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Doña Piki, una mujer excepcional

Fuentes:

Nota: El fallecimiento reciente de esta gran mujer, me llama a publicar nuevamente este pequeño fragmento de su historia de vida, es un modo de recordarla y homenajearla colectivamente. No deseo alterar nada de lo anteriormente escrito, por ello tal cual su primera edición y publicación, lo presento ante vosotros. PRESENTACIÓN Lucía San Pedro [doña […]

Nota: El fallecimiento reciente de esta gran mujer, me llama a publicar nuevamente este pequeño fragmento de su historia de vida, es un modo de recordarla y homenajearla colectivamente. No deseo alterar nada de lo anteriormente escrito, por ello tal cual su primera edición y publicación, lo presento ante vosotros.

PRESENTACIÓN

Lucía San Pedro [doña Piki] es una distinguida compañera mexicana, muy mexicana, pese a que vive en República Dominicana desde hace 34 años. Ha sido siempre ama de casa y, sin embargo, tiene una vida muy ligada al acontecer político del pueblo dominicano.

Cuando le hice esta entrevista tenía 68 años. Nació en México, Distrito Federal, el 13 de diciembre de 1929. Su padre era un industrial de origen español de clase media alta, muy acreditado en México, y su mamá, una mexicana de origen humilde, muy bondadosa. Entre los 14 hermanos de los cuales viven 8 , doña Piki es la única que ha salido a vivir fuera de México. Porque como ella misma dice: Mi caso fue diferente, luego que conocí allá por el año 55, a quien sería mi compañero: Nicolás (Antonio) Quírico Valdez (1)

Con estudios primarios completos, una indiscutible capacidad para continuar estudiando y posibilidades para hacerlo, Lucía San Pedro, sin embargo, no se dedicó a ello. Yo estaba un poco enferma de bocio tóxico me aclara cuando le pregunté sobre esto , y los doctores no querían que me esforzara en el estudio porque tenía mucha taquicardia, mucho temblor de mano. Ya me habían operado dos veces de bocio y entonces aconsejaron que no me esforzara mucho. Mi papá me decía que yo hiciera lo que quisiera. Hice un año de comercio; sé escribir a máquina bien, con rapidez, pero nada más fueron esos estudios.

Cuando la conocí en su casa, en el año 1991, su fuerte personalidad denunciaba una mujer cuya vida había sido intensa. Me impresionó de inmediato.

Ágil, enérgica, simpática, atenta, solidaria y conversadora, tenía todas las cualidades para que me sintiera muy bien en su compañía, y las huellas del tiempo se borraran al paso de su conversación.

Cuando la fui tratando, su historia personal y familiar me fue atrayendo cada vez más. Porque más allá de la simpatía personal, su experiencia de vida podría pasar a ser un «caso» en los estudios de vidas de mujeres que yo estaba iniciando.

En 1992, habiendo madurado la idea, profundizado más en el conocimiento de su vida y depurado mi proyecto de investigación, me decidí a proponerle a doña Piki participar de este proyecto aportando su experiencia como mujer cuya vida está marcada por la entrega a una causa política, aunque sea de modo indirecto, a través de su esposo.

Precisamente fue esto lo que me decidió a incluir su testimonio de ama de casa, en un caso como ese, fue una de las tareas más políticas que Lucía San Pedro pudo asumir en su época.

Alguien podría pensar que, como feminista, por principio, no debería reivindicar estas experiencias. Pero no se trata de eso; no es reivindicar o no, sino rescatar la vida de esta mujer (y la de otras tantas como ella) que ha sacrificado muchas aristas de su ser mujer, de su ser humana, en aras de ayudar a las actividades de su esposo. Por otro lado, creo que su vida familiar es un ejemplo vivo e incuestionable de como el mundo de lo privado, la familia, es soporte vía el sacrificio de la mujer de la vida del mundo público, especialmente, el político, y de los hombres que en él se desenvuelven y se desarrollan.

Testimonio de una época, la vida de esta mujer, las peripecias por las que ha pasado en distintos momentos traídas al presente mediante sus recuerdos, evocan, más de una vez, los de otros o aportan vivencias sobre determinados procesos históricos, que resultan enriquecidos para quienes no vivimos directamente esos momentos.

Lucía San Pedro tuvo cuatro hijos, tres mujeres: Guadalupe, Tamara y Zureyka, y un varón: Quírico. Tiene siete nietos. Con un estado de ánimo en alza, rebozante de vitalidad, Doña Piki no se arrepiente de nada de lo vivido y confiesa orgullosa que si tuviera que volver a empezar, pasaría por el mismo camino.


Así vivió y así murió, en Santo Domingo, el 11 de noviembre de 2003, luego de varios años de lucha incansable contra un cáncer, tiempo durante el cuál no perdió su alegría ni su preocupación por tratar de aliviar la vida diaria de todos sus allegados.

A ella, nuestro homenaje.


** *** **

I. Su intervención política

-Aunque usted no haya intervenido directamente en política, ha apoyado el desarrollo político de otro hombre, al no ponerse en contra de su actividad, al no separarse, al criar los hijos prácticamente sola. O sea que, de ese modo, doña Piki, usted ha incursionado mucho en política. Y lo sigue haciendo ahora, por ejemplo, cuando apoya las actividades de sus hijos al cuidar de sus nietos…

-Pienso que sí. A veces lo decía: cuando yo me muera me van a hacer un monumento en Santo Domingo, porque mire que venir a pasar tanta miseria y tanta pobreza teniendo en mi casa un medio de vida. Mi mamá me lo advirtió: «¿Para qué te casas con un extranjero habiendo aquí tantos mexicanos?» Pero usted sabe que el corazón no tiene pasaportes ni fronteras; a mí me gustó Quírico Valdez y yo no vi más allá de mis narices.

Para haber asimilado y superado tantas situaciones difíciles, difíciles aun para alguien que tenga una conciencia política desarrollada, usted tuvo que haber llegado a comprender y apoyar en el sentido de compartir la causa por la que luchaba su esposo…

-Sí. Quírico Valdez a mí me enseñó a ver los pro y los contra de lo que es la política. Usted ve esos países que se llevan por esos presidentes que nada más entran a los gobiernos a robar… Uno se da cuenta que no es fácil la vida, porque aunque uno tenga solo un pan que desayunar no se queda tranquilo del dolor de saber que haya otra gente que ni siquiera puede prender el fogón porque no tiene qué desayunar.

Quírico Valdez me ha hecho valorizar la vida en una forma tal que aunque yo me hubiese divorciado de él, no volvería un paso atrás, no dejaría de ver tanta injusticia en la vida. Quírico Valdez me dio escuela, me enseñó qué es la miseria humana, a darle un valor a la vida. No puede ser que poca gente tenga de mucho y la inmensa mayoría nada.

En mi casa paterna hubo, pero ese es un pasado que ya no existe. Yo cuento con lo que traigo puesto ahora. Quírico Valdez y yo vivimos una vida muy normal, no le voy a decir que de maravillas porque siempre teníamos bastantes problemas, pero era una vida normal.

¿No le dieron ganas de volver a México ante tantos problemas al verse tan sola con los chicos?

-No, porque yo no iba a dejar a un compañero de la talla de Quírico Valdez. Porque el lugar de una mujer es estar al lado de su esposo y no estorbarlo.

-En casos como el de ustedes, suele ocurrir que por las exigencias de la vida política del hombre, se presenten contradicciones como pareja, ¿no atravesaron ustedes momentos similares?

-A veces él por la política me dejaba vestida y arreglada. Me prometía llevarme al cine y cuando llegaba decía: «Chica, a mí se me había pasado que tengo una reunión a las 8.» Y yo estaba vestida y maquillada…

-¿Usted no se enojaba?

-No, ¿qué iba yo a hacer?. Porque la política es más importante que el cine: al cine puede uno ir mañana y la reunión era ya hoy. ¿Para qué me iba a enojar? Para estar viviendo engurruñada al lado de un hombre? No.

Una vez sí me enojé muy fuerte con él. Me había dicho:» Mañana no hagas comida que vamos a llevar a los niños al Mirador del Sur.» Y ya estaba yo muy arreglada, muy puesta, cuando tocan la puerta. Era un hombre bajito y me dice en tono muy bajo: «¿Está Quírico?» Y yo de idiota lo llamo: Quírico, te llaman, pensando que estaba pasando algo en política, y los oí cuchichear. Le digo a mi esposo: ¿Qué quiere Marcelino? «Me está diciendo que juguemos una mano de ajedrez y me da pena con el hombre que vino desde lejos. Vamos a dejar lo del Mirador para mañana,» me dijo. Pero le dije: No. Los niños ya están arreglados, yo no he hecho comida, son las diez y media de la mañana y tú me dijiste que íbamos por ahí a comer. «Me da pena con Marcelino, quítale la ropa a los niños y lo dejamos para otro día,» insistió. Le dije que yo era su compañera de la cama y la madre de sus hijos, y que si él me dejaba a mí por un tal Marcelino, que se quedara con Marcelino, que se acostara con Marcelino y que Marcelino le hiciera la comida.

De la rabia estaba dispuesta a irme para México, pero la que me quitó la idea fue una amiga mía que y me dijo: «Tú no puedes dejar tu casa por un idiota cualquiera que llegó a importunar.» Ese día sí no lo olvido. Yo lloré mucho, mucho, por esa acción de él.

Mucha gente me aconsejaban que lo dejara y yo les decía: No; un momento, yo no voy hacer como esas viejas locas que tienen un hijo de un hombre y otro de otro, y luego hablan éste es de mi primer matrimonio, éste de otro; no. Hombres se encuentran a la vuelta de la esquina los que uno quiera, y más entonces, cuando era joven y era más o menos bonita. Porque todo en la vida tiene su depreciación -le estoy hablando de 30 o 35 años atrás-; yo era bonita, muy bien vestida me veía bien entonces, claro: «¿Por qué no lo dejas?» Y yo decía: Hombres encuentro, pero padre de mi hijo solamente hay uno. Y eso me hacía estar unida a él.

¿Qué podía hacer yo a México con 4 muchachos? Mi familia es de clase media alta, pero, qué pasa, en la vida todo da vueltas, no hay que ver qué usted tenía, sino qué tiene usted ahora. Y yo estaba casada con un político que no tenía un centavo. Entonces, si yo arranco con cuatro muchachos a México, ¿Cómo iba a mantenerlos sin tener ni un diploma para defenderme?

Si yo arrancaba a México con mis hijos, mis hijos allá iban a ser arrimados (2) en mi propia casa paterna. Y ya me había pasado con Lupe, cuando decían: «Ay, que Lupita no me toque el piano con las manos llenas de dulce; que no me coja mis muñecas; que no se me suba a la cama con los zapatos sucios…»

No es lo mismo que cuando uno vive en su casa. Por pobre que sea, mis hijos aquí son reyes. Porque aquí no hay quien le diga: «Apaga la tele; quítate de ahí; no comas eso…» Allá hay que estar pidiendo un permiso: ¿Puedo prender la tele? ¿Abuelita, me dejas ver eso? Aquí no. Esta es su casa, ellos brincan, saltan.

«Nunca se me cerró el mundo»

A veces no había ni para comer, pero yo iba al colmado -aquí se llaman colmados las tiendas pequeñas de comestibles-, y lo que hacía era que pedía varias cosas para varios días, y entonces yo le decía al señor muy amable: luego le traigo el dinero, porque mi esposo anda cambiando el cheque. Pero mentira, ¿cuál cheque?, nunca en la vida tuvimos un cheque en nuestras manos. Yo lo decía para que no se diera cuenta que era una mujer sin recursos, porque si ve que no tengo recursos no me fía, pensando: ¿esta de dónde me va a pagar, si no tiene?

Después de que yo pedía lo que tenía que pedir para que mis hijos no pasaran hambre, yo salía a vender entre el vecindario una pulsa de plata, alguna cosita, mexicana: ¡Ay, cómpreme esto, alguna cosita, un florero! Y entonces de lo que vendía, cogía iba y pagaba la tienda para tener siempre el crédito abierto. Por eso cuando iba a México traía cosas de valor, porque en un momento de apuro podían sacarme de una necesidad.

A veces él me preguntaba:» ¿Chica, de dónde hiciste esto? Y yo le decía: Vendí esto, pagué lo otro. «No te estés deshaciendo de tus cosas», me decía entonces. Yo no le exigí nunca nada. A mí me gustó Quírico Valdez y lo acepté como era.

Por otro lado, mi esposo lleno de dolor, le planteaba las cosas a los compañeros y a veces ellos me llevaban 5 ó 10 pesos, y tan pronto llegaban a mi mano yo corría al colmado, porque a mí me interesaba tener el colmado al día para que no se me cerrara el crédito. Y así, a mí nunca se me cerró el mundo.

-No habiendo tenido una preparación política previa, no habiendo sido comunista, ¿de dónde sacó las fuerzas para asumir este tipo de vida desde el noviazgo? ¿De dónde usted sacó fuerzas para seguir siempre adelante?

-La fuerza la saqué de la responsabilidad de ser madre y esposa antes que tener apetencias personales. Por otro lado, ¿cómo voy a dejar yo a un hombre como Quírico Valdez? Millones de hombres hay por donde quiera, pero a Quírico Valdez no lo vuelvo a encontrar a la vuelta de la esquina. Mi lugar era estar al lado de él.

II. Cómo conoció a Quírico

-¿Cuándo conoció al que después fue su esposo?

-A Quírico Valdez lo conocí a finales de 1955.

-A mí me contaron que ustedes se conocieron en un tren…

-Sí. Yo trabajaba en mi país, en la calle Paseo de la Reforma, entonces más o menos uno se encuentra a diario con las personas que trabajan por el mismo lugar. Yo iba a trabajar con mi hermano Emilio en el mismo tren. Un poco más adelante se subía Quírico Valdez. Me llamaba la atención porque él iba muy tímido en el tren. Yo le decía a mi hermano: menos mal que aquí en México no hay segregación racial como en Miami, porque si no este joven no se hubiera podido subir aquí.

¿Por qué le decía eso?

-Porque él era negro. Bueno, negro propiamente no, mulato. Pero tenía toda su fisonomía de negro, el pelo duro… A mí «el negrito», como yo le decía, no me interesaba ni fu ni fa. Yo nada más hice el comentario porque realmente hay países donde los negros son muy mal vistos, pero no me interesaba para nada. Yo lo miraba siempre y él también se quedaba viéndome. Me miraba con tal insistencia que yo muchas veces pensaba: bueno, él realmente comete una indiscreción, porque gracias a Dios vengo con mi hermano, pero y si viniera con un novio, en qué lío me metería.

Usted tenía novio…

En ese momento estaba muy enamorada de un muchacho que era contador del Seguro Social, éramos novios y yo sentía que toda mi vida pertenecía a ese muchacho.

Una vez, en uno de esos viajes, yo iba sentada y a mi lado estaba sentada una señora que se levantó y entonces Quírico se sentó al lado mío. Ese día mi hermano no fue a trabajar conmigo porque él tenía que hacer una diligencia por otro rumbo y entonces, viendo que estoy sola, él se atreve y me dice: «¿Ahora no le acompaña su novio?» A mí me dio un coraje que le dije: No, hoy no me acompañó. Yo casi no le puse plática, porque no soy gente de esa, pero él me insistió: «¿Y el muchacho que la acompaña?» A mí no me acompaña ningún muchacho, le dije, y por favor, déjeme tranquila que yo no quiero estar entablando conversaciones con desconocidos. «No es nada preguntarle, insistió, ¿el muchacho que la acompaña, es su novio?» Y yo, sabiendo que en ese momento no me acompañaba mi novio, le dije: No, es que yo no tengo novio. «¿Y el muchacho que le acompaña?,» insistió. Entonces caí en cuenta que se refería a mi hermano. Yo le dije que ese muchacho no era mi novio sino mi hermano, y eso a él le llenó de gusto.

Me siguió hasta donde yo trabajaba -como lo supe después-, y un día, a las 5 de la tarde, cuando salgo del trabajo, estaba ahí muy puesto en la puerta. Yo le dije que por favor no me anduviera persiguiendo porque yo tenía mi novio y, además, porque mis hermanos eran muy celosos. Eso de celosos era verdad, pero más que nada se lo dije para sacarlo de mi camino.

Por esos días, el muchacho que era mi novio, me dice que me quiere ver y yo voy muy contenta a la cita pensando que es para fijar la fecha del matrimonio. Nos sentamos en una fuente de sodas a tomar un refresco y me sale conque: «Mira, tú eres una buena chica y mereces una cosa mejor. Yo te tengo que decir una cosa: una muchacha que era novia mía y había ingresado en un convento, acaba de salir del convento porque se arrepintió de ser monja. Ella ha sido el amor de mi vida. Si yo me caso contigo voy a ser desgraciado y te voy a hacer desgraciada a ti. Creo que lo de nosotros tiene que terminar, porque a mí me gusta más la otra muchacha.»

Yo nunca le he insistido a los hombres, porque el amor obligado es tremendo. Le dije que estaba de acuerdo, que estaba bien y terminamos nuestras relaciones.

Pero qué pasa, al llegar a la casa, por la noche, me cayó la ruptura de este muchacho y yo lloraba y lloraba. Así un día tras otro. Al ver que yo lloraba tanto y tan desesperadamente por la falta del muchacho, mi hermana Cristina empezó a decirme: «No llores, no seas tonta, tú bien arreglada levantas cualquier muchacho, eres joven, tienes la vida por delante. ¿Por qué tú no sales mientras con el negrito para que te distraigas?» Yo le contestaba que no, que no me interesaba el negrito -no sabía ni cómo se llamaba-, a veces le decíamos el «cubanito», porque como todos los negros más o menos eran de origen cubano… (ríe).

A mí no me interesaba ese muchacho pero como él seguía insistiendo, un día me puse a reflexionar que si a mí me tenía tan adolorida la ruptura de este muchacho, realmente debía distraerme. Y opté por aceptar su invitación.

Salimos varias veces, y su manera de ser, su trato tan decente, tan educado, tan capacitado, me fue borrando poco a poco a Manuel. Quírico Valdez fue entrando a mi vida, en una forma, como cuando a uno le entra el aire que ya está casi por ahogarse. El me fue llenando los pulmones de vida.

III. El «negrito» cubano resultó ser dominicano

-¿Cuánto tiempo noviaron ustedes?

-Duramos de novios como un año.

-¿Cuando eran novios todavía pensaba que era cubano?

-Sí, yo pensaba que era cubano. Yo creía que él era un cantante cubano, porque siempre le notaba una facha que para mí era de cubano y también el hablar… Y no me vine a enterar de nada hasta que le pregunté a él qué estaba haciendo en México, entonces fue cuando me dijo que él era dominicano, de una isla que está cerca de Cuba y de Puerto Rico. Ahí nos preguntamos los nombres y encontré su nombre «Quírico», muy raro. Yo le decía: dígame su nombre, no su apodo. «Es que no es mi apodo, es mi nombre,» decía él.

-¿Porqué él no le decía nada? ¿Tendría temor de que usted rompiese con él?

-Precisamente, y esa es una de las razones por las cuales yo le estoy agradecida a mi esposo. Cuando lo conocí, yo era absoluta y totalmente ignorante en política.

Nosotros siempre fuimos gente de clase media alta, teníamos nuestra situación resuelta, teníamos un chofer para llevarnos al colegio y para llevar a mi mamá al mercado. Cuando una muchacha se desarrolla en ese medio no le interesa saber ni quién es el Presidente, ni cuáles son las necesidades de los países. Yo no sabía ni quién era el Presidente de mi país, porque a mí lo que me interesaba era estar en modas, en paseos, en viajes aquí, en viajes allá…

-¿Por qué Quírico Valdez estaba exiliado en México?

-Porque siempre, desde pequeño, fue político. El me contó que se hizo político al ver la injusticia que se cometía con los pobres y con los negros. En Santo Domingo, a los 17 años, trabajaba en una fábrica de zapatos, e inmediatamente, ingresó en el sindicato de los zapateros y siempre fue un ferviente luchador en favor de la clase trabajadora. Fue un gran luchador en contra del dictador Trujillo y estuvo preso en varias cárceles dominicanas.

-¿Era miembro de algún partido?

-No era miembro de ningún partido porque en aquel tiempo lo que había aquí era una dictadura y no existía ni podía existir ningún partido que no fuera el de Trujillo. Pero ellos, por debajo, se agrupaban. El primer Partido Comunista se fundó en la clandestinidad, el 27 de febrero de 1944, por Fredy Valdez, Heriberto Nuñez y Ramón Grullón. Fredy Valdez no tiene nada que ver con mi esposo; Valdez es un apellido común.

Ellos trabajaban en la clandestinidad, porque la palabrita comunismo en aquel tiempo era peor que cualquier otra. La lucha de Quírico Valdez por la clase trabajadora empezó a ser notoria y entonces Trujillo lo perseguía con una saña tremenda.

Me cuentan -yo no lo conocía entonces, pero su familia me lo dijo-, que una vez amanecieron letreros colgando de los postes de luz en toda la avenida George Washington, ofreciendo recompensa por la cabeza de Quírico Valdez, vivo o muerto. Fue que el día anterior habían hecho un mitin en la plaza Enriquillo y él había echado un discurso en contra de Trujillo. Entonces vino un policía, le dio una bofetada y lo bajó violentamente del estrado donde él estaba. Quírico se incomodó y le dijo: «A un hombre no se le pega por la cara…» Y agarró una silla y se la partió encima. Entonces claro, el que le tocaba un policía a Trujillo era muerto inmediatamente. No había vuelta de hoja porque Trujillo cuidaba mucho a sus policías, porque eran los que lo protegían.

Quírico, al ver que le había pegado al policía y le había roto la silla encima, no lo pensó más, y se asiló en la Embajada de Venezuela. Lo mandaron a Venezuela y allí vivió durante 5 años. Pero, todo el grueso de dominicanos exiliados estaba en México. Entonces, le dijeron: «No seas tonto, ¿qué haces aquí solo?, vete para México, allá están la mayoría de los compañeros.» Y se fue para México. Llegaría a principios del 55. Y empezó a trabajar en una fábrica de zapatos de otro español, haciendo zapaticos para niños.

Todo un caballero

-¿Usted conoció toda esa historia de Quírico cuando eran novios?

-No, naturalmente que no. Me enteré de todo estando ya embarazada.

Cuénteme acerca de eso, ¿cómo ocurrió?

Un buen día me entregué a Quírico Valdez por mi propia voluntad. El no me forzó, no me obligó. Fue una entrega divina y preciosa porque en ningún momento él me engañó. Pero salí embarazada. Entonces planteé la necesidad de casarnos rápidamente, porque ya mi embarazo iba creciendo. El me dijo que sí, que cómo no, que no había inconvenientes, pero me advirtió una cosa: «Doña Juanita no va a querer que nos casemos, porque yo soy ateo, yo no creo en esas tonterías de la iglesia y a mí nadie me va a hacer hincar ante un curita ladrón, así que si tú quieres nos casamos, pero nada más por lo civil.»

Entonces fue a mi casa a hablar con mi mamá, porque Quírico Valdez en ningún momento dejó de ser un hombre, un caballero, pero en ese momento llegó una prima a visitar a mi mamá, y él me dijo: «Piki, esas cosas no se pueden plantear delante de esa señora.» Yo le dije: No importa, es mi tía; habla, es de confianza. Pero él me dijo que no, que regresaría al día siguiente porque tenía una reunión en Cuernavaca con unos compañeros dominicanos que estaban allá, pero sí al otro día. Le dije que estaba bien, total un día más o un día menos era lo mismo. Y llegó el día ese, y yo esperaba que me llamara por teléfono y me dijera: «Piki, te voy a a ver a las siete o a las ocho.» Pero no me llamó, ni vino.

IV. «Mi novio ha desaparecido»

A mí me entró un desespero tremendo, porque dije: Bueno, éste se largó de aquí, ahora me deja con un embarazo. Yo estaba realmente desesperada. Mi familia es muy recta; siempre se ha caracterizado por tener un criterio muy alto de la honradez. Yo no podía hablar con nadie, no podía confiarle a nadie de mi casa mi problemón.

Toda esa noche me la pasé en vela. Al otro día me levanté temprano y fui a la pensión donde él vivía. Allí le pregunté a un compañero dominicano: ¿Y Quírico?, a ver si me decía: ya se fue o algo así, pero él me dijo: «No te preocupes, Quírico está preso.» Le digo espantada: ¿Preso? Pero, ¿por qué?, ¿qué fue lo que hizo?

Entonces me dijo: «No te preocupes, Quírico está preso porque no tenía sus papeles en regla. Iba caminando por la Avenida Juárez y unos policías vestidos de civil le preguntaron por sus papeles y él no los traía encima. El dijo: `Es que los dejé en la casa, en un traje.’ Pero mentira, él sabía que no los tenía, ni allí, ni en su casa; hizo el aguaje (3) para ver si lo dejaban ir e inclusive trató de sobornar a los policías ofreciéndoles dinero, pero dijeron: `No queremos dinero, queremos los papeles, así es que vamos a su casa por los papeles.’ Fueron a la pensión donde él vivía y Quírico entró por los papeles, pero salió muy sonriente y dijo: `Se fueron a la lavandería, en el traje.’ Entonces el policía le dijo: `Bueno, chico, en lo que aparecen tus papeles vas preso.’ Y lo metieron a una cárcel.» Era una cárcel exclusiva para extranjeros, que se llama la cárcel de Miguel Shultz, y le fijaron la deportación. Pero si lo deportaban para Santo Domingo, no hubiera acabado de bajar del avión y Trujillo lo hubiera matado. Así que ahí comenzó otra etapa en nuestra relación. Parece mentira, pero aquellos policías, ese día, cambiaron mi vida.

-Supongo que iría a visitarlo a la cárcel, a hablar con él, porque de esa forma fue que usted se enteró que él tenía problemas políticos, ¿no?

-Sí. Yo iba a visitarlo a la cárcel los jueves y los domingos; le llevaba frutas… Fui hablando poco a poco, porque yo iba despertando a una vida que tenía totalmente ignorada. Yo no sabía lo que era la palabra política, yo no sabía diferenciar entre lo que era un presidente o un dictador…

-Al enterarse de todo aquello, ¿no se le ocurrió en algún momento separarse o interrumpir el embarazo?

-Nunca. Hubo una familia que me decía: «¿Por qué tú no te haces un aborto? Ponte a pensar que el bebé te va a salir negro, y en México no hay negros.»

Era más bien un compromiso moral con mi familia, con mi madre que fue siempre una mujer tan buena. Pero para mí, en ese momento, lo que más pesaba era la cuestión del bebé, la cuestión del matrimonio. La palabrita comunismo para mí no significaba nada. Lo que más pesaba en mí era el rollo que yo tenía con mi familia, el escándalo, todo eso, porque son sociedades donde se vive a base del qué dirán.

V. La lucha contra la deportación de Quírico

Al fin reventó la cosa. Era marzo del 57 y tuve que decir lo de mi embarazo porque su libertad estaba en juego y lo iban a deportar. Primero hablé con una hermana mía que se llama Aurora, a la cual el Ex Presidente de México Miguel Alemán, le había bautizado un niño. Le dije: Aurora, por favor, interviene por Quírico Valdez… Me replicó: «¿Y yo por qué voy a molestar al Ex Presidente de la República por un novio, cuando novios puede haber tantos en la calle?» Le expliqué a mi hermana que no se trataba de un novio, que era por el bien de mi madre, para que no supiera el problema mío. Entonces Aurora, después que recibió la noticia como una bomba, se decidió a hablar con el Licenciado Miguel Alemán.

Pero con tan mala suerte, que en ese momento, se había ido para Londres a comprar dos aviones Britania para su compañía. El dejó dicho que cualquier asunto se hablara con Ramón Beteta, entonces fuimos a verlo y éste dijo: «Sí, cómo no, pero nomás eso faltaba. Ahorita, con un telefonazo, le suelto a su novio señorita, no tiene por qué llorar.» Y cogió el teléfono, llamó a la cárcel de Miguel Shultz, y dijo: «Léame en el expediente, porqué está preso Quírico Valdez, qué fue lo que hizo este individuo, por qué lo tienen preso.» Y le contestaron allá: «Bueno, él está preso porque tiene filiación comunista.» Y dio un telefonazo y dijo: «Este individuo tiene que salir de México inmediatamente. Para mí es un elemento indeseable.»

Mi hermana Carmen, por otro lado, era muy amiga del hermano del Ministro de Gobernación, entonces yo le planteé a ella el problema.

Ella pidió una cita y nos recibió el Ministro de Gobernación. Se llamaba Roberto Ojeda, nunca se me olvidará el nombre. Este dijo: «No se preocupe señorita, yo le suelto a su novio.» Y el mismo cuento… dijo: «No llore, señorita, siéntese.» Y cuando llama por teléfono, ocurre lo mismo: «¿Por qué está preso Quírico Valdez?» «Porque es un comunista reconocido,» contestan allá. Entonces él dijo: «Este individuo tiene que salir de México, pero inmediatamente…»

Y yo le contesté: Bueno, ¿y no me van a dar a mí ninguna garantía como mexicana que soy? Yo voy a tener un hijo de él y necesito que lo dejen en el país. Pues él me contestó: «Nosotros no tenemos la culpa que ustedes las mexicanas, se metan con gente indeseable.» Eso me dio mucho coraje y le contesté: los indeseables son ustedes. El no es ningún indeseable; él es más decente que muchos que están cobrando un sueldo atrás de un escritorio sin hacer nada.

Mi hermana se enojó conmigo porque por ella había ido yo a ver a ese señor. Él dijo: «Mire, yo esas cosas no las voy a poner a discutir con usted. Yo la estoy atendiendo porque su hermana la trajo. Para aplazar la deportación de este individuo, mire a ver qué país de América Latina lo quiere recibir. Si no lo consigue, yo lo mando a Santo Domingo porque nosotros no tenemos por qué echarnos ese paquete encima.»

Todos los dominicanos que estaban allí, en México se movieron. Se hizo un movimiento tremendo para sacarlo hacia un tercer país. El comité fue formado por: Juan Doucudrey, Federico Pichardo, Amiro Cordero, Gustavo Adolfo Patiño, José Arismendi Patiño y Brunilda Soñé de Patiño. Mandaron telegramas a todos lados, incluyendo Cuba, y el gobierno dijo que no lo recibía porque en ese momento estaba el dictador Batista, y Cuba era un país corrupto, igual que cualquiera de América Latina.

Al final se logró, progresivamente, que lo recibiese Costa Rica «solo por 15 días…» Y así, Quírico salió el 5 de abril de 1957 para Costa Rica.

VI. La espera

Traslado de Quirico a Costa Rica y luego a la URSS

¿Cuántos meses de embarazo tenía usted en ese momento?

Cuatro meses. Mire Isabel, el era tan decente, tan correcto, un hombre con una responsabilidad tan alta de sus actos que antes de irse mandó a llamar a mi hermana Tere y le dijo: «Señora, usted sabe que no es que me voy; a mí me deportan. Y me duele dejar a Piki en estas condiciones. Pero yo voy a regresar por ella lo antes que pueda. Yo la pongo en sus manos, atiéndamela. No quiero que dañen a nuestro bebé, porque el bebé que va a tener Piki es mi primer bebé y yo ya lo amo. Así que la pongo en sus manos.»

Lo deportaron. Yo me fui a vivir a casa de mi hermana, pasaron unos dos meses y un día Quírico me escribe y me dice: «Piki, me acaba de llegar una beca para ir a la Unión Soviética por dos años, a estudiar Ciencias Políticas, el idioma y todo eso. Yo estaba esperando esto hace diez años, así es que yo estoy en una disyuntiva, porque no sé si mandarte a buscar para Costa Rica o aprovechar la beca me llega en un momento como este. ¿Qué tú dices?»

¿Y usted que dijo?

-Yo naturalmente me puse a reflexionar y pensé: Bueno, una obligación él no tiene conmigo, porque ni siquiera estamos casados, y si yo le digo: vete o no, él toma una determinación y luego toda la vida puede levantar el dedo acusador, de que por tu culpa hice o no hice. Entonces yo le escribí: Prefiero que te vayas a la Unión Soviética, realices tu beca, y vengas más tranquilo. En dos años un bebé todavía está chiquito, no conoce bien a su papá. Y entonces se fue a la Unión Soviética.

Cuando Quírico se va a la Unión Soviética me quedo sola, depositada con mi familia que, poco a poco, fue entrando en la comprensión y me aceptó. El 22 de septiembre de 1957 nació una niña, Guadalupe. Y como los bebés son preciosos, poco a poco fue robándole el corazón a mi familia. Todo el mundo fue mirando hacia la niña, cargándola.

Yo pensaba que Quírico iba a volver pronto, pero una vez estando en la Unión Soviética se le amplió el tiempo y empezó a estudiar otras materias. Me escribió y me dijo que ya que estaba allí iba a aprovechar el tiempo. Y yo le decía que sí, porque con mi familia nunca en la vida me faltó nada. Tenía casa, comida, mucha ropa para la niña que mis hermanas le compraban, en fin, yo no carecía de nada.

Pero mi hija me preguntaba, viendo al padre de mis sobrinas: «Mamá, ¿por qué yo no teno papá?» Y era horrible no saberle responder porqué. La niña era muy chiquita para explicarle que su papá estaba deportado. Había un retrato de él que yo siempre tenía sobre la cama y le decía: dile a tu papá hasta mañana, dale besitos a tu papá, para que la niña se fuera familiarizando con el rostro. Así, si algún día él regresaba, la niña no iba a estar tan ajena a la cara de él. Por eso ella me preguntaba: «¿Por qué mi papá no se mueve como el de Laura? ¿Por qué mi papá no me carga como el de Laura?» Laura es mi sobrina y mi cuñado la cargaba, le hablaba, lo normal.

Así pasó el tiempo. Cuando en 1959, triunfa la Revolución Cubana, fueron muchos dominicanos a celebrar a mi casa. Yo ignoraba lo que era una revolución -de política no sabía nada-, pues a Quírico lo deportaron y yo seguía dentro de mi mismo mar de ignorancia. ¿Qué política, qué comunismo? Yo nada de eso sabía ni me interesaba tampoco saberlo ni averiguarlo. Y yo decía: ¿Quién es Fidel? Yo no sé quién es Fidel, yo no sé qué es la Revolución Cubana. Lo que me interesaba era resolver el problema moral mío; lo que me interesaba era que Quírico viniera y se casara conmigo. Esa era mi obsesión.

Tan pronto la Revolución Cubana triunfó fue una algarabía. En todas partes se cruzaban cartas, telegramas. Todos los dominicanos exiliados en México cogieron para Cuba.

Una repentina propuesta de ir a Cuba

A fines de 1960, Quírico me mandó un cable y me dijo que nos veríamos en el aeropuerto de México porque él iba a tránsito para Cuba, pero quería hablar conmigo eso personalmente. Por eso pidió precisamente el tránsito por México, aunque no lo dejaron salir del aeropuerto.

Quírico regresó el 31 de diciembre de 1960. Cuando nos encontramos en el aeropuerto eran las 5 de la mañana, y recuerdo que me dijo: «Piki, ya vamos a solucionar nuestro problema. Me voy para Cuba y te voy a mandar a buscar inmediatamente, así que prepara tus cosas, y la niña, que vienes para Cuba. Ahora podremos vivir juntos.»

-Eso lo hablaron así, a las corridas, después de casi cuatro años sin verse…

Sí. Cuando yo llegué a mi casa y se lo planteé a mi mamá, ella puso el grito en el cielo y dijo que yo no podía agarrar para Cuba con la niña, porque se decía en el periódico que Fidel Castro separaba a los niños de la familia y los metía en un campo de concentración; que a las mujeres las ponían a engendrar hijos para el Estado (ríe), y que a los varones los ponían ya desde chiquitos, a ser soldados del ejército comunista…

Era una sarta de mentiras, pero entonces yo estaba en ascuas pensando: ¿ será o no será? Pero yo quería de cualquier manera solucionar mi problema moral. Esa era mi obsesión. Entonces yo le dije a mi mamá: pues yo me voy. «Déjame la niña, no te la lleves», decía mi madre. Pero yo le dije: ¿cómo te voy a dejar a mi hija, si por ella es que yo he luchado desde que este hombre se fue? Yo me la llevo, y si veo que Fidel Castro me la quiere quitar para ponerla a engendrar hijos, me voy a pedir ayuda a mi embajada… (reímos ambas).

VII. La estancia en Cuba revolucionaria

Llegué a Cuba el 5 de marzo de 1961; la niña tenía cuatro años. Oiga, Isabel, el cambio que yo empecé a notar entre Cuba y México, no tiene nombre. Cuba era un país totalmente diferente a México, un país donde a la mujer le dan otro trato, a los niños… bueno, aparte de que Cuba es bella, porque es un país muy bonito.

Y ahí empecé a captar lo que era comunismo y lo que era un país de consumo, como el mío. Pero lo empecé a captar yo sola. Porque mi esposo nunca me obligó, esa es la palabra, a que yo creyera en su doctrina comunista.

Yo no era política, pero yo fui captando, me fui dando cuenta. Mi esposo iba a hacer trabajos voluntarios; hizo varios con el Che Guevara. El aprendió muy bien el ruso y trabajaba como intérprete en las Líneas Mambisas. En ese entonces casi nadie sabía el ruso en Cuba, por lo tanto mi esposo que sí lo dominaba, era muy solicitado por dondequiera. A mi casa iban muchos compañeros soviéticos a hablar con él.

-¿Dónde vivían?

Llegué al Hotel Presidente y después pasé al Hotel Royal Palm, en la Calle San Rafael, Centro Habana. Allí pasé momentos como la quema del Encanto (4), que fue tremenda. Acordonaron la manzana, el calor del fuego llegaba hasta las habitaciones en que estábamos mi hija y yo encerradas. La reacción estaba muy fuerte, ponían bombas incendiarias por dondequiera, petardos… Los «gusanos» que luego se fueron a Miami hacían ese tipo de sabotajes. Luego del Encanto sabotearon un kinder (5), pero afortunadamente la bomba que habían puesto explotó media hora después de lo planificado. Si hubiera explotado según ellos la habían puesto, hubieran muerto todos los niños del kinder. Ejemplos como esos podría darle unos cuantos.

Pero bueno, poco a poco fui captando la diferencia tan grande que existía entre un país como el mío, donde la mujer vale menos que una cucaracha, y un país como Cuba, donde la mujer, la compañera, como ellos dicen, valía tanto.

Allí no había aquello de que yo voy a una maternidad muy elegante mientras que una obrera da malamente a luz en un centro materno donde ni siquiera la atienden. Ahí todo el pueblo íbamos parejo. En México, si usted no da un peso ni el médico la mira.

Estando en Cuba quedé embarazada de mi hijo Quírico que hoy tiene 35 años, ¡y qué trato! El trato que me dieron allá en la Maternidad de Línea, no tiene paralelo. Estaba muy bien atendida, con vitaminas para mi embarazo, medicinas para mis várices. Los médicos eran muy atentos.

Entonces, su segundo hijo nació en Cuba…

Yo hubiera querido que mi hijo naciera en Cuba, pero como mi esposo trabajaba todo el día, ¿quién me iba a cuidar a la niña? Ya Fidel había quitado el servicio doméstico, entonces yo opté por ir a tener el niño a México y que mi familia se hiciera cargo de la niña. Pero tan pronto nació el niño regresé a Cuba.

Entonces me atendieron los compañeros, hasta me mandaban a mi casa la Trabajadora Social y me daban regaladas 15 latas de leche para el bebé. Un día le dije a la compañera que no me diera tantas porque el niño estaba inapetente, que nada más me diera 10 y que se quedara con las otras 5 para aquellos chicos que les hiciera falta, y ella me dijo: «No compañera, su cuota son 15 y 15 se tiene usted que llevar; nosotras no nos podemos quedar con 5 latas. Porque, ¿qué alegamos que por qué nos quedamos con 5? Usted se las lleva y si no las ocupa el bebé, las guarda o se hace un dulce, pero a nosotros nos dan orden de entregar 15 y 15 entregamos.»

Recuerdo que un día no llevé a mi niño a la consulta, nada más le tocaba chequeo y pensé: bueno, voy mañana… ¡Qué va! Al otro día estaban tocando dos muchachas a la puerta de mi casa: «Queremos saber por qué no llevó al niño al chequeo.» ¿Cuándo van a hacer eso en México o en Santo Domingo? Jamás en la vida.

-¿Qué pasó con el miedo aquel sobre si a su hija la ponían a «tener hijos para el Estado»?

-Yo misma fui despertando y entendiendo lo que es el comunismo y lo que es el imperialismo. Y cada vez que yo oía al compañero Fidel Castro, realmente a mí se me llenaba el corazón de alegría. Con mi embarazo y todo yo me paraba tres y cuatro horas en la Plaza de la Revolución para oír a Fidel. Yo lo oía encantada de la vida porque me daba cuenta que en Cuba uno vale, la mujer vale, el niño vale, la anciana vale. En Cuba no necesitábamos dinero para nada, Cuba tenía otra vida, y actualmente, si no es por el bloqueo que le tienen los americanos, sería el mismo paraíso de América.

En Cuba tiene uno resuelta la escuela, la medicina; hay muchas cosas resueltas, otras están faltando ahora por el bloqueo de los americanos y de los gusanos, que ponen gran cantidad de dinero para tumbar a Fidel. Como dijo Celia Cruz6, que ella pone todo su dinero para hacer caer a Fidel Castro. Por eso a Celia Cruz no la oigo ni siquiera por radio, porque hace eso después de que el Partido Comunista de Cuba la hizo cantante. Porque fue el Partido Comunista quien la contrataba para cantar cuando ella no era nadie, no la Sonora Matancera, como ella dice. A esa mujer lo que le gusta es ese oropel, la peluca, los lujos. Siempre tiene mucho brillo en sus vestidos. Tiene un cerebro de guandul7 porque no se pone a pensar que mientras ella lleva todo ese oropel en sus vestidos, hay cantidad de gente que no come, no digamos en Cuba, vamos a hablar de Somalia. ¿Por qué todo lo que ella gasta en sus vestidos no lo pone en servicio de la población de Somalia? ¡A no!, quiere ver caído el régimen de Fidel para que vuelva a Cuba la misma corrupción de antes del 59.

-Por lo que veo, doña Piki, aprendió bastante de política…

-Mucho (ríe), al grado que ahora, yo ya no cambio un régimen de aquellos por uno de estos. Viví en Cuba cuatro años, cuando lo de Bahía de Cochinos también estuve ahí; fuimos para allá a ver los aviones derribados. Eso fue muy emotivo. Los cuatro años más maravillosos de mi vida los viví en Cuba, claro, iba a México cuando podía.

Al fin, ¡casamiento!

-Bueno doña Piki, ¿y que pasó con el casamiento que usted tanto anhelaba?

-Desde que llegué a La Habana estuve dando largas al asunto de casarme para ver quién era Fidel, si quitaba o no a los niños, y para ver también quién era Quírico como persona porque, realmente, yo no lo conocía en la intimidad.

Cuando partí para Cuba mi mamá me dijo: «No te vayas a casar, porque si te casas te van a quitar la niña. En cambio si no eres casada con nadie tú te metes en la embajada y no te pueden quitar la niña. Tú dices que es hija de padre desconocido. No vayas a cometer la burrada de casarte. Debes ir entreteniéndolo…»

Yo seguí sus consejos al principio y cuando él me planteaba: «Piki, vamos a casarnos.» Yo le contestaba: Sí, mañana. Sí, otro día. Y así lo entretenía. Cuando me convencí de que el régimen que imperaba en Cuba era tan precioso, y que mi esposo era todo un caballero, que era más grande de lo que yo había pensado, en lo moral, en lo político y en todo, decidí casarme con él. Un día le dije: Quírico, ya va a nacer el niño y pienso que debemos casarnos. Nos casamos el 28 de noviembre de 1961 en La Habana, Cuba. Yo tengo mi acta de casamiento. Faltaba un mes para el nacimiento del niño.

VIII. Volver a separarse

En Marzo del 61 habían matado a Trujillo, pero quedaba la reminiscencia de sus hijos Ramfis y Radamés, y todos los esbirros de Trujillo, matando a diestra y siniestra, sin ton ni son. En 1962, al poco tiempo de que regresara a Cuba con el niño, mi esposo me dijo: «Prepárate que nos vamos para Santo Domingo.» Le dije: pero, ¿por qué?, ¿por qué vamos a dejar todo esto? Y me contesto: «Pero es que ahora nosotros, los dominicanos, tenemos que hacer en Santo Domingo la misma lucha que hizo Fidel en Cuba. ¿No dices que te gusta tanto La Habana? Pues ahora a nosotros nos toca luchar allá…»

No pasaron muchos días en que me dijo: «No te puedo llevar, porque voy a entrar con nombre falso y mi hijo lleva mi mismo nombre.» Lo pensamos bien; yo me fui a México con mi madre y él regresó aquí, a Santo Domingo. Logró entrar, pero no se podía dar a conocer. Estuvo un tiempo tranquilo. Estaba en la clandestinidad con nombre supuesto, pero me escribía y me decía que tratara de ir arreglando mis cosas porque él me iba a mandar a buscar.

Me estuve un año allá en México y ya él me mandó los tickets del avión para que yo viniera para acá.

IX. El reencuentro, esta vez en la tierra de Quírico

-¿Cómo hizo para entrar a República Dominicana?

Yo vine en calidad de turista. Llegué aquí, a Santo Domingo, el día 27 de febrero de 1963, un día muy significativo porque justamente asumía el profesor Juan Bosch como Presidente de la República.

Me recuerdo que al llegar al aeropuerto vi cantidad de carros, movimientos, banderas, mucha música dominicana por donde quiera; había una algarabía tremenda y le digo a mi esposo: ¡Ay, qué lindo recibimiento me hicieron! Y dice él: «No; no es por ti -en tono jocoso-, es que hoy toma el poder el profesor Juan Bosch. Y digo: ¿el profesor qué…? -Dice: «Juan Bosch, que hoy toma el poder…» Ese día se abría la democracia en Santo Domingo así que, desde que llegué, nos pusimos a vivir juntos.

«Vengo ahora. no salgas»

Nos duró muy poco el gusto, porque el 25 de septiembre del año 1963, como a las 5 de la mañana, suena el teléfono y le dicen a mi esposo: «Quírico, sal de la casa inmediatamente que acaban de dar un Golpe de Estado contra Bosch y andan buscando a todos los que son contrarios trujillismo…»

El se fue de la casa y antes me dijo:» Vengo ahora. No salgas, enciérrate con los niños.» Tenía yo a Lupita de siete años y a Quírico que aun gateaba. Entonces yo me quedé en la casa, pero él y no volvió en mucho tiempo.

-¿En que casa vivían?

-La primera casa que tuvimos se la prestó un compañero muy amable que murió muy joven, llamado Luis Risk. Era un amigo de mi esposo y como él no tenía medios económicos para alquilarme una casa, Luis le prestó una que él tenía. Estaba en la calle Sábana Larga número 28. Allí viví muy feliz.

Luego del Golpe de Estado el dueño me pide la casa porque él también estaba perseguido. Pero, ¿dónde iba yo con mis hijos? Me quedé allí.

-¿Todavía no sabía nada del paradero de su marido?

-Yo tenía noticias, pero hablábamos solamente por teléfono Quírico se comunicaba conmigo, y me decía que no dijera nombre, porque podían rastrear la llamada. Entonces él sin dar nombre, decía: «¿Cómo estás?, ¿cómo te va?» Me hacía llegar dinero con algún compañero o yo le mandaba ropa hasta con la persona que me ayudaba a limpiar el jardín, pero nunca lo volví a ver en medio de eso.

Dígame doña Piki, ¿las fuerzas trujillistas nunca fueron a buscar a su esposo?, ¿no le amenazaron?

-A mí me hacían allanamientos cada 5 minutos, por decirlo de alguna manera. Porque mi esposo era una figura muy reconocida en este país, un luchador antitrujillista reconocido y querían saber donde estaba. En los allanamiento me levantaban la cuna de la niña, revisaban hasta abajo del colchón. Yo les decía: Yo no voy a tener un arma ahí, sería una inconsecuencia, ni las conozco tampoco . Y me contestaban: «Bueno Doña, esa cuestión a usted. no le importa.» Y me tiraban todo para el suelo. Salían al patio donde había matas grandes de coco y algunos arbustos grandes, altos y buscaban allá arriba en las ramas, a ver si él estaba.

Una noche, ya cerca del amanecer, vino a mi casa un militar muy terrible, sanguinario, malcriado, que se llamaba Belisario Peguero, venía con tres y todos estaban tomados, se tambaleaban y exhibían la pistola en la cintura. Yo estaba sola con mis dos niños chiquitos y estaba embarazada de mi hija Tamara, y tenía una barriga excesivamente grande porque ya estaba cerca de los 9 meses. Y Belisario Peguero me dijo: «Mire Doña, o me dice dónde está su marido o ahora mismo me la llevo al destacamento y le saco el muchacho a patadas.»

Yo me aterré, porque ellos cumplían sus amenazas. Yo ya sabía lo que era la dictadura aunque nunca la viví, porque mi esposo me enseñó lo que era la dictadura y, además, yo leía libros donde había fotografías terribles de los tormentos que les hacían a los presos. Entonces se me prende el bombillo quiere decir que me dio la idea-, e inmediatamente le dije a Belisario Peguero: mire, yo le voy a decir una cosa que no me había atrevido a decírsela a nadie, pero a usted se la voy a decir: estoy cansada de mi maldito marido. Lo tengo aburrido, le dije; no lo soporto. Es un desgraciado. Porque por andar de politiquero mire en qué estado me tiene. Yo no tengo necesidad, porque él debería dedicarse más a su familia que a la política. Me trae a un país donde yo no conozco a nadie y ahora por andar de politiquero me deja a mí sola con esos dos niños y un embarazo.

«Y entonces Doña, me contesta él tambaleándose todo, ¿quién la mantiene?» Le dije: Yo vivo de esta señora que me da cosas, de mi cuñada; vivo de la caridad pública. Estoy harta de la politiquería de él. Y me pregunta: «¿Y entonces por qué no se va para México?» Le contesté: Porque mi mamá es de situación económica muy pobre y yo no tengo por qué llegarle con otro muchacho. Yo voy a esperar a tener este aquí y se lo dejo a mi cuñada. Yo no puedo llegar con tres muchachos a México, además tengo que esperar que ella junte para el pasaje y me mande a buscar. Es más, le dije, yo le voy a agradecer que si usted encuentra al desgraciado de mi marido, me lo traiga para darle una bofetada, porque tengo deseos de darle una bofetada por ser tan desgraciado.

El hombre se tragó el gancho (ríe), se despidió y me dice: «Doña, no se preocupe -todo borracho-, si yo encuentro a su marido le juro que se lo traigo para que le dé la bofetada. Cuente con nosotros en todo.» (Risas). Muchas gracias, le dije, y me quedé temblando, pero feliz porque el desgraciado se tragó el gancho.

Le tuve que decir así de mi esposo, porque si yo me quedaba callada, ellos iban a pensar que yo sabía donde se encontraba, y yo no podía de ninguna manera exponer a un hombre tan querido para mí, a un hombre que fue tan bueno.

Porque vuelvo y lo repito: Quírico Valdez era un hombre excepcional fue una columna en este país. Yo no podía defenderlo aquella vez porque si lo defendía, me llevaban al destacamento para que dijera donde estaba que yo no lo sabía , y eran capaces de torturarme, de sacarme a la niña a patadas y podía perder la vida mi hija y yo. De la otra manera, echando esa mentira -y Dios bien sabe que fue una mentira y por eso me perdona-, pude salvar a mi esposo.

El seguía en la clandestinidad, pero llamaba a diario por teléfono porque sabía que en el mes de enero, cualquier día iba a dar a luz y cuando llamó el 28 de enero, la muchacha a quien yo había adiestrado para que no dijera nombres, le dice: «Ya doña Piki se fue a la clínica.» Entonces mi esposo fue a la clínica y allá nos juntamos.

Era el primer hijo que nacía en la presencia de él, y me recuerdo que estaba verde, pálido, a tal punto que le pregunta el doctor: «¿Cuál de los dos va a dar a luz?» (ríe). Porque él estaba muy nervioso y, sin embargo, yo estaba muy fresca, como la lechuga; yo ya había tenido dos niños, me dolía, pero era una cosa normal; para mí no era un camino nuevo. Pero él sí estaba muy nervioso.

Nació una niña y le dije: Quírico, tuvimos otra niña, ahora te toca a ti ponerle el nombre. Y me dijo: «Bueno, se va a llamar Tamara, como mi maestra de Filosofía en la Unión Soviética.» Le digo: ¿Será tu amiga o será algo más? Dice: «No chica, la profesora Tamara es una señora de 80 años».

Como no podía estar entrando y saliendo, el doctor, que sabía su situación política, le dijo: «Quírico, no te vayas. Yo te voy a poner una camita, y aquí es difícil que vengan a allanar porque todos son enfermos.» (Ríe) Entonces ahí le puso una cama y estuvimos juntos los tres días que me tocó estar en la clínica. El cargaba la niña, la besaba…

Cuando salgo de la clínica, como el dueño seguía insistiendo en pedirme la casa, una amiga mía me consiguió una, allí mismo, pero en la calle que ahora se llama Avenida Venezuela. Quírico me llama y cuando le planteo lo de la casa, me dice: «Chica, cámbiate, pero si quieres vivir conmigo no le des a nadie la dirección, ¡A nadie, pero a nadie!

El me mandó a un amigo que en un solo viaje me cambió de casa porque yo no tenía casi nada, ¿qué iba yo a tener? Y entonces, cuando vinieron a ver los vecinos, ya me había cambiado.

En aquella casa volvimos a vivir juntos. Yo estaba feliz porque nos habíamos vuelto a reunir. Allí nadie sabía el nombre de mi esposo, ya no se llamaba Quírico, sino Antonio. Se le cambió el nombre por la política. Y yo no me acostumbraba a decirle Antonio, pero al final tuve que habituarme a vivir con otro señor (ríe), ya no se llamaba Quírico. A mí misma me costaba trabajo. El me decía: «Chica, que no me digas Quírico. Yo soy Antonio, acuérdate. Soy Antonio.» Y echábamos mucho relajo con eso.

Pero me duró poco el gusto. Todo era tranquilidad, todo era belleza y salgo embarazada por cuarta vez. El se enoja porque me dice que un embarazo tras de otro no puede ser, por su situación política, y yo le dije: bueno, a mí no me regañes porque tanto peca el que mata la vaca como el que le amarra la pata. Yo soy responsable, pero tú también.

El embarazo siguió para adelante y el 15 de marzo de 1965 nació otra niña a la que llamamos Zureyka. Y yo encantada, feliz, muy contenta de la vida… Cuando habían pasado exactamente los 40 días, la clásica cuarentena, a la una de la tarde -me recuerdo como si fuera ayer , suena el teléfono y yo nomás oigo que mi esposo dice: «Si, ¿pero cómo?, ¡qué barbaridad!. Espérame, voy para allá.»

Y le digo yo: ¿Quírico, qué pasa ahora? Dice, «Chica, espérate, no salgas hoy; cierra la puerta y no salgas. Yo regreso ahora.» Y se fue, y otra vez, en mucho tiempo no regresó.

La guerra del 65

-¿Qué ocurrió esa vez?

Se había declarado la guerra, el 24 de abril de 1965, a la una de la tarde más o menos, cuando nos hablaron; una guerra fratricida, tremenda. Aquí estaba gobernando el Triunvirato, Emilio de Los Santos. La gente peleaba para que volviera la democracia, para que volviera el profesor Bosch. Y esa fue la causa de la guerra.

Cuando mi esposo salió de la casa, yo no supe para donde fue.

-Se le repetía la historia.

-Sí. A los pocos días me vinieron a decir que él se encontraba luchando en un comando. La ciudad se dividió en dos a partir del puente Duarte. Hacia el aeropuerto estaban las Fuerzas del CEFA, el Ejército. Y del puente para acá se ubicaba la zona constitucionalista que comandaba el Coronel Caamaño, que luchaba para que la democracia volviera a su puesto.

Aquí, de este lado, estaban todas las clase del pueblo. Porque la gente pobre estaba harta de las dictaduras y de las porquerías de los esbirros. Y también hubo pintores, escritores; todos estaban de este lado. Recuerdo también a unos cuantos coroneles, que eran gente buena, como el Coronel Caamaño, el Coronel Domínguez, todos muy preparados. Y estaban también los de la izquierda claro, porque estaban ayudando a instaurar una democracia. No es que el movimiento fuera comunista como dijeron; eso fue una burda mentira. Entre todos se aunaron para volver a la democracia.

Pero no se pudo, porque el 28 de abril, nos despertamos con la novedad de que habían desembarcado 42 mil efectivos de los Marines norteamericanos. Imagínese eso en un país como este. Trajeron un armamento enorme y, en poco tiempo, aplastaron el movimiento como si hubiera sido una cucaracha. Trajeron tanques, barcos de guerra, cañones de largo alcance y todo lo transportaban los helicópteros.

Yo me quedé muy impresionada. No sabía que un helicóptero tenía la fuerza tan tremenda para coger, como una especie de grúa, un tanque, por ejemplo, levantado, transportado y dejado en un parque; cogía un cañón y lo ponía en otro lugar. Yo vi transportar en el aire los tanques, los cañones… Por dondequiera había efectivos norteamericanos.

Al movimiento lo aplastaron de un modo muy bajo. Estados unidos se portó… ya usted sabe… Porque Estados Unidos ha sido el país que se ha caracterizado, según dicen sus gobernantes, por ir «a ayudar». Pero, ¿a qué ayuda? Ayuda a sumir el país en la miseria, en la represión porque mire el atraso en que estamos todavía.

Con todo eso, el movimiento insurreccional estaba literalmente terminado. Caamaño, que no iba a sacrificar al pueblo entero, cuando vio que no se podía, firmó un acuerdo y salió de la zona constitucionalista. Entonces se puso a Balaguer como Presidente.

En aquel momento teníamos aquí a la Fuerza Interamericana de Paz, vaya nombre, y donde quiera, en todos los edificios de esta zona, había soldados nicaragüenses, brasileños, guatemaltecos; una cantidad de marines que vinieron «a cuidar» a los esbirros aunque, en realidad, su misión era impedir que surgiera otro movimiento insurreccional. Tenían armas largas y ocuparon las azoteas de las casas, para desde allí, con los francotiradores, aplastar cualquier movimiento. No es que usted los dejara entrar; ellos entraban y ocupaban la azotea y ya. Y allí arriba tenían casas de campaña, hacían de todo, porque les era más fácil tirar desde arriba que de abajo.

-Prácticamente invadieron las viviendas y se instalaron…

-Ellos tocaban, entraban, y se asentaban en su azotea.

¿Estuvieron en su casa?

-¡Claro! Aquí, en este edificio, yo tuve la Fuerza Interamericana de Paz. Allí, por el patio, bajaban los soldados nicaragüenses, los brasileños, todo tipo de gente. Un día uno me pidió agua y le dije: aquí yo no tengo agua, yo no le di. No me dio gana de darle agua a un soldado que por su culpa yo no tenía marido, porque mi marido estaba en el comando, y todavía ellos estaban replegados.

En una ocasión, el hijo mío, que era chiquito, quiso ir a ver lo que era un radio con control remoto porque le causó al niño rareza ver un radio así y cuando lo fue a coger, le dije: ¡Quírico, métete, entra! Y dice un soldado nicaragüense: «Doña, como dijo Jesucristo: dejad que los niños se acerquen a mí.» Le dije: Pero usted no es Jesucristo, ni tengo por qué dejar acercar ahí a mi hijo. Y lo metí violentamente para adentro.

Yo no los podía ver ni en pintura. No los puedo ver. Nunca he sido política, pero hay cosas que duelen. Porque ellos no tenían que venir a pisotear el suelo dominicano. Cada país debe ser libre para seguir su autodeterminación.

En ese aspecto la política de México es muy buena porque defiende la autodeterminación. Uno no se puede ir a inmiscuir en otros países; es el pueblo mismo que se tiene que sacudir sus dictaduras si no las quiere, ¿usted me entiende?

La guerra se terminó cuando se firmó el acuerdo entre Caamaño y las fuerzas de paz… Caamaño salió del país, todo fue una depresión. El pueblo entero se veía deprimido porque ya se veía ganar, se veía que se había ganado, y al otro día los EEUU mandan 42 mil efectivos.

El pueblo entró en una depresión y en una tristeza pero, ¡muy grande! Aquí hubo mucha gente que hasta se suicidó; mucha gente que se moría hasta del corazón de ver el movimiento aplastado como una cucaracha. El pueblo estaba impotente ante una fechoría de esa magnitud.

-¿Hasta cuando permaneció aquí la Fuerza Interamericana de Paz?

-Llevaron aquí como tres meses, hasta que se pidió que también se largaran ellos, todos esos esbirros: nicaragüenses, panameños…

-¿Entonces volvió su esposo?

-Sí. Ya volvió a la normalidad. A partir de allí seguimos ya tranquilos. Mi esposo tuvo que poner un pequeño negocio, que se lo puso un primo, para poder subsistir.

Una anécdota de la guerra

Durante la guerra bajé a ver al médico porque me había salido pus en un dedo y ya me iba cundiendo para arriba, para el codo y no aguantaba el dolor en el brazo. Entonces me encuentro con una calié (quiere decir que habla, una infiltrada), y cuando ella me ve, me dice: «Doña Piki, ¿qué hace usted por aquí?» Yo le contesté: Bueno, yo tengo razón para estar aquí puesto que mi esposo está en un comando, pero ahora dime: ¿tú qué haces aquí? porque tengo entendido que tu familia es militar, tú no tienes nada que venir a buscar a esta zona. «Yo vine aquí a dar una vuelta a ver si algo se ofrece,» me dijo. Y digo: ¿Y de tus manos se va a ofrecer algo?

Caminé y como me dio mucho coraje, pensé: Bueno, ¿y yo por qué de idiota me dejo?, esta no tiene nada que hacer aquí. Entonces me acerqué una barricada y le digo a Alfredito, un muchacho que conocía: Mire, Alfredito, esa que va ahí del vestido rojo es calié, se lo aseguro yo, agárrenla y pregúntenle qué es lo que está haciendo aquí.

Y fueron y la detuvieron para que dijera por qué había venido a esta zona. Y dijo cosas insospechadas: que su mamá tenía un amante militar que la mandaba a averiguar. ¡La misma madre la mandaba a ella averiguar cosas de los constitucionalistas!

Estuvo tres días en el comando, cuando salió la mamá se enojó, pero no podía gritarlo mucho puesto que ella era amante del militar. Fueron a mi casa, me amenazaron con un machete y me dijeron: «Perra mexicana, voy a hacer que la deporten!» Y yo le contesté: ¿Sí? Pues me vas a hacer un gran favor, porque así me voy a mi país sin pagar pasaje. Yo no sabía que estaba hablando con la Ministro de Gobernación, usted no tiene calidad para deportarme. ¡Váyase al carajo!, le dije en un momento de rabia.

Al otro día amaneció el Radio San Isidro, que era el que estaba emitiendo las noticias del lado de los del CEFA, diciendo: «La mexicana Valdez, se ha dado a la tarea de fusilar 12 dominicanos en el patio de su casa.» La madre de aquella muchacha, como era amante del militar, mandó a decir eso, y cada media hora pasaban el boletín. Todo el mundo empezó a alarmarse con esa noticia porque los constitucionalistas también oían la estación para enterarse, y le dijeron a mi esposo que había que sacarme de allí inmediatamente. Y no estaban muy equivocados porque una mujer que le llamaban La Negra, cuando se enteró de todo eso vino y me dijo: «A usted le vamos a quemar la casa con todo y sus muchachos. Porque usted siempre decía que su esposo no estaba y resulta que es un maldito comunista que está allá abajo.» Yo le dije a la mujer: Sepa que las mexicanas tenemos un puñal debajo de las faldas. A mí no me va a amenazar y ni me va a amedrentar. Yo vine a este país porque mi esposo es dominicano y él estaba exiliado allá. Así es que a mí no me amenace.

Sabiendo eso los compañeros empezaron a decir: «Es un peligro; le pueden hasta volar la casa; hay que sacarla de allí.» Entonces me sacaron y me trajeron a esta casa donde hoy vivo en calidad de cuidadora. Esta casa, por coincidencia, era de la mamá de Caamaño. Aquí vivía un inquilino que se había ido huyéndole a la guerra y dejó esta casa cerrada. La suegra de él dijo: Ella puede usarlo todo menos dos cuartos donde están guardados cosas de mucho valor.

Así vine a ocupar esta casa en calidad de cuidadora, en agosto del 65. Cuando pasó todo, el hombre volvió y me dijo que no tenía interés en seguir viviendo aquí porque este país -palabras textuales- ya se había jodido, y que él se largaba.

Como Quírico trabajaba con Caamaño constantemente, yo le dije: dile a Caamaño que nos saque el contrato, porque el señor se va. Y así se lo dijo a Caamaño: «Estamos ocupando una casa de tu mamá.» Y él le contestó con unas palabras proféticas: «Hombre, tú no necesitas contrato. Esa casa ya es tuya.» Profética la palabra, porque es mía, efectivamente, ahora.

-¿Ustedes la compraron?

-Mire Isabel, Quírico no iba a permitir que le dieran nada. Mi esposo nunca se aprovechó de nada. Mi esposo nunca recibió prebendas de nadie. Nunca. Jamás. Ni siquiera un guandul (8) aceptó nunca de nadie. Lo que pasa es que Caamaño dijo: «No necesitas contrato,» como diciendo: de allí nadie te va a botar.

Pero yo le dije a mi esposo: No, Quírico, lo que habla para la justicia es el papel. Yo voy a sacar mi contrato, porque si no tienes un contrato cualquier abogado te saca para afuera.

Entonces me puse al habla con la señora y le pregunté que si me alquilaba el departamento. Me dijo que sí, que me lo alquilaba sin inconvenientes, que bastaba con que mi esposo estuviera con su hijo en el comando para conocernos. Me pidió que fuera al banco porque la casa estaba manejada a través de una financiera y entonces yo fui y saqué mi contrato debidamente que ahí lo tengo , y pagaba 70 pesos de renta y 3 de agua. Y así duramos muchos años hasta que después entró el Presidente Balaguer e hizo una reforma sobre la vivienda y el alquiler de esta casa quedó en 40 pesos, porque estaba valorada muy por debajo de su valor… Entonces yo seguí viviendo aquí, pagando 40 pesos de renta como por 10 años, hasta que la señora decidió vender la casa y yo la adquirí por 14 mil pesos.

Luego de tantos saltos, la vida de nosotros fue desarrollándose normalmente, sin altibajos. Balaguer estuvo en el poder durante tres períodos consecutivos. Después vino el PRD9 y después volvió Balaguer al poder hasta hoy [1995].

En el año 89 mi esposo comenzó a sentirse enfermo. Se descubrió una bolita en el lado derecho del tórax. Yo me alarmé porque él me dijo: «Ven, Piki, siéntate, tengo aquí algo duro.» Cuando yo lo palpé le noté una protuberancia bastante grande, como una pelota de golf, pero me hice la que no veía ni sentía nada y le dije: yo no te noto nada, pero espérate que venga Onofre10, que él como médico te puede decir. Sin decir nada vine aquí atrás llorar porque sí le notaba la pelota.

Cuando vino Onofre le dije: Cuando usted pueda ausculte a Quírico, del lado derecho se le nota una pelota. Mire a ver qué es lo que es, pero no le diga nada, me lo dice a mí.

Cuando Onofre lo auscultó, me dijo: «Ay, doña Piki, se le nota una tumoración. Hay que llevarlo a hacer una tomografía.» Y se le llevó a donde un médico del PLD11, porque mi esposo ya había ingresado al PLD; Llegó a ser miembro del Comité Central.

X. Juntos a Moscú

Por esa misma fecha él se ganó un boleto para Moscú. Estaba contento y eufórico por volver a Moscú, y cuando yo le dije: Quírico, vamos a verte eso de la bolita aquí, me contestó: «Eso allá en la Unión Soviética me lo ven los compañeros, porque nos vamos.» Y nos fuimos a la Unión Soviética el 15 de septiembre de 1989. Cogimos el avión de aquí a Nicaragua, a Panamá, a Cuba y de ahí a Moscú. Ese fue el itinerario.

Cuando llegamos a Moscú nos recibieron muy bien, en una limosina, con intérprete, y nos llevaron al hotel Sputnik. Al llegar allá nos hicieron los exámenes de rigor -porque se les hacía exámenes a todos los extranjeros, y más en esa época con el SIDA , y cuando llegaron a la bolita, mi esposo que dominaba el ruso, le explicó y lo mandaron a la Clínica de Extranjeros. Allí le hicieron unos exámenes muy exhaustivos y se llegó a la conclusión de que él tenía un tumor. Pero la doctora Svetlana, recuerdo que se llamaba así, le dijo al intérprete que mi esposo no tenía nada, que lo que mi esposo tenía era un cardenal, lo que se llama aquí en América Latina, un chichón. Ese cuento yo no me lo tragué y le dije a mi esposo: Eso de que tú tienes, entre comillas, un chichón, no me convence. Pero él dijo: «Piki, ellos son médicos, ellos saben.»

Al regreso de la Unión Soviética estuvimos en Cuba, en casa de mi amiga Gloria Blanco, una cubana que yo quiero mucho, que es como una hermana para mi y yo le decía: Mira, Gloria, yo no me trago el cuento de que mi esposo tiene un chichón.

Al final se trató en el Hospital Hermanos Ameijeiras; lo atendieron de maravillas y logró vivir un tiempo. Falleció aquí, en la casa, la noche del 30 de agosto de 1991.

Cuando ya se puso muy mal, vinieron unos periodistas y le hicieron un reportaje. Entre las cosas que le preguntaron hubo temas sobre su exilio. Me recuerdo que uno le preguntó cuál fue el logro político más grande de todos sus años de lucha, y el le contestó: «¿Mi mayor logro político?, haber encontrado a Piki.»

1. Militante sindical y político dominicano. A los 17 años, ingresó a trabajar en una fábrica de zapatos e inmediatamente formó parte del sindicato. En 1944, junto a un grupo de compañeros, forma el Partido Comunista. Luego de la división de éste integra el Partido Socialista Popular. Perseguido por la dictadura de Trujillo, salió al exilio por muchos años. Regresó en 1962. En 1983, junto al conjunto del PSP, pasa a integrar las filas del Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Es miembro de su Comité Central y de la Secretaría de Asuntos Obreros del partido. Fue Regidor en Santo Domingo, por el PLD, desde 1986 hasta su muerte, en 1991.

2. Mantenidos.

3. Representación, teatro.

4. Tienda por departamentos que fue incendiada por elementos contrarrevolucionarios cubanos el 13 de Abril de 1960. En el intento por sofocar las llamas murió la trabajadora Fé del Valle.

5. Círculo Infantil, pre escolar.

6. Cantante de origen cubano residente en EEUU desde los primeros años de la Revolución.

7. Grano comestible similar a la arbeja, al chícharo.

8. Tipo de grano alimenticio similar a una arveja.

9. Partido Revolucionario Dominicano.

10. Onofre Rojas, médico y esposo de Guadalupe. Yerno de Don Quírico y Doña Piki.

11. Partido de la Liberación Dominicana.

PRESENTACIÓN

Lucía San Pedro [doña Piki] es una distinguida compañera mexicana, muy mexicana, pese a que vive en República Dominicana desde hace 34 años. Ha sido siempre ama de casa y, sin embargo, tiene una vida muy ligada al acontecer político del pueblo dominicano.

Cuando le hice esta entrevista tenía 68 años. Nació en México, Distrito Federal, el 13 de diciembre de 1929. Su padre era un industrial de origen español de clase media alta, muy acreditado en México, y su mamá, una mexicana de origen humilde, muy bondadosa. Entre los 14 hermanos de los cuales viven 8 , doña Piki es la única que ha salido a vivir fuera de México. Porque como ella misma dice: Mi caso fue diferente, luego que conocí allá por el año 55, a quien sería mi compañero: Nicolás (Antonio) Quírico Valdez.1

Con estudios primarios completos, una indiscutible capacidad para continuar estudiando y posibilidades para hacerlo, Lucía San Pedro, sin embargo, no se dedicó a ello. Yo estaba un poco enferma de bocio tóxico me aclara cuando le pregunté sobre esto , y los doctores no querían que me esforzara en el estudio porque tenía mucha taquicardia, mucho temblor de mano. Ya me habían operado dos veces de bocio y entonces aconsejaron que no me esforzara mucho. Mi papá me decía que yo hiciera lo que quisiera. Hice un año de comercio; sé escribir a máquina bien, con rapidez, pero nada más fueron esos estudios.

Cuando la conocí en su casa, en el año 1991, su fuerte personalidad denunciaba una mujer cuya vida había sido intensa. Me impresionó de inmediato.

Ágil, enérgica, simpática, atenta, solidaria y conversadora, tenía todas las cualidades para que me sintiera muy bien en su compañía, y las huellas del tiempo se borraran al paso de su conversación.

Cuando la fui tratando, su historia personal y familiar me fue atrayendo cada vez más. Porque más allá de la simpatía personal, su experiencia de vida podría pasar a ser un «caso» en los estudios de vidas de mujeres que yo estaba iniciando.

En 1992, habiendo madurado la idea, profundizado más en el conocimiento de su vida y depurado mi proyecto de investigación, me decidí a proponerle a doña Piki participar de este proyecto aportando su experiencia como mujer cuya vida está marcada por la entrega a una causa política, aunque sea de modo indirecto, a través de su esposo.

Precisamente fue esto lo que me decidió a incluir su testimonio de ama de casa, en un caso como ese, fue una de las tareas más políticas que Lucía San Pedro pudo asumir en su época.

Alguien podría pensar que, como feminista, por principio, no debería reivindicar estas experiencias. Pero no se trata de eso; no es reivindicar o no, sino rescatar la vida de esta mujer (y la de otras tantas como ella) que ha sacrificado muchas aristas de su ser mujer, de su ser humana, en aras de ayudar a las actividades de su esposo. Por otro lado, creo que su vida familiar es un ejemplo vivo e incuestionable de como el mundo de lo privado, la familia, es soporte vía el sacrificio de la mujer de la vida del mundo público, especialmente, el político, y de los hombres que en él se desenvuelven y se desarrollan.

Testimonio de una época, la vida de esta mujer, las peripecias por las que ha pasado en distintos momentos traídas al presente mediante sus recuerdos, evocan, más de una vez, los de otros o aportan vivencias sobre determinados procesos históricos, que resultan enriquecidos para quienes no vivimos directamente esos momentos.

Lucía San Pedro tuvo cuatro hijos, tres mujeres: Guadalupe, Tamara y Zureyka, y un varón: Quírico. Tiene siete nietos. Con un estado de ánimo en alza, rebozante de vitalidad, Doña Piki no se arrepiente de nada de lo vivido y confiesa orgullosa que si tuviera que volver a empezar, pasaría por el mismo camino.


Así vivió y así murió, en Santo Domingo, el 11 de noviembre de 2003, luego de varios años de lucha incansable contra un cáncer, tiempo durante el cuál no perdió su alegría ni su preocupación por tratar de aliviar la vida diaria de todos sus allegados.

A ella, nuestro homenaje.


** *** **

I. Su intervención política

-Aunque usted no haya intervenido directamente en política, ha apoyado el desarrollo político de otro hombre, al no ponerse en contra de su actividad, al no separarse, al criar los hijos prácticamente sola. O sea que, de ese modo, doña Piki, usted ha incursionado mucho en política. Y lo sigue haciendo ahora, por ejemplo, cuando apoya las actividades de sus hijos al cuidar de sus nietos…

-Pienso que sí. A veces lo decía: cuando yo me muera me van a hacer un monumento en Santo Domingo, porque mire que venir a pasar tanta miseria y tanta pobreza teniendo en mi casa un medio de vida. Mi mamá me lo advirtió: «¿Para qué te casas con un extranjero habiendo aquí tantos mexicanos?» Pero usted sabe que el corazón no tiene pasaportes ni fronteras; a mí me gustó Quírico Valdez y yo no vi más allá de mis narices.

Para haber asimilado y superado tantas situaciones difíciles, difíciles aun para alguien que tenga una conciencia política desarrollada, usted tuvo que haber llegado a comprender y apoyar en el sentido de compartir la causa por la que luchaba su esposo…

-Sí. Quírico Valdez a mí me enseñó a ver los pro y los contra de lo que es la política. Usted ve esos países que se llevan por esos presidentes que nada más entran a los gobiernos a robar… Uno se da cuenta que no es fácil la vida, porque aunque uno tenga solo un pan que desayunar no se queda tranquilo del dolor de saber que haya otra gente que ni siquiera puede prender el fogón porque no tiene qué desayunar.

Quírico Valdez me ha hecho valorizar la vida en una forma tal que aunque yo me hubiese divorciado de él, no volvería un paso atrás, no dejaría de ver tanta injusticia en la vida. Quírico Valdez me dio escuela, me enseñó qué es la miseria humana, a darle un valor a la vida. No puede ser que poca gente tenga de mucho y la inmensa mayoría nada.

En mi casa paterna hubo, pero ese es un pasado que ya no existe. Yo cuento con lo que traigo puesto ahora. Quírico Valdez y yo vivimos una vida muy normal, no le voy a decir que de maravillas porque siempre teníamos bastantes problemas, pero era una vida normal.

¿No le dieron ganas de volver a México ante tantos problemas al verse tan sola con los chicos?

-No, porque yo no iba a dejar a un compañero de la talla de Quírico Valdez. Porque el lugar de una mujer es estar al lado de su esposo y no estorbarlo.

-En casos como el de ustedes, suele ocurrir que por las exigencias de la vida política del hombre, se presenten contradicciones como pareja, ¿no atravesaron ustedes momentos similares?

-A veces él por la política me dejaba vestida y arreglada. Me prometía llevarme al cine y cuando llegaba decía: «Chica, a mí se me había pasado que tengo una reunión a las 8.» Y yo estaba vestida y maquillada…

-¿Usted no se enojaba?

-No, ¿qué iba yo a hacer?. Porque la política es más importante que el cine: al cine puede uno ir mañana y la reunión era ya hoy. ¿Para qué me iba a enojar? Para estar viviendo engurruñada al lado de un hombre? No.

Una vez sí me enojé muy fuerte con él. Me había dicho:» Mañana no hagas comida que vamos a llevar a los niños al Mirador del Sur.» Y ya estaba yo muy arreglada, muy puesta, cuando tocan la puerta. Era un hombre bajito y me dice en tono muy bajo: «¿Está Quírico?» Y yo de idiota lo llamo: Quírico, te llaman, pensando que estaba pasando algo en política, y los oí cuchichear. Le digo a mi esposo: ¿Qué quiere Marcelino? «Me está diciendo que juguemos una mano de ajedrez y me da pena con el hombre que vino desde lejos. Vamos a dejar lo del Mirador para mañana,» me dijo. Pero le dije: No. Los niños ya están arreglados, yo no he hecho comida, son las diez y media de la mañana y tú me dijiste que íbamos por ahí a comer. «Me da pena con Marcelino, quítale la ropa a los niños y lo dejamos para otro día,» insistió. Le dije que yo era su compañera de la cama y la madre de sus hijos, y que si él me dejaba a mí por un tal Marcelino, que se quedara con Marcelino, que se acostara con Marcelino y que Marcelino le hiciera la comida.

De la rabia estaba dispuesta a irme para México, pero la que me quitó la idea fue una amiga mía que y me dijo: «Tú no puedes dejar tu casa por un idiota cualquiera que llegó a importunar.» Ese día sí no lo olvido. Yo lloré mucho, mucho, por esa acción de él.

Mucha gente me aconsejaban que lo dejara y yo les decía: No; un momento, yo no voy hacer como esas viejas locas que tienen un hijo de un hombre y otro de otro, y luego hablan éste es de mi primer matrimonio, éste de otro; no. Hombres se encuentran a la vuelta de la esquina los que uno quiera, y más entonces, cuando era joven y era más o menos bonita. Porque todo en la vida tiene su depreciación -le estoy hablando de 30 o 35 años atrás-; yo era bonita, muy bien vestida me veía bien entonces, claro: «¿Por qué no lo dejas?» Y yo decía: Hombres encuentro, pero padre de mi hijo solamente hay uno. Y eso me hacía estar unida a él.

¿Qué podía hacer yo a México con 4 muchachos? Mi familia es de clase media alta, pero, qué pasa, en la vida todo da vueltas, no hay que ver qué usted tenía, sino qué tiene usted ahora. Y yo estaba casada con un político que no tenía un centavo. Entonces, si yo arranco con cuatro muchachos a México, ¿Cómo iba a mantenerlos sin tener ni un diploma para defenderme?

Si yo arrancaba a México con mis hijos, mis hijos allá iban a ser arrimados2 en mi propia casa paterna. Y ya me había pasado con Lupe, cuando decían: «Ay, que Lupita no me toque el piano con las manos llenas de dulce; que no me coja mis muñecas; que no se me suba a la cama con los zapatos sucios…»

No es lo mismo que cuando uno vive en su casa. Por pobre que sea, mis hijos aquí son reyes. Porque aquí no hay quien le diga: «Apaga la tele; quítate de ahí; no comas eso…» Allá hay que estar pidiendo un permiso: ¿Puedo prender la tele? ¿Abuelita, me dejas ver eso? Aquí no. Esta es su casa, ellos brincan, saltan.

«Nunca se me cerró el mundo»

A veces no había ni para comer, pero yo iba al colmado -aquí se llaman colmados las tiendas pequeñas de comestibles-, y lo que hacía era que pedía varias cosas para varios días, y entonces yo le decía al señor muy amable: luego le traigo el dinero, porque mi esposo anda cambiando el cheque. Pero mentira, ¿cuál cheque?, nunca en la vida tuvimos un cheque en nuestras manos. Yo lo decía para que no se diera cuenta que era una mujer sin recursos, porque si ve que no tengo recursos no me fía, pensando: ¿esta de dónde me va a pagar, si no tiene?

Después de que yo pedía lo que tenía que pedir para que mis hijos no pasaran hambre, yo salía a vender entre el vecindario una pulsa de plata, alguna cosita, mexicana: ¡Ay, cómpreme esto, alguna cosita, un florero! Y entonces de lo que vendía, cogía iba y pagaba la tienda para tener siempre el crédito abierto. Por eso cuando iba a México traía cosas de valor, porque en un momento de apuro podían sacarme de una necesidad.

A veces él me preguntaba:» ¿Chica, de dónde hiciste esto? Y yo le decía: Vendí esto, pagué lo otro. «No te estés deshaciendo de tus cosas», me decía entonces. Yo no le exigí nunca nada. A mí me gustó Quírico Valdez y lo acepté como era.

Por otro lado, mi esposo lleno de dolor, le planteaba las cosas a los compañeros y a veces ellos me llevaban 5 ó 10 pesos, y tan pronto llegaban a mi mano yo corría al colmado, porque a mí me interesaba tener el colmado al día para que no se me cerrara el crédito. Y así, a mí nunca se me cerró el mundo.

-No habiendo tenido una preparación política previa, no habiendo sido comunista, ¿de dónde sacó las fuerzas para asumir este tipo de vida desde el noviazgo? ¿De dónde usted sacó fuerzas para seguir siempre adelante?

-La fuerza la saqué de la responsabilidad de ser madre y esposa antes que tener apetencias personales. Por otro lado, ¿cómo voy a dejar yo a un hombre como Quírico Valdez? Millones de hombres hay por donde quiera, pero a Quírico Valdez no lo vuelvo a encontrar a la vuelta de la esquina. Mi lugar era estar al lado de él.

II. Cómo conoció a Quírico

-¿Cuándo conoció al que después fue su esposo?

-A Quírico Valdez lo conocí a finales de 1955.

-A mí me contaron que ustedes se conocieron en un tren…

-Sí. Yo trabajaba en mi país, en la calle Paseo de la Reforma, entonces más o menos uno se encuentra a diario con las personas que trabajan por el mismo lugar. Yo iba a trabajar con mi hermano Emilio en el mismo tren. Un poco más adelante se subía Quírico Valdez. Me llamaba la atención porque él iba muy tímido en el tren. Yo le decía a mi hermano: menos mal que aquí en México no hay segregación racial como en Miami, porque si no este joven no se hubiera podido subir aquí.

¿Por qué le decía eso?

-Porque él era negro. Bueno, negro propiamente no, mulato. Pero tenía toda su fisonomía de negro, el pelo duro… A mí «el negrito», como yo le decía, no me interesaba ni fu ni fa. Yo nada más hice el comentario porque realmente hay países donde los negros son muy mal vistos, pero no me interesaba para nada. Yo lo miraba siempre y él también se quedaba viéndome. Me miraba con tal insistencia que yo muchas veces pensaba: bueno, él realmente comete una indiscreción, porque gracias a Dios vengo con mi hermano, pero y si viniera con un novio, en qué lío me metería.

Usted tenía novio…

En ese momento estaba muy enamorada de un muchacho que era contador del Seguro Social, éramos novios y yo sentía que toda mi vida pertenecía a ese muchacho.

Una vez, en uno de esos viajes, yo iba sentada y a mi lado estaba sentada una señora que se levantó y entonces Quírico se sentó al lado mío. Ese día mi hermano no fue a trabajar conmigo porque él tenía que hacer una diligencia por otro rumbo y entonces, viendo que estoy sola, él se atreve y me dice: «¿Ahora no le acompaña su novio?» A mí me dio un coraje que le dije: No, hoy no me acompañó. Yo casi no le puse plática, porque no soy gente de esa, pero él me insistió: «¿Y el muchacho que la acompaña?» A mí no me acompaña ningún muchacho, le dije, y por favor, déjeme tranquila que yo no quiero estar entablando conversaciones con desconocidos. «No es nada preguntarle, insistió, ¿el muchacho que la acompaña, es su novio?» Y yo, sabiendo que en ese momento no me acompañaba mi novio, le dije: No, es que yo no tengo novio. «¿Y el muchacho que le acompaña?,» insistió. Entonces caí en cuenta que se refería a mi hermano. Yo le dije que ese muchacho no era mi novio sino mi hermano, y eso a él le llenó de gusto.

Me siguió hasta donde yo trabajaba -como lo supe después-, y un día, a las 5 de la tarde, cuando salgo del trabajo, estaba ahí muy puesto en la puerta. Yo le dije que por favor no me anduviera persiguiendo porque yo tenía mi novio y, además, porque mis hermanos eran muy celosos. Eso de celosos era verdad, pero más que nada se lo dije para sacarlo de mi camino.

Por esos días, el muchacho que era mi novio, me dice que me quiere ver y yo voy muy contenta a la cita pensando que es para fijar la fecha del matrimonio. Nos sentamos en una fuente de sodas a tomar un refresco y me sale conque: «Mira, tú eres una buena chica y mereces una cosa mejor. Yo te tengo que decir una cosa: una muchacha que era novia mía y había ingresado en un convento, acaba de salir del convento porque se arrepintió de ser monja. Ella ha sido el amor de mi vida. Si yo me caso contigo voy a ser desgraciado y te voy a hacer desgraciada a ti. Creo que lo de nosotros tiene que terminar, porque a mí me gusta más la otra muchacha.»

Yo nunca le he insistido a los hombres, porque el amor obligado es tremendo. Le dije que estaba de acuerdo, que estaba bien y terminamos nuestras relaciones.

Pero qué pasa, al llegar a la casa, por la noche, me cayó la ruptura de este muchacho y yo lloraba y lloraba. Así un día tras otro. Al ver que yo lloraba tanto y tan desesperadamente por la falta del muchacho, mi hermana Cristina empezó a decirme: «No llores, no seas tonta, tú bien arreglada levantas cualquier muchacho, eres joven, tienes la vida por delante. ¿Por qué tú no sales mientras con el negrito para que te distraigas?» Yo le contestaba que no, que no me interesaba el negrito -no sabía ni cómo se llamaba-, a veces le decíamos el «cubanito», porque como todos los negros más o menos eran de origen cubano… (ríe).

A mí no me interesaba ese muchacho pero como él seguía insistiendo, un día me puse a reflexionar que si a mí me tenía tan adolorida la ruptura de este muchacho, realmente debía distraerme. Y opté por aceptar su invitación.

Salimos varias veces, y su manera de ser, su trato tan decente, tan educado, tan capacitado, me fue borrando poco a poco a Manuel. Quírico Valdez fue entrando a mi vida, en una forma, como cuando a uno le entra el aire que ya está casi por ahogarse. El me fue llenando los pulmones de vida.

III. El «negrito» cubano resultó ser dominicano

-¿Cuánto tiempo noviaron ustedes?

-Duramos de novios como un año.

-¿Cuando eran novios todavía pensaba que era cubano?

-Sí, yo pensaba que era cubano. Yo creía que él era un cantante cubano, porque siempre le notaba una facha que para mí era de cubano y también el hablar… Y no me vine a enterar de nada hasta que le pregunté a él qué estaba haciendo en México, entonces fue cuando me dijo que él era dominicano, de una isla que está cerca de Cuba y de Puerto Rico. Ahí nos preguntamos los nombres y encontré su nombre «Quírico», muy raro. Yo le decía: dígame su nombre, no su apodo. «Es que no es mi apodo, es mi nombre,» decía él.

-¿Porqué él no le decía nada? ¿Tendría temor de que usted rompiese con él?

-Precisamente, y esa es una de las razones por las cuales yo le estoy agradecida a mi esposo. Cuando lo conocí, yo era absoluta y totalmente ignorante en política.

Nosotros siempre fuimos gente de clase media alta, teníamos nuestra situación resuelta, teníamos un chofer para llevarnos al colegio y para llevar a mi mamá al mercado. Cuando una muchacha se desarrolla en ese medio no le interesa saber ni quién es el Presidente, ni cuáles son las necesidades de los países. Yo no sabía ni quién era el Presidente de mi país, porque a mí lo que me interesaba era estar en modas, en paseos, en viajes aquí, en viajes allá…

-¿Por qué Quírico Valdez estaba exiliado en México?

-Porque siempre, desde pequeño, fue político. El me contó que se hizo político al ver la injusticia que se cometía con los pobres y con los negros. En Santo Domingo, a los 17 años, trabajaba en una fábrica de zapatos, e inmediatamente, ingresó en el sindicato de los zapateros y siempre fue un ferviente luchador en favor de la clase trabajadora. Fue un gran luchador en contra del dictador Trujillo y estuvo preso en varias cárceles dominicanas.

-¿Era miembro de algún partido?

-No era miembro de ningún partido porque en aquel tiempo lo que había aquí era una dictadura y no existía ni podía existir ningún partido que no fuera el de Trujillo. Pero ellos, por debajo, se agrupaban. El primer Partido Comunista se fundó en la clandestinidad, el 27 de febrero de 1944, por Fredy Valdez, Heriberto Nuñez y Ramón Grullón. Fredy Valdez no tiene nada que ver con mi esposo; Valdez es un apellido común.

Ellos trabajaban en la clandestinidad, porque la palabrita comunismo en aquel tiempo era peor que cualquier otra. La lucha de Quírico Valdez por la clase trabajadora empezó a ser notoria y entonces Trujillo lo perseguía con una saña tremenda.

Me cuentan -yo no lo conocía entonces, pero su familia me lo dijo-, que una vez amanecieron letreros colgando de los postes de luz en toda la avenida George Washington, ofreciendo recompensa por la cabeza de Quírico Valdez, vivo o muerto. Fue que el día anterior habían hecho un mitin en la plaza Enriquillo y él había echado un discurso en contra de Trujillo. Entonces vino un policía, le dio una bofetada y lo bajó violentamente del estrado donde él estaba. Quírico se incomodó y le dijo: «A un hombre no se le pega por la cara…» Y agarró una silla y se la partió encima. Entonces claro, el que le tocaba un policía a Trujillo era muerto inmediatamente. No había vuelta de hoja porque Trujillo cuidaba mucho a sus policías, porque eran los que lo protegían.

Quírico, al ver que le había pegado al policía y le había roto la silla encima, no lo pensó más, y se asiló en la Embajada de Venezuela. Lo mandaron a Venezuela y allí vivió durante 5 años. Pero, todo el grueso de dominicanos exiliados estaba en México. Entonces, le dijeron: «No seas tonto, ¿qué haces aquí solo?, vete para México, allá están la mayoría de los compañeros.» Y se fue para México. Llegaría a principios del 55. Y empezó a trabajar en una fábrica de zapatos de otro español, haciendo zapaticos para niños.

Todo un caballero

-¿Usted conoció toda esa historia de Quírico cuando eran novios?

-No, naturalmente que no. Me enteré de todo estando ya embarazada.

Cuénteme acerca de eso, ¿cómo ocurrió?

Un buen día me entregué a Quírico Valdez por mi propia voluntad. El no me forzó, no me obligó. Fue una entrega divina y preciosa porque en ningún momento él me engañó. Pero salí embarazada. Entonces planteé la necesidad de casarnos rápidamente, porque ya mi embarazo iba creciendo. El me dijo que sí, que cómo no, que no había inconvenientes, pero me advirtió una cosa: «Doña Juanita no va a querer que nos casemos, porque yo soy ateo, yo no creo en esas tonterías de la iglesia y a mí nadie me va a hacer hincar ante un curita ladrón, así que si tú quieres nos casamos, pero nada más por lo civil.»

Entonces fue a mi casa a hablar con mi mamá, porque Quírico Valdez en ningún momento dejó de ser un hombre, un caballero, pero en ese momento llegó una prima a visitar a mi mamá, y él me dijo: «Piki, esas cosas no se pueden plantear delante de esa señora.» Yo le dije: No importa, es mi tía; habla, es de confianza. Pero él me dijo que no, que regresaría al día siguiente porque tenía una reunión en Cuernavaca con unos compañeros dominicanos que estaban allá, pero sí al otro día. Le dije que estaba bien, total un día más o un día menos era lo mismo. Y llegó el día ese, y yo esperaba que me llamara por teléfono y me dijera: «Piki, te voy a a ver a las siete o a las ocho.» Pero no me llamó, ni vino.

IV. «Mi novio ha desaparecido»

A mí me entró un desespero tremendo, porque dije: Bueno, éste se largó de aquí, ahora me deja con un embarazo. Yo estaba realmente desesperada. Mi familia es muy recta; siempre se ha caracterizado por tener un criterio muy alto de la honradez. Yo no podía hablar con nadie, no podía confiarle a nadie de mi casa mi problemón.

Toda esa noche me la pasé en vela. Al otro día me levanté temprano y fui a la pensión donde él vivía. Allí le pregunté a un compañero dominicano: ¿Y Quírico?, a ver si me decía: ya se fue o algo así, pero él me dijo: «No te preocupes, Quírico está preso.» Le digo espantada: ¿Preso? Pero, ¿por qué?, ¿qué fue lo que hizo?

Entonces me dijo: «No te preocupes, Quírico está preso porque no tenía sus papeles en regla. Iba caminando por la Avenida Juárez y unos policías vestidos de civil le preguntaron por sus papeles y él no los traía encima. El dijo: `Es que los dejé en la casa, en un traje.’ Pero mentira, él sabía que no los tenía, ni allí, ni en su casa; hizo el aguaje3 para ver si lo dejaban ir e inclusive trató de sobornar a los policías ofreciéndoles dinero, pero dijeron: `No queremos dinero, queremos los papeles, así es que vamos a su casa por los papeles.’ Fueron a la pensión donde él vivía y Quírico entró por los papeles, pero salió muy sonriente y dijo: `Se fueron a la lavandería, en el traje.’ Entonces el policía le dijo: `Bueno, chico, en lo que aparecen tus papeles vas preso.’ Y lo metieron a una cárcel.» Era una cárcel exclusiva para extranjeros, que se llama la cárcel de Miguel Shultz, y le fijaron la deportación. Pero si lo deportaban para Santo Domingo, no hubiera acabado de bajar del avión y Trujillo lo hubiera matado. Así que ahí comenzó otra etapa en nuestra relación. Parece mentira, pero aquellos policías, ese día, cambiaron mi vida.

-Supongo que iría a visitarlo a la cárcel, a hablar con él, porque de esa forma fue que usted se enteró que él tenía problemas políticos, ¿no?

-Sí. Yo iba a visitarlo a la cárcel los jueves y los domingos; le llevaba frutas… Fui hablando poco a poco, porque yo iba despertando a una vida que tenía totalmente ignorada. Yo no sabía lo que era la palabra política, yo no sabía diferenciar entre lo que era un presidente o un dictador…

-Al enterarse de todo aquello, ¿no se le ocurrió en algún momento separarse o interrumpir el embarazo?

-Nunca. Hubo una familia que me decía: «¿Por qué tú no te haces un aborto? Ponte a pensar que el bebé te va a salir negro, y en México no hay negros.»

Era más bien un compromiso moral con mi familia, con mi madre que fue siempre una mujer tan buena. Pero para mí, en ese momento, lo que más pesaba era la cuestión del bebé, la cuestión del matrimonio. La palabrita comunismo para mí no significaba nada. Lo que más pesaba en mí era el rollo que yo tenía con mi familia, el escándalo, todo eso, porque son sociedades donde se vive a base del qué dirán.

V. La lucha contra la deportación de Quírico

Al fin reventó la cosa. Era marzo del 57 y tuve que decir lo de mi embarazo porque su libertad estaba en juego y lo iban a deportar. Primero hablé con una hermana mía que se llama Aurora, a la cual el Ex Presidente de México Miguel Alemán, le había bautizado un niño. Le dije: Aurora, por favor, interviene por Quírico Valdez… Me replicó: «¿Y yo por qué voy a molestar al Ex Presidente de la República por un novio, cuando novios puede haber tantos en la calle?» Le expliqué a mi hermana que no se trataba de un novio, que era por el bien de mi madre, para que no supiera el problema mío. Entonces Aurora, después que recibió la noticia como una bomba, se decidió a hablar con el Licenciado Miguel Alemán.

Pero con tan mala suerte, que en ese momento, se había ido para Londres a comprar dos aviones Britania para su compañía. El dejó dicho que cualquier asunto se hablara con Ramón Beteta, entonces fuimos a verlo y éste dijo: «Sí, cómo no, pero nomás eso faltaba. Ahorita, con un telefonazo, le suelto a su novio señorita, no tiene por qué llorar.» Y cogió el teléfono, llamó a la cárcel de Miguel Shultz, y dijo: «Léame en el expediente, porqué está preso Quírico Valdez, qué fue lo que hizo este individuo, por qué lo tienen preso.» Y le contestaron allá: «Bueno, él está preso porque tiene filiación comunista.» Y dio un telefonazo y dijo: «Este individuo tiene que salir de México inmediatamente. Para mí es un elemento indeseable.»

Mi hermana Carmen, por otro lado, era muy amiga del hermano del Ministro de Gobernación, entonces yo le planteé a ella el problema.

Ella pidió una cita y nos recibió el Ministro de Gobernación. Se llamaba Roberto Ojeda, nunca se me olvidará el nombre. Este dijo: «No se preocupe señorita, yo le suelto a su novio.» Y el mismo cuento… dijo: «No llore, señorita, siéntese.» Y cuando llama por teléfono, ocurre lo mismo: «¿Por qué está preso Quírico Valdez?» «Porque es un comunista reconocido,» contestan allá. Entonces él dijo: «Este individuo tiene que salir de México, pero inmediatamente…»

Y yo le contesté: Bueno, ¿y no me van a dar a mí ninguna garantía como mexicana que soy? Yo voy a tener un hijo de él y necesito que lo dejen en el país. Pues él me contestó: «Nosotros no tenemos la culpa que ustedes las mexicanas, se metan con gente indeseable.» Eso me dio mucho coraje y le contesté: los indeseables son ustedes. El no es ningún indeseable; él es más decente que muchos que están cobrando un sueldo atrás de un escritorio sin hacer nada.

Mi hermana se enojó conmigo porque por ella había ido yo a ver a ese señor. Él dijo: «Mire, yo esas cosas no las voy a poner a discutir con usted. Yo la estoy atendiendo porque su hermana la trajo. Para aplazar la deportación de este individuo, mire a ver qué país de América Latina lo quiere recibir. Si no lo consigue, yo lo mando a Santo Domingo porque nosotros no tenemos por qué echarnos ese paquete encima.»

Todos los dominicanos que estaban allí, en México se movieron. Se hizo un movimiento tremendo para sacarlo hacia un tercer país. El comité fue formado por: Juan Doucudrey, Federico Pichardo, Amiro Cordero, Gustavo Adolfo Patiño, José Arismendi Patiño y Brunilda Soñé de Patiño. Mandaron telegramas a todos lados, incluyendo Cuba, y el gobierno dijo que no lo recibía porque en ese momento estaba el dictador Batista, y Cuba era un país corrupto, igual que cualquiera de América Latina.

Al final se logró, progresivamente, que lo recibiese Costa Rica «solo por 15 días…» Y así, Quírico salió el 5 de abril de 1957 para Costa Rica.

VI. La espera

Traslado de Quirico a Costa Rica y luego a la URSS

¿Cuántos meses de embarazo tenía usted en ese momento?

Cuatro meses. Mire Isabel, el era tan decente, tan correcto, un hombre con una responsabilidad tan alta de sus actos que antes de irse mandó a llamar a mi hermana Tere y le dijo: «Señora, usted sabe que no es que me voy; a mí me deportan. Y me duele dejar a Piki en estas condiciones. Pero yo voy a regresar por ella lo antes que pueda. Yo la pongo en sus manos, atiéndamela. No quiero que dañen a nuestro bebé, porque el bebé que va a tener Piki es mi primer bebé y yo ya lo amo. Así que la pongo en sus manos.»

Lo deportaron. Yo me fui a vivir a casa de mi hermana, pasaron unos dos meses y un día Quírico me escribe y me dice: «Piki, me acaba de llegar una beca para ir a la Unión Soviética por dos años, a estudiar Ciencias Políticas, el idioma y todo eso. Yo estaba esperando esto hace diez años, así es que yo estoy en una disyuntiva, porque no sé si mandarte a buscar para Costa Rica o aprovechar la beca me llega en un momento como este. ¿Qué tú dices?»

¿Y usted que dijo?

-Yo naturalmente me puse a reflexionar y pensé: Bueno, una obligación él no tiene conmigo, porque ni siquiera estamos casados, y si yo le digo: vete o no, él toma una determinación y luego toda la vida puede levantar el dedo acusador, de que por tu culpa hice o no hice. Entonces yo le escribí: Prefiero que te vayas a la Unión Soviética, realices tu beca, y vengas más tranquilo. En dos años un bebé todavía está chiquito, no conoce bien a su papá. Y entonces se fue a la Unión Soviética.

Cuando Quírico se va a la Unión Soviética me quedo sola, depositada con mi familia que, poco a poco, fue entrando en la comprensión y me aceptó. El 22 de septiembre de 1957 nació una niña, Guadalupe. Y como los bebés son preciosos, poco a poco fue robándole el corazón a mi familia. Todo el mundo fue mirando hacia la niña, cargándola.

Yo pensaba que Quírico iba a volver pronto, pero una vez estando en la Unión Soviética se le amplió el tiempo y empezó a estudiar otras materias. Me escribió y me dijo que ya que estaba allí iba a aprovechar el tiempo. Y yo le decía que sí, porque con mi familia nunca en la vida me faltó nada. Tenía casa, comida, mucha ropa para la niña que mis hermanas le compraban, en fin, yo no carecía de nada.

Pero mi hija me preguntaba, viendo al padre de mis sobrinas: «Mamá, ¿por qué yo no teno papá?» Y era horrible no saberle responder porqué. La niña era muy chiquita para explicarle que su papá estaba deportado. Había un retrato de él que yo siempre tenía sobre la cama y le decía: dile a tu papá hasta mañana, dale besitos a tu papá, para que la niña se fuera familiarizando con el rostro. Así, si algún día él regresaba, la niña no iba a estar tan ajena a la cara de él. Por eso ella me preguntaba: «¿Por qué mi papá no se mueve como el de Laura? ¿Por qué mi papá no me carga como el de Laura?» Laura es mi sobrina y mi cuñado la cargaba, le hablaba, lo normal.

Así pasó el tiempo. Cuando en 1959, triunfa la Revolución Cubana, fueron muchos dominicanos a celebrar a mi casa. Yo ignoraba lo que era una revolución -de política no sabía nada-, pues a Quírico lo deportaron y yo seguía dentro de mi mismo mar de ignorancia. ¿Qué política, qué comunismo? Yo nada de eso sabía ni me interesaba tampoco saberlo ni averiguarlo. Y yo decía: ¿Quién es Fidel? Yo no sé quién es Fidel, yo no sé qué es la Revolución Cubana. Lo que me interesaba era resolver el problema moral mío; lo que me interesaba era que Quírico viniera y se casara conmigo. Esa era mi obsesión.

Tan pronto la Revolución Cubana triunfó fue una algarabía. En todas partes se cruzaban cartas, telegramas. Todos los dominicanos exiliados en México cogieron para Cuba.

Una repentina propuesta de ir a Cuba

A fines de 1960, Quírico me mandó un cable y me dijo que nos veríamos en el aeropuerto de México porque él iba a tránsito para Cuba, pero quería hablar conmigo eso personalmente. Por eso pidió precisamente el tránsito por México, aunque no lo dejaron salir del aeropuerto.

Quírico regresó el 31 de diciembre de 1960. Cuando nos encontramos en el aeropuerto eran las 5 de la mañana, y recuerdo que me dijo: «Piki, ya vamos a solucionar nuestro problema. Me voy para Cuba y te voy a mandar a buscar inmediatamente, así que prepara tus cosas, y la niña, que vienes para Cuba. Ahora podremos vivir juntos.»

-Eso lo hablaron así, a las corridas, después de casi cuatro años sin verse…

Sí. Cuando yo llegué a mi casa y se lo planteé a mi mamá, ella puso el grito en el cielo y dijo que yo no podía agarrar para Cuba con la niña, porque se decía en el periódico que Fidel Castro separaba a los niños de la familia y los metía en un campo de concentración; que a las mujeres las ponían a engendrar hijos para el Estado (ríe), y que a los varones los ponían ya desde chiquitos, a ser soldados del ejército comunista…

Era una sarta de mentiras, pero entonces yo estaba en ascuas pensando: ¿ será o no será? Pero yo quería de cualquier manera solucionar mi problema moral. Esa era mi obsesión. Entonces yo le dije a mi mamá: pues yo me voy. «Déjame la niña, no te la lleves», decía mi madre. Pero yo le dije: ¿cómo te voy a dejar a mi hija, si por ella es que yo he luchado desde que este hombre se fue? Yo me la llevo, y si veo que Fidel Castro me la quiere quitar para ponerla a engendrar hijos, me voy a pedir ayuda a mi embajada… (reímos ambas).

VII. La estancia en Cuba revolucionaria

Llegué a Cuba el 5 de marzo de 1961; la niña tenía cuatro años. Oiga, Isabel, el cambio que yo empecé a notar entre Cuba y México, no tiene nombre. Cuba era un país totalmente diferente a México, un país donde a la mujer le dan otro trato, a los niños… bueno, aparte de que Cuba es bella, porque es un país muy bonito.

Y ahí empecé a captar lo que era comunismo y lo que era un país de consumo, como el mío. Pero lo empecé a captar yo sola. Porque mi esposo nunca me obligó, esa es la palabra, a que yo creyera en su doctrina comunista.

Yo no era política, pero yo fui captando, me fui dando cuenta. Mi esposo iba a hacer trabajos voluntarios; hizo varios con el Che Guevara. El aprendió muy bien el ruso y trabajaba como intérprete en las Líneas Mambisas. En ese entonces casi nadie sabía el ruso en Cuba, por lo tanto mi esposo que sí lo dominaba, era muy solicitado por dondequiera. A mi casa iban muchos compañeros soviéticos a hablar con él.

-¿Dónde vivían?

Llegué al Hotel Presidente y después pasé al Hotel Royal Palm, en la Calle San Rafael, Centro Habana. Allí pasé momentos como la quema del Encanto4, que fue tremenda. Acordonaron la manzana, el calor del fuego llegaba hasta las habitaciones en que estábamos mi hija y yo encerradas. La reacción estaba muy fuerte, ponían bombas incendiarias por dondequiera, petardos… Los «gusanos» que luego se fueron a Miami hacían ese tipo de sabotajes. Luego del Encanto sabotearon un kinder5, pero afortunadamente la bomba que habían puesto explotó media hora después de lo planificado. Si hubiera explotado según ellos la habían puesto, hubieran muerto todos los niños del kinder. Ejemplos como esos podría darle unos cuantos.

Pero bueno, poco a poco fui captando la diferencia tan grande que existía entre un país como el mío, donde la mujer vale menos que una cucaracha, y un país como Cuba, donde la mujer, la compañera, como ellos dicen, valía tanto.

Allí no había aquello de que yo voy a una maternidad muy elegante mientras que una obrera da malamente a luz en un centro materno donde ni siquiera la atienden. Ahí todo el pueblo íbamos parejo. En México, si usted no da un peso ni el médico la mira.

Estando en Cuba quedé embarazada de mi hijo Quírico que hoy tiene 35 años, ¡y qué trato! El trato que me dieron allá en la Maternidad de Línea, no tiene paralelo. Estaba muy bien atendida, con vitaminas para mi embarazo, medicinas para mis várices. Los médicos eran muy atentos.

Entonces, su segundo hijo nació en Cuba…

Yo hubiera querido que mi hijo naciera en Cuba, pero como mi esposo trabajaba todo el día, ¿quién me iba a cuidar a la niña? Ya Fidel había quitado el servicio doméstico, entonces yo opté por ir a tener el niño a México y que mi familia se hiciera cargo de la niña. Pero tan pronto nació el niño regresé a Cuba.

Entonces me atendieron los compañeros, hasta me mandaban a mi casa la Trabajadora Social y me daban regaladas 15 latas de leche para el bebé. Un día le dije a la compañera que no me diera tantas porque el niño estaba inapetente, que nada más me diera 10 y que se quedara con las otras 5 para aquellos chicos que les hiciera falta, y ella me dijo: «No compañera, su cuota son 15 y 15 se tiene usted que llevar; nosotras no nos podemos quedar con 5 latas. Porque, ¿qué alegamos que por qué nos quedamos con 5? Usted se las lleva y si no las ocupa el bebé, las guarda o se hace un dulce, pero a nosotros nos dan orden de entregar 15 y 15 entregamos.»

Recuerdo que un día no llevé a mi niño a la consulta, nada más le tocaba chequeo y pensé: bueno, voy mañana… ¡Qué va! Al otro día estaban tocando dos muchachas a la puerta de mi casa: «Queremos saber por qué no llevó al niño al chequeo.» ¿Cuándo van a hacer eso en México o en Santo Domingo? Jamás en la vida.

-¿Qué pasó con el miedo aquel sobre si a su hija la ponían a «tener hijos para el Estado»?

-Yo misma fui despertando y entendiendo lo que es el comunismo y lo que es el imperialismo. Y cada vez que yo oía al compañero Fidel Castro, realmente a mí se me llenaba el corazón de alegría. Con mi embarazo y todo yo me paraba tres y cuatro horas en la Plaza de la Revolución para oír a Fidel. Yo lo oía encantada de la vida porque me daba cuenta que en Cuba uno vale, la mujer vale, el niño vale, la anciana vale. En Cuba no necesitábamos dinero para nada, Cuba tenía otra vida, y actualmente, si no es por el bloqueo que le tienen los americanos, sería el mismo paraíso de América.

En Cuba tiene uno resuelta la escuela, la medicina; hay muchas cosas resueltas, otras están faltando ahora por el bloqueo de los americanos y de los gusanos, que ponen gran cantidad de dinero para tumbar a Fidel. Como dijo Celia Cruz (6), que ella pone todo su dinero para hacer caer a Fidel Castro. Por eso a Celia Cruz no la oigo ni siquiera por radio, porque hace eso después de que el Partido Comunista de Cuba la hizo cantante. Porque fue el Partido Comunista quien la contrataba para cantar cuando ella no era nadie, no la Sonora Matancera, como ella dice. A esa mujer lo que le gusta es ese oropel, la peluca, los lujos. Siempre tiene mucho brillo en sus vestidos. Tiene un cerebro de guandul (7) porque no se pone a pensar que mientras ella lleva todo ese oropel en sus vestidos, hay cantidad de gente que no come, no digamos en Cuba, vamos a hablar de Somalia. ¿Por qué todo lo que ella gasta en sus vestidos no lo pone en servicio de la población de Somalia? ¡A no!, quiere ver caído el régimen de Fidel para que vuelva a Cuba la misma corrupción de antes del 59.

-Por lo que veo, doña Piki, aprendió bastante de política…

-Mucho (ríe), al grado que ahora, yo ya no cambio un régimen de aquellos por uno de estos. Viví en Cuba cuatro años, cuando lo de Bahía de Cochinos también estuve ahí; fuimos para allá a ver los aviones derribados. Eso fue muy emotivo. Los cuatro años más maravillosos de mi vida los viví en Cuba, claro, iba a México cuando podía.

Al fin, ¡casamiento!

-Bueno doña Piki, ¿y que pasó con el casamiento que usted tanto anhelaba?

-Desde que llegué a La Habana estuve dando largas al asunto de casarme para ver quién era Fidel, si quitaba o no a los niños, y para ver también quién era Quírico como persona porque, realmente, yo no lo conocía en la intimidad.

Cuando partí para Cuba mi mamá me dijo: «No te vayas a casar, porque si te casas te van a quitar la niña. En cambio si no eres casada con nadie tú te metes en la embajada y no te pueden quitar la niña. Tú dices que es hija de padre desconocido. No vayas a cometer la burrada de casarte. Debes ir entreteniéndolo…»

Yo seguí sus consejos al principio y cuando él me planteaba: «Piki, vamos a casarnos.» Yo le contestaba: Sí, mañana. Sí, otro día. Y así lo entretenía. Cuando me convencí de que el régimen que imperaba en Cuba era tan precioso, y que mi esposo era todo un caballero, que era más grande de lo que yo había pensado, en lo moral, en lo político y en todo, decidí casarme con él. Un día le dije: Quírico, ya va a nacer el niño y pienso que debemos casarnos. Nos casamos el 28 de noviembre de 1961 en La Habana, Cuba. Yo tengo mi acta de casamiento. Faltaba un mes para el nacimiento del niño.

VIII. Volver a separarse

En Marzo del 61 habían matado a Trujillo, pero quedaba la reminiscencia de sus hijos Ramfis y Radamés, y todos los esbirros de Trujillo, matando a diestra y siniestra, sin ton ni son. En 1962, al poco tiempo de que regresara a Cuba con el niño, mi esposo me dijo: «Prepárate que nos vamos para Santo Domingo.» Le dije: pero, ¿por qué?, ¿por qué vamos a dejar todo esto? Y me contesto: «Pero es que ahora nosotros, los dominicanos, tenemos que hacer en Santo Domingo la misma lucha que hizo Fidel en Cuba. ¿No dices que te gusta tanto La Habana? Pues ahora a nosotros nos toca luchar allá…»

No pasaron muchos días en que me dijo: «No te puedo llevar, porque voy a entrar con nombre falso y mi hijo lleva mi mismo nombre.» Lo pensamos bien; yo me fui a México con mi madre y él regresó aquí, a Santo Domingo. Logró entrar, pero no se podía dar a conocer. Estuvo un tiempo tranquilo. Estaba en la clandestinidad con nombre supuesto, pero me escribía y me decía que tratara de ir arreglando mis cosas porque él me iba a mandar a buscar.

Me estuve un año allá en México y ya él me mandó los tickets del avión para que yo viniera para acá.

IX. El reencuentro, esta vez en la tierra de Quírico

-¿Cómo hizo para entrar a República Dominicana?

Yo vine en calidad de turista. Llegué aquí, a Santo Domingo, el día 27 de febrero de 1963, un día muy significativo porque justamente asumía el profesor Juan Bosch como Presidente de la República.

Me recuerdo que al llegar al aeropuerto vi cantidad de carros, movimientos, banderas, mucha música dominicana por donde quiera; había una algarabía tremenda y le digo a mi esposo: ¡Ay, qué lindo recibimiento me hicieron! Y dice él: «No; no es por ti -en tono jocoso-, es que hoy toma el poder el profesor Juan Bosch. Y digo: ¿el profesor qué…? -Dice: «Juan Bosch, que hoy toma el poder…» Ese día se abría la democracia en Santo Domingo así que, desde que llegué, nos pusimos a vivir juntos.

«Vengo ahora. no salgas»

Nos duró muy poco el gusto, porque el 25 de septiembre del año 1963, como a las 5 de la mañana, suena el teléfono y le dicen a mi esposo: «Quírico, sal de la casa inmediatamente que acaban de dar un Golpe de Estado contra Bosch y andan buscando a todos los que son contrarios trujillismo…»

El se fue de la casa y antes me dijo:» Vengo ahora. No salgas, enciérrate con los niños.» Tenía yo a Lupita de siete años y a Quírico que aun gateaba. Entonces yo me quedé en la casa, pero él y no volvió en mucho tiempo.

-¿En que casa vivían?

-La primera casa que tuvimos se la prestó un compañero muy amable que murió muy joven, llamado Luis Risk. Era un amigo de mi esposo y como él no tenía medios económicos para alquilarme una casa, Luis le prestó una que él tenía. Estaba en la calle Sábana Larga número 28. Allí viví muy feliz.

Luego del Golpe de Estado el dueño me pide la casa porque él también estaba perseguido. Pero, ¿dónde iba yo con mis hijos? Me quedé allí.

-¿Todavía no sabía nada del paradero de su marido?

-Yo tenía noticias, pero hablábamos solamente por teléfono Quírico se comunicaba conmigo, y me decía que no dijera nombre, porque podían rastrear la llamada. Entonces él sin dar nombre, decía: «¿Cómo estás?, ¿cómo te va?» Me hacía llegar dinero con algún compañero o yo le mandaba ropa hasta con la persona que me ayudaba a limpiar el jardín, pero nunca lo volví a ver en medio de eso.

Dígame doña Piki, ¿las fuerzas trujillistas nunca fueron a buscar a su esposo?, ¿no le amenazaron?

-A mí me hacían allanamientos cada 5 minutos, por decirlo de alguna manera. Porque mi esposo era una figura muy reconocida en este país, un luchador antitrujillista reconocido y querían saber donde estaba. En los allanamiento me levantaban la cuna de la niña, revisaban hasta abajo del colchón. Yo les decía: Yo no voy a tener un arma ahí, sería una inconsecuencia, ni las conozco tampoco . Y me contestaban: «Bueno Doña, esa cuestión a usted. no le importa.» Y me tiraban todo para el suelo. Salían al patio donde había matas grandes de coco y algunos arbustos grandes, altos y buscaban allá arriba en las ramas, a ver si él estaba.

Una noche, ya cerca del amanecer, vino a mi casa un militar muy terrible, sanguinario, malcriado, que se llamaba Belisario Peguero, venía con tres y todos estaban tomados, se tambaleaban y exhibían la pistola en la cintura. Yo estaba sola con mis dos niños chiquitos y estaba embarazada de mi hija Tamara, y tenía una barriga excesivamente grande porque ya estaba cerca de los 9 meses. Y Belisario Peguero me dijo: «Mire Doña, o me dice dónde está su marido o ahora mismo me la llevo al destacamento y le saco el muchacho a patadas.»

Yo me aterré, porque ellos cumplían sus amenazas. Yo ya sabía lo que era la dictadura aunque nunca la viví, porque mi esposo me enseñó lo que era la dictadura y, además, yo leía libros donde había fotografías terribles de los tormentos que les hacían a los presos. Entonces se me prende el bombillo quiere decir que me dio la idea-, e inmediatamente le dije a Belisario Peguero: mire, yo le voy a decir una cosa que no me había atrevido a decírsela a nadie, pero a usted se la voy a decir: estoy cansada de mi maldito marido. Lo tengo aburrido, le dije; no lo soporto. Es un desgraciado. Porque por andar de politiquero mire en qué estado me tiene. Yo no tengo necesidad, porque él debería dedicarse más a su familia que a la política. Me trae a un país donde yo no conozco a nadie y ahora por andar de politiquero me deja a mí sola con esos dos niños y un embarazo.

«Y entonces Doña, me contesta él tambaleándose todo, ¿quién la mantiene?» Le dije: Yo vivo de esta señora que me da cosas, de mi cuñada; vivo de la caridad pública. Estoy harta de la politiquería de él. Y me pregunta: «¿Y entonces por qué no se va para México?» Le contesté: Porque mi mamá es de situación económica muy pobre y yo no tengo por qué llegarle con otro muchacho. Yo voy a esperar a tener este aquí y se lo dejo a mi cuñada. Yo no puedo llegar con tres muchachos a México, además tengo que esperar que ella junte para el pasaje y me mande a buscar. Es más, le dije, yo le voy a agradecer que si usted encuentra al desgraciado de mi marido, me lo traiga para darle una bofetada, porque tengo deseos de darle una bofetada por ser tan desgraciado.

El hombre se tragó el gancho (ríe), se despidió y me dice: «Doña, no se preocupe -todo borracho-, si yo encuentro a su marido le juro que se lo traigo para que le dé la bofetada. Cuente con nosotros en todo.» (Risas). Muchas gracias, le dije, y me quedé temblando, pero feliz porque el desgraciado se tragó el gancho.

Le tuve que decir así de mi esposo, porque si yo me quedaba callada, ellos iban a pensar que yo sabía donde se encontraba, y yo no podía de ninguna manera exponer a un hombre tan querido para mí, a un hombre que fue tan bueno.

Porque vuelvo y lo repito: Quírico Valdez era un hombre excepcional fue una columna en este país. Yo no podía defenderlo aquella vez porque si lo defendía, me llevaban al destacamento para que dijera donde estaba que yo no lo sabía , y eran capaces de torturarme, de sacarme a la niña a patadas y podía perder la vida mi hija y yo. De la otra manera, echando esa mentira -y Dios bien sabe que fue una mentira y por eso me perdona-, pude salvar a mi esposo.

El seguía en la clandestinidad, pero llamaba a diario por teléfono porque sabía que en el mes de enero, cualquier día iba a dar a luz y cuando llamó el 28 de enero, la muchacha a quien yo había adiestrado para que no dijera nombres, le dice: «Ya doña Piki se fue a la clínica.» Entonces mi esposo fue a la clínica y allá nos juntamos.

Era el primer hijo que nacía en la presencia de él, y me recuerdo que estaba verde, pálido, a tal punto que le pregunta el doctor: «¿Cuál de los dos va a dar a luz?» (ríe). Porque él estaba muy nervioso y, sin embargo, yo estaba muy fresca, como la lechuga; yo ya había tenido dos niños, me dolía, pero era una cosa normal; para mí no era un camino nuevo. Pero él sí estaba muy nervioso.

Nació una niña y le dije: Quírico, tuvimos otra niña, ahora te toca a ti ponerle el nombre. Y me dijo: «Bueno, se va a llamar Tamara, como mi maestra de Filosofía en la Unión Soviética.» Le digo: ¿Será tu amiga o será algo más? Dice: «No chica, la profesora Tamara es una señora de 80 años».

Como no podía estar entrando y saliendo, el doctor, que sabía su situación política, le dijo: «Quírico, no te vayas. Yo te voy a poner una camita, y aquí es difícil que vengan a allanar porque todos son enfermos.» (Ríe) Entonces ahí le puso una cama y estuvimos juntos los tres días que me tocó estar en la clínica. El cargaba la niña, la besaba…

Cuando salgo de la clínica, como el dueño seguía insistiendo en pedirme la casa, una amiga mía me consiguió una, allí mismo, pero en la calle que ahora se llama Avenida Venezuela. Quírico me llama y cuando le planteo lo de la casa, me dice: «Chica, cámbiate, pero si quieres vivir conmigo no le des a nadie la dirección, ¡A nadie, pero a nadie!

El me mandó a un amigo que en un solo viaje me cambió de casa porque yo no tenía casi nada, ¿qué iba yo a tener? Y entonces, cuando vinieron a ver los vecinos, ya me había cambiado.

En aquella casa volvimos a vivir juntos. Yo estaba feliz porque nos habíamos vuelto a reunir. Allí nadie sabía el nombre de mi esposo, ya no se llamaba Quírico, sino Antonio. Se le cambió el nombre por la política. Y yo no me acostumbraba a decirle Antonio, pero al final tuve que habituarme a vivir con otro señor (ríe), ya no se llamaba Quírico. A mí misma me costaba trabajo. El me decía: «Chica, que no me digas Quírico. Yo soy Antonio, acuérdate. Soy Antonio.» Y echábamos mucho relajo con eso.

Pero me duró poco el gusto. Todo era tranquilidad, todo era belleza y salgo embarazada por cuarta vez. El se enoja porque me dice que un embarazo tras de otro no puede ser, por su situación política, y yo le dije: bueno, a mí no me regañes porque tanto peca el que mata la vaca como el que le amarra la pata. Yo soy responsable, pero tú también.

El embarazo siguió para adelante y el 15 de marzo de 1965 nació otra niña a la que llamamos Zureyka. Y yo encantada, feliz, muy contenta de la vida… Cuando habían pasado exactamente los 40 días, la clásica cuarentena, a la una de la tarde -me recuerdo como si fuera ayer , suena el teléfono y yo nomás oigo que mi esposo dice: «Si, ¿pero cómo?, ¡qué barbaridad!. Espérame, voy para allá.»

Y le digo yo: ¿Quírico, qué pasa ahora? Dice, «Chica, espérate, no salgas hoy; cierra la puerta y no salgas. Yo regreso ahora.» Y se fue, y otra vez, en mucho tiempo no regresó.

La guerra del 65

-¿Qué ocurrió esa vez?

Se había declarado la guerra, el 24 de abril de 1965, a la una de la tarde más o menos, cuando nos hablaron; una guerra fratricida, tremenda. Aquí estaba gobernando el Triunvirato, Emilio de Los Santos. La gente peleaba para que volviera la democracia, para que volviera el profesor Bosch. Y esa fue la causa de la guerra.

Cuando mi esposo salió de la casa, yo no supe para donde fue.

-Se le repetía la historia.

-Sí. A los pocos días me vinieron a decir que él se encontraba luchando en un comando. La ciudad se dividió en dos a partir del puente Duarte. Hacia el aeropuerto estaban las Fuerzas del CEFA, el Ejército. Y del puente para acá se ubicaba la zona constitucionalista que comandaba el Coronel Caamaño, que luchaba para que la democracia volviera a su puesto.

Aquí, de este lado, estaban todas las clase del pueblo. Porque la gente pobre estaba harta de las dictaduras y de las porquerías de los esbirros. Y también hubo pintores, escritores; todos estaban de este lado. Recuerdo también a unos cuantos coroneles, que eran gente buena, como el Coronel Caamaño, el Coronel Domínguez, todos muy preparados. Y estaban también los de la izquierda claro, porque estaban ayudando a instaurar una democracia. No es que el movimiento fuera comunista como dijeron; eso fue una burda mentira. Entre todos se aunaron para volver a la democracia.

Pero no se pudo, porque el 28 de abril, nos despertamos con la novedad de que habían desembarcado 42 mil efectivos de los Marines norteamericanos. Imagínese eso en un país como este. Trajeron un armamento enorme y, en poco tiempo, aplastaron el movimiento como si hubiera sido una cucaracha. Trajeron tanques, barcos de guerra, cañones de largo alcance y todo lo transportaban los helicópteros.

Yo me quedé muy impresionada. No sabía que un helicóptero tenía la fuerza tan tremenda para coger, como una especie de grúa, un tanque, por ejemplo, levantado, transportado y dejado en un parque; cogía un cañón y lo ponía en otro lugar. Yo vi transportar en el aire los tanques, los cañones… Por dondequiera había efectivos norteamericanos.

Al movimiento lo aplastaron de un modo muy bajo. Estados unidos se portó… ya usted sabe… Porque Estados Unidos ha sido el país que se ha caracterizado, según dicen sus gobernantes, por ir «a ayudar». Pero, ¿a qué ayuda? Ayuda a sumir el país en la miseria, en la represión porque mire el atraso en que estamos todavía.

Con todo eso, el movimiento insurreccional estaba literalmente terminado. Caamaño, que no iba a sacrificar al pueblo entero, cuando vio que no se podía, firmó un acuerdo y salió de la zona constitucionalista. Entonces se puso a Balaguer como Presidente.

En aquel momento teníamos aquí a la Fuerza Interamericana de Paz, vaya nombre, y donde quiera, en todos los edificios de esta zona, había soldados nicaragüenses, brasileños, guatemaltecos; una cantidad de marines que vinieron «a cuidar» a los esbirros aunque, en realidad, su misión era impedir que surgiera otro movimiento insurreccional. Tenían armas largas y ocuparon las azoteas de las casas, para desde allí, con los francotiradores, aplastar cualquier movimiento. No es que usted los dejara entrar; ellos entraban y ocupaban la azotea y ya. Y allí arriba tenían casas de campaña, hacían de todo, porque les era más fácil tirar desde arriba que de abajo.

-Prácticamente invadieron las viviendas y se instalaron…

-Ellos tocaban, entraban, y se asentaban en su azotea.

¿Estuvieron en su casa?

-¡Claro! Aquí, en este edificio, yo tuve la Fuerza Interamericana de Paz. Allí, por el patio, bajaban los soldados nicaragüenses, los brasileños, todo tipo de gente. Un día uno me pidió agua y le dije: aquí yo no tengo agua, yo no le di. No me dio gana de darle agua a un soldado que por su culpa yo no tenía marido, porque mi marido estaba en el comando, y todavía ellos estaban replegados.

En una ocasión, el hijo mío, que era chiquito, quiso ir a ver lo que era un radio con control remoto porque le causó al niño rareza ver un radio así y cuando lo fue a coger, le dije: ¡Quírico, métete, entra! Y dice un soldado nicaragüense: «Doña, como dijo Jesucristo: dejad que los niños se acerquen a mí.» Le dije: Pero usted no es Jesucristo, ni tengo por qué dejar acercar ahí a mi hijo. Y lo metí violentamente para adentro.

Yo no los podía ver ni en pintura. No los puedo ver. Nunca he sido política, pero hay cosas que duelen. Porque ellos no tenían que venir a pisotear el suelo dominicano. Cada país debe ser libre para seguir su autodeterminación.

En ese aspecto la política de México es muy buena porque defiende la autodeterminación. Uno no se puede ir a inmiscuir en otros países; es el pueblo mismo que se tiene que sacudir sus dictaduras si no las quiere, ¿usted me entiende?

La guerra se terminó cuando se firmó el acuerdo entre Caamaño y las fuerzas de paz… Caamaño salió del país, todo fue una depresión. El pueblo entero se veía deprimido porque ya se veía ganar, se veía que se había ganado, y al otro día los EEUU mandan 42 mil efectivos.

El pueblo entró en una depresión y en una tristeza pero, ¡muy grande! Aquí hubo mucha gente que hasta se suicidó; mucha gente que se moría hasta del corazón de ver el movimiento aplastado como una cucaracha. El pueblo estaba impotente ante una fechoría de esa magnitud.

-¿Hasta cuando permaneció aquí la Fuerza Interamericana de Paz?

-Llevaron aquí como tres meses, hasta que se pidió que también se largaran ellos, todos esos esbirros: nicaragüenses, panameños…

-¿Entonces volvió su esposo?

-Sí. Ya volvió a la normalidad. A partir de allí seguimos ya tranquilos. Mi esposo tuvo que poner un pequeño negocio, que se lo puso un primo, para poder subsistir.

Una anécdota de la guerra

Durante la guerra bajé a ver al médico porque me había salido pus en un dedo y ya me iba cundiendo para arriba, para el codo y no aguantaba el dolor en el brazo. Entonces me encuentro con una calié (quiere decir que habla, una infiltrada), y cuando ella me ve, me dice: «Doña Piki, ¿qué hace usted por aquí?» Yo le contesté: Bueno, yo tengo razón para estar aquí puesto que mi esposo está en un comando, pero ahora dime: ¿tú qué haces aquí? porque tengo entendido que tu familia es militar, tú no tienes nada que venir a buscar a esta zona. «Yo vine aquí a dar una vuelta a ver si algo se ofrece,» me dijo. Y digo: ¿Y de tus manos se va a ofrecer algo?

Caminé y como me dio mucho coraje, pensé: Bueno, ¿y yo por qué de idiota me dejo?, esta no tiene nada que hacer aquí. Entonces me acerqué una barricada y le digo a Alfredito, un muchacho que conocía: Mire, Alfredito, esa que va ahí del vestido rojo es calié, se lo aseguro yo, agárrenla y pregúntenle qué es lo que está haciendo aquí.

Y fueron y la detuvieron para que dijera por qué había venido a esta zona. Y dijo cosas insospechadas: que su mamá tenía un amante militar que la mandaba a averiguar. ¡La misma madre la mandaba a ella averiguar cosas de los constitucionalistas!

Estuvo tres días en el comando, cuando salió la mamá se enojó, pero no podía gritarlo mucho puesto que ella era amante del militar. Fueron a mi casa, me amenazaron con un machete y me dijeron: «Perra mexicana, voy a hacer que la deporten!» Y yo le contesté: ¿Sí? Pues me vas a hacer un gran favor, porque así me voy a mi país sin pagar pasaje. Yo no sabía que estaba hablando con la Ministro de Gobernación, usted no tiene calidad para deportarme. ¡Váyase al carajo!, le dije en un momento de rabia.

Al otro día amaneció el Radio San Isidro, que era el que estaba emitiendo las noticias del lado de los del CEFA, diciendo: «La mexicana Valdez, se ha dado a la tarea de fusilar 12 dominicanos en el patio de su casa.» La madre de aquella muchacha, como era amante del militar, mandó a decir eso, y cada media hora pasaban el boletín. Todo el mundo empezó a alarmarse con esa noticia porque los constitucionalistas también oían la estación para enterarse, y le dijeron a mi esposo que había que sacarme de allí inmediatamente. Y no estaban muy equivocados porque una mujer que le llamaban La Negra, cuando se enteró de todo eso vino y me dijo: «A usted le vamos a quemar la casa con todo y sus muchachos. Porque usted siempre decía que su esposo no estaba y resulta que es un maldito comunista que está allá abajo.» Yo le dije a la mujer: Sepa que las mexicanas tenemos un puñal debajo de las faldas. A mí no me va a amenazar y ni me va a amedrentar. Yo vine a este país porque mi esposo es dominicano y él estaba exiliado allá. Así es que a mí no me amenace.

Sabiendo eso los compañeros empezaron a decir: «Es un peligro; le pueden hasta volar la casa; hay que sacarla de allí.» Entonces me sacaron y me trajeron a esta casa donde hoy vivo en calidad de cuidadora. Esta casa, por coincidencia, era de la mamá de Caamaño. Aquí vivía un inquilino que se había ido huyéndole a la guerra y dejó esta casa cerrada. La suegra de él dijo: Ella puede usarlo todo menos dos cuartos donde están guardados cosas de mucho valor.

Así vine a ocupar esta casa en calidad de cuidadora, en agosto del 65. Cuando pasó todo, el hombre volvió y me dijo que no tenía interés en seguir viviendo aquí porque este país -palabras textuales- ya se había jodido, y que él se largaba.

Como Quírico trabajaba con Caamaño constantemente, yo le dije: dile a Caamaño que nos saque el contrato, porque el señor se va. Y así se lo dijo a Caamaño: «Estamos ocupando una casa de tu mamá.» Y él le contestó con unas palabras proféticas: «Hombre, tú no necesitas contrato. Esa casa ya es tuya.» Profética la palabra, porque es mía, efectivamente, ahora.

-¿Ustedes la compraron?

-Mire Isabel, Quírico no iba a permitir que le dieran nada. Mi esposo nunca se aprovechó de nada. Mi esposo nunca recibió prebendas de nadie. Nunca. Jamás. Ni siquiera un guandul (8) aceptó nunca de nadie. Lo que pasa es que Caamaño dijo: «No necesitas contrato,» como diciendo: de allí nadie te va a botar.

Pero yo le dije a mi esposo: No, Quírico, lo que habla para la justicia es el papel. Yo voy a sacar mi contrato, porque si no tienes un contrato cualquier abogado te saca para afuera.

Entonces me puse al habla con la señora y le pregunté que si me alquilaba el departamento. Me dijo que sí, que me lo alquilaba sin inconvenientes, que bastaba con que mi esposo estuviera con su hijo en el comando para conocernos. Me pidió que fuera al banco porque la casa estaba manejada a través de una financiera y entonces yo fui y saqué mi contrato debidamente que ahí lo tengo , y pagaba 70 pesos de renta y 3 de agua. Y así duramos muchos años hasta que después entró el Presidente Balaguer e hizo una reforma sobre la vivienda y el alquiler de esta casa quedó en 40 pesos, porque estaba valorada muy por debajo de su valor… Entonces yo seguí viviendo aquí, pagando 40 pesos de renta como por 10 años, hasta que la señora decidió vender la casa y yo la adquirí por 14 mil pesos.

Luego de tantos saltos, la vida de nosotros fue desarrollándose normalmente, sin altibajos. Balaguer estuvo en el poder durante tres períodos consecutivos. Después vino el PRD (9) y después volvió Balaguer al poder hasta hoy [1995].

En el año 89 mi esposo comenzó a sentirse enfermo. Se descubrió una bolita en el lado derecho del tórax. Yo me alarmé porque él me dijo: «Ven, Piki, siéntate, tengo aquí algo duro.» Cuando yo lo palpé le noté una protuberancia bastante grande, como una pelota de golf, pero me hice la que no veía ni sentía nada y le dije: yo no te noto nada, pero espérate que venga Onofre (10), que él como médico te puede decir. Sin decir nada vine aquí atrás llorar porque sí le notaba la pelota.

Cuando vino Onofre le dije: Cuando usted pueda ausculte a Quírico, del lado derecho se le nota una pelota. Mire a ver qué es lo que es, pero no le diga nada, me lo dice a mí.

Cuando Onofre lo auscultó, me dijo: «Ay, doña Piki, se le nota una tumoración. Hay que llevarlo a hacer una tomografía.» Y se le llevó a donde un médico del PLD (11), porque mi esposo ya había ingresado al PLD; Llegó a ser miembro del Comité Central.

X. Juntos a Moscú

Por esa misma fecha él se ganó un boleto para Moscú. Estaba contento y eufórico por volver a Moscú, y cuando yo le dije: Quírico, vamos a verte eso de la bolita aquí, me contestó: «Eso allá en la Unión Soviética me lo ven los compañeros, porque nos vamos.» Y nos fuimos a la Unión Soviética el 15 de septiembre de 1989. Cogimos el avión de aquí a Nicaragua, a Panamá, a Cuba y de ahí a Moscú. Ese fue el itinerario.

Cuando llegamos a Moscú nos recibieron muy bien, en una limosina, con intérprete, y nos llevaron al hotel Sputnik. Al llegar allá nos hicieron los exámenes de rigor -porque se les hacía exámenes a todos los extranjeros, y más en esa época con el SIDA , y cuando llegaron a la bolita, mi esposo que dominaba el ruso, le explicó y lo mandaron a la Clínica de Extranjeros. Allí le hicieron unos exámenes muy exhaustivos y se llegó a la conclusión de que él tenía un tumor. Pero la doctora Svetlana, recuerdo que se llamaba así, le dijo al intérprete que mi esposo no tenía nada, que lo que mi esposo tenía era un cardenal, lo que se llama aquí en América Latina, un chichón. Ese cuento yo no me lo tragué y le dije a mi esposo: Eso de que tú tienes, entre comillas, un chichón, no me convence. Pero él dijo: «Piki, ellos son médicos, ellos saben.»

Al regreso de la Unión Soviética estuvimos en Cuba, en casa de mi amiga Gloria Blanco, una cubana que yo quiero mucho, que es como una hermana para mi y yo le decía: Mira, Gloria, yo no me trago el cuento de que mi esposo tiene un chichón.

Al final se trató en el Hospital Hermanos Ameijeiras; lo atendieron de maravillas y logró vivir un tiempo. Falleció aquí, en la casa, la noche del 30 de agosto de 1991.

Cuando ya se puso muy mal, vinieron unos periodistas y le hicieron un reportaje. Entre las cosas que le preguntaron hubo temas sobre su exilio. Me recuerdo que uno le preguntó cuál fue el logro político más grande de todos sus años de lucha, y el le contestó: «¿Mi mayor logro político?, haber encontrado a Piki.»


1 Militante sindical y político dominicano. A los 17 años, ingresó a trabajar en una fábrica de zapatos e inmediatamente formó parte del sindicato. En 1944, junto a un grupo de compañeros, forma el Partido Comunista. Luego de la división de éste integra el Partido Socialista Popular. Perseguido por la dictadura de Trujillo, salió al exilio por muchos años. Regresó en 1962. En 1983, junto al conjunto del PSP, pasa a integrar las filas del Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Es miembro de su Comité Central y de la Secretaría de Asuntos Obreros del partido. Fue Regidor en Santo Domingo, por el PLD, desde 1986 hasta su muerte, en 1991.

2 Mantenidos.

3 Representación, teatro.

4 Tienda por departamentos que fue incendiada por elementos contrarrevolucionarios cubanos el 13 de Abril de 1960. En el intento por sofocar las llamas murió la trabajadora Fé del Valle.

5 Círculo Infantil, pre escolar.

6 Cantante de origen cubano residente en EEUU desde los primeros años de la Revolución.

7 Grano comestible similar a la arbeja, al chícharo.

8 Tipo de grano alimenticio similar a una arveja.

9 Partido Revolucionario Dominicano.

10 Onofre Rojas, médico y esposo de Guadalupe. Yerno de Don Quírico y Doña Piki.

11 Partido de la Liberación Dominicana.