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La ONG invisibiliza sistemáticamente a las víctimas civiles del conflicto

La complicidad de Human Right Watch con la guerra de Afganistán

Fuentes: Diagonal

Los autores de este artículo, profesores e investigadores estadounidenses, documentan la complicidad de la ONG Human Right Watch en la ocultación de víctimas civiles y en la justificación de la guerra de Afganistán. De acuerdo con Marc Garlasco, actual analista militar de Human Rights Watch (HRW), la fuerza aérea de EE UU ha perfeccionado tanto […]

Los autores de este artículo, profesores e investigadores estadounidenses, documentan la complicidad de la ONG Human Right Watch en la ocultación de víctimas civiles y en la justificación de la guerra de Afganistán.

De acuerdo con Marc Garlasco, actual analista militar de Human Rights Watch (HRW), la fuerza aérea de EE UU ha perfeccionado tanto su puntería que ahora sólo mueren los «chicos malos». Naturalmente, se trata de una vieja parábola en la «venta de las guerras modernas por parte de EE UU», según la cual, el armamento guiado de precisión supuestamente ahorra civiles. Entre los primeros ponentes de este mito se hallan William Arkin (del Washington Post) y el coronel en la reserva MacKubin Owens. El coronel Owens describió así en noviembre de 2001 los bombardeos estadounidenses sobre Afganistán: «En cierto modo es una aproximación inmaculada a la guerra». Salon.com ha citado recientemente a Garlasco, quien afirmaba que desde junio de 2007 no había «visto ningún suceso de bajas civiles en Afganistán».

Pero basta una rápida ojeada al Proyecto Memorial de Víctimas Afganas, para confirmar que ha habido cientos de víctimas civiles en Afganistán desde el 1 de julio de 2007. En el programa 60 Minutes de la cadena CBS Garlasco respondió al entrevistador Scott Pelley: «No creo que la gente sepa valorar de veras las acrobacias que tiene que hacer el Ejército de EE UU para asegurarse de que no mata a civiles». El entrevistador preguntó: «Si se toman tantas precauciones, ¿por qué están matando a tantos civiles?». «Porque los talibanes están violando las leyes internacionales», responde Garlasco, «y porque EE UU no dispone allá de suficientes tropas. Por un lado, los talibanes se refugian en las casas de la gente. Por otro, hay un reducido número de efectivos sobre el terreno. Y a veces lo único que pueden hacer es lanzar bombas».

Tom Malinowski, director de la Oficina de Washington de HRW, declaró que el objetivo de su organización «no es acabar con la guerra; se trata de cambiar la manera en la que los Ejércitos hacen la guerra».

‘Daños colaterales’

El Ejército de EE UU y HRW operan con una conveniente ficción según la cual la pretendida intención y discriminación son de veras atributos de lo que hace el Ejército de EE UU cuando empieza a matar «combatientes» en teatros de guerra. Alegar que las víctimas producidas involuntariamente son «daños colaterales» permite a los atacantes defender la pureza de su intención, aunque el resultado sea asesinar a un número indeterminado de víctimas. Ésta es la hoja de parra tras la que Marc Garlasco se esconde con sus siete años al servicio del Ejército de EE UU, la misma hoja de parra tras la que HRW lamenta «errores» en los objetivos, aunque aceptando la empresa militar en su sentido más amplio.

¿Pero por qué iba a querer una ‘organización pro derechos humanos’ seguir al Pentágono y aceptar esta cínica aproximación a los crímenes de guerra de EE UU? La respuesta es que, como mínimo en estos temas, HRW sirve menos como una organización de derechos humanos y más como un adjunto de los criminales.

En informaciones diferentes para New York Times y Washington Post en julio de 2003, el jefe de Estado Mayor de la Fuerza Aérea de EE UU, General Michael Moseley, afirmó: «Se ha solicitado a los comandantes de la guerra aérea que obtengan la aprobación del secretario de Defensa Donald Rumsfeld, si se prevé que algún ataque aéreo pueda producir más de 30 bajas civiles». La misma información se reflejaba en el portal Salon.com: «A principios de la guerra de Iraq en 2003, había un número que fue crucial para los oficiales del Ejército de EE UU cuando planeaban ataques aéreos. ‘El número mágico era el 30’, dijo Marc Garlasco, que era el supervisor de objetivos de alto valor del Pentágono cuando empezó la guerra. ‘Esto significa que si calculas en 30 la cifra anticipada de civiles muertos, la propuesta de ataque debe ir a parar a Rumsfeld o a Bush para que la sancionen en persona’. Si la cifra prevista de muertes civiles era inferior a 30, ni el presidente ni el secretario de Defensa necesitaban saberlo».

Garlasco eludió compartir con Salon.com el hecho que su antiguo jefe nunca rechazó ese tipo de objetivos recomendados. «Todos esos blancos fueron atacados con el tiempo a lo largo de la guerra», según The Post, «pero las fuerzas de EE UU no han determinado cuántos [civiles] murieron en el proceso, y no tienen previsto hacerlo». Las estimaciones de cuántos objetivos de ese tipo hubo bajo esa categoría oscilan de 40 a 50. Todo esto representa los procedimientos operativos habituales para el Ejército de EE UU, dada la inmunidad de la que gozan ante la legislación internacional. Pero que un practicante del navío sea bienvenido en HRW es motivo de preocupación.

Ningún defensor real de los derechos humanos distinguiría entre víctimas «chicos malos» y víctimas inocentes. En realidad, esas distinciones se detallan en las leyes de la guerra. Pero dichas leyes se suponen para los que hacen la guerra y preservan los derechos de los Estados en relación en la contienda. La defensa de los derechos humanos es algo muy diferente. Si, por otro lado, HRW está empapada de una mentalidad en la que los «inocentes» no merecen morir bajo las bombas de EE UU (incluso si al fin y al cabo esos objetivos son «errores» perdonables), pero sí lo merecen los «chicos malos», entonces HRW debería reconocer que su defensa incluye la guerra llevada a cabo por EE UU y declararlo explícitamente. Como apuntaba Marc Garlasco: «El ataque aéreo debe continuar». ¡Bombas fuera!

Traducción: Roser Neri

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