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FSM 2005

De la acción social al campo político

Fuentes: La Jornada

Porto Alegre. A diferencia de Davos, con algo más de 2 mil participantes y cientos de policías y elementos de seguridad, en Porto Alegre, con más de 2 mil paneles y más de 130 mil participantes no se veía en las calles a ningún policía. El primero en medio del frío de las montañas europeas; […]

Porto Alegre. A diferencia de Davos, con algo más de 2 mil participantes y cientos de policías y elementos de seguridad, en Porto Alegre, con más de 2 mil paneles y más de 130 mil participantes no se veía en las calles a ningún policía. El primero en medio del frío de las montañas europeas; el segundo, en el calor tropical de un Brasil exuberante.

El Foro Mundial Social de retorno de Mumbai (India) en América Latina es el mayor de todos los organizados. El espíritu de trabajo es ejemplar. Nuestro panel, con Aníbal Quijano, Boaventura dos Santos, Immanuel Wallerstein y algunos otros amigos, comenzó su trabajo el primer día a las 8:30, al mismo tiempo que el discurso de Lula. Mas de 800 asistentes llenaban la enorme carpa F-603, con gente en el suelo y de pie. Tratamos el tema «Poder, conocimiento, democracia y revolución».

Como indicaba en un artículo de la Folha de Sao Paulo, el Foro deberá tomar conciencia lentamente del pasaje de lo social a lo político. Mi tema, Los nuevos movimientos sociales, justamente trataba la exigencia de cruzar dos umbrales.

Los nuevos movimientos sociales que surgen en todo el mundo periférico y poscolonial en reacción contra el neoliberalismo empobrecedor de los pueblos, y que arremete militarmente contra la democracia y los derechos humanos, crecen en todos los horizontes del planeta. Es hoy un movimiento incontenible que se va apuntando logros inesperados. Lo que va aconteciendo en Argentina con su deuda, en Uruguay con la izquierda en el poder, en el Brasil de tantas experiencias de base, en la Venezuela de Hugo Chávez, aclamado en el Foro; en el juicio de Pinochet (falta todavía el que promovió el golpe en Chile, Henry Kissinger: culpable de culpables), en Bolivia, Ecuador, etcétera.

Los nuevos movimientos sociales, digo, nacen y crecen en ese caldo de cultivo que la injusticia obliga. De origen revindicativo, estrictamente social, han pasado el umbral primero hacia la sociedad civil (Estado en sentido ampliado para Antonio Gramsci). Allí se han confundido con movimientos muy ambiguos, tales como las pequeñas burguesías movilizadas por los medios de comunicación (en especial por televisoras) contra los gobiernos populares (como en Venezuela, Argentina o en la ciudad de México). Sin embargo, han ido desarrollándose políticamente, pero apenas en principio.

La pregunta es si darán el paso de cruzar el segundo umbral: de la sociedad civil a la sociedad política. Para ello deberán superar dos escollos. El primero, de aquellos ideólogos de los nuevos movimientos sociales que indican que el poder es dominación y el Estado es una estructura por naturaleza corrompida. Por tanto, hay que cambiar el mundo sin tomar el poder del Estado. El segundo, de los que indican que hay que asumir la responsabilidad política y «toman el poder (como dominación) del Estado» (tal como se encuentra). Al asumir el paquete todo hecho se corrompen en el proceso. Lula ya sufre el desgaste de no haber realizado previamente, y realmente, una transformación del Estado.

El pasaje a la sociedad política por parte de los nuevos movimientos sociales supone redefinir el poder (como la fuerza de las voluntades de las comunidades que unifican sus objetivos democráticamente desde abajo). Es decir, el poder es la unidad de un pueblo que conoce sus objetivos: se trata de una construcción desde abajo: «El pueblo unido (jamás será vencido)», decía el eslogan sandinista. Por otra parte, supone tener claro cómo transformar el Estado, al que no hay que englutirlo golosamente (porque indigesta), sino que hay que deconstruirlo, analizarlo y transformarlo. Un cambio de Constitución política es una buena medida previa.

En fin, se discutió fuertemente la posibilidad o necesidad de dar ese paso, de lo social a lo político, pero hubo unanimidad en que la transformación del Estado y la definición del poder (no como dominación desde arriba, sino como potentia desde abajo) es su condición sin la cual no puede darse ningún compromiso serio político.

Esto no supone que los nuevos movimientos sociales deban ni hacer política partidaria ni entrar a formar pate de la sociedad política, sino que exige tomar clara conciencia de las responsabilidades políticas y comenzar la lucha en todos los niveles por una democratización de todas las estructuras, como participación simétrica de todos los afectados dando razones para llegar a consensos legítimos para todos.

Es el fin de los vanguardismos, de los burocratismos, de los populismos, de los autoritarismos, de los mayoriteos totalitarios, etcétera. Es un llamado al poder desde abajo a partir del consenso de los pueblos.