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El ataque del imperialismo a la soberanía del Tercer Mundo

Fuentes: Rebelión

Traducido del inglés para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

En flagrante violación de todas las normas del derecho internacional, el imperialismo pretende ahora abolir la propia noción de soberanía del Tercer Mundo, como resulta evidente en el bombardeo de Irán por parte de Estados Unidos e Israel, con el objetivo explícito de efectuar un “cambio de régimen”.

Hasta ahora, aunque el objetivo evidente fuera cambiar un régimen considerado hostil por el imperialismo, la razón oficial esgrimida para justificar la intervención militar imperialista se había camuflado bajo diferentes pretextos, como que el régimen estaba en posesión de “armas de destrucción masiva”, participaba en el narcotráfico, o cualquier otra excusa. Pero ahora, en el caso de Irán, se ha abandonado cualquier tipo de supuesta justificación; el bombardeo se ha llevado a cabo mientras se celebraban conversaciones sobre el programa nuclear iraní, el supuesto motivo de la controversia, y, según se informa, incluso cuando las negociaciones estaban avanzando. Por lo tanto, con su acción, Estados Unidos se ha arrogado, por primera vez desde el fin de la era colonial, el derecho a llevar a cabo un “cambio de régimen” donde se le antoje del Tercer Mundo.

La cuestión aquí no es si la República Islámica gozaba de apoyo popular, si era un régimen represivo, o si permitía la libertad de expresión o toleraba a la oposición. La cuestión es que solo el pueblo de Irán tiene el derecho a decidir sobre cualquier “cambio de régimen” en su país y trabajar para hacerlo posible. Al imperialismo estadounidense no le incumbe intervenir militarmente en los asuntos de otro país. Eso es lo que implica ser una nación soberana, y esa soberanía es lo que las luchas anticolonialistas han conseguido para sus respectivos países en todo el Tercer Mundo desde la Segunda Guerra Mundial. El imperialismo, que hasta ahora se había dedicado en socavar la soberanía mediante distintas maniobras encubiertas, ha recurrido en esta ocasión a la intervención militar abierta para lograrlo. Esto constituye un ataque directo a la soberanía nacional y, por tanto, abre un nuevo capítulo en la historia, allanando el camino para un retroceso efectivo de la descolonización.

Dos cuestiones surgen en este punto: ¿cómo es que el imperialismo se siente envalentonado para llevar a cabo un ataque con tanto descaro? ¿Y por qué siente la necesidad de hacerlo en la presente coyuntura? La respuesta a la primera pregunta es simple: la caída de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría le ha situado en una posición en la que no se siente restringido como anteriormente. En Cuba, por ejemplo, donde el imperialismo también está hablando ahora de “cambio de régimen”, la situación es completamente diferente de la que había cuando se produjo la crisis de los misiles en 1962. En aquella época la Unión Soviética dio instrucciones a los buques que se dirigían hacia Cuba de abrirse paso a tiros para atravesar el bloqueo estadounidense de la isla, lo que podía suponer el riesgo de una guerra nuclear; y Estados Unidos se vio obligado a comprometerse para evitar que ocurriera tal eventualidad. Como resultado, desde entonces no se ha producido ninguna intervención militar imperialista directa contra Cuba. Ese tipo de limitación al imperialismo ya no existe. Claro que lleva cierto tiempo sin existir, pero el imperialismo, como veremos más adelante, se encuentra en la actualidad patinando sobre la capa de hielo más fina posible, lo que le lleva a intentar recolonizar el Tercer Mundo. Y esa es la respuesta a la segunda pregunta planteada arriba.

Es posible comprender adecuadamente la naturaleza de la actual crisis si tenemos presente que posee dos características distintivas. La primera es que durante las últimas tres o cuatro décadas, la proporción de los ingresos nacionales que corresponde a los trabajadores de los países capitalistas avanzados y a los trabajadores de los países del Tercer Mundo ha sufrido un drástico descenso; y dado que el consumo por unidad de excedente económico es menor que el consumo por unidad de renta de los trabajadores o de la clase trabajadora, esta redistribución hacia el excedente económico da lugar a una tendencia a la sobreproducción en relación con la demanda agregada y, por lo tanto, a un aumento del desempleo (que, por supuesto, puede camuflarse, como en el caso de EE. UU., como una disminución de la tasa de actividad). Esto conlleva un fuerte aumento de las penurias de la clase trabajadora.

La segunda característica que contribuye a la actual crisis del imperialismo es que, a diferencia del apogeo del colonialismo anterior a la Primera Guerra Mundial, la principal potencia imperialista de la actualidad carece de capacidad para equilibrar el déficit de su balanza de pagos mediante la imposición de una especie de “drenaje de excedentes” o de “desindustrialización” en un imperio colonial. Hay que recordar que la principal potencia imperialista de cada época presenta invariablemente un déficit en la balanza de pagos; en el caso actual, una razón importante de ese déficit es que Estados Unidos mantiene una red de más de 750 bases militares en unos 80 países de todo el mundo para conservar su dominio global. En el período anterior a la Primera Guerra Mundial, este déficit lo cubría la principal potencia imperialista de la época, Gran Bretaña, a costa de sus colonias. La ausencia de un imperio colonial propio ha supuesto que la actual potencia líder, Estados Unidos, haya estado cubriendo su déficit mediante la impresión de dólares. Hoy en día es, con diferencia, el país más endeudado del mundo, y el mundo está inundado de dólares o de activos en dólares que constituyen obligaciones estadounidenses. Todo ello supone una amenaza enorme para la estabilidad del sistema financiero del mundo capitalista.

A menudo se sugiere que, dado que no hay ninguna otra moneda tan utilizada como el dólar, este no se enfrenta a ninguna amenaza creíble. Pero esto es erróneo: aunque no exista una amenaza creíble por parte de ninguna otra moneda, siempre es posible un cambio repentino del dólar a las materias primas y, si esto ocurriera aunque fuera temporalmente, bien podría provocar una inflación masiva en el mundo capitalista. Esto es exactamente lo que ocurrió a principios de la década de 1970 y constituyó el trasfondo del auge del thatcherismo y las políticas económicas de Reagan, que generaron un enorme desempleo en sus respectivos países para combatir la inflación; pero esa imposición se produjo en un momento en el que los trabajadores habían experimentado un importante auge en la posguerra, mientras que en el contexto actual una situación similar, sumada a las penurias que sufren los trabajadores por las razones expuestas anteriormente, perturbaría en gran medida la estabilidad social del sistema.

En esta coyuntura, el imperialismo tiene dos maneras de evitar tal amenaza: la primera es la instalación de un régimen neofascista en forma de la Administración Trump en EE.UU. (y regímenes similares en otros lugares). La segunda es el intento de restablecer un dominio de estilo colonial por todo el mundo instituyendo regímenes vasallos. El criminal secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela y el ataque a Irán, donde un descendiente de la dinastía Pahlavi espera entre bastidores para hacerse con el poder, por cortesía de los estadounidenses, son ejemplos de esa recolonización. Tanto Venezuela como Irán son países ricos en petróleo, y el primero posee las mayores reservas de crudo del mundo; la apropiación de dichas reservas por parte de empresas estadounidenses abriría el camino a otra ronda de “drenaje de excedentes”, esta vez hacia EE. UU., lo que aliviaría sus problemas de pagos.

Sin embargo, la recolonización no se limita a “sacar provecho” de los países ricos en petróleo; también se manifiesta en el intento de imponer “tratados desiguales”, como el Tratado Comercial entre la India y Estados Unidos, que crean mercados cautivos para los productos estadounidenses, al igual que en la época colonial. Por supuesto, el hecho de que el imperialismo consiga o no superar su crisis actual con esta iniciativa de recolonización es irrelevante; cree que la recolonización constituye una salida a la crisis, y eso es lo que importa.

Recientemente, el secretario de Estado de EE.UU. Marco Rubio vendió esta idea de la recolonización como estrategia imperial a un grupo de dirigentes europeos inicialmente escépticos. Claro que él lo expreso con un lenguaje diferente, pero su sugerencia fue tan directa como pudo ser. Su argumento fue que la gloriosa “civilización occidental” había sufrido un importante revés los últimos años por el comunismo y los movimientos anticoloniales apoyados por este, y que ese revés debía revertirse. Esto obviamente significaba un retroceso en los logros de las luchas anticoloniales, es decir, una recolonización del mundo. El resurgimiento de la gloria de la “civilización occidental” dependía básicamente, según Rubio, de la recolonización del mundo. Es difícil imaginar un llamamiento más directo a someter al Tercer Mundo al control imperialista.

Según los informativos, el argumento de Rubio resulto ser convincente para los líderes europeos, que en un principio se mostraban escépticos. Como era de esperar, no ha habido una oposición europea significativa —salvo por parte de España— a la última atrocidad cometida por Estados Unidos e Israel contra Irán. Por lo tanto parece que estamos a punto de ser testigos de una campaña concertada por parte de todos los países imperialistas para revertir los logros de la descolonización.

Texto original: https://peoplesdemocracy.in/2026/0308_pd/imperialism%E2%80%99s-assault-third-world-sovereignty

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la traducción.