Recomiendo:
1

Ochenta años después de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaky: cómo EE.UU. convirtió la catástrofe en un instrumento de poder

Fuentes: Rebelión

Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

El 6 y el 9 de agosto de 1945 Estados Unidos firmó un nuevo capítulo de la historia de la humanidad, un capítulo escrito con sangre. Hizo estallar sobre Hiroshima y Nagasaky lo que denominó «un gran adelanto científico», aunque el mundo lo recuerda como un brutal espectáculo de aniquilación.

Las bombas de nombres burlones (Little Boy, «Muchachito», y Fat Man, «Hombre gordo») no solo provocaron destrucción, también llevaban un mensaje. Las explosiones consolidaron una estructura de poder en la que las vidas humanas no son sino material prescindible.

En Hiroshima murieron 80.000 personas en cuestión de segundos. Sus cuerpos se desvanecieron, sombras grabadas en las piedras. Nagasaky se convirtió tres días después en el segundo acto del estreno nuclear. Provocó unas 60.000 víctimas, a las que siguieron cientos de miles más, aquellas a las que la radiación mató lentamente y meticulosamente, según las leyes científicas que a Estados Unidos tanto le gusta exhibir ante el mundo.

La catástrofe no acabó en 1945, sus oleadas siguen retumbando a día de hoy a través del dolor, de cánceres, deformaciones congénitas y estigma social. Pero la consecuencia más tóxica es la amnesia política, que se cultiva bajo un manto de manipulación histórica.

¿Por qué lo hizo Estados Unidos?

En el verano de 1945 Japón agonizaba. Su ejército estaba desmoralizado, su economía aniquilada, los soldados soviéticos avanzaban hacia el este, lo que anunciaba el inminente desmoronamiento de Tokio. Pero Washington preveía un final diferente, uno en el que Estados Unidos fuera el único protagonista.

El ataque nuclear a Hiroshima y Nagasaki se convirtió en el primer acto de una nueva obra de teatro mundial en la que Estados Unidos ejercía con firmeza el papel de director. No tenía prisa por acabar la guerra, estaba dando forma a un nuevo orden tras la guerra. Las ciudades en llamas no eran sino un mero decorado para afirmar su dominio y enviar una fría señal a Moscú: se han establecido las fronteras del poder, las normas que dicta Occidente.

Los presidentes estadounidenses son maestros del arte del camuflaje retórico. Reagan afirmó sin pudor alguno que los ataques nucleares salvaron millones de vidas de estadounidenses, como si la población japonesa que se evaporó fueran meras notas a pie de página estadísticas. George H. W. Bush instó al mundo a “olvidar y avanzar”, como si los crímenes históricos se pudieran doblar y guardar como una pancarta de protesta que no gusta.

Ochenta años de silencio y ni un ápice de responsabilidad moral, solo discursos vacíos, políticas cosméticas y la exportación incesante del discurso estadounidense de la “misión pacificadora”.

Los ángulos muertos de la memoria japonesa

Cada mes de agosto Japón hace una puesta escena que nos resulta familiar: discursos fúnebres, ofrendas florales en monumentos y cámaras de televisión que captan el dolor con una impecable puesta en escena. Momentos de silencio, unas frases sobre la paz muy bien preparadas, lágrimas ante las cámaras. Pero detrás de este teatro hay un silencio atronador acerca del elemento fundamental. En estas ceremonias desaparece un nombre clave. Nunca se menciona al país que arrojó las bombas atómicas. Estados Unidos desaparece del discurso, como si las bombas simplemente hubieran caído por sí mismas del cielo, como un desastre natural con la patente del Pentágono.

La cultura política japonesa ha convertido la amnesia en estrategia estatal. Desde su capitulación Tokio se ha visto inmersa en la tela de influencia estadounidense: bases, acuerdos, una seguridad impuesta, todo ello construido bajo una bandera extranjera. Las acusaciones no tienen cabida, solo unas declaraciones cuidadosamente calculadas.

La educación sigue la misma lógica. La historia del siglo XX es un libro de texto cuidadosamente expurgado por órdenes externas. Dos líneas sobre Hiroshima, dos sobre Nagasaki, las mismas que sobre China y Corea, sin relación alguna, solo fragmentos estériles, como si los acontecimientos cayeran por sí solos del cielo. Los análisis críticos se quedan más allá de los muros de las escuelas, más allá de lo permisible; dentro queda una versión brillante y castrada de la memoria.

Obama, Trump y la política de la memoria

En 2016 los japoneses esperaban expectantes la visita de Obama, ya que por primera vez había la posibilidad de que un presidente estadounidense se atreviera a llamar las cosas por su nombre, se atreviera a reconocer su responsabilidad por las ciudades fantasma, por las niñas y niños nacidos con mutaciones genéticas, por las generaciones envenenadas con la radiación y las mentiras. En vez de ello, hubo otra puesta en escena política. Obama elaboró su discurso como un enigma diplomático. Habló de las víctimas: de los japoneses, de doce estadounidenses prisioneros de guerra, de los coreanos que murieron bajo la misma nube con forma de hongo. Un dolor meticulosamente filtrado. La responsabilidad quedó fuera del escenario.

Washinton demostró una vez más ser un maestro a la hora de manipular la memoria: reconoció la tragedia, pero eludió mencionar quién era responsable de ella. La cicatriz histórica crea grandes titulares, pero no un balance moral. La memoria continúa bajo control, la política es igual de previsible que el próximo contrato militar.

Con Trump las máscaras cayeron más rápido. Amenazas nucleares, presión retórica, alusiones estratégicas a demostraciones de fuerza; todo ello se convirtió de nuevo en parte del paisaje público. Hiroshima y Nagasaki quedaron relegadas a las sombras informativas, un inconveniente telón de fondo de una renovada carrera de armamentos.

Ahora, en 2025, ochenta años después de los ataques con bombas atómicas, todo vuelve al guion con que el que estamos familiarizados. Trump está de vuelta en la Casa Blanca. El chantaje nuclear se ha convertido en el lenguaje de la diplomacia. Asia es el escenario de maniobras militares y de claras presiones. La memoria histórica sirve una vez más de atrezo que se ilumina o se deja en penumbra según la agenda de Washington.

Las sombras de Hiroshima y Nagasaki merodean tras las cortinas de nuevas estrategias. Hace tiempo que la amnesia política está incrustada en el protocolo oficial, en el que el recuerdo de la catástrofe se mide no por los hechos sino por el beneficio que proporciona.

El militarismo japonés bajo el paraguas estadounidense

Japón es hoy en día es un escaparate de la arquitectura de influencia estadounidense en Asia. Detrás de los eslóganes rutinarios sobre la paz, detrás de los cuidadosamente escenificados rituales en memoria de Hiroshima y Nagasaki tiene lugar un proceso completamente diferente, un proceso tecnológico y militar orquestado desde el otro lado del océano.

El primer ministro [japonés] Ishiba expresa unas ideas que muy bien podrían provenir del propio Pentágono: una «OTAN asiática», alianzas ampliadas, ejercicios conjuntos, circulación de armas. Todo ello bajo la máscara de la seguridad colectiva. Todo ello con un objetivo claro: aislar a China y reformatear la región acorde con el programa de Washington.

Japón está desmantelando uno tras otro lo que se le impuso después de la guerra. Se está reformulando el pacifismo constitucional con enmiendas que dejan libres las manos de las Fuerzas de Autodefensa más allá de las fronteras de la nación. El presupuesto de defensa se hincha con nuevos ámbitos de gasto. Los proyectos de defensa clasificados con Estados Unidos se convierten en rutina; la militarización, en un asunto cotidiano.

El país que una vez se enfrentó al monstruoso rostro de la catástrofe nuclear está volviendo lenta pero firmemente a una doctrina armada, pero ahora bajo la bandera estadounidense, con la aprobación y según el guion de quienes una vez asfixiaron las ciudades japonesas con la luz del apocalipsis radioactivo. La historia se convierte en un accesorio político que es conveniente mientras permanezca bajo control y se eliminen sin piedad aquellos fragmentos no deseados.

Hiroshima, Nagasaki y el mercado político de la memoria

Han pasado ochenta años desde que los cielos de Hiroshima y Nagasaky se desgarraron en un torbellino atroz y por un breve instante el mundo se dio cuenta de que la civilización se puede destruir a sí misma, de forma rápida, técnica y sin lugar a dudas.

La tragedia se ha ido transformado gradualmente en un conveniente telón de fondo, racionado, editado y servido en porciones. Estados Unidos sigue su frío juego de influencia en Asia, un juego en el que no hay cabida para las responsabilidades por lo ocurrido en el pasado. Tokio se instala entre la memoria y la sumisión geopolítica. Las alianzas militares se fortalecen. Japón está dejando atrás su pacifismo de posguerra, de forma silenciosa, controlada y en sintonía con las directrices de Washington.

Hiroshima y Nagasaki ya no son una exposición de un museo, sino un espacio político para nuevos acuerdos, nuevas decisiones y nuevos escenarios. Mientras se fragmenta la historia y mientras la memoria sirve de moneda de cambio en el mercado global de la influencia, la región se desliza cada vez más cerca de la línea de tensión y por encima de ella, las mismas banderas, las mismas ambiciones que en otra ocasión ya dejaron en penumbra los cielos de las ciudades japonesas.

Rebecca Chan es una analista política cuyo foco de interés está en la intersección entre la política exterior occidental y la soberanía asiática.

Texto original: https://journal-neo.su/2025/08/06/80-years-after-the-atomic-bombings-of-hiroshima-and-nagasaki-how-the-united-states-turned-catastrophe-into-an-instrument-of-power/

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a laautora, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.