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Intervencionismo humanitario en conflictos: ¿la solución o el problema?

Fuentes: Rebelión

INTRODUCCIÓN Primero fue el colonialismo, más tarde las «guerras por delegación» de la Guerra Fría, después los créditos FAD que ocasionaron la crisis de la deuda, de la que aún se resienten los países del Sur; a consecuencia de ésta, la ayuda humanitaria y los planes de ajuste estructural, y por último la intervención en […]

INTRODUCCIÓN

Primero fue el colonialismo, más tarde las «guerras por delegación» de la Guerra Fría, después los créditos FAD que ocasionaron la crisis de la deuda, de la que aún se resienten los países del Sur; a consecuencia de ésta, la ayuda humanitaria y los planes de ajuste estructural, y por último la intervención en conflictos… Han pasado siglos desde que Occidente comenzó a intervenir en el Sur, y este intervencionismo se ha tildado, de una u otra manera, como «humanitario». En efecto, igualmente humanitario se ha considerado salvar a los iraquíes de la dictadura, como conducir a los países con economías dirigidas a la sacrosanta economía de mercado como, tiempos atrás, sacar a los pueblos pretendidamente inferiores de su salvajismo y «civilizarlos». Pero en muy pocas ocasiones, este intervencionismo ha servido a algo más que a los intereses de los países desarrollados.

En efecto, el intervencionismo humanitario (1) ha sido poco más que un recurso que se ha legitimado o deslegitimado cuando convenía a Occidente. Por ejemplo, según Duffield a lo largo de los años noventa, la crítica a la acción humanitaria en situaciones de conflicto se ha vuelto más afinada, en concreto el acusarla de tener consecuencias no deseadas (en realidad, puede alimentar o facilitar la guerra), se ha convertido en un estribillo popular. (Duffield, 2004).

Pero

Hacia finales de los noventa, surgió un nuevo humanitarismo o humanitarismo político que pretendía corregir los errores del anterior. (Duffield, 2004)

Y, naturalmente, no lo consiguió. Mary Kaldor, por su parte, opina que […] pese a las esperanzas y las buenas intenciones, la experiencia de lo que ha pasado a denominarse intervención humanitaria, hasta ahora, ha sido frustrante, por no decir más. […] Se han dado muchas explicaciones de estos fracasos (la corta visión de los políticos, el papel de los medios de comunicación, que agitan las consciencias públicas en determinados momentos y lugares, la falta de coordinación de los gobiernos y los organismos internacionales, la escasez de recursos), y todas ellas tienen algo de cierto. (Kaldor, 2001)

Intentaré explicar todas estas causas. Este trabajo pretende demostrar que el intervencionismo humanitario nunca es, en realidad, tan «humanitario», que en cualquier caso no es la mejor manera para solucionar los conflictos y que a menudo trae otras indeseadas consecuencias, por si fuera poco. A lo largo de un paseo por varios autores, recogeré y analizaré opiniones de cómo el mundo es mucho peor (sobre todo el tercero y el cuarto) desde que Occidente empezó a mostrarse caritativo con los más pobres y, en concreto, a erigirse como pacificador en sus conflictos.

¿POR QUÉ EMPEZARON Y POR QUÉ CONTINÚAN LOS NUEVOS CONFLICTOS?

Los nuevos conflictos tienen unas características especiales que voy a mencionar sólo por encima, ya que existe abundante bibliografía sobre el tema, y que hay que conocer para calibrar no sólo cómo la intervención occidental ha dificultado la paz y ha influido negativamente sobre la situación del país, sino cómo quizá estos conflictos jamás se habrían producido sin injerencias previas de los países del Norte. Iniesta tiene teorías muy interesantes al respecto […] a los más de cuatro milenios de culturas tradicionales (africanas) les llegó la crisis con ayuda de las culturas modernas europeas, al establecerse la trata o comercio atlántico entre las potencias navales occidentales y los poderes africanos clánicos o estatales. […] La tierra se vio desertada por los campesinos, las sabanas recuperaron espacio a la acción cultural y una violencia de intensidad desconocida señoreó la mayor parte de regiones subsaharianas. […] Para algunos historiadores […] la crispación predadora que se extendió por África durante 400 años favoreció la ruptura de las viajes solidaridades clánicas y estatales, redujo la preponderancia de linajes y familias sobre sus miembros individuales y preparó el terreno para el individualismo que la colonización aportaría más tarde hallase un terreno fértil. […] Desaparecido el bloque soviético, a inicios de los noventa, todos los rasgos contradictorios de los nuevos estados quedaron de manifiesto en pocos años. […] Las tensiones estallaron […] porque el riesgo de una ventaja sustancia para el bloque competidor era ya inexistente. La pauperización de muchas regiones, la reducción de recursos disponibles en manos de la burocracia, la conjunción de occidentalizados marginados por el poder con fuerzas sociales discriminadas como periferia, la disgregación de solidaridades antiguas y su sustitución por sistemas religiosos jerarquizadores y la producción masiva de armas para contendientes actuales y potenciales completaron las condiciones para una década de convulsiones y horrores. […] el empobrecimiento de los estado empeoró las posibilidades de redistribución clientelista, lanzó a núcleos de occidentalizados a la periferia del poder y suscitó movimientos rupturistas de índole étnica, económica y religiosa. […] Lo que sí hizo la colonización fue llevar al paroxismo las diferencias y aprovechar la primacía del nuevo estado para marginar a unos grupos en beneficio particular de quienes poseían el monopolio de la administración moderna y sus recursos. (Iniesta, 2000). (2)

Según Duffield, se ha habló del subdesarrollo como causa de los conflictos (sobre todo africanos), por culpa del crecimiento incontrolado de la población y corrupción de las elites, en un discurso que remite al hilo civilizatorio decimonónico y que quiere eximir a occidente de su responsabilidad. Pero, entre otros factores, la mayoría de los autores coinciden en que los nuevos conflictos han sido la respuesta a la desigual integración de estos países en la economía mundial), tras la crisis de legitimidad que sufrió el estado postcolonial africano a finales de los años ochenta por la caída del precio de las materias primas, los Planes de Ajuste Estructural y el final de la Guerra Fría. Las elites buscaron entonces nuevas fuentes de autoridad, privilegios y beneficios materiales: el control de los recursos naturales, el tráfico de armas u otras actividades económicas ilegales, situaciones en las que el florecimiento de la guerra fue casi inevitable.

Fisas enumera algunos de esos factores en común: son países abandonados por las grandes ponencias, que van a la deriva y tienen un marco estatal muy debilitado; están influenciados de manera determinante por factores internos o locales y muy fragmentados; sufren inseguridad ecológica, propiciada por la búsqueda de recursos y contraproducente, porque de esta manera aún se esquilman éstos más; buscan la identidad como forma de huir de las desigualdades económicas, discriminaciones políticas, violaciones de los derechos humanos o presión ecológica; están manipulados por líderes nacionalistas religiosos y decepcionados por la incapacidad del Estado de satisfacer sus necesidades; en ellos se multiplican los actores en el conflicto (mafias, clanes, bandas paramilitares, guerrillas…), que rechazan cualquier referencia a los derechos humanos, a la democracia o al derecho humanitario (a menudo son jóvenes rebeldes, sin otro medios de subsistencia y desesperados, que actúan sin causa política ni disciplina, amparados por el poder que les proporciona la posesión de un arma); se presentan sin ningún tipo de cobertura ideológica o política; emplean nuevos métodos (pillaje, rapiña, secuestro… Todos los medios valen, la guerra es total) y nuevas estrategias (limpieza étnica, exterminio, genocidio… aumentan los refugiados y la población civil es el blanco); su sociedad se halla militarizada y proliferan las armas ligeras y de efecto indiscriminado.

Como se ve, el escenario que se dibuja es: antiguos escenarios de conflictos «exportados», excesivamente armados, desintegración propiciada por la desaparición de los regímenes políticos tipo Guerra Fría, estados sin recursos y sin poder donde florece la corrupción, hija del colonialismo, y las mafias, y una desesperación y una manipulación ideológica que hacen de la guerrra un asunto personal de cada uno de los heterodoxos combatientes, convirtiéndola en terreno abonado para las barbaridades más inimaginables. Pedro Sáez (3), en la misma línea, habla de que estos conflictos están enmarcados en estados represores, apoyados por uno de los dos bloques en la Guerra Fría y abandonados luego a su suerte, con una herencia colonial perniciosa, con uso de armas ligera, obtenidas a bajo precio al final del citado período, objetivo prioritario población civil, duración largo con períodos culminantes y otros de menos intensidad, y de un elevado grado de destrucción física y moral que se mantiene incluso tras finalizar el conflicto (minas antipersonas, violaciones en masa).

La nueva economía globalizada no resulta ajena a la proliferación de este tipo de conflictos, y es tanto un factor definitorio como una de las causas. Según Romeva […] tres grupos de factores económicos […] claramente parecen contribuir al estallido de un conflicto armado y a su prolongación, todos ellos íntimamente ligados a la economía global […]: la ampliación de las disparidades en cuanto a ingresos y bienestar en el seno de una sociedad […], el incremento en la incertidumbre con relación a las perspectivas económicas […] (y) el debilitamiento de la capacidad económica de un Estado para proveer bienes públicos. […] En consecuencia, el contrato social entre el Estado y la sociedad deja de recibir el apoyo necesario por parte de aquél y es transferido a aquellos actores que […] pueden darle un cierto contenido (desde las empresas de seguridad privadas hasta los señores de la guerra). (Romeva, 2004)

Empresas de seguridad privada, naturalmente, venidas de países desarrollados. Y todo esto sin mencionar a las transnacionales y su apropiamiento de los recursos, que tienen mucho que ver sobre todo en los conflictos en África (la madera de Liberia, los diamantes de Sierra Leona, el petróleo de Sudán, los diamantes y el coltán del Congo, y los abundantes recursos en general de Angola).

[…] una de las consecuencias del proceso de mundialización actual […] es que, sobre todo en los años noventa, alimenta una serie de inseguridades que afectan fundamentalmente a la supervivencia, la libertad o la identidad de personas y/o colectividades. […] La percepción de dichas amenazas puede generar frustraciones que a su vez pueden motivar respuestas que deriven en enfrentamientos armados, algunos de larga duración. (Romeva, 2004)

Todos los autores coinciden en que la globalización ha influido en las nuevas guerras. Mary Kaldor iniste en el tema económico, pero entre otros más. Según la autora, los tres elementos que distinguen a las nuevas guerras son: economía de guerra globalizada, cambios en el modo de combatir (en lugar de conquista de territorio, control de la población civil, control que implica terror) con múltiples actores (paramilitares, ejército regular, policía, grupos mercenarios, bandas criminales…) y relacionadas con la política de identidades. El proceso por el que esta política degenera en conflicto está muy bien argumentado por Romeva.

[…] lo determinante para que un grupo identitario […] se convierta en un actor bélico […] (es) el hecho de que se imponga una percepción compartida (aunque ésta provenga de la manipulación ideológica de sus líderes) de que este grupo es distinto a los otros grupos de forma significativa, y que los «otros» suponen una amenaza para su seguridad. (Romeva, 2004)

Hablando de la política de identidades, también ésta tiene su origen en el período colonial. Por ejemplo, hablando de Somalia, continúa Ruiz-Giménez:

La violencia en este país no sólo se puede explicar por la organización predominante en la vida social somalí, los clanes, sino más bien por el legado de la colonización y la guerra fría; la manipulación sistemática de las alianzas clánicas por el régimen de Barre y la localización de la política tras el colapso estatal en milicias (de composición variable) dedicadas a la economía política de la guerra. (Ruiz-Giménez, 2003).

Y continúa Kaldor:

Las nuevas formas de lucha por el poder pueden disfrazarse de nacionalismo tradicional, tribalismo o comunalismo, pero siguen siendo fenómenos contemporáneos que tienen causas contemporáneas y tienen rasgos nuevos. (Kaldor, 2001)

Pero las causas estructurales son negadas por los medios de comunicación del Norte que, servidores del poder, prefieren lavarse las manos de la responsabilidad de sus países volviendo a la vieja cantinela colonial del salvajismo de los países subdesarrollados, que lleva a que diriman sus diferencias clánicas y étnicas mediante la violencia. Un excusa que aún consigue credibilidad.

Todos conocemos la historia: Ruanda, con su genocidio basado en la supuesta superioridad étnica bien de hutus bien de tutsis, identidades prácticamente inventadas, o al menos fomentadas hasta el infinito, por los colonizadores belgas, es un ejemplo. El apego a los particularismos identitarios ha vaciado de contenido las reivindicaciones políticas, sociales e ideológicas en todo el mundo, en la consecuencia de una propaganda orquestada por los élites que ostentan el poder para dominar mejor a la población («Puede ser que las nuevas identidades particularistas vayan a perdurar, que sean la expresión de un nuevo relativismo cultural posmoderno», afirma Mary Kaldor), pero en los países colonizados, sobre todo en África, donde se utilizó hasta la saciedad la estrategia del «divide y vencerás», ha sido la causa de muchos nuevos conflictos. Con consecuencias más que dramáticas; así lo detalla Kaldor, basándose en lo ocurrido en la guerra de Bosnia, de la que la autora fue testigo directo; pero todo lo expresado se puede aplicar a casi cualquiera de los nuevos conflictos.

[…] Los nuevos guerreros establecen el control político mediante la adhesión a una etiqueta, más que a una idea. […] La mayoría de la gente que vive en el territorio controlado debe ajustarse a la etiqueta apropiada. Todos los demás tienen que ser eliminados. (Kaldor, 2001)

Y

La violencia se utilizaba para dominar a las poblaciones, y no para ocupar su terreno. […] había relativamente pocos combates entre los bandos enemigos. (Kaldor, 2001)

Porque los nuevos conflictos han perdido su significado de guerras de conquista, de guerras ideológicas o geoestratégicas. Se trata, sencillamente, de castigar al diferente, de eliminar al competidor por esos recursos cada vez más escasos. Son guerras totales. «Guerra contra la población civil y contra la sociedad civil». La definición de Mary Kaldor de la guerra de Bosnia es válida para todas las nuevas guerras. Y «los límites entre combatientes y no combatientes […] muy difusos, apunta Ruiz-Giménez. Tanto es así que Romeva afirma:

[…] muchos de los fenómenos a los que denominamos guerra son, de hecho, poco más que una depredación oportunista cometida por simples grupos irregulares […] es cada vez más habitual que, en situaciones en las que el gobierno es débil, y […] existen bienes y recursos exportables, tiendan a surgir grupos de crimen organizado, siendo a su vez la violencia que ejercen estos grupos muy parecida a una guerra en el sentido clásico. (Romeva, 2004)

Se borra el límite entre combatientes y no combatientes, entre ejército regular e irregular, entre quien ejerce el monopolio legítimo de la violencia y quien no. La miseria y la desesperación, la manipiulación ideológica, son demasiado grandes. O quizá, como expresa sagazmente Duffield, la guerra moderna quizá no sea más que «un caldo de cultivo para nuevos sistemas de gobernación y de regulación mundiales». Como la ayuda humanitaria en estos mismos conflictos, quizá los nuevos conflictos no sean más que una novedosa manera de asegurar que los países poderosos sigan siéndolo… adaptada a la nueva era. Aunque quizá

Las «nuevas guerras» son sólo la punta del iceberg de esta vasta zona general de autonomía, nomadismo y subversión que se da frente al proyecto liberal de gobernación mundial. (Duffield, 2004)

En cualquier caso, no parece ser la manera de luchar contra ello.

EL INTERVENCIONISMO MILITAR HUMANITARIO Y SUS DESASTRES

Si la ayuda humanitaria es a menudo una arma de doble filo, las características del intervencionismo humanitario militar (esto es, las fuerzas de pacificación occidentales interpuestas en un conflicto en un país del Sur) tienen unas consecuencias mucho más negativas, que igualmente pueden afectar tanto a la situación del país como a la resolución del conflicto en sí.

Siguiendo a Fisas, éstas son algunas de esas características:

  • Este intervencionismo suele ser epidérmico, en tanto que permite luchar contra el desorden, pero no contra la injusticia.
  • Muchas de estas intervenciones, o incluso todas, esconden objetivos e intereses nacionales, ya sean económicos, políticos, geoestratégicos o culturales, o incluso globales (la defensa de los intereses de Occidente).
  • Se utilizan para que los países compitan en tener presencia en lugares donde se ha producido un vacío de poder o para hacer méritos para ocupar una silla en el Consejo de Seguridad, o para lavar la cara al propio ejército.
  • Estas operaciones militares muestran «un conjunto de defectos que las invalidan como instrumento legítimo para restablecer la seguridad de las poblaciones que están en peligro» como la obsesión de los cascos azules por protegerse «con lo que la protección de los protectores se convierte en un fin en sí mismo y […] la pasividad de estas fuerzas acaba legitimando las dinámicas del conflicto». (Fisas, 2001)

Siguiendo a Ruiz-Giménez, la intervención militar humanitaria había tenido su momento de esplendor en los albores de la posguerra fría, y desde entonces se produjo un proceso de euforia, reconfiguración y enfriamiento. Haciendo un poco de historia, la intervención irrumpió en la política de los estados colonizadores en el siglo XIX, en clave de una supuesta guerra justa contra las denominadas sociedades semicivilizadas y vinculada al estándar civilizatorio de la época y a la expansión colonial europea. Eso explica su práctica desaparición durante la Guerra Fría, cuando las sociedades anteriormente colonizadas se independizan de este yugo, y la figura pasa a ser un uso de fuerza considerado ilegítimo por la Comunidad Internacional.

Sin embargo, a principios de los noventa la situación cambió radicalmente y de 1990 a 1994 se produjeron cuatro intervenciones humanitarias: Liberia, Irak, Somalia y Ruanda, debido a ciertos cambios en el contexto regulador internacional, sobre todo por el deseo y esfuerzo de Occidente, desde su victoria en la Guerra Fría, de reconstruir su hegemonía en el nuevo orden internacional imponiendo sus normas y valores y haciendo resurgir el estándar civilizatorio, identificado ahora con la democracia, el respeto a los derechos humanos (como coartada humanitaria) y, sobre todo, la economía de mercado. Y vinculado al nuevo estándar reaparecía un régimen intervencionista, creador de democracias vacías y denunciador de supuestos estados canallas, que pueden ser invadidos siempre que interese a Occidente.

Y estos intereses pueden ser muy variados. Por ejemplo, aunque Somalia no era un objetivo económico ni geoestratégico de importancia, y la intervención en este país tampoco se debió en exclusiva al efecto CNN (lo que ha hecho que se afirme que no siempre la intervención de las potencias es interesada), en las operaciones en este país confluyeron ciertos sentimientos humanitarios en políticos, medios y opinión pública, junto a intereses de agencias humanitarias, beneficios electorales y el interés del ejército estadounidense de encontrar «un nuevo lugar bajo el sol». También influyó el deseo de mostrar que iban en serio sus proclamas de «un nuevo orden internacional» basado en el respeto del derecho internacional, la defensa de los derechos humanos y la democracia y la responsabilidad de la comunidad internacional en su defensa.

En Ruanda, sin embargo, el fracaso de la misión anteriormente citada y la pérdida de fe en el intervencionismo humanitario hizo que las operaciones exageradas y mal diseñadas de antaño se convirtieran en pasividad, tanto por parte de EEUU como de Bélgica, Alemania, Francia, antiguas metrópolis. Hasta que entró en circulación el efecto CNN. Así se llegó a un «humanitarismo anestésico», en palabras de Ruiz-Giménez, donde no se depuran responsabilidades, dejando que, por ejemplo, los autores de la matanzas controlaran los campos de refugiados (hay que añadir que esta situación de los campamentos provocó conflictos posteriores en la zona de los Grandes Lagos.

Así, el discurso del intervencionismo humanitario perdió vigencia durante una temporada por culpa de los fracasos en Somalia, Ruanda y Bosnia, pero la tesis de la peligrosidad del subdesarrollo legitimaba implantaciones de los modelos económicos y políticos que convinieran a las potencias.

Sin embargo, estas intervenciones no hicieron más que revelar los límites de la diplomacia humanitaria y transformarla en mera defensora militar de la ayuda, en lugar de a poner fin a las graves violaciones de los derechos humanos que se producían en los países en conflicto. Pero lo ocurrido en Liberia, Somalia y Ruanda provocó un enfriamiento hasta la intervención de la OTAN en Kosovo, que a diferencia de las anteriores no obtendría el apoyo del Consejo de Seguridad; estas últimas intervenciones cuestionarían los mitos de neutralidad e imparcialidad y, por tanto, del trabajo humanitario.

Hemos visto cómo el intervencionismo humanitario militar es un arma más de dominación para Occidente. Y cada vez es un arma más utilizada, ideal para las nuevas exigencias de la economía globalizada. Así lo expresa Duffield.

Las políticas de cooperación al desarrollo en los últimos años se han hecho mucho más radicales en el sentido de querer incidir en la prevención de conflictos, la transformación de sociedades, la reforma de las instituciones representativas, los sistemas judiciales, etc.; esa sí, con el único referente de la economía liberal de mercado. Este cambio de prioridades sobre le papel de la ayuda externa a los países en crisis sitúa estas políticas de desarrollo no como respuesta a las necesidades de las poblaciones necesitadas, sino como parte de un sistema existente de gobernación total. (Duffield, 2004)

También Fisas habla del «riesgo de recolonización», o como Occidente (también Iniesta) quiere implantar con afán misionero su verdad «única, alimentaria, sanitaria, democrática y militar» en los países «atrasados» o en los estados «canallas» .

Además, y siguiendo a Ruiz-Giménez, el enfoque adoptado por NNUU en el intervencionismo humanitario militar ha sido equivocado: ha favorecido la lógica militarista y debilitando las iniciativas locales, pacíficas, y se ha demostrado que existe el peligro de que estas intervenciones puedan fácilmente convertirse en misiones civilizatorias, que pretenden imponer un modelo determinado de sistema político y económico. En lugar de abrir espacios para que las sociedades busquen sus propios caminos para solucionar sus problemas.

En estas misiones ha faltado supervisión, planificación y, sobre todo, verdadera voluntad de conseguir la pacificación o la mejora de la situación de la población, lo que las convierte en enormes máscaras de unos intereses muy diferente. Valgan un par de ejemplos, Bosnia y Somalia. En el primer conflicto, por ejemplo, se denunció la […] actitud arrogante y colonial del personal internacional, sobre todo estadounidense, que mostraba escasa sensibilidad, interés y cercanía con la población. (Ruiz-Giménez, 2003)

Y también la «timidez extrema en el uso de la fuerza» (Kaldor, 2001) por parte de la UNPROFOR. Además, Fisas cita que, por ejemplo, la UNPROFOR fue acusada de impedir el regreso de los refugiados a las zonas de supuestas seguridad controlada por ellos, «debido a los compromisos políticos tomados por la ONU con algunos de los contendientes». (Fisas, 2001)

En Somalia, y según Ruiz-Giménez, se cometió un error que es común en las negociaciones por la paz: se volvió a dar a los señores de la guerra todo el protagonismo político, marginando a los líderes tradicionales y a otras iniciativas sociales pacíficas. Es cierto que la iniciativa humanitaria sí consiguió salva a algunas personas de la inanición e implementar algunos proyectos de reconstrucción estatal y recuperación agrícola y ganadera, pero también se considera que suplió masivamente de alimentos a una región que no lo necesitaba, mientras en otras zonas continuaba la violencia indiscriminada. La autora añade, además, que UNOSOM II, la operación de Naciones Unidas del 1993-1995, «se encontró con problemas graves desde su inicio. Para empezar, no estaba equipada administrativa ni logísticamente. Ni tampoco para manejar un contingente militar tan extenso con soldados de 30 países». […] la operación tuvo un impacto negativo sobre la reconstrucción económica y […] los integrantes parecían más preocupados por su seguridad que por la población civil que debían proteger. […] Igualmente, diversas ONG’s de derechos humanos y grupos sociales somalíes denunciaron las violaciones reiteradas de derechos humanos por parte de las facciones somalíes y las tropas internacionales. (Ruiz-Giménez, 2003)

Además, siempre siguiendo a Ruiz-Giménez, NNUU fue muy criticada por no abrir investigaciones ni condenar la actuación de sus tropas. Los medios de comunicación occidentales, por su parte, concedían más importancia a los 18 soldados estadounidenses muertos y 75 heridos muertos en combate el 3 de octubre que a los 500 somalíes, en su mayoría, muertos en el mismo incidente.

Y para acabar, mucho autores coinciden que del presupuesto de UNOSOM II (1,6 billones) sólo un 4% entró en la economía somalí, la mayor parte a manos de los señores de la guerra y otros operadores cuyas actividades financieras distorsionaron la economía somalí, quizá irreversiblemente. Ésta es la verdadera cara del intervencionismo humanitario militar.

Y eso que sólo me he limitado a los ejemplos más obvios.

LUCES Y SOMBRAS DE LA AYUDA HUMANITARIA

La ayuda humanitaria en la gestión de conflictos (y no sólo en ella) es un arma de doble filo. Por un lado, no todas las ONG están compuestas únicamente de buena voluntad: algunas de estas entidades, consciente o inconscientemente, le hacen al juego a los mismos poderes con los que pretenden luchar o, al menos, a los que pretenden presionar para que las cosas mejoren. Por esta razón, como afirma Fisas,

El protagonismo y popularización que han alcanzado algunas organizaciones humanitarias y el auge general de las ONG, especialmente las dedicadas al desarrollo y a causas solidarias, ha provocado un alud de críticas sobre la función real de dichas organizaciones. (Fisas, 2001)

En concreto, de acuerdo con Fisas y varios autores, son súbditas del neoliberalismo, fomentan el conformismo conservador con las estructuras del poder nacional e internacional, y no atacan las causas estructurales de la miseria o el conflicto. Pero aunque la ONG en cuestión sea moralmente intachable y volcada en la denuncia contra los responsables de que los países del Sur necesiten esta ayuda humanitaria, no dejan de deslegitimar la función pública a causa de su actividad voluntaria privada, y llevan a un nuevo tipo de colonialismo y dependencia cultural y económica. Romeva resume sagazmente la ambivalencia de estas organizaciones:

Se señalan en concreto tres dilemas para la reflexión: la ayuda humanitaria como instrumento de gestión de la emergencia, o como vehículo que tensa y prolonga el conflicto; la ayuda humanitaria como vehículo que fortalece la economía local, o como factor de dependencia, y la ayuda humanitaria como instrumento de fortalecimiento de la sociedad civil, o como instrumento al servicio de los «intereses occidentales». (Romeva, 2004)

El primero de los dilemas presenta diversas formas. A veces se trata solamente de la imagen que las organizaciones humanitarias transmiten a la población del país donde desempeñan su labor. Que a veces resulta un tanto contradictoria:

Algunas de las formas de cómo la acción humanitaria proporciona a veces mensajes y valores que endurecen, prolongan y exacerban el conflicto, como uso de guardias armados dando el mensaje de la seguridad depende de las armas, falta de respeto entre diversas agencias de ayuda, impunidad de los trabajadores humanitarios cuando utilizan las ventajas de la agencia para satisfacer sus propios caprichos, tratar de forma distinta a los trabajadores locales y a los expatriados, negación de responsabilidades, actitudes soberbias y utilización de determinadas imágenes de la guerra para autopublicitarse (Mary B. Anderson, 1999). (4)

Y hay muchas otras formas de autodelegitimarse:

[…] las tropas de pacificación pueden perder su legitimidad por quedarse al margen cuando se cometen crímenes terribles o por tomar partido por grupos que los cometen. (Kaldor, 2001)

No es el único mal que causan. La ayuda humanitaria, tanto si se da en escenarios de conflictos (lo cual es más grave) como si no, causan otros prejuicios económicos.

La ayuda alimentaria a menudo provoca presiones sobre los precios de la producción local, lo que desincentiva a los productores locales […]; la presencia foránea masiva contribuye a incrementar los precios […] (y) los tipos de cambio tiende a encarecerse debido a los flujos masivos de ayuda, así como al incremento de demanda de la moneda local. (Carbonnier, 1998) (5).

A veces, el primer dilema se solapa con el segundo: los problemas económicos que estas ONG provocan también son causa de prolongación del conflicto. Por ejemplo

[…] si la ayuda de emergencia, o humanitaria, se define estrictamente en términos de ayuda alimentaria y socorro médico, se corre el riesgo de debilitar y socavar (por omisión) los sistemas locales de producción, las organizaciones locales y la autoestima local. Esto, a su vez, puede conducir a un debilitamiento de la sociedad civil y al fortalecimiento de los gobiernos impopulares y antidemocráticos formados a menudo por quienes propiciaron las desigualdades que motivaron la tensión. (Romeva, 2004)

A veces la contribución a los responsables del conflicto es mucho más directa. Según Fisas, los cooperantes necesitan viviendas y vehículos, entre otras cosas, y todos estos suministros pertenecen «a los llamados ‘señores de la guerra’, con lo que la presencia de nuestras ONG y organizaciones internacionales» se constituye «como una de las principales fuentes de ingreso de estos contendientes».

Tesis reforzada por Ruiz-Giménez:

Los señores de la guerra encuentran recursos para su economía de guerra gracias al alquiler desorbitado de locales, viviendas y transportes para las tropas y el personal internacional, además del saqueo de la ayuda. […] se hizo evidente que la ayuda humanitaria se había incorporado plenamente a la economía política de la guerra, contribuyendo a la prolongación del conflicto. (Ruiz-Giménez, 2003).

Y por Fisas.

[…] en algunas ocasiones la ayuda es controlada finalmente por el gobierno del país receptor, desviándola para su propio uso, y a veces en contra de las poblaciones que teóricamente deberían disfrutarla. En otras ocasiones, la ayuda sirve para alimentar a las tropas que darán continuidad al conflicto, y otras veces una parte importante de esta ayuda irá a parar al mercado negro. (Fisas, 2001)

Pero estos no son los únicos dilemas a los que se enfrenta la ayuda humanitaria. Aún en los casos en que las organizaciones sean plenamente conscientes de su deber, a menudo tienen que tomar decisiones difíciles, ya que, sea cual sea, la población civil siempre sale perdiendo.

[…] la naturaleza de los conflictos actuales está poniendo serios límites a la práctica convencional de la ayuda humanitaria, que se ve obligada a sortear múltiples manipulaciones y a tomar partido ante complejos dilemas que plantea la misma actividad. […] La ayuda también es utilizada como moneda de cambio: «te dejamos distribuir la ayuda si callas». (Fisas, 2001)

Continuando con Fisas,

En los campos de refugiados […] se cobijan antiguos militares, bandas paramilitares, escuadrones de la muerte y guerrilleros, que utilizan este escudo humano para protegerse de una posible detención, y para seguir controlando esta población refugiada. (Fisas, 2001)

Y por si fuera poco,

Los cooperantes se sienten inseguros y sus organizaciones se ven obligadas a «aceptar la protección armada de los mismo grupos» responsables «de la lucha en el país». (Fisas, 2001)

Estos acuerdos incluyen «la aceptación de pagar ‘peajes’ o ‘impuestos revolucionarios’ en los controles que los distintos clanes» establecen. Otra forma de contribuir a la economía de la guerra.

En resumen, la ayuda genera dependencia, suministra poder a los donantes y los convierte en cómplices de los actores armados; pero como tranquiliza conciencias y sirve a los intereses occidentales, nadie se preocupa si no provocará un cataclismo económico y perpetuará la guerra. El «asistencialismo innecesario y prolongado» hace a los países prisioneros de una auténtica cultura de la dependencia e incapaces de autogestionarse. Es justo lo que no necesitan los países que acaban de salir de un conflicto, y convierte la reactivación del mismo es más que una posibilidad segura.

FUNDAMENTOS IDEOLÓGICOS DEL INTERVENCIONISMO HUMANITARIO

El primer argumento para intervenir (colonizar) en los países del Sur fue el de la «misión civilizatoria». Lo extraño es que este argumento, ahora llamado «nuevo barbarismo», vuelve a ser vigente para justificar los nuevos conflictos y la intervención en ellos.

[…] los análisis que consumimos sobre las guerras civiles africanas están distorsionados por prejuicios, estereotipos, por un discurso que tiende a explicarlas como producto de rivalidades étnicas ancestrales y primitivas, cuando son resultado de factores de índole política, social, económica y cultural contemporáneos y sumamente complejos. (Ruiz-Giménez, 2003)

reflejando la idea del primitivismo y salvajismo africano que subsiste en el imaginario colectivo occidental. (Ruiz-Giménez, 2003)

Y estas narrativas prejuiciosas presionan, consciente e inconscientemente, en contra de la resolución pacífica de los conflictos, justo cuando

Algunos estados, como EE.UU., pretenden crear un nuevo orden internacional que les permita intervenir militarmente en otros estados, ocuparlos e incluso colonizarlos. (Ruiz-Giménez, 2003)

En la misma línea, se habla del subdesarrollo como causa de estos conflictos, […] se ha alimentado una visión del subdesarrollo como elemento desestabilizador y peligroso. […] (Duffield, 2004)

García-Fajardo (6) da un resumen muy completo de todas estas causas.

[…] de los estereotipos acuñados, de los lugares comunes y de las reiteradas imágenes que los medio de comunicación repiten sin cesar para adormecer nuestras consciencias y hacernos creer en un fatalismo histórico o en una predisposición racial que incapacita a los pueblos africanos para un desarrollo integral. […] Partimos del hecho de que las dificultades presentes: regímenes dictatoriales, militarismo, corrupción en los cuadros, crisis económica, guerras civiles y desastres ecológicos, tienen su origen, en gran parte, en los años del colonialismo europeo. Y en la precipitada independencia de muchos de los nuevos estados, a veces, en contra de la razón, de la evidencia y de la historia. […] El sistema de tribus de diferentes etnias fue fomentado por los colonizadores para oponer unos pueblos contra otros y poder dominarlos mejor. […] La misión de los colonizadores y el argumento clave […] Civilización, Cristianismo y Comercio […] los desarraigaron de sus culturas, de su historia y de sus tradiciones. […] Y les arrancaron su lengua ancestral, les pusieron extraños vestidos encima y les impusieron una mentalidad más extraña todavía […] que chocaba con sus seculares tradiciones produciendo desarraigos de incalculables consecuencias. […] Fue el comercio de esclavos el que rompió y destrozó la mayoría de estas tradiciones, y proporcionó rifles y ambición para sostener el poder de jefes codiciosos que entablaron guerras de exterminio con sus vecinos. (García Fajardo, 2000).

Con lo que

La idea del subdesarrollo como peligroso y desestabilizante proporciona una justificación para el compromiso y la vigilancia continuada. (Duffield, 2004)

lo que legitima la intervención para implantar los modelos que más convienen a Occidente.

[…] la presunción de que lo que mejor garantiza la paz en el largo plazo es la democracia de mercado per se puede, a su vez, incrementar las posibilidades de vuelta a la violencia. (Romeva, 2004).

Romeva acusa a las estructuras de la maquinaria internacional (tomando como ejemplo el caso de la guerra de Bosnia) de no estar a la altura de los desafíos de la resolución de conflictos, por ausencia de visión global/estratégica, falta de liderazgo y coordinación, duplicación de esfuerzos y estructuras, así como ausencia de cooperación entre ellas, enfrentamientos debidos a excesivos personalismos, y cansancio internacional y reducción de presupuestos.

Los países donantes, a través de múltiples instituciones internacionales, se llenan la boca sugiriendo estrategias de avance en la construcción de la paz y la negociación, como fortalecer la sociedad civil, las redes gubernamentales, empresariales, a la educación y a los ONG. (Romeva, 2004).

pero no llegan a más que «imponer soluciones generadas desde fuera». (Romeva, 2004).

Aunque ¿existe una voluntad real de solucionar estos conflictos? Teniendo en cuenta todo lo anterior, no. También Duffield lo niega. El autor aduce, entre otras razones, que la forma de inmersión en el modelo sociopolítico parece más bien un adoctrinamiento; que la paz se sitúa en el modelo por encima de la justicia, de manera que los perpetradores de la violencia política quedan absueltos de culpabilidad; y que la resolución de conflictos, junto con los programas de ayuda y desarrollo, no son más otra forma de imperialismo.

[…] las prácticas de la resolución de conflictos pueden verse como partes de un discurso deslegitimador global que permite la regulación por parte de occidente de la política del tercer mundo. (Duffield, 1998, citado por Romeva).

Si es así, ¿cómo vamos a conseguir la paz?

LA COMUNICACIÓN COMO FORMA DE INTERVENCIONISMO

La comunicación es otra forma de intervencionismo: siguiendo a Fisas, la comunicación actual es sesgada, donde sólo existe lo que se ve en la tele, sólo es noticiable lo que es directo, se dramatizan los conflictos para conseguir audiencia, buscando los tópicos más caducos, en lugar de mencionar iniciativas positivas, y se nos satura con la «pornografía del hambre». Provocando el llamado efecto CNN, por lo que no siempre se interviene donde sería más necesario. Y manipulados por el poder (ejemplo, las mentiras flagrantes en la comunicación de la Guerra del Golfo). Se muestra el espectáculo, sin entretenerse en analizar las causas.

Sólo señalaré un ejemplo de este otro tipo de intervencionismo: la presencia de los medios de comunicación, y en particular de fotoperiodistas, es a veces la única forma que encuentran algunos grupos rebeldes para darse a conocer en el exterior, y lo hacen de la forma más brutal posible: matan, ejecutan, mutilan y exhiben públicamente el trofeo, exclusivamente para salir en la foto. (Fisas, 2001)

CONCLUSIÓN

Siguiendo a García-Fajardo, está claro que los países colonizados han servido sólo para satisfacer los intereses de la metrópoli, ahora sustituida (desde la independencia) por empresas transnacionales que más o menos buscan lo mismo. Con el agravante que ahora estos países están sometidos a los PAE, endeudados hasta límites insoportables por culpa de los créditos FAD, «que crean graves dependencias y dan lugar a una corrupción casi institucionalizada». Aparte de la desilusión que para el pueblo supuso la no instauración de las mejoras prometidas tras la independencia, por la falta de recursos, personal preparado, dependencia de la antiguo metrópoli que sólo se preocupó de sacar materias primas y la presión de intereses foráneos. El autor habla de inconmensurables posibilidades de economía y de empleo, y por qué no, también de paz, pero para solucionarlos es necesario «un criterio generoso, técnicamente válido, profesional y con criterio de productividad, moderno y ecológico a la vez». Pero sobre todo hace falta voluntad. Y eso es lo que no existe.

Pero si existiera, si los conflictos no fueran la estrategia de dominación de las potencias occidentales que son, se podría comenzar racionalizando la ayuda humanitaria, dentro y fuera de los conflictos. La ayuda ha de ser simplemente un apoyo a la capacidad local de respuesta a las crisis, y ajustarse a lo verdaderamente necesario. Y justo lo que no se necesita son […] intervenciones de ajuste estructural, dirigidas a debilitar los estados. La reconstrucción es una etapa en la que es imprescindible la mano orientadora y canalizadora de un estado fuerte y legitimado. Varios procesos de paz fracasan y se estancan por la miope política exterior que obliga a privatizar servicios y a reducir la ya debilitada estructura pública. (Fisas, 2001)

Se trata, más bien, de aplicar un suministro inteligente de la ayuda y, sobre todo, de devolver la autogestión a estos países.

El objetivo último por parte de los donantes debe consistir en: crear las condiciones precisas para que las partes en conflictos se centren en buscarlas soluciones a sus problemas (en lugar de usar los programas de ayuda para asegurarse mutuamente una situación de dominio de unos sobre otros); […] potenciar la participación de la sociedad civil; garantizar que las instituciones jurídicas locales e internacionales podrán cumplir con sus obligaciones de juzgar a los principales responsables, y llevar a cabo acciones de promoción y respeto de los derechos humanos. Así como tratar las secuelas psicológicas de la guerra. (Romeva, 2004)

Porque la ayuda humanitaria, según Kaldor […] es fundamental: sin ella la gente se moriría de hambre. Pero es difícil enfocarla de forma mucho más minuciosa, tener en cuenta el consejo de expertos locales que conocen verdaderamente la situación y debe ir acompañada de una ayuda a la reconstrucción […], la recuperación de una economía política formal, basada en reglas aceptadas. (Kaldor, 2001)

Kaldor también, habla de que la única posibilidad de conseguir la pacificación en una guerra es la cooperación entre las instituciones internacionales y los grupos cívicos internos, para construir alternativas políticas y sociales a la política de identidades y a su trasfondo estructural. Para eso, se debería tomar en serio a la sociedad civil, tener como prioridad el respeto a los derechos humanos y el procesamiento a los criminales de guerra. Y crear una alternativa a la economía mafiosa mediante la reconstrucción social y económica, facilitando el regreso de los refugiados.

Como eso pueda darse desde la propia población sin intervencionismo, es el gran desafío.

[…] la legitimidad sólo puede restaurarse sobre la base de una política alternativa que se atenga a principios cosmopolitas. Una vez instaurados los valores de inclusión, tolerancia y respeto mutuo, las soluciones territoriales llegaran fácilmente. […] Pero la explicación más importante es la que constituyen las percepciones engañosas, la persistencia de modos de pensamiento caducos sobre la violencia organizada, la incapacidad de entender el carácter y la lógica del nuevo estilo bélico. […] En resumen, lo que se necesita es una nueva forma de movilización política cosmopolita, que comprenda tanto a la llamada comunidad internacional como a las poblaciones locales y que sea capaz de contrarrestar la sumisión a ciertos tipos de particularismo. (Kaldor, 2001).

Pero

Hacer respetar la ley cosmopolita puede suponer arriesgar las vidas de las fuerzas de pacificación para salvar las de las víctimas. Éste es, tal vez, el supuesto más difícil de cambiar. […] Las nuevas tropas cosmopolitas tendrán que profesionalizarse […]. Tienen que pasar a ser los legítimos portadores de armas. Deben conocer y respetar las leyes de la guerra y seguir un estricto código de conducta. Habrá que investigar debidamente las informaciones sobre corrupción o violaciones de los derechos humanos. (Kaldor, 2001)

Otra dificultad añadida. Y es que quizá el posicionamiento de la autora es excesivamente optimista. De acuerdo con González Ochoa […] La Paz Perpetua de la que hablaba Kant es un sueño imposible, porque la justicia y la desigualdad aumentan y los pobres son cada vez más pobres y menos libres (González Ochoa, 1998).

Pero quizá se requiera una intervención (quizá deberíamos llamarla «desintervención») más radical. Cambiar radicalmente los supuestos en los que se basa la acción humanitaria y la resolución de conflictos. Dejar de considerar de una vez a los países del Sur como los eternos niños pequeños que necesitan del gran papá occidental para resolver sus cuestiones y para llenar sus carencias. Quizá sea el momento de concederles la mayoría de edad. Así se expresa Velloso.

A pesar de toda la buena voluntad que se les supone (a las ONG), quizá conviene, en contra de la tendencia actual, suspender las acciones humanitarias y en su lugar realizar una reflexión sobre si es más acorde con la dignidad humana tener más ONG y más capaces de actuar (hoy día parecen comandos especializados en llevar botes de leche en polvo a las selvas más pérdidas), o ninguna dedicada a lavar la ropa sucia de los gobiernos que las mantienen económicamente. Quizás no es exagerado pensar que más que salvar vida en el Tercer Mundo (¿cuántas realmente respecto del número de víctimas si no actuaran?) lo que hacen es acallar las consciencias de los más sensibles ciudadanos de los países ricos. (Velloso, 2006)

Y simultáneamente, ir a las raíces del problema.

Hay que admitir que el sistema, tal como está concebido y como funciona, no admite la eliminación de la pobreza sin más: o se cambia el sistema o la pobreza seguirá. No existe uno sin lo otro. La pobreza no está ahí porque sí, es el sistema. No se trata solamente de contribuir con unas horas de trabajo voluntario o con una cuota, ni de firmar peticiones. No se puede espera que el sistema vaya a cambiar con un movimiento tan minoritario, no sólo por el número de miembros y simpatizantes y de sus actuaciones, sino porque el resto del sistema, incluso ellos mismos (más o menos inadvertidamente) trabajan a favor de él. (Velloso, 2006)

Esto se puede extrapolar a la gestión de conflictos: la guerra, como la pobreza, tan relacionadas en ocasiones y sobre todo en el ámbito de los nuevos conflictos, también forma parte del sistema. Y todos trabajamos a favor de él, en el fondo. Nuestras pequeñas costumbres de cada día, costumbres que no estamos dispuestos a cambiar, quizá tengan un efecto mariposa que contribuya a la formación de varios nuevos conflictos y a la continuidad de los existentes, en este mundo globalizado donde todo está conectado. Y no parece que toda la concienciación del mundo, todo el activismo, e incluso toda la fuerza negociadora, sea suficiente: el enemigo es muy fuerte, y además nosotros mismos militamos en sus filas.

NOTAS

(1) El intervencionismo humanitario se ha definido de diferentes formas por los distintos autores que estudian el tema. A efectos de este trabajo, entenderemos por intervencionismo humanitario cualquier intromisión, con o sin uso de la fuerza, publicitaria, política, sanitaria o simplemente asistencial, en los asuntos internos de un país del Sur por parte de otro del Norte.

(2) En Conflictos y cooperación en África actual, José Urbano Martínez Carrera y Basilio Rodríguez Cañado (coord.), Madrid, Sial, 2000.

(3) Conflictos y guerras de fin de siglo, Pedro Sáez, Revista de Pastoral Juveni, 349, octubre 1997 (citado por Tamarit).

(4) Do no harm. How can aid can support peace-or war, Mary B. Anderson, Lynne Rienner Publishers, Inc, Boulder Colorado, 1999 (citada por Romeva).

(5) Conflict, Postwar Rebuilding and the Economy: A Critical Review of Literatura, Gilles Carbonnier, UNRISD, 1998 (citado por Romeva).

(6) Conflictos y cooperación en África actual, José Urbano Martínez Carrera y Basilio Rodríguez Cañado (coord.), Madrid, Sial, 2000.

Bibliografía y webgrafía

Algunas consideraciones sobre el papel de las ONGs, Agustín Velloso. http://www.lafogata.org/debate/iz_28-3.htm

Conflictos armados y pobreza: el desarrollo como vía hacia la paz, Isabel Tamarit, Barcelona, Intermón-Oxfam, 2001.

Conflictos y cooperación en África actual, José Urbano Martínez Carrera y Basilio Rodríguez Cañado (coord.), Madrid, Sial, 2000.

Cultura de paz y gestión de conflictos, Vicente Fisas, Barcelona, Icària París UNESCO, 2001.

Guerra, postguerra y paz, Raül Romeva, Barcelona, Icària, 2004.

Las «buenas intenciones»: intervención humanitaria en África, Itziar Ruiz-Giménez Arrieta, Barcelona, Icària, 2003.

Las guerras olvidadas, José María González Ochoa y Ana Isabel Montes Pascual, Madrid, Acento, 1998.

Las nuevas guerras en el mundo global: la convergencia entre desarrollo y seguridad, Mark Duffield, Madrid, Libros de la Catarata, 2004.

Las nuevas guerras: la violencia organizada en la era global, Mary Kaldor, Barcelona, Tusquets, 2001.