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China: la brisa en los arrozales

Fuentes: El viejo topo

En Badaling, el viento azotaba el rostro de quienes se empeñaban en ascender bajo el frío por la gran muralla china, y una suave neblina difuminaba las montañas más lejanas, la caligrafía tortuosa de la desmesurada fortificación que se escapaba hacia el mar Amarillo y hacia Mongolia. El día anterior, la primavera había llevado a Pekín la arena del desierto de Gobi, que está a mil kilómetros de la ciudad, enturbiando la atmósfera pero sin detener la impetuosa vida de la capital china. El gobierno impulsa desde hace años la gran muralla verde para frenar el desierto: como todos los proyectos chinos, asombra su dimensión: cuando se culmine, esa barrera será una franja de cuatro mil quinientos kilómetros de largo y de entre trescientos y quinientos kilómetros de anchura, con bosques y nueva vegetación adaptada al terreno. Ya se han plantado 70.000 millones de árboles. Pero no solo se plantan árboles: en Ningxia se ha completado la primera fase del parque fotovoltaico cuyas placas vierten un millón de kilovatios a la red eléctrica, y en la cercanía del desierto de Gobi, en las estribaciones de las montañas Helan, prosperan las viñas que se convertirán en el rival vinícola de Burdeos. Desde hace años, han puesto el acento en la mudanza hacia una economía basada en criterios ecológicos. La NASA calcula que China planta cada año el veinticinco por ciento del total de la reforestación mundial: es el país que más árboles planta del mundo, y con las reformas de las últimas décadas ha triplicado la extensión de las tierras verdes del país. Así, en los últimos diez años, esas tormentas de arena que llegan a Pekín desde los páramos del Gobi se han reducido casi un ochenta por ciento.

Las nuevas construcciones pekinesas muestran el empuje chino, la carrera hacia la modernidad socialista. Las viejas naves fabriles se han reconvertido, dejando a veces el recuerdo de chimeneas de ladrillo: han cedido el paso a fábricas modernas, a nuevos barrios, a alojamientos, a veces entre colinas donde la primavera hacía temblar los almendros en flor suspendidos sobre las callejuelas de un pasado vetusto que mira con pasmo la nueva China. En la calle Wangfuging, junto al histórico hotel Beijing, había desaparecido el bullicioso mercado y los pequeños restaurantes donde los jóvenes chinos encargaban la cena al aire libre y reían. Habían pasado más de diez años desde mi visita anterior, y una década en China es un instante de su historia pero también un prolongado periodo a la vista de la rapidez de los cambios, de la transformación de las ciudades, de la carrera hacia la modernidad.

El plan para modernizar el país se conjuga con la cuidada conservación de la arquitectura histórica china, en Jishou, en el hermoso Fenghuang sobre el Túo Jiāng, en el viejo Shanghái o en Pekín, que llega hasta crear distritos como el 798, un conjunto de antiguas fábricas pekinesas de productos electrónicos que se levantaron con ayuda de la Unión Soviética y de la República Democrática Alemana y que han sido reconvertidas en centenares de centros de arte, galerías, cafés, en estudios de diseño, en restaurantes, entre sorprendentes obras artísticas que aparecen en una esquina o una pared. En la gran plaza de Tiananmén, los ciudadanos se fotografiaban frente a la efigie de Mao Zedong que corona la puerta de entrada a la vieja ciudad prohibida y los niños corrían ante los dos enormes letreros que flanquean su retrato: «Viva la República Popular China», «Viva la unidad de los pueblos del mundo». Al sur, en la puerta de Qianmen, la avenida peatonal bullía de animación, con comercios y casas de comidas en edificios restaurados, con farolillos rojos y guirnaldas luminosas colgadas de los árboles.

Al lado de la ciudad prohibida, en el Gran Palacio del Pueblo de Tiannanmén, nos recibió Li Shulei, miembro del Politburó del Partido Comunista de China, responsable del departamento de publicidad y ministro del gobierno, en una enorme sala envuelta en paisajes otoñales, cordilleras nevadas, ríos y lagos de montaña. Li Shulei es un hombre afable, sonriente, cercano, que hablaba sin papeles, con elocuencia y complejidad: es doctor en literatura china moderna y un hombre muy activo en cuestiones tecnológicas y de internet. Habló sobre el XX Congreso del Partido Comunista, sobre la Iniciativa de civilización global que acababa de proponer China y que, según mantienen, debe basarse en la tolerancia, la coexistencia, la reciprocidad y el aprendizaje mutuo entre diferentes civilizaciones. Li Shulei habló sobre la guerra de Ucrania, otra consecuencia de la guerra fría y del intento de imponer al mundo la hegemonía estadounidense; y sobre la modernizacion china, la conveniencia de aumentar los intercambios culturales entre países. Li Shulei ha visitado España, y citó a Cervantes, Picasso, Gaudí, recordando con agrado sus charlas en los bares madrileños, la alegría de la vida, la imprescindible paz, la necesidad del mundo de cerrar el paso a una nueva guerra fría. En el Wanshou, nos recibió el viceministro Qian Hongshan, responsable del Departamento Internacional del Partido Comunista, que también conoce España, feliz porque China había superado la pandemia, y en la agradable comida que nos ofreció habló del XX Congreso y de los nuevos planes del país, de la empresa pública China Three Gorges Corporation, CTG, que construyó la presa más grande del mundo, y de sus proyectos de construcción en España, remarcando que esperaban que el gobierno español fuera más amistoso con China.

China se rejuvenece, es ya un país moderno, con ciudades que deslumbran; más de seiscientos millones de ciudadanos chinos tienen ya unos ingresos superiores a la media en España, porque el aumento de los salarios ha sido constante en las últimas décadas, al contrario de lo sucedido en el resto de países del G-20, y el progreso no se detiene. El país está en cabeza en automóviles inteligentes y tecnología fotovoltaica, y en muchos otros sectores: en marzo de 2023, la cadena de radio y televisión australiana ABC daba cuenta de un informe del Australian Strategic Policy Institute, ASPI, (que suele presentar negativamente las iniciativas de Pekín), revelando que China supera a Estados Unidos en 37 de las 44 tecnologías examinadas en su estudio, que incluía la inteligencia artificial, la robótica, la biotecnología, la producción avanzada y la tecnología cuántica. El estudio concluía que China domina en la investigación para defensa, seguridad y espacio, y uno de los autores del informe, Jamie Gaida, considera que China ha construido las bases para convertirse en la principal potencia científica y tecnológica del mundo. China está empeñada en conseguir la autosuficiencia científica y tecnológica, y dedica grandes recursos a la formación de los trabajadores y universitarios: cuando triunfó la revolución apenas se graduaban en las facultades chinas unos 17.000 jóvenes; hoy, salen cada año de las universidades casi diez millones de nuevos licenciados, y en 2018 casi la mitad de quienes se incorporaban al trabajo contaban con diplomas universitarios. Tampoco descuidan la formación comunista: en el Shanghái Party Institut of CPC, la escuela local del Partido Comunista fundada en 1949, la vicedirectora, Mei Lihong, nos explica que disponen de 440 profesores y que cada año cursan allí estudios 30.000 militantes comunistas, con especial atención a la formación marxista, la obligación ética de cada afiliado y las tareas de gestión centradas en modernizar el país y en el fortalecimiento del Partido Comunista de China. Uno de los profesores, Wang Gonglong, nos resumió el empeño modernizador chino en cuatro ámbitos: agricultura, industria, defensa y renovación y rejuvenecimiento del país. La escuela, semejante a una universidad, dispone de numerosos edificios y de un enorme campus. El Partido Comunista de China cuenta con casi cien millones de militantes, y cada año ingresa otro millón aproximadamente: hay que solicitar el ingreso, y la organización dedica un año para examinar la petición antes de aceptarla.

Para llegar hasta aquí, el camino recorrido ha sido largo: en Shanghái, el modesto almacén de madera y ladrillo en el 106 de la calle Xingye donde se fundó el Partido Comunista de China, tiene ahora al lado un Memorial que ilustra su extraordinaria evolución. En ese galpón de la concesión colonial francesa, clandestinamente, trece comunistas chinos y dos delegados de la Internacional comunista, el ruso Vladímir Abramóvich Neiman, Nikolski, y el holandés Hendricus Sneetvliet, Maring, fundaron en 1921 el Partido Comunista de China. Todos sufrieron tiempos duros: de los quince asistentes, solo dos, Mao Zedong y Dong Biwu, vivieron para acudir el 1 de octubre de 1949 a la Puerta de la paz celestial en Tiananmén, donde Mao proclamó la República Popular China anunciando al mundo que el pueblo chino se había puesto en pie.

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En Changsha, una ciudad casi desconocida en Occidente pero que cuenta con ocho millones de habitantes, la vida bullía en las riberas del río y en el centro, en el barrio de Fu Rong o en los jardines y calles de Yu Hua, atravesadas por motos con abrigo para las piernas y bicicletas cubiertas. Mao estudió en la ciudad, y aquí se encuentra la empresa SANY, que cuenta con cincuenta mil trabajadores, de los que unos diez mil son ingenieros dedicados exclusivamente a la investigación. Es la mayor compañía china dedicada a la fabricación de equipos pesados de alta tecnología, de los mejores brazos de bombeo de cemento del mundo, excavadoras, grúas, turbinas eólicas, maquinaria portuaria, y es también una de las mayores del planeta en su especialidad. Nos recibió el ingeniero jefe de la empresa, con quien recorrimos algunas de las grandes naves de cuyos techos cuelgan banderas rojas con la hoz y el martillo. La gran eficacia de su maquinaria se constata en muchos países: salvaron con ella, en agosto de 2010, a los treinta y tres mineros chilenos que habían quedado atrapados en la mina San José, en Caldera, en el desierto de Atacama, a más de setecientos metros de profundidad. Para salvarlos, en una operación contra el tiempo, los ingenieros de la empresa construyeron una compleja cápsula de rescate que consiguió devolverlos a la superficie, en la más exitosa operación de salvamento de la historia de la minería mundial. El ingeniero jefe que nos acompañaba había inventado también un brazo articulado para proyectar hormigón a gran altura, con el que se aisló la central nuclear japonesa de Fukushima dañada en el gravísimo accidente de 2011.

A setenta kilómetros de Changsha se encuentra Shaoshan, una pequeña ciudad de cien mil habitantes donde nació Mao Zedong en una pobre casa de adobes que se conserva y donde, junto a ella, se alza hoy el Memorial que lo recuerda. En la plaza contigüa, una estatua de bronce del dirigente comunista está siempre rodeada de flores depositadas por el gentío que acude con banderas rojas, y que aquel día sorprendió con una ovación al visitante europeo que saludaba levantando el puño. Dentro del Memorial, escenas de la vida de Mao, fotografías de la vieja China, retratos de camaradas de los primeros años, la reproducción de la sencilla habitación que tenía en Pekín, cuando ya era presidente del gobierno central, con la cama llena de libros porque trabajaba en ella por la noche.

Las grandes empresas chinas se han desarrollado en todos los sectores. En los enormes hangares de COMAC (una factoría fundada en 2008, propiedad del gobierno central y del ayuntamiento de Shanghái que cuenta con dieciséis mil especialistas de los que cuatro mil son ingenieros que trabajan en su centro de investigación) fabrican aviones ARJ y ya producen cincuenta al año, con el objetivo de competir con Boeing y Airbus, firmas occidentales que han dominado hasta hoy el mercado mundial. En la entrada de la empresa, los ideogramas chinos grabados en la roca indicaban: «Los aviones chinos vuelan en el cielo azul». Van a conseguirlo, como lo han hecho con la fabricación de automóviles: desde 2009, China es el mayor mercado del mundo, aunque no era el mayor exportador; pero en 2020, el país exportó un millón de automóviles. Al año siguiente, facturó ya dos millones, aventajando a Estados Unidos y Corea del Sur. En 2022, exportó tres millones, adelantando a Alemania, y este año 2023 China espera llegar a cuatro millones, superando a Japón y convirtiéndose en el principal exportador de automóviles del mundo. Sin descuidar el progreso técnico y la ecología: casi la mitad de los coches exportados son ya del tipo EV, vehículos eléctricos que reducen el consumo de energía y la contaminación. Lo mismo ocurre en otros sectores, donde la industria china continúa avanzando. Dos ejemplos bastarán: el valor de las exportaciones chinas a los cinco países de Asia central más Irán y Turquía, que eran en 2015 de unos 6.000 millones de dólares, han superado en 2023 los 50.000 millones. Y las exportaciones dirigidas a la ASEAN que alcanzaban en 2015 los 5.000 millones, ocho años después han llegado a 55.000 millones de dólares. David Malpass, presidente del Banco Mundial, anunciaba en abril que las previsiones de crecimiento global para 2023 eran del 2 %, sobre todo por la recuperación de China tras la pandemia de Covid-19, con un crecimiento previsto del 5,1 %, el mismo que fijaron las Dos Sesiones en Pekín.

El esfuerzo para terminar con la pobreza ha sido titánico, de dimensiones históricas. Cuando se culminó la campaña para la erradicación completa de los focos de pobreza que quedaban en el país, iniciada en el pequeño pueblo de Shibadong que pudimos visitar, donde las mujeres desempeñaron un papel protagonista, Xi Jinping dijo que la victoria sobre la pobreza no era el final del camino, sino el principio, insistiendo en el desarrollo de la República Popular: «El socialismo con peculiaridades chinas se ha convertido en el abanderado del socialismo en el siglo XXI. Tenemos la responsabilidad, la capacidad y la confianza para hacer contribuciones históricas al progreso del socialismo. El éxito de China demuestra que el socialismo no está muerto. Imaginen: si el socialismo hubiera fracasado en China, si nuestro Partido Comunista se hubiera derrumbado como el partido en la Unión Soviética, entonces el socialismo en el mundo hubiera caído en una larga era oscura.»

China ha empezado también a desmontar el monopolio estadounidense sobre el concepto de democracia. El mismo día de nuestra reunión con Li Shulei, el dirigente comunista presidió en Pekín The second International Forum on Democracy, cita donde participaban académicos y expertos de más de cien países, donde, en su discurso de apertura, Li Shulei insistió en que la democracia es «la base sobre la que se asienta la construcción de una comunidad global de futuro compartido». «La democracia es un valor humano compartido, un objetivo universal perseguido por todos los países que buscan la modernización. La china ha ido desarrollándose sobre nuestras particularidades nacionales, después de que fracasaran intentos de aplicar modelos occidentales de democracia desde 1840».

Tras dejar atrás la pandemia, el nuevo gobierno presidido por Li Qiang se apresta a impulsar la recuperación económica. A principios de 2023, había ya 620 millones de teléfonos inteligentes 5G, y esa tecnología se está utilizando ya en la minería, los suministros eléctricos y en fábricas aeronáuticas, y se ampliará rápidamente al resto de la industria y a las áreas rurales: en 2025 se habrán construido más de diez mil fábricas 5G, y se está acelerando el desarrollo del 6G. Además, la hegemonía del dólar estadounidense en el comercio mundial empieza a tener problemas: los países del BRICS firman acuerdos para utilizar en el comercio sus propias monedas en vez del dólar. Brasil, Argentina, Thailandia y otros países buscan deshacerse de la divisa estadounidense en sus importaciones; y Reuters informaba en abril que el yuan ya supera al dólar y se ha convertido en la moneda más utilizada en las transacciones transfronterizas de China. La posición del dólar estadounidense sigue siendo dominante en el comercio mundial, y queda mucho camino por recorrer para acabar con su privilegio, pero la marcha ya se ha iniciado.

Al mismo tiempo, continúa la campaña contra la corrupción que relanzó Xi Jinping a principios de 2023: la Comisión Central de Control Disciplinario de China (CCDI), desarrolla una intensa actividad y se han reforzado las medidas y los mecanismos anticorrupción en los últimos cinco años. Así, en los primeros meses de 2023, varios ejecutivos de empresas públicas estaban siendo investigados: son Gong Lixin, de la Corporación Nacional de Petróleo de China, CNPC; Jia Jinfu, del Grupo Costar; Xiong Aiguo, de Dongfeng Motor Corporation; Wang Xiuyang, de Faw Logistics, y Gu Weimin, de Sumstar Company. Solo en el primer trimestre de 2023, la CCDI presentó 138.000 casos investigados y sancionó a 111.000 personas en toda China por prácticas corruptas. Entre ellas, se encuentra un alto funcionario de un ministerio y 633 personas de oficinas gubernamentales. La agencia oficial Xinhua News informaba de que la campaña anticorrupción se ha centrado en sectores clave que disponen de poder y de elevados presupuestos y recursos, como empresas públicas, compañías financieras y bancos. El gobierno limita también las promociones para terminar con la crisis inmobiliaria, vigila los problemas relacionados con el endeudamiento de gobiernos locales e impulsa las inversiones en nuevas infraestructuras y en industrias de alta tecnología que están experimentando un gran crecimiento, para culminar el XIV Plan Quinquenal 2021-2025.

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El tren de alta velocidad volaba hacia Shanghái dejando atrás pueblos envueltos en la niebla matinal. Los túneles que perforan Hunan se sucedían superando las nuevas construcciones, los arrozales, las terrazas con sorgo o té de aceite. En Nanchangxi o en el tren de levitación magnética que lleva a Pudong, que alcanza los 460 kilómetros por hora, las jóvenes factores ordenaban la circulación de los convoys, ataviadas con sus elegantes abrigos negros y la gorra con franja roja de los ferroviarios. China dispone de la mayor red de trenes de alta velocidad, más que todo el resto del mundo junto, y ya está estudiando la construcción de un Hiperloop, un sistema de cápsulas para pasajeros que viajarán por un tubo de vacío suspendido en el aire por levitación magnética; la propuesta de unir con él Shanghái y Hangzhou supondría recorrer esos doscientos kilómetros en quince minutos. Shanghái es una gigantesca y fascinante metrópoli de veinticinco millones de habitantes: más de media España. Hace treinta años, Colin Thubron escribía sobre ella: «ninguna ciudad sobre la tierra transmitía una sensación tan irresistible de vitalidad». Continúa siendo así, su desarrollo ha sido abrumador y su energía flota en el aire, deslumbrando al visitante. En el Bund shanghaiano las jóvenes reían fotografiándose ante los imponentes rascacielos de Pudong, y en el renovado Hotel Peace (donde antes de la revolución se reunía la mafia que controlaba los burdeles y los fumaderos de opio, mientras contemplaba la matanza de comunistas en la campaña de exterminio ordenada por Chiang Kaishek) siguen las sombras de Chaplin, de Paulette Godard, de Montgomery, que se proyectan en el ajetreo de la muchedumbre en la calle Nanjing, en el bullicio de quienes entran en el enorme Shanghaixiao Cheng para comer, en los reflejos del río Huangpu.

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Sin embargo, todo ese esfuerzo, ese impresionante desarrollo del socialismo chino, debe permanecer muy atento al renovado acoso de la maquinaria militar de Estados Unidos. A finales de marzo de 2023, la revista Foreign Affairs, del influyente Council of Foreign Relations estadounidense, insistía en achacar a China una supuesta agresividad en Asia, centrada en Taiwán, a despecho de las evidencias de que es Estados Unidos quien está traslandando equipos militares a la región, creando nuevas bases en Filipinas, exigiendo el aumento de sus presupuestos militares a Japón, Corea del Sur, Australia, para que colaboren en sus planes de acoso a China.

La dirección del Partido Comunista de China y los centros de pensamiento e investigación del país son conscientes del peligro que supone la agresividad y el acoso estadounidense: en el Shanghái Institutes for International Studies, SIIS (una institución fundada por Zhou Enlai), su presidente, Chen Dongxiao, nos hablaba de las relaciones internacionales, de la época de cambios bruscos que nos ha tocado vivir, de la importancia de la seguridad, el desarrollo y la confianza entre países. Insistía en que China apuesta por la colaboración y la justicia internacionales, rechaza la hegemonía y busca la paz, como se ha puesto de manifiesto en su propuesta para terminar la guerra ucraniana y en sus gestiones diplomáticas para detener la peligrosa rivalidad entre Arabia e Irán, con repercusiones en todo Oriente Medio, en un mundo multipolar que debe evitar una nueva guerra fría. La apuesta china por la paz es evidente. En los últimos treinta años, China ha enviado más de 50.000 militares y miembros de equipos de ayuda a más de veinte países y regiones, y ha participado en treinta operaciones de mantenimiento de la paz auspiciadas por la ONU, donde veinticinco chinos han sacrificado sus vidas. De los cinco países miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, China es quien aporta el mayor número de personas a esas misiones de paz.

Pero Estados Unidos no se resigna a ser superado y utiliza la excusa de Taiwán para sus planes de «contención de China», insistiendo en que Pekín pretende atacar la isla, ignorando deliberadamente que siempre ha sido territorio chino y así es reconocido por la ONU, por el derecho internacional y por la mayoría de los países del mundo. Pekín busca la reunificación pacífica, para terminar con el paréntesis en que la isla ha sido un gran portaaviones estadounidense en las puertas de China, y no aceptará nunca que la isla se convierta en un país independiente, en la práctica bajo un protectorado estadounidense.

En la cita de Karuizawa, Japón, los ministros de Asuntos Exteriores del G-7 articularon un frente común contra China basado en una mentira, el «expansionismo chino», y en la insistencia de mantener el actual estado de Taiwán, es decir, oponiéndose a la reunificación y contradiciendo la política de «una sola China» que los mismos países del grupo han suscrito. Ursula von der Leyen, que viajó a China con Macron, convertida en portavoz de la agresiva política estadounidense, afirmó en el Parlamento Europeo que China utiliza la táctica del «divide y vencerás», insistiendo: “Ya hemos visto en los últimos días y semanas esas tácticas en acción”. Y el Alto Representante Josep Borrell llama a enviar las Armadas europeas al estrecho de Taiwán, reclamando que la Unión Europea colabore con Estados Unidos y se involucre militarmente en el acoso a China. El G-7 acusó también a Pekín de aumentar su arsenal nuclear y de no participar en el control de armamento. El portavoz del gobierno chino, Wang Wenbin, replicó severamente al G-7, al que acusó de «arrogancia y malicia», recordando que China mantiene la decisión de no ser el primer país en utilizar armas nucleares, que cuenta con un arsenal mínimo para asegurar su defensa (a diferencia de Estados Unidos, que posee el mayor arsenal del planeta) y que participa en las conferencias de desarme de Ginebra, mientras Estados Unidos destruye los acuerdos de desarme nuclear y socava el Tratado de No Proliferación manteniendo armas nucleares en otros países de la OTAN. Estados Unidos es el único país del mundo que posee bombas atómicas fuera de su territorio.

Estados Unidos pretende detener el desarrollo de China con una estrategia que se despliega en tres frentes: acoso militar en Asia-Pacífico, sanciones económicas y hostigamiento a sus empresas (como Huawei, TikTok y muchas otras), e intento de romper lazos y acuerdos comerciales chinos limitando así el progreso de la nueva ruta de la seda (donde China ha invertido ya más de un billón de dólares en ese proyecto de la Franja y la Ruta), intentando que se reduzcan las exportaciones chinas a Europa, África, el sudeste asiático y América Latina. En agosto de 2022, Biden aprobó la Ley de chips (Creating Helpful Incentives to Produce Semiconductors) con una dotación de 280.000 millones de dólares con el objetivo de mejorar su posición en el mercado de microchips y dañar a China como principal competidor científico y tecnológico. A mediados de abril de 2023 el gobierno de Washington, considerando de manera inaudita que el resto del mundo debe cumplir las leyes estadounidenses, sancionó a cinco compañías chinas que trabajan con semiconductores por «evadir los controles estadounidenses y comerciar con Rusia». Pero China responde: el diplomático Yao Fei apunta que el bloqueo estadounidense ha llevado a China a aumentar aun más la inversión en ciencia y tecnología, y AsiaTimes daba cuenta en abril de que Huawei había introducido ya su propio software (Enterprise Resource Planning, ERP) finalizando la utilización del sistema de Oracle. Además, tres grandes compañías chinas de telecomunicaciones, China Telecommunications Corporation, China Mobile Limited y China United Network Communications Group, están desarrollando una red submarina de cable de fibra óptica para internet, que rivalizará con un proyecto similar desarrollado por empresas estadounidenses. El cable unirá Asia, Oriente Medio, norte de África y Europa, conectando Hong Kong con Hainan y después con Singapur, Pakistán, Arabia, Egipto y Francia. El proyecto chino hará frente al estadounidense SeaMeWe-6 en el que participaban empresas chinas que fueron sustituidas por compañías estadounidenses por el reforzado acoso de Washington. El cable chino estará operativo a finales de 2025. Solo en la provincia de Guandong (Cantón), la más poblada de China, Pekín anunció esos mismos días la puesta en marcha de cuarenta nuevos proyectos de semiconductores con una inversión de 74.000 millones de dólares, duplicando su industria local de circuitos integrados. En un desarrollo imparable, Huawei pronostica que el cómputo global de inteligencia artificial aumentará quinientas veces para 2030. China tiene ahora a un millón de licenciados trabajando en inteligencia artificial y la industria que la desarrolla necesita todavía más especialistas.

Pero la sombra de la guerra es un inquietante peligro. El agresivo despliegue militar estadounidense en Asia-Pacífico, que perfila desarrollar ahora el nuevo AUKUS y el QUAD, es una seria amenaza para China, que se ha visto obligada a abandonar su estrategia, mantenida durante muchos años, de «disuasión nuclear mínima», para aumentar sus fuerzas. Una de ellas es el nuevo misil balístico Dongfeng-27 (DF-27), que puede ser dotado de ojivas hipersónicas y fue probado con éxito en febrero de 2023. En los últimos diez años, el presupuesto de defensa de China se ha duplicado, alcanzando en 2023 la cifra de 225.000 millones de dólares, aunque sigue siendo menos de la tercera parte del presupuesto militar estadounidense; y Xi Jinping ha hecho referencia a «las guerras que pueden imponernos» en una evidente referencia a Estados Unidos: porque en los últimos treinta años, Estados Unidos ha estado siempre en guerra, en distintos países, a diferencia de China, que en todo ese período no ha participado en ningún conflicto militar.

En 1959, Mao Zedong evocaba en su poema Shao Shan a los campesinos que envolvían sus picas con banderas rojas y la brisa en los arrozales que alimentaban al pueblo chino, una energía que llega ya a las nuevas industrias y a los rascacielos de Shanghái. Porque el desarrollo chino es imparable y Estados Unidos no puede detenerlo: solo puede poner obstáculos, imponer sanciones, lanzar amenazas y forzar chantajes. Pero ese es el peligro, porque Washington no quiere resignarse a perder su hegemonía internacional, herida y en declive, y puede iniciar una guerra de consecuencias catastróficas para el mundo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.