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La supremacía de Irán

Fuentes: TomDispatch

Traducido del inglés para Rebelión por Carlos Riba García

La apuesta ganadora en Oriente Medio (¡Irán!)

Introducción de Tom Engelhardt

 

Podríamos pensarlo como el medio siglo estadounidense en Oriente Medio, el que va desde el 17 de agosto de 1953, cuando un golpe de la CIA derribó el gobierno del primer ministró iraní Mohammad Mosaddegh, que había sido elegido democráticamente, e instaló al Shah como el hombre de Washington en Teherán, hasta el 1 de mayo de 2003, cuando George W. Bush puso pie sobre la cubierta del portaaviones Abraham Lincoln frente a la costa del sur de California. Allí, de pie bajo una pancarta hecha en la Casa Blanca que ponía «Misión cumplida», el presidente anunció espectacularmente que «habían terminado las operaciones de combate más importantes en Iraq» y saludó «la llegada de un tiempo nuevo».

Hoy sabemos que esas operaciones de combate apenas habían empezado. Casi 12 años después, con la administración Obama realizando una campaña de bombardeo contra el Estado Islámico en Iraq y Siria, esas operaciones todavía están por terminar. En solo una cosa el presidente Bush no se equivocaba: ciertamente, con la invasión de Iraq comenzaba una nueva era. Sus funcionarios más importantes y sus aliados neocon imaginaban aquel momento como la culminación de un nuevo orden en Oriente Medio, la garantía de otro medio siglo, o más, de dominación estadounidense. Durante décadas, Iraq, el estado crucial en la tierra del petróleo del planeta, sería el cuartel de Estados Unidos (según el modelo Corea); se haría entrar en vereda al régimen de Bashar al-Assad; y sobre todo, sería aplastada el fundamentalista Irán. Los gobernantes de este país se verían a sí mismos cada día más apretados en un tornillo de banco: un Iraq estadounidense de un lado y un Afganistán estadounidense del otro (una ocurrencia de ese momento captó perfectamente el humor de Washington y sus esperanzas de alto vuelo: «Todos quieren ir a Bagdad; los hombres de verdad quieren ir a Teherán»). La administración Bush se aseguraría de que las grandes afrentas del medio siglo estadounidense en la región, el revés para la CIA del golpe del Ayatollah Jomeini en 1979 y la humillación de los diplomáticos de EEUU rehenes en Teherán durante 444 días, serían lavadas. Pronto, el régimen de los Ayatollahs sería historia.

Por supuesto, todo resultó bastante distintito -más allá de lo imaginable-, dejándonos enfangados en el caos de esa «nueva era». ¡Ciertamente: impacto y sobrecogimiento! El medio siglo estadounidense había sido desperdiciado tan definitivamente como lo había sido el anterior, el de la Guerra Fría contra la Unión Soviética. Algún día, la desastrosa invasión de Iraq tendrá quien escriba su historia, y nosotros entenderemos más completamente qué se inauguró de verdad en ese momento, cuáles eran las fuerzas que ya se perfilaban en la región y quedaron liberadas con resultados devastadores. Desde luego, se abrió un agujero en el centro mismo de Oriente Medio que ha dejado una nueva situación en la que todo está por aprenderse y el suelo preparado -como lo hace la dinamita- para la desintegración de la noción -tanto la europea como la de EEUU- de «orden» en la región, como también para la construcción de lo que todavía no sabemos.

Hoy, en medio de una notable fragmentación, de un enredado conflicto, de luchas sectarias, del crecimiento y la propagación de grupos extremistas y de la creación de un estado fallido tras otro -Siria, Iraq, Libia y Yemen- hay dos países petroleros que permanecen intactos: Arabia Saudí e Irán. Y los saudíes, que viven en un represivo reino sunní con una descontenta población minoritaria shií cuyos gobernantes han utilizado la inmensa riqueza petrolera para comprar paz social, están visiblemente nerviosos. De ahí su decisión de empezar una campaña de bombardeo -y terror- destinada a desarticular Yemen, con la amenaza de seguir con una invasión por tierra (posiblemente con la implicación de tropas egipcias y otras). Los estadounidenses ya han mostrado que, con una mayor «precisión» de bombardeo que la fuerza aérea saudí, las bombas no han resuelto nada en la historia de los conflictos, incluso los han exacerbado. Qué reacción experimentarán los saudíes a partir de su precipitada decisión de atacar Yemen es imposible saberlo, pero no resulta difícil suponer que, como pasó con Washington cuando lanzó su ofensiva contra «las puertas del infierno» iraquí en 2003, es poco probable que sea alguna de las que imaginan ahora los gobernantes del país.

Tened en cuenta que la desestabilización de Arabia Saudí en cualquiera de las formas posibles sería una perspectiva sobrecogedora para Oriente Medio y, dado su papel clave en la producción de petróleo, incluso para el mundo entero. En cuanto a Irán, como el queso de la famosa canción infantil*, hoy aún está sola.

Peter Van Buren, colaborador habitual de TomDispath (quien como funcionario del departamento de estado de EEUU, vivió el principio de la «nueva era» de Bush en el Iraq ocupado) sugiere que en los años venideros Irán podría ser el único país aglutinante en la región circundante. Entonces, aunque no sabemos cuál puede ser el futuro de Oriente Medio, por cierto no es demasiado pronto para decir «Misión cumplida» y felicitar a George W. Bush por su nueva era.

 

* * *

Doce años más tarde sabemos que Irán es el ganador

Estados Unidos está corriendo en círculos en Oriente Medio, remendando coaliciones acá, forjando extrañas alianzas allá y tratando de identificar quién es el enemigo -o su enemigo- en un sitio tras otro. El resultado es justamente el esperable: un caos cada vez mayor que deteriora lo que ha quedado de las naciones cuya precariedad ha dado nacimiento a yihadismo que EEUU está tratando de aplastar.

Y como sucede en los cuentos clásicos de consecuencias no buscadas, casi cada vez que Washington ha cometido otro errar garrafal en Oriente Medio, Irán ha dado un paso para coger ventaja. Consideremos a ese país como una potencia regional en ascenso y concedamos crédito a la torpeza estadounidense por la nueva supremacía iraní.

Las noticias de hoy… y un poco de historia

Estados Unidos terminó recientemente el ataque aéreo -aprobado por Irán- en apoyo de las milicias iraquíes que recuperaban la ciudad de Tikrit, que estaba en manos del Estado Islámico (EI). Al mismo tiempo, Washington volvió a proporcionar información de inteligencia y reabastecimiento de combustible en vuelo a pedido para la campaña de bombardeo contra las milicias ayudadas por Irán en Yemen. Irán continúa asesorando y ayudando al presidente sirio Bashar al-Assad, a quien Washington aún le gustaría derrocar y, como parte de su estrategia siria, continúa aprovisionando y dirigiendo a Hezbollah -una organización que EEUU considera terrorista- en Líbano.

Mientras tanto, EEUU ha negociado con éxito las líneas generales de un acuerdo con Irán destinado a lograr una fuerte restricción de su programa nuclear a cambio de un eventual levantamiento de las sanciones y la concesión de reconocimiento diplomático. Con toda seguridad, esto reforzará el estatus de potencia regional de Teherán, al mismo tiempo que debilitará a los sempiternos aliados de Estados Unidos: Israel, Arabia Saudí y los Estados del Golfo.

Un experto inteligente podría sin duda pintar todo lo anterior como un ballet de la Realpolitik de Washington, pero la verdad tiene un aspecto bastante más simple y doloroso. Desde la invasión de Iraq en 2003, la política estadounidense en Oriente Medio ha mezclado una enorme confusión con torpes arranques de erráticos actos de oportunismo y excesivo cortoplacismo. El país más beneficiado con esta política ha sido Irán. Ningún otro país ilustra mejor esto que Iraq.

El Redux iraquí (una vez más, todavía)

El 9 de abril de 2003, hace ahora 12 años, los soldados estadounidenses derribaron una estatua de Saddam Hussein en la plaza Firdos de Bagdad, marcando simbólicamente lo que George W. Bush esperaba que fuera el inicio de una campaña de rediseño de Oriente Medio a imagen y semejanza de Estados Unidos haciendo entrar en vereda no solo a Iraq sino también a Siria e Irán. Es imposible negar que la invasión de Iraq puso en marcha acontecimientos que aún continúan reconfigurando esa región en una forma inimaginable hasta entonces.

En la estela de la invasión y ocupación de Iraq, floreció y se marchitó la Primavera Árabe (la reciente decisión de la administración Obama de reanudar la exportación de armas al régimen militar egipcio de Abdel Fattah al-Sisi puede ser considerada como el golpe de gracia de la Primavera Árabe). Hoy, remezones de lucha atraviesan Libia, Siria, Yemen, el Maghreb, el Cuerno de África y otras partes del Gran Oriente Medio. Hay ataques terroristas en lo que una vez fue un pacífico Túnez. Ahora, hay un Kurdistán (de facto) independiente -que era una realidad en el siglo XVI- que incluye la ciudad de Kirkuk. Países que antes eran estables se han convertido en estados fallidos y albergan a grupos terroristas que ni siquiera existían cuando las fuerzas estadounidenses cruzaron la frontera iraquí en 2003.

Y, por supuesto, 12 años después, en el mismo Iraq el fragor de los combates no cesa un minuto. ¿Quién recuerda ahora al presidente Obama declarando la victoria en 2011 y elogiando a los soldados de EEUU regresando con «la cabeza bien alta»? Daba la impresión de que estaba lavándose las manos para quitarse la pegajosa arena parda que era el Iraq de Bush. Billones de dólares gastados e innumerables vidas perdidas o arruinadas pero, tal como había pasado unas décadas antes en Vietnam, Estados Unidos debía seguir adelante y no mirar atrás. Más o menos lo mismo que para gran parte del sueño de una exitosa Pax Americana en Oriente Medio, pero al menos todo había acabado.

Ya sabéis qué pasó después. Al contrario que en Vietnam, Washington efectivamente volvió, modificando rápidamente lo que en agosto de 2011 había empezado como una misión humanitaria para salvar al pueblo yasidí del aniquilamiento a manos del Estado Islámico para que pasara a ser una campaña de bombardeo a gran escala en Siria e Iraq. A tal efecto, se formó una coalición de 62 países (¿dónde están ahora, cuando EEUU asume el 85 por ciento de los ataques aéreos contra el EI?). El grifo de un enorme flujo de armamento se abrió. El arquitecto de la «marea» de 2007 en Iraq y responsable de la filtración de documentos absolutamente secretos, el general retirado y ex director de la CIA David Petraeus, fue llamado una vez más para que asesorara. La orden del día: bombardeos 24/7**; varios miles de instructores regresaron a sus antiguas bases para volver a adiestrar a una parte del ejército creado por los estadounidenses que acababa de venirse abajo y huido de cuatro ciudades clave del norte de Iraq que quedaron en manos de los combatientes del EI. La tercera guerra de Iraq estaba oficialmente en marcha y muchos expertos -yo, entre ellos- pronosticaron una escalada paulatina con el consiguiente y acostumbrado atolladero final.

Semejante resultado es muy difícil que pueda descartarse todavía, pero de momento es como si Obama hubiese llegado hasta el borde del precipicio iraquí, lo hubiera contemplado y luego se hubiese encogido de hombros. Por el momento, tanto su administración como los jefes militares parecen contentos con estarse ahí, sin retirarse ni aumentar la presión.

El pueblo estadounidense parece sentir bastante de lo mismo. Excepto los congresistas republicanos (incluso con menos estridencia de la habitual), hay algunos llamados a… bueno, a nada. Los ataques aéreos en curso siguen siendo «quirúrgicos» en el ámbito de la política nacional, si bien no en Iraq y Siria. Apenas percibidos y objeto de escasa información aquí, prácticamente no han tenido efecto alguno entre los estadounidenses. Aun así siguen teniendo entidad suficiente como para que el ala derecha esté segura de que las fuerzas armadas de EEUU continúan siendo la mejor herramienta para resolver los problemas en el extranjero, al mismo tiempo que anima a los progresistas que quieren mostrar que pueden ser tan duros como cualquiera en el camino para [las elecciones de] 2016.

A primera vista, la versión estadounidense de la tercera guerra de Iraq se parecería a la intervención aérea en Libia: la misma falta de interés por las consecuencias en el largo plazo. Pero el Iraq de 2015 no es la Libia de 2011, porque en este tiempo, mientras EEUU se cruza de brazos, Irán se levanta.

Irán en alza

Oriente Medio estaba maduro para el cambio. Antes de la invasión de Iraq en 2003, el último acontecimiento importante de transformación en esa zona fue la caída del clásico títere de EEUU, el Shah de Irán, en 1979. Aparte de eso, muchos de los regímenes más agresivos en el poder desde los sesenta, coincidiendo con lo más álgido de la Guerra Fría, se habían mantenido en su sitio, lo mismo que la mayor parte de las fronteras trazadas incluso antes, en el periodo posterior a la Primera Guerra Mundial.

Irán debería mandar una cesta de fruta a Estados Unidos como agradecimiento por haber preparado con tanta perfección el escenario para su ascenso. En 2003, para empezar, EEUU eliminó las principales amenazas fronterizas que tenía Irán: el Iraq de Saddam Hussein, en el oeste, y el Talibán afgano, en el este (el Talibán ha regresado, ciertamente, pero se ha centrado diligentemente en la lucha contra el gobierno de Afganistán, un régimen títere de Estados Unidos). El arduo y prolongado periodo de las guerras de Washington en esos dos países embotó incluso el esperable gusto del feroz público estadounidense por un poco más de lo mismo y enfriaron los planes de la era Bush que alimentaban Tel Aiv y Washington para atacar desde el aire las instalaciones nucleares iraníes (después de todo, si ni siquiera el vicepresidente Cheney pudo disparar a Irán antes de dejar su despacho en 2008, ¿quién en el Estados Unidos de 2015 podría hacer algo así?

Todavía mejor para los iraníes, cuando en 2006 Saddam fue ahorcado, no solo perdieron al enemigo que había invadido su país en 1980, dando así comienzo a una guerra a muerte que se prolongaría durante ocho años, sino que también consiguieron un aliado en el nuevo Iraq. Mientras la influencia estadounidense se marchitaba en marzo de 2010 con el fracaso de las elecciones iraquíes en la producción de un gobierno de amplia representatividad, Irán dio un paso para gestionar a fondo un asentamiento guerrillero conducido por un sectario gobierno shií en Bagdad preocupado por asegurar que la minoritaria población sunní del país se mantuviera en adelante alejada del poder. En 2010, la administración Obama parecía completamente ajena a los avances de Irán en Iraq, y lo mismo parece en 2015.

Iran en Iraq

En Tikrit, las fuerzas chiíes lideradas por Irán expulsaron recientemente al Estado Islámico de la ciudad. Quien estaba al mando de esas unidades era Qassem Suleimani, jefe de la fuerza Qods (perteneciente a los Guardianes de la Revolución Iraní), quien anteriormente había comandado acciones brutalmente eficaces de las fuerzas especiales de Irán contra soldados estadounidenses en la segunda guerra de Iraq. Regresó a ese país y montó su propia coalición de milicias shiíes para tomar Tikrit. Todas estas milicias se han beneficiado mucho con el respaldo iraní, como también lo ha hecho el ejército de Irán, cada vez más dominado por el chiísmo.

Además, los iraníes han utilizado sus propios tanques y posiblemente incluso su infantería para el asalto a la ciudad. También han llevado modernos sistemas misilísticos, el mismo tipo de armas que Hamas empleó contra Israel en los ultimos enfrentamientos.

Solo faltó una cosa: el poder aéreo. Después de muchos titubeos, cuando parecía que el asalto a Tikrit había sido rechazado por unos muy bien parapetados combatientes del Estado Islámico en una ciudad llena de trampas cazabobos, la administración Obama accedió a proporcionar apoyo aéreo.

En el lado estadounidense, la sensación de desesperación vinculada con la decisión de lanzar ataques por aire en Tikrit era palpable. Es posible percibirla, por ejemplo, en esta declaración de un portavoz del Pentágono en la que casi pide al gobierno iraquí que favorezca a Washington en detrimento de Teherán: «Creo que es importante que los iraquíes entiendan que lo que más puede ayudarles es un socio confiable en su lucha contra el EI. Es muy claro que la confiabilidad, la profesionalidad y la capacidad militar de avanzada son cosas de las que dispone la coalición».

Imaginad si se le hubiese dicho a un soldado estadounidense -o a un general- que estuviese dejando Iraq en 2011, que pocos años después en el país donde había visto caer a sus compañeros, EEUU iba a estar proporcionando apoyo aéreo a Irán. Imaginad si se le hubiera dicho que Washington estaría ayudando a las mismas milicias shiíes que colocaban bombas en las carreteras para matar a estadounidenses que perseguían sunníes. Y sobre todo suplicando por una oportunidad para hacerlo. ¿Qué pensaría de eso?

Los límites del poder aéreo

Sin duda, la Casa Blanca imaginaba que las bombas de EEUU en Tikrit serían vistas como el factor decisivo y que el gobierno sectario en Bagdad se avendría con toda naturalidad a… ¿A qué? ¿A que le cayéramos más simpáticos que los iraníes?

Con todo lo extravagante que esa «estrategia» pueda parecer, se ha comprobado que en la práctica fue incluso peor. El problema mayor con el poder aéreo es que, si bien es cierto que sirve para romper cosas, es incapaz de decidir nada. No es capaz de determinar quién va a ocupar la mansión del gobernador una vez que la polvareda se haya asentado. Solo los soldados de infantería pueden hacer eso; por lo tanto, una victoria contra el Estado Islámico en Tikrit, más allá del papel de los ataques aéreos, solo puede dar más poder a las milicias shiíes respaldadas por Irán. No es necesario ser un experto militar para saber que esta es la naturaleza del poder aéreo, algo que hace más sorprendente aún que los estrategas estadounidenses sean incapaces de verla.

En cuanto a la preferencia que Washington puede suscitar por haber echado una mano, hay pocas evidencias de que eso haya pasado. Los funcionarios de Bagdad no han abierto la boca en relación con la contribución de EEUU y solo han elogiado «la cobertura aérea de la aviación iraquí y la coalición internacional». La fuerzas shiíes en el campo de batalla han sido objeto de enfado y menosprecio por parte de los estadounidenses por haber interferido -tal como ellos lo ven- en las acciones destinadas a tomar Tikrit ellos mismos.

El triunfo en esa ciudad no hará otra cosa que reforzar la confianza que el gobierno de Bagdad tiene en las milicias; su primer ministro Haider al-Abadi habla de ellas como de «voluntarios del pueblo» e ignora al aún limitado número de soldados iraquíes que hasta ahora han podido adiestrar los estadounidenses (dicho al pasar, el Pentágono está considerando la posibilidad de que Irán les dé algunos consejos sobre adiestramiento, ya que sus milicias parecen estar haciendo un muy buen trabajo, lejos del desempeño de los soldados iraquíes adiestrados por EEUU). Esto también significa que el gobierno no tiene otra opción que tolerar las atrocidades y acciones de limpieza étnica de la milicia chií que ya han tenido lugar en el Tikrit sunní, y sin duda volverá a pasar en otras zonas sunníes que sean «liberadas» de la misma manera. Las advertencias que lanza Washington en cuanto a que EEUU controlará con mucho cuidado el comportamiento de las fuerzas iraquíes suenan cada día más huecas.

De hecho, lo que ha conseguido Tikrit es solidificar la influencia iraní sobre el primer ministro al-Abadi, hasta ese momento poco más que un alcalde de Bagdad, quien apeovechó la victoria de Tikrit para incrementar su prestigio. El triunfo permite también que su gobierno chií se haga con el control de las ruinas de ese enclave que antes era sunní. Nadie debería dejar pasar el simbolismo que subyace en el hecho de que la primera ciudad importante recuperada de manos del EI en una zona sunní es el sitio donde nació Saddam Hussein.

Lo mejor que puede hacer la administración Obama es mirar impotente mientras Teheran y Bagdad intercambian reverencias. Se ha creado un modelo para un futuro en el que otras zonas sunníes -entre ellas, la segunda ciudad del país, Mosul- y ciudades sunníes de la provincia de Anbar sean recuperadas de la misma manera, quizás con la ayuda de la fuerza aérea de EEUU pero, ciertamente, para escaso prestigio para Washington.

Irán en Siria, Líbano y Yemen

Ahora, Teherán está desempeñando un papel igualmente importante en otros lugares en los que los traspiés de la política estadounidense ha ido dejando vacíos, sobre todo en Siria, Líbano y Yemen.

En Siria, las fuerzas iraníes -entre ellas los Guardianes de la Revolución, la fuerza Qods y sus servicios de inteligencia- asesoran y ayudan a las fuerzas armadas de Bashar al-Assad. También apoyan a unidades de Hezbollah provenientes de Líbano que luchan junto con Assad. En el mejor de los casos, Washington está otra vez tocando como segundo violín empleando su poder aéreo contra el EI y adiestrando a combatientes sirios «moderados», que hasta ahora han rechazado incluso ponerse en evidencia en una primera batalla.

En Yemen, el régimen apoyado por EEUU, respaldado por asesores de las fuerzas especiales y una campaña a gran escala de asesinatos con drones, se desmoronó recientemente. En febrero, la embajada estadounidense fue evacuada, y el último de los asesores se marchó en marzo. La caída de Saná y más tarde de partes importantes del país en manos de los huthíes, un minoritario grupo rebelde shií, representa según un redactor de Foreing Policy «una gran victoria de Irán… la decisión de los huthíes de atar su destino a las maquinaciones regionales de Teherán arriesga el despedazamiento de Yemen y que el país quede sumido en el caos».

Los saudíes entraron en pánico e intervinieron inmediatamente; rápidamente fueron respaldados por la administración Obama, metiendo así a Estados Unidos en otro conflicto mediante una orden ejecutiva. Los incesantes bombardeos aéreos de Arabia Saudí (en los que es posible que se utilicen parte de las bombas de racimo que EEUU le vendió el año pasado por 640 millones de dólares) cuentan con el apoyo de una nueva coalición integrada esta vez por Sudán, Egipto, los Emiratos Árabes Unidos y otros países sunníes de la región. Se cierne la amenaza de una invasión, posiblemente con el empleo de soldados egipcios. Los iraníes han desplazado barcos hacia la zona en respuesta al bloqueo naval a Yemen impuesto por Arabia Saudí.

Más allá de lo que pueda pasar allí, Irán saldrá reforzado. Ya sea que se encuentre protagonizando una relación clientelar con el movimiento de los huthíes, que ha avanzado hacia la frontera saudí, o que tenga que dar marcha atrás, el resultado será un caótico estado yemení con una franquicia de al-Qaeda cada vez más fuerte. Cualquiera sea el resultado, trastornará a los Saudíes (y a los estadounidenses), y esto sentará bien a los iraníes.

Para animar aún más las cosas en una región ya fragmentada, rebeldes sunníes infiltrados recientemente desde el vecino Pakistán mataron a ocho guardias fronterizos iraníes. Es probable que esto sea un ataque de represalia en respuesta a una escaramuza en la que unos guardianes de la revolución iraníes mataron a tres sospechosos de ser militantes sunníes llegados de Pakitsán. Una vez iniciados, los fuegos suelen extenderse.

Para quienes llevan la cuenta de la casa: en este momento, además de en Iraq, los iraníes tienen importantes posiciones en tres países de Oriente Medio (o al menos en partes de antiguos países).

El ascenso de Irán y las cuestiones nucleares

Irán está bien posicionado para el ascenso. Geopolíticamente, es el único país de la región que ha mantenido sus fronteras actuales durante miles de años. Es casi completamente estable desde el punto de vista étnico, también religiosa, cultural y lingüísticamente homogéneo; en comparación con sus vecinos, las minorías iraníes están controladas. Mientras continúa siendo gobernado en gran parte por su clerecía, Irán ha desarrollado transiciones democráticas basadas en procesos electorales completamente laicas. En lo político, la historia está del lado de Irán. Si se deja a un lado el golpe de Estado con apoyo de la CIA en 1953, que expulsó al democráticamente elegido primer ministro Mohammad Mosaddegh y colocó en el poder al Shah -respaldado por EEUU-, que ejerció durante un cuarto de siglo, durante algún tiempo Irán ha organizado su propia gobernanza.

De algún modo, Irán -con la cuarta reserva de crudo y la segunda de gas natural en el mundo- a pesar de décadas de sanciones, se las ha arreglado para mantener entera su economía y vender todo el petróleo que ha podido, sobre todo a Asia. Y está preparado para vender aún más tan pronto como se levanten las sanciones. Tiene unas fuerzas armadas de tipo convencional del todo respetables para los estándares regionales. Es bien conocido su anhelo de un compromiso mayor con Occidente. Al contrario que casi la totalidad del resto de los países de Oriente Medio, los líderes de Irán no gobiernan sobre la base del temor a una revolución islámica; ya han tenido una hace 36 años.

Recientemente, Estados Unidos, Irán y el P-5 (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Rusia y China) alcanzaron un acuerdo preliminar para limitar significativamente el programa nuclear iraní y levantar las sanciones. Aparentemente, tanto la administración Obama como Teherán están impacientes por convertir ese acuerdo preliminar en un documento oficial a finales de junio próximo. Un tratado no lo es del todo mientras no se firme sobre la línea de puntos; los congresistas republicanos están afilando sus cuchillos, pero la intención es clara y está ahí.

Para que las conversaciones se mantengan en curso, a finales de junio la administración Obama habrá liberado activos por valor de 11.900 millones de dólares; estos fondos estaban congelados desde 1979, cuando los iraníes tomaron la embajada de EEUU en Teherán. Además del restablecimiento del flujo de efectivo, Estados Unidos pactará que Irán pueda vender 4.200 millones de dólares en petróleo, libres de cualquier sanción. EEUU permitirá también la venta de oro iraní por un monto de 1.500 millones de dólares, lo mismo que un acceso más fácil a «transacciones humanitarias». Dicho de otra manera, en Washington había alguien que deseaba esto tan desesperadamente que estaba dispuesto a pagar por ello.

Para el presidente Obama y sus asesores, este acuerdo es claramente una oportunidad tardía (o quizás la última) en la construcción de un legado, incluso quizás un culpable intento de justificar aquel premio Nobel de la paz de 2009. Es bastante comprensible la urgencia de dejar algún éxito en política exterior para los futuros libros de historia, unos libros que de momento amenazan ser de lectura bastante penosa. Por eso, no ha sorprendido a nadie que John Kerry, quien supo ser el secretario de estado trotamundos de Obama, prácticamente fijara residencia en Suiza para negociar con los iraníes. Se sentó a la mesa en Lausana para regatear mientras Tikrit ardía, Siria hervía a fuego lento, su país era expulsado de Yemen y los saudíes iniciaban su propia guerra en ese castigado país. El que no tuviera nada que decir de ninguno de esos acontecimientos, ni de nada de lo que acontecía en el mundo en ese momento, es un indicativo del mucho valor que la administración Obama atribuye a esas negociaciones nucleares.

Para los iraníes, intercambiar progresos en el desarrollo de armas nucleares por el casi total levantamiento de las sanciones era una oferta atractiva. Después de todo, los líderes de Irán saben que el país nunca podría convertirse en una potencia nuclear sin asegurarse devastadores ataques de Israel; así, el acuerdo actual representa una pérdida menor para ganar mucho. Ser aceptados como iguales por parte de Washington en esas negociaciones solo refuerza el estatus de potencia regional para su país. Más aún: un acuerdo nuclear que ensancha el distanciamiento entre Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí juega a favor de la nueva preponderancia de Teherán. Finalmente, la economía que probablemente florecerá una vez que sean levantadas las sanciones brindarán a Irán la posibilidad de nuevos beneficios económicos y una renovada inversión de capitales extranjeros (es fácil imaginar a empresarios chinos reservando vuelo en Orbitz en este mismo momento).

Qué queda por delante

En estos últimos meses, a pesar de la rabia, el tremendismo y las exigencias del primer ministro de Israel Benjamin Netanyahu, la casa real saudí, los neocons y otros conservadores en el congreso de Estados Unidos, Irán ha dado pocas señales de que aspire a una especie de autodestrucción implícita en una carrera por el arma nuclear (si Irán hubiese fabricado una bomba cada vez que en las últimas dos décadas Netanyahu clamó que los iraníes estaban a punto de hacerlo, Teheran estaría llena de ellas). De hecho, comerciar nubes en forma de hongo con los israelíes y posiblemente los estadounidenses nunca parece haber sido un objetivo atrayente para el liderazgo iraní. En lugar de ello, ha preferido conseguir una influencia de tipo más convencional en el gran Oriente Medio. En este sentido, los líderes iraníes están muy solos, pero su éxito en la región es estos años ha sido único.

Tanto en Afganistán como en Iraq, Estados Unidos ha dado cursos gratuitos sobre cómo la ocupación de territorio en las cercanías en realidad no garantiza la obtención de influencia. Los líderes de Irán no han hecho oídos sordos a esta lección. En lugar de ocupar territorio militarmente, han sabido ganarse una colección de estados clientes, gobiernos alineados y milicias favorables y/o deudoras; y -por si todo esos fallara- unos caóticos no-estados que prometen menos problemas y daños para Teherán que para sus potenciales y variados enemigos.

A pesar de lo conseguido por Irán, durante años, y posiblemente durante décadas, Estados Unidos seguirá siendo el muchacho más fornido del barrio. Es de esperar que EEUU no utilice su poder militar y económico para emprenderla a golpes con la nueva potencia regional a la que ayudó a crecer sin advertirlo. Si todo lo dicho más arriba fuera el presagio de algún conflicto futuro entre Estados Unidos y un Irán convertido en «demasiado fuerte», habremos sido testigos de una gran ironía, una gran tragedia y un condenado despilfarro de sangre y recursos estadounidenses. 

Notas:

* La canción infantil se llama, en inglés, The farmer in the dell. (N. del T.)

** 24/7 significa «24 horas por día, los siete días de la semana», es decir, algo que no se interrumpe nunca. (N. del T.)

 

Peter Van Buren hizo sonar el silbato sobre el desperdicio y la mala administración en el departamento de estado durante la reconstrucción iraquí en su primer libro, We Meant Well: How I Helped Lose the Battle for the Hearts and Minds of the Iraqi People. Colaborador habitual de Tom Dispatch, ha escrito sobre los hechos de la actualidad en su blog We Meant Well. Su libro más reciente es Ghosts of Tom Joad: A Story of the #99Percent. 

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/175980/tomgram%3A_peter_van_buren%2C_in_the_middle_east%2C_bet_on_a_winner_%28iran!%29/#more

 

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