración económica de carácter petrolero. Bajo este paraguas quiere cobijar a Petrobrás y a Enarsa, que son dos puntas de lanza para la penetración de los monopolios petroleros internacionales. El Alba expresa los intereses estrechos del nacionalismo burgués de Venezuela y de su empresa petrolera PDVSA. No es casual que haya ‘convencido’ a Evo Morales de la conveniencia de abandonar la consigna de la nacionalización del petróleo y el gas y sustituirla por la creación de una empresa estatal ‘testigo’.

La crisis en la Cumbre no es el resultado de una resurrección del nacionalismo burgués latinoamericano, que en Mar del Plata hizo lo imposible por obtener la mediación de Bush para firmar con el FMI y que exhibió una gran dosis de retórica para disimular su definitiva impotencia histórica. Esa crisis es el espejo deformado de la crisis revolucionaria que se desarrolla en América Latina y de la crisis de régimen político que ha estallado en Estados Unidos.