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Participación y compromiso en las sociedades de consumo

Fuentes: Rebelión

La globalización, y las sociedades de consumo, constituyen un hecho social y, en este contexto, son un producto y un productor de cultura, ergo, llevan intrínsecas una función ideologizante. Para entender la diferencia entre las sociedades llamadas postindustriales y sus predecesoras, deberíamos establecer una distinción entre consumo y consumismo, puesto que lo que se ha […]

La globalización, y las sociedades de consumo, constituyen un hecho social y, en este contexto, son un producto y un productor de cultura, ergo, llevan intrínsecas una función ideologizante. Para entender la diferencia entre las sociedades llamadas postindustriales y sus predecesoras, deberíamos establecer una distinción entre consumo y consumismo, puesto que lo que se ha transformado en las sociedades postindustriales es la funcionalidad misma del consumo. El ser humano es en esencia un ser cuya subsistencia requiere del acto de consumir, no obstante, esta relación «natural» ha tomado otros derroteros. Durante la Revolución Industrial el consumo estaba ligado a una necesidad real y no subjetiva. Se adquiría y producía un producto para satisfacer una necesidad concreta (mantener refrigerado el alimento, por ejemplo), de modo que no era necesario una nueva adquisición hasta que éste, por efecto del tiempo, se dañaba. Es decir, el reemplazo estaba asociado a la durabilidad del producto ergo, a su incapacidad real de continuar siendo útil. Sin embargo, en nuestra era postindustrial, el consumismo implica el reemplazo irracional de los productos como mecanismo eminentemente subjetivo de acceso a la felicidad y como vehículo idóneo para la integración en determinados estratos sociales. Es, entonces un acto subjetivo en tanto y en cuanto no refleja una necesidad real sino un anhelo.

Esta dinámica perversa, como elemento protagónico de la dinámica de la globalización está explicado por la transmutación del valor de uso por el valor de cambio, o lo que es lo mismo, por la mercantilización como eje del vínculo social, convirtiendo también al sujeto humano en objeto mercantil. Las sociedades postindustriales han puesto en crisis la noción misma de deseo, las sociedades de consumo provocan que las necesidades no se anuden al deseo o a las demandas, muy por el contrario, las nuevas necesidades son creadas a partir de la enorme maquinaria del mercado. Necesitamos unos zapatos con un logo determinado, sistema «air flow», con rasgos fluorescentes y 1000 periquitos más que soy incapaz de pronunciar. Necesitamos en fin, unos ADIDAS no simplemente, protegernos los pies. El acto de consumir es en las sociedades postindustriales un mandato cultural que se instaura desde el objeto mismo y no desde el sujeto que lo necesita. Pero lo más terrible de nuestras sociedades de consumo es que las leyes y reglas del mercado interfieren y rigen todos los escenarios de la realidad humana, o lo que es lo mismo, ordenan nuestra realidad social.

El hecho de que la dinámica social esté sometida a los principios del «libre» mercado no es baladí, puesto que este modelo itinerante e irracional interfiere nuestra capacidad de discernimiento. Las sociedades de consumo no sólo desfavorecen la razón como vehículo primordial en la toma de decisiones sino que, muy por el contrario, la obturan sistemáticamente. El discurso de la globalización, propio de las sociedades de consumo, no nos permite defendernos de una exposición implacable al bombardeo de todo tipo de productos. Vaya por delante que la información es, no nos quepa duda, uno de ellos: La información que avanzan los noticieros se ha convertido en una construcción y reconstrucción interesada de la realidad, constreñida a la línea editorial e ideológica de quien gerencia el medio.No hay que ser muy perspicaz para entender que los medios de comunicación social tienen, en esta realidad, una gran responsabilidad. En estas épocas, la información, también objeto mercantil, se vende al mejor postor. Se elaboran a demanda y subordinadas a determinados intereses de poder y producen matrices de opinión dirigidas a crear, ensalzar o destruir personajes y naciones.

¿El resultado? La imposibilidad de una construcción serena y lógica del devenir discursivo, lo que, evidentemente contraviene la posibilidad de que los ciudadanos, nos posicionemos y elaboremos un juicio crítico con el que aproximarnos, entender y aprehender nuestra realidad. Se torna imposible que los ciudadanos podamos producir elementos autorreferenciales. El propio ser, es decir, ustedes y yo, perdemos nuestra voz. Comenzamos a repetir una y otra vez las versiones de la realidad que los noticieros han construido para nosotros. Ustedes y yo, dejamos de ser nosotros y nos convertimos en un eco resonante de lo que «otros» nos dieron. Somos altavoces de la información que quisieron que compráramos. La frontera cada vez más difusa del adentro y el afuera, de lo privado y lo público, nos condena a nuestra propia fragmentación y hacen de nosotros una presa fácil de la manipulación y el adoctrinamiento.

Las nuevas tecnologías han incorporado en nuestra cotidianeidad novedosos sistemas de información que nos han librado de algunas de nuestras ataduras pero al mismo tiempo nos ha condenado a otras cárceles. La realidad es virtual, prefabricada y responde a una dinámica de poder y dominación. Ustedes y yo, de pronto, ya no pensamos sino que reproducimos irreflexivamente la información que, a modo de píldoras nos entregan diariamente. Pues hasta aquí, todo ha salido según lo planificado: porque ustedes y yo no sólo no seremos capaces de oponernos, sino que estará todo servido para que, ustedes y yo, reafirmemos y mantengamos en el tiempo, generación tras generación, los viejos modelos de poder y claro, de sometimiento.

He allí donde la participación y el compromiso se erigen como víctimas colaterales de las sociedades de consumo. Porque ¿Cómo participar o comprometerse si no se sabe muy ni quién se es, ni quién se quiere ser?, ¿Cómo comprometerse si la ambivalencia y la relatividad se han conformado en discurso cultural?. ¿Cómo posicionarse ideológicamente si la información ya ni siquiera puede asumirse como veraz? ¿Cómo ser coherente si la incoherencia, favorecida por el collage noticioso y efímero, es la norma? ¿Cómo crearse una matriz de opinión propia si la información depende en exclusiva de la línea editorial de quien paga al periodista?. Cómo revelarse ante un fantasma, ante un enemigo omnipresente y omnisciente. Las generaciones que nos preceden tenían mucho más claro contra qué manifestarse, porque lo insoportable era, al menos, evidente. Los límites son ahora difusos. Los jóvenes de las nuevas sociedades postindustriales, globalizadas y de consumo, tenemos al «enemigo» desdibujado. ¿Quieren algo más etéreo e impersonal que «los mercados». Como apunta Hessel en su alegato «Indignaos» «No siempre es fácil distinguir entre todas las corrientes que nos gobiernan ¿Quién manda? ¿Quién decide?. Ya no se trata de una pequeña élite cuyas artimañas comprendemos perfectamente» (Hessel, 2011, p.29).

Pero no tendría relevancia este texto si no creyera que los jóvenes del mundo, están intentando rescatarse y reconstruirse a través de discursos alternativos que les han convencido de que la inamovilidad y el tedio no son, en lo absoluto, una recompensa. En los movimientos revolucionarios de nuestro convulso planeta, existen discursos que han impulsado la creación de vías y mecanismos paralelos de reconstrucción psicológica y por extensión, colectiva. Frente a la caída de los grandes relatos del iluminismo europeo, ha tenido lugar simultáneamente la construcción de discursos más cercanos a nuestras realidades y a nuestra gente, a través de los cuales, los seres humanos malheridos psíquicamente y hastiados de un sistema egoísta y excluyente que sólo les depara infelicidad, han logrado sublevarse. El joven europeo, hijo predilecto de la sociedad de consumo, perdido en la nada que ha fabricado y que sostiene sistemáticamente el discurso neoliberal, están aturdidos por la renuncia al futuro y se rebelan ante la compulsión a consumir como vía única para la consecución de la satisfacción y el éxito personal. Angustiados, stressados y deprimidos, se habían replegado en el «no querer saber» y desde allí padecían lo indecible sin ser siquiera capaces de nombrarlo porque, en honor a la verdad, tampoco sabían con certeza qué les ocurría. Sin embargo y, a la luz de las últimas movilizaciones y formas de rebelión colectiva, queda patente que el malestar no ha dejado de manifestarse. La urgencia de la miseria e inequidad que azota nuestros pueblos nos obliga a movernos con otros tiempos y eso en Latinoamérica lo sabemos; la acción se impone por el carácter impostergable de nuestras necesidades reales y la participación ciudadana se ha visto revigorizada.

En Europa los tiempos y la discusión son otros. La preocupación por las nuevas generaciones ocupa un valor especial en escenarios académicos. La cara oculta del estado de bienestar es la escasez de proyecto vital en los jóvenes; la superficialidad como contrapartida al compromiso, la inestabilidad o como se ha descrito, la crisis de futuro. En la enquistada Europa, el discurso del tedio sustentado sistemáticamente desde el poder, intenta refrenar la indignación y el malestar popular codificando como negativas y violentas las reacciones sociales de protesta legítima, rechazándolas enérgicamente y calificándolas como desestabilizadoras con el único fin de inducir al retorno a la apatía como ideal de orden. Se ridiculizan los intentos de cambio y transformación social vinculándolos a un esquema fracasado y demodé, provocando con ello, la asunción de que no hay giro posible y que cualquier mejoría está vinculada única y exclusivamente, al mantenimiento del status quo. Partiendo de esta lectura, podría sugerirse la existencia de un sujeto institucional que sustenta el discurso del poder, o que en términos abstractos, ES el discurso del poder.

La sociedad de consumo se rentabiliza para algunos en tanto y en cuanto, la inercia permite mantener las formas de dominación actuales mientras sostiene los modelos de poder tal cual como se encuentran configurados. Lo que ha dejado entrever las movilizaciones de la Primavera Árabe, la Primavera Española (como se ha llamado al movimiento 15-M) y sus correlatos en Occupy Wall Street y varias ciudades europeas, es que el vanagloriado estado de bienestar era una entelequia. Y una y otra vez, el discurso del poder se abalanza sobre el malestar social, siempre incómodo, individualizándolo, estigmatizándolo como un problema de desadaptación a las particulares reglas de juego del sistema. Problematizando la indignación colectiva e intentando segregarla promoviendo el rechazo del resto de ciudadanos y su consecuente condena. En España se ataca desde la derecha las movilizaciones del 15-M llegando hasta el delirio de vincularlas con el terrorismo. El representante del PP, partido de Gobierno, llegó a decir en el marco del cierre de la pasada campaña electoral y con el 15-M de telón de fondo, que el hecho de que el PP ganara en las urnas sería, y cito textualmente, «un primer paso para recuperar un país serio y ordenado». Pero esta vez, el discurso del poder no ha tenido resonancia, entre otras razones porque es evidente que ese «estado de bienestar» ha marginado a muchos, a la mayoría de sus ciudadanos. El 15-M ha puesto de bulto lo que todos sentíamos en una de las consignas de la plaza «No somos Antisistema, el sistema es Anti-nosotros!»

El neoliberalismo, el capitalismo salvaje y la sociedad de consumo han sido y son, un hecho social, cuya trascendencia es su peligroso poder ideologizante que, como siempre, tiene claros beneficiarios. Pero, ¿Hay un después de la sociedad de consumo? Es la pregunta del millón. Pienso que sí y, fundamentalmente, porque estoy convencida de que este mundo tal cual es no puede continuar sosteniéndose. Es, sencillamente, insoportable. En el discurso neoliberal el éxito está asociado al dinero, al logro individual, y a lo material, es por eso que un cambio sólo será factible si vencemos la tendencia cultural a la relativización porque ésta nos condena a la desarticulación social. Si todo es posible, nada es posible. Si la pluralidad es el objetivo, aniquilamos la pluralidad. La tolerancia no es tal en la medida en que lo que realmente acontece no es el aprecio y el respeto al otro y sus diferencias, sino el hecho de que ni las diferencias, ni el otro importan. Sólo podremos vencer si logramos desmontar las premisas del éxito en función de la mercantilización de los logros personales y vinculamos el éxito al nivel de felicidad de los pueblos y sus gentes.

Es un hecho evidente que la apatía garantiza el inmovilismo y por lo tanto el poder se asegura que no habrá fuerza que atente contra la estructura del Sistema. En esto, hay que ser meridianamente claros: el boicot es a las ideas y a la disconformidad. Es por eso que las revoluciones se ganan cuando logran crear en los ciudadanos conciencia social y capacidad de compromiso. Europa se revela conmocionada por las movilizaciones en Francia, España, Irlanda, Inglaterra, Portugal, Grecia, Alemania o Bélgica, y se estremece con el antecedente Islandés, y es que su recalcitrante inflexibilidad desconoce a sus excluidos y los condena a una exclusión aún mayor: los desordenados, no son europeos. Quizás debido a esto, lo más ilusionante y deslumbrador del 15-M es que ha logrado vencer este estigma e imponer como una realidad el descontento masivo de los ciudadanos. Latinoamérica, y Venezuela como líder indiscutible del proceso latinoamericano, están configurando su propio discurso, intentan tejer un lazo social basado en otros principios, reivindicando sus particularidades culturales con respeto y en condiciones de igualdad, labrando una auténtica identidad latinoamericana en la que todos tengan un lugar, dignificando a sus gentes. Procurándose, con autonomía, encastar estructuras de poder más sensibles a las necesidades de sus ciudadanos, no sabemos si esta vez nos lo permitirán, sin embargo hay que celebrar su lucha y reivindicar este esfuerzo. Latinoamérica ha permitido, con su capacidad de compromiso y liderazgo combatir la opacidad que, sobre el futuro, sigue levantando nefasta y sistemáticamente el discurso del Amo. Si lo logramos y con ello transmitimos al mundo la convicción de que el progreso sólo es tal si consigue que los pueblos y sus gentes sean más felices, estoy segura de que este mundo será un lugar mejor en el que vivir.

Dra. Nathalie Rodríguez Rojas. Lic. en Psicología. Universidad central de Venezuela, UCV. Doctora en Psicología. Universidad Autónoma de Madrid. España.

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