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El Yemen infeliz

Fuentes: London Review of Books

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Salí hacia el Yemen cuando Obama estaba insistiendo en que «grandes trozos» del país «no están totalmente aún bajo el control del gobierno» después que el Senador Joseph Lieberman hubiera anunciado triunfalmente que el Yemen era un objetivo propicio para la guerra y la ocupación. El triste terrorista del calzoncillo que intentó hacer explotar una bomba en el vuelo de Amsterdam el día de Navidad había desencadenado un nuevo interés por el país, y por la presencia de Al-Qaida en la Península Arábiga (AQPA), alegando que aunque se hubiera convertido al islamismo de núcleo duro en Gran Bretaña, su intensiva carrera en el terrorismo suicida, afortunadamente infructuosa, había sido sufragada por AQPA en algún lugar del Yemen.

El Yemen es un país de verdad, a diferencia de las gasolineras imperiales que salpican otras partes de la Península Arábiga, donde las elites gobernantes viven en rascacielos construidos apresuradamente diseñados por arquitectos célebres y flanqueados por centros comerciales en los que se exhibe toda la parafernalia consumista de Occidente, atendidos por trabajadores con salarios esclavistas procedentes del Sur de Asia y Filipinas. Sanaa, la capital del Yemen, se fundó cuando aún se estaba escribiendo, corrigiendo y recopilando el Antiguo Testamento. Es verdad que el nuevo hotel Mövenpick, situado en el corazón del enclave diplomático de la ciudad, es una reminiscencia de lo peor de Dubai -cuando me encontraba allí tenían en promoción un Menú de la Cena del Día de San Valentín-, pero en el Yemen las elites son cuidadosas y no hacen ostentación de sus riquezas.

La UNESCO (y más tarde la Fundación del Aga Khan) rescató de la extinción, vía modernización, la antigua ciudad amurallada a lo largo de la década de 1980, reconstruyendo los viejos muros. En la actualidad, un equipo de expertos italianos, en colaboración con arqueólogos locales, se está encargando de restaurar la Gran Mezquita del siglo IX y está sacando a la luz objetos e imágenes de un pasado pre-islámico. Todavía está por ver si conseguirán localizar una pequeña estructura, al parecer construida en ese mismo lugar durante la vida del Profeta Muhammad. La arquitectura de Sanaa es fascinante, como en ningún otro lugar de Arabia o del mundo. Sus edificios -rascacielos con una altura de ocho o nueve plantas- se construyeron en el siglo X y se renovaron seiscientos años después en el mismo estilo: ladrillos ligeramente cocidos, decorados con motivos geométricos en yeso y piedras talladas de forma simétrica (no se disponía de madera o era más bien escasa). Lo que se ha perdido son los jardines colgantes que en cada una de sus plantas cautivaron la imaginación de los viajeros medievales [*].

El resultado neto de las preocupaciones de Occidente sobre la AQPA es que EEUU va a enviar este año 63 millones de dólares en ayuda al Yemen. Una quinta parte está destinada a armamento, gran parte del resto irá a parar al presidente y sus compinches, y un poco más a los bolsillos del alto mando del ejército. Los mandamases de las diferentes regiones se pelearán por lo que quede. (La suma no incluye el dinero para contraterrorismo, que el pasado año ascendió a 67 millones de dólares). Un hombre de negocios yemení me contó que hace unos cuantos años se había quedado perplejo cuando el primer ministro de entonces, al parecer un hombre moderado y respetable, le pidió una tajada del 30% de los contratos que se habían estado negociando. Al ver el estado de shock que mostraba el rostro del hombre de negocios, el Primer Ministro se apresuró a tranquilizarle: el 20% de la cantidad era para el Presidente.

Me preguntaba a mí mismo acerca de lo seria que podía realmente ser la amenaza de AQPA. ¿Cuántos miembros de la organización estaban en el país y cuántos entraban de visita desde el otro lado de la frontera saudí? Abdul Karim al-Eryani, un ex primer ministro de 75 años de edad, que todavía ejerce como asesor del presidente, me recibió en la gran biblioteca instalada en el sótano de su casa. Me contó cosas muy interesantes y en profundidad sobre la historia yemení, subrayando la continuidad entre la cultura pre-islámica e islámica en la región. Se quejó de que el dialecto árabe que hablan los beduinos del Nejd (una zona que ahora forma parte de Arabia Saudí) hubiera sido la única y más importante fuente para el diccionario árabe moderno a expensas de las raíces auténticas del lenguaje, el dialecto utilizado por los sabeanos (que vivían en lo que hoy en día es el Yemen), del que excluyeron 5.000 palabras quienes elaboraron el diccionario. Más tarde me dijo que, gracias a la historia del terrorista nigeriano, había recibido la visita de Thomas Friedman, el columnista del New York Times. Friedman, tras plantear sus preguntas, se volvió a Estados Unidos y le dijo a sus lectores que la ciudad «no era Kabul… aún», pero que AQPA era un «virus» que necesitaba de urgente atención antes de que la extensión de la enfermedad se volviera incontrolable. No entró para nada a especular sobre las causas de la infección. Pero cuando le pedí a Eryani que me diera una estimación del tamaño de los efectivos de AQPA, su respuesta fue una pícara sonrisa. «¿Trescientos, cuatrocientos?», le presioné. «Cómo máximo», me contestó, «como muchísimos. Los estadounidenses exageran en gran medida. Tenemos otros problemas, que son reales y mucho más importantes».

Ese mismo punto de vista me fue reiterado por Saleh Ali Ba-Surah, Ministro de Educación Superior, un pez gordo educado en Alemania Oriental, como muchos otros de lo que hasta 1990 fue la República Democrática Popular del Yemen, la parte Sur del actual estado. Las dos partes de lo que ahora constituye la República -gobernada durante los últimos veinte años por Ali Abdullah Saleh, quien, como Mubarak y Gadafi, está preparando a su hijo para que le suceda- fueron durante gran parte del pasado siglo representativas de sociologías notablemente diferentes. Mientras las tribus armadas dominaban las tierras montañosas del norte donde se ubica Sanaa, trabajadores, intelectuales, sindicalistas, nacionalistas y, más tarde, comunistas, se hacían fuertes en Aden y sus territorios interiores.

El país había estado unido siglos antes bajo el liderazgo de los imanes chíes zaidíes, cuyo poder temporal dependía de la lealtad tribal y aquiescencia campesina. El Sur del Yemen se separó en 1728; un Imperio Británico en expansión ocupó después Aden y su costa en 1839 (el mismo año en que comenzó a ocupar Hong Kong). El titubeante Imperio Otomano arrebató poco después un pedazo del norte del Yemen, pero tuvo que dejarlo tras la Primera Guerra Mundial. Bajo la mirada benévola de los británicos, los imanes de la familia Hamid-ed-Din volvieron a controlar el norte. En 1948, el gobernante Yahya Muhammad fue asesinado por uno de sus guardaespaldas, y su hijo Ahmad, un feroz aislacionista, tomó el poder. Para él, la elección era sencilla: su país podía ser dependiente y rico o pobre pero libre. Como se iba convirtiendo en un tipo cada vez más excéntrico -se drogaba con morfina y pasaba la mayor parte del día con sus compinches en una habitación con luz de neón jugando con los juguetes que había estado acumulando desde que era un niño-, el descontento aumentó. No había ni un solo colegio moderno ni una estación de tren o fábrica en el país y muy pocos médicos.

Se hicieron apuestas sobre si el hermano exiliado del imán volvería y se lo cargaría o si los partidarios de Naser en el ejército perderían antes la paciencia. Ahmad se oponía al nacionalismo árabe de Naser y, en 1960, a instigación saudí, la emisora de radio estatal acusó a Naser con tales términos que obligó a Egipto a dar una respuesta. Radio El Cairo declaró la guerra pero antes de que la cuestión pudiera decidirse, Ahmad murió. En una semana, el jefe de los guardaespaldas, al-Sallal, se unió a los oficiales del ejército nacionalista para hacerse con el poder. El imanato se había acabado. En Aden, miles de personas se manifestaron en apoyo del nuevo régimen, dejando claro al mismo tiempo que en el Sur se iba a resistir frente a la continuada ocupación colonial británica. Temiendo tanto al nacionalismo radical como a sus posibles partidarios comunistas, Washington y Londres decidieron que había que restaurar a los imanes en el poder. Los británicos, desesperados por dar una lección a Naser que vengara la humillación de Suez, llegaron mucho más lejos con las armas que Estados Unidos. La principal preocupación de los estadounidenses era que la infección yemení pudiera extenderse al resto de la península y que, si la intervención saudí fracasaba, las corrientes nacionalistas pudieran barrer a la misma Arabia Saudí, dañando severamente a la monarquía. Los saudíes empezaron a cultivar a los seguidores de los imanes y a buscar el apoyo de los conservadores miembros de las tribus del Norte en una combinación de islamismo primitivo y dinero.

Los dirigentes políticos y militares del nuevo estado del Norte eran débiles y estaban confusos. Los intelectuales naseristas en el gobierno aprovecharon esa indecisión y finalmente persuadieron al ejército para que apelara directamente a Naser. Los egipcios, con apoyo chino y soviético, enviaron una fuerza expedicionaria de 20.000 soldados. Así se desencadenó una larga guerra civil en la que combatieron los apoderados de la Guerra Fría -expresado de forma sencilla: saudíes frente a egipcios- y que costó 200.000 vidas yemeníes e hizo que el Norte quedara convertido en una ruina total. Los egipcios eran hombres del Valle del Nilo y el terreno montañoso era extraño para ellos. Convencidos de ser invencibles, no se molestaron en pedir consejo, tratando a sus aliados locales como seres inferiores e irrelevantes; y como la guerra civil llegó a un punto muerto y aumentaba la oposición a los métodos egipcios, que incluían el uso de armas químicas, se aplastó brutalmente el descontento de las clases trabajadoras en Sanaa y Taiz. La guerra acabó con un compromiso insatisfactorio en 1970. Los egipcios habían emulado a los saudíes tratando de sobornar a las tribus, con el resultado de que su poder aumentó en gran medida en el nuevo orden, al igual que el de diversos teólogos y predicadores. La guerra le costó a Egipto un millón de dólares al día y las vidas de 15.000 soldados, siendo tres veces superior la cifra de heridos. La consiguiente desmoralización del ejército pudo bien haber contribuido a su derrota en la Guerra de los Seis Días. En cualquier caso, la guerra relámpago de Israel en junio de 1967 hizo sonar la sentencia de muerte del nacionalismo árabe.

Mapa de Yemen

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La guerra civil hizo que muchos nacionalistas de izquierdas y comunistas del Norte del Yemen escaparan a Aden. Allí, la compañía del Coronel David Stirling, Watchguard International Ltd., reclutó a soldados británicos, veteranos franceses de Argelia y mercenarios belgas para llevar a cabo operaciones tras las líneas enemigas. En el Sur, se dividieron también los nacionalistas, con El Cairo apoyando el Frente para la Liberación del Sur del Yemen (FLOSY, por sus siglas en inglés) y los grupos más radicales agrupados bajo la bandera del Frente por la Liberación Nacional (NF, por sus siglas en inglés). Ambos grupos estaban determinados a expulsar a los británicos, mientras que éstos, dispuestos a aguantar mientras pudieran con tal de mantener una base estratégica importante, cada vez recurrían más al encarcelamiento sin juicio y a la tortura.

El plan fracasó de mala manera después de que la RAF bombardeara brutalmente pueblos enteros. Como señaló Bernard Reilly, un veterano funcionario colonial que había pasado la mayor parte de su vida en Aden: «La pacificación de un país poco acostumbrado a un gobierno metódico no podía llevarse a cabo sin un castigo colectivo de actos colectivos violentos, como el bandolerismo». Los líderes de esas tribus no querían que los pacificaran. Entonces empezó una feroz lucha en las calles de Crater, una de las zonas más antiguas de Aden. En 1967, el NF estaba utilizando bazokas y morteros en Aden y atacando las bases y el ejército de la RAF. El gobierno laborista decidió poner fin a sus pérdidas y retirarse. «Lamentablemente», en una carta de la Oficina Colonial se informaba a los colaboradores nativos que la «protección no podía prolongarse ya más». La victoria israelí de junio de 1967 no ayudó a los británicos ya que el NF no era un peón de Egipto, a diferencia del FLOSY, que quedó gravemente debilitado. Una huelga general promovida por el NF paralizó Aden y los ataques de la guerrilla obligaron a la administración colonial a cancelar las celebraciones fijadas para celebrar el cumpleaños de la reina. Seis meses después, el 29 de noviembre de 1967, el cierre del Canal de Suez hizo que Aden perdieran gran parte de su valor para los británicos por lo que finalmente se marcharon del país después de 128 años. Como Humphrey Trevelyan, el último alto comisionado, hizo un gesto apresurado de despedida desde los escalones del avión que le devolvía a Londres, la Banda de la Marina Real de los Eagle de Su Majestad tocó «Las cosas ya no son lo que eran».

El Frente de Liberación Nacional había ganado, pero no tenían plan alguno para reconstruir el país. Sus miembros procedían de diferentes corrientes de la izquierda: pro-Moscú, maoístas, seguidores del Che Guevara, unos cuantos trotkistas y nacionalistas ortodoxos. Todos estuvieron inmediatamente de acuerdo en establecer relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, y así se hizo el 3 de diciembre de 1967. Pero pronto empezaron las disputas. El Congreso del NF aprobó una moción impulsada por los radicales que pedían reformas agrarias, poner fin al analfabetismo, la formación de una milicia popular, una purga en el aparato civil y militar, apoyo a la resistencia palestina y cooperación estrecha con Rusia y China. En el nuevo liderazgo elegido dominaba la izquierda. Un intento de golpe de estado del ejército casi lleva a la guerra civil mientras destacamentos armados de la guerrilla rodeaban los campos del ejército y desarmaban a los oficiales. En mayo de 1968, estaba claro que el ala derechista del NF no tenía intención de llevar a cabo las resoluciones de la conferencia. Se creó un Movimiento del 14 de Mayo para movilizar apoyos hacia las reformas. Se produjeron enfrentamientos con el ejército seguidos por un extraño momento reminiscencia de los Días de Julio de 1917 en Petrogrado. La derecha pensó que había ganado y se jactó de que «los organizadores del Movimiento del 14 de Mayo, que habían leído mucho a Régis Debray, se imaginaban que estaban llevando a cabo una ‘revolución dentro de la revolución'». Pero un año después la izquierda había triunfado.

La constitución de 1970 proclamó una república socialista para el país -la República Democrática Popular del Yemen (RDPY)- en contra del consejo tanto de China como de la Unión Soviética. (En octubre de 1968, el ministro de asuntos exteriores chino, Chen Yi, él mismo bajo asedio de los Guardias Rojos, le había dicho a una delegación del Yemen del Sur que: «Todas vuestras afirmaciones sobre construir el socialismo y proclamar eslóganes que, por su propia naturaleza, no pueden llevarse a la práctica y que suponen una oferta provocativa, lo que están consiguiendo es armar a vuestros adversarios»). Lo que siguió era, trágicamente, de prever. Un país económicamente atrasado se embarcó en crear estructuras que institucionalizaron la austeridad y universalizaron la escasez. Promover la industrialización a través de empresas estatales podía haber ayudado de no haber sido por que se impuso una prohibición total a la pequeña producción de artículos. A esto se le añadió un monopolio estatal de todos los medios de comunicación, un control estricto de lo que se podía y no se podía decir o publicar, y la exclusión de todos los partidos que no fueran el Partido Socialista Yemení. Fue una especie de parodia tanto del socialismo como de las promesas hechas durante la lucha anti-colonial. Lo que no se puede negar es que el nuevo sistema de educación y sanidad universales, así como el avance en la situación de la mujer, representaron un paso adelante para la región. Pero Arabia Saudí no se sintió muy complacida por ello.

A su debido tiempo, las potencias vecinas -Yemen del Norte, los Estados del Golfo, Arabia Saudí-, con el estímulo de Reagan, se pusieron a trabajar en una contrarrevolución desde dentro, de la misma índole de la que se intentó en Nicaragua con la Contra. Y encontraron un instrumento adecuado en Ali Naser, un rudo burócrata medio analfabeto obsesionado con el poder absoluto, que se convirtió en presidente de RDPY en 1980. Durante más de año, el presidente estuvo conspirando contra el carismático Abdul Fateh Ismail, su predecesor como presidente y líder de la lucha contra los británicos, quien había dimitido por «razones de salud» y se había tomado un largo descanso en Europa Oriental. Ismail tenía todavía muchos seguidores entre el liderato cuando volvió de Moscú en 1985 y pronto fue reelegido para el Politburó de la RDPY, donde dirigía a una mayoría.

El 13 de enero de 1986, se vio el coche de Ali Naser fuera del edificio del Comité Central (una réplica de las monstruosas estructuras de Europa Oriental), donde se había programado una reunión del Politburó. Pero Ali Naser no apareció por tal reunión. En su lugar, su fornido guardaespaldas, ahíto de drogas y llevando una metralleta Scorpion, entró en la habitación y mató a tiros al vicepresidente, Ali Ahmed Antar, antes de disparar a todos los que se encontraban en la habitación. Cuatro miembros clave del Politburó, incluido Ismail, murieron asesinados junto con ocho miembros del Comité Central. Los hombres de Ali Naser fueron creando el caos por muchos lugares: la casa de Ismail fue destruida por impactos de mortero y por toda la ciudad se produjeron salvajes enfrentamientos. A las 12:30 p.m., las emisoras de radio y televisión de Aden informaron que el presidente había impedido un golpe de estado de la derecha y que Ismail y sus colaboradores habían sido ejecutados. Tres horas después, el Servicio en Árabe de la BBC anunciaba que el «moderado y pragmático» presidente del Yemen había frustrado un intento de golpe del ala dura de los comunistas. Esa fue la línea adoptada por la mayoría de los medios occidentales, que escribieron sobre el suceso como la derrota de un intento de golpe apoyado por Moscú para radicalizar aún más el país, y esto a pesar del hecho de que en aquel momento era Gorbachov quien estaba en el poder. Mientras las noticias de los asesinatos se extendían por Aden, las muchedumbres empezaron a congregarse y las tropas volvieron a capturar el Ministerio de Defensa y el centro de operaciones de los hombres de Ali Naser. Las batallas se extendieron durante toda la noche. Numerosos miembros desarmados del partido, sindicalistas y líderes campesinos fueron asesinados por las tropas de Naser: las listas se habían preparado con bastante anticipación. Pero después de cinco días de duros combates, los «pragmáticos moderados» fueron derrotados. Ali Naser huyó hacia el Norte de Yemen y más tarde a Dubai. Ahora dirige un «centro cultural» en Damasco, donde tiene diversos intereses de negocios.

El tiroteo de la reunión del Comité Central fue el comienzo del fin para la RDPY. Los apoderados de Occidente en la región, que habían organizado todos los sucesos, se pusieron a hablar ahora de los gángsteres socialistas que gobernaban el país. Como la Unión Soviética se estaba viniendo abajo, empezaron a negociar con el Norte y el país se unificó rápidamente en mayo de 1990, con un consejo presidencial de cinco miembros que representaban a ambas partes. Al año siguiente, una nueva constitución levantó todas las restricciones sobre la libertad de expresión, prensa y asociación.

La unificación no funcionó bien. Los yemeníes del Sur sentían que se habían traicionado sus intereses y las constantes riñas no auguraban nada bueno para el futuro de la coalición de gobierno creada tras las elecciones. Los socialistas del Sur acusaron a las bandas que apoyaba Ali Saleh, el ex presidente del norte del Yemen, ahora presidente del unificado país, de atacar a sus seguidores en Sanaa y en otros lugares. Las relaciones se deterioraron velozmente y se produjeron escaramuzas en el Sur entre algunos vestigios del ejército de la RDPY y las tropas del Norte. En 1994 estalló una guerra corta pero a escala total, con la participación de todos los grupos yihadistas y Osama bin Ladin, que prestó su apoyo a Ali Saleh. Aplastaron a los sureños, no sólo militarmente, sino también su cultura y su economía. Se apoderaron de las tierras, robaron propiedades urbanas, obligaron a las mujeres a velarse de la cabeza a los pies («Si no lo hacíamos nos llamaban prostitutas y se perpetraron muchas violaciones. Nos brutalizaron», me dijo en Aden una mujer con la cara descubierta).

Cuando llegué a Aden comprendí que AQAP era el menor de los problemas del país. La mayor parte de la gente en el Sur del Yemen está desesperada por recuperar la independencia respecto al Norte. «Esto no es una unificación, es una ocupación», se me dijo en numerosas ocasiones. La gente no tiene líderes y hay fuertes rumores en Sanaa de que Ali Saleh, que se ve a sí mismo como un «personaje unificador», está preparando el retorno político del viejo asesino Ali Naser. Mientras tanto, las manifestaciones en pueblos y pequeñas ciudades muestran la bandera yemení y los retratos de Ali Saleh pintarrajeados, poniendo a ondear en cambio los viejos estandartes de la RDPY. Inevitablemente estos hechos se ven seguidos de represión, que incrementa aún más la rabia y la amargura. El 1 de marzo, las fuerzas de seguridad rodearon y destruyeron la casa de Ali Yafie, que había quemado públicamente una efigie del presidente el día anterior. Yafie y ocho miembros de su familia, incluida su nieta de siete años, fueron asesinados. La propaganda del gobierno le acusó de ser miembro de AQPA.

En la noche del 4 de enero, las fuerzas de seguridad en Aden rodearon la casa de Hasham Bashraheel, el editor de Al-Ayyam: el periódico, fundado en 1958, había informado con regularidad y publicado fotografías de las atrocidades de estado. Había mostrado, por ejemplo, las fotos de los muertos después de que las fuerzas de seguridad abrieran fuego contra antiguos soldados que reclamaban sus pensiones. El periódico se prohibió en mayo de 2009, aunque sus oficinas continuaban siendo lugar de encuentro de periodistas, intelectuales y activistas por los derechos humanos. Cuando las fuerzas de seguridad rodearon el edificio, los seguidores del periódico se congregaron delante del mismo y hubo tiros al aire con intención de dispersarles. Después se hicieron lanzamientos de mortero: el editor y su familia, incluidos dos nietos pequeños, se encontraban dentro del edificio. Pudieron sobrevivir milagrosamente al refugiarse en una habitación del sótano. A la siguiente mañana, Bashraheel y sus dos hijos se rindieron delante de la gente, para dificultar que el ejército les matara. Un activista local me informó que «amigos en la policía» le habían contado que las fuerzas de seguridad tenían dos cadáveres sin identificar en el maletero de un coche sin matrícula. Si hubieran asesinado a Bashraheel y a su familia, hubieran metido los otros cuerpos dentro de las oficinas y los habrían identificado como los miembros de AQPA que dispararon durante el asalto. Mataron de un tiro a un guardia al servicio de la familia cuando intentaba rendirse. Su padre fue arrestado en el funeral pocos días después. El mismo editor fue acusado de «formar un grupo armado». Al parecer, el embajador británico, Tim Torlot, ha enviado una nota al Foreign Office sugiriendo que el problema era fruto de los irresponsables medios independientes. Mi informante en Sanaa afirma haber visto ese documento. Torlot es célebre en Yemen por haber abandonado a su mujer por una glamorosa estadounidense que trabajaba para el Yemen Observer, propiedad del secretario de prensa de Ali Saleh.

Viajé por el Sur, desde Aden a Mukalla, y al contemplar Shibam me olvidé de la política por un momento. Esta amurallada ciudad de rascacielos de adobe, algunos de más de treinta metros de alto, es un museo viviente. No es extraño que Pasolini filmara aquí sus «Noches de Arabia». Pero hizo algo más. Al volver a Italia, removió Roma con Santiago hasta que consiguió que la UNESCO declarara la ciudad como Patrimonio de la Humanidad. El pasado año, cuatro turistas surcoreanos, mientras estaban fotografiándola desde una colina situada frente a la ciudad, fueron asesinados por un terrorista suicida del Norte. Le pregunté a los locales por AQPA. Uno de ellos se me acercó y me susurró: «¿Quiere saber dónde tiene Al-Qaida su base?». Asentí con la cabeza. «En una oficina cercana al presidente». Tanto en Sanaa como en Aden encontré puntos de vista similares. La víspera de Navidad, el régimen lanzó bombas y soltó aviones no tripulados (guiados por EEUU) sobre dos pueblos del Sur donde afirmaron que Anwar al-Awlaki, el predicador yemení-estadounidense que entrenó al terrorista del calzoncillo, se escondía. No dieron con él pero asesinaron a más de doce civiles.

El régimen se ha enfrentado también a una rebelión en la norteña provincia de Saada, que bordea Arabia Saudí. La población de las zonas interiores de allí está indignada por la invasión wahabí y, como no consiguen ayuda alguna por parte gobierno de Sanaa, han decidido defenderse ellos mismos. Las milicias tribales capturaron a unos cuantos soldados saudíes, lo cual hizo que el 5 de noviembre del pasado año, el mundo alcanzara a ver por vez primera a las Fuerzas Árabes Saudíes en acción (debería ser la fuerza aérea más poderosa de la región después de EEUU e Israel, pero sus aviones se oxidan normalmente en almacenes del desierto). Ali Saleh describe servicialmente la revuelta como una rebelión chií apoyada por Teherán que había que sofocar con la fuerza. Pero muy pocos se creen eso. El ejército yemení se embarcó el pasado agosto en la Operación Tierra Quemada, que destruyó pueblos y expulsó de sus hogares a 150.000 vecinos de la zona. Debido a la censura de la información y a la proscripción de las organizaciones de ayuda, no está clara la escala de las atrocidades cometidas por el gobierno. Muhammad al-Maqaleh, un dirigente del Partido Socialista Yemení y editor del periódico del partido, el Socialista, logró conseguir algunos informes de testigos y los publicó en su web el pasado septiembre. Describió un ataque aéreo del ejército que había asesinado a 87 refugiados en Saada, acompañando la información de fotografías. Se le retuvo sin juicio durante cuatro meses, torturándole y amenazándole con ejecutarle. Finalmente, cuando le llevaron a juicio reveló todo lo que le habían hecho. Desde luego que Sanaa no es Kabul, pero si el régimen continúa utilizando la fuerza a ese nivel, no es nada improbable que se desencadenen nuevas guerras civiles.

[*] Véase «The Architecture of Yemen: From Yafi to Hadramut», de Salma Samar Damluji (2007).

Fuente: http://www.lrb.co.uk/v32/n06/tariq-ali/unhappy-yemen

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