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Pensar los años veinte

Fuentes: Revista Not

2019 was the year in which mass culture finally realised that millennials —my generation— are no longer children; that some of us will soon be forty. We’re over, we’re cancelled, it’s already done. The average millennial is balding now; he has a daughter that he can’t stop posting about on social media (yes! dip your child into the endless stream of digital images! submerge her! nothing could possibly go wrong!), he gets nostalgic about Disney or Pokémon; he’s a defeated sadsack loser, and history has already passed him. They are genderless cyborgs, downloading new identities from an internet that now bleeds directly into their flesh.

Sam Kriss: «Teenage Bloodbath: the 2010s in review».

Ahora que el río ha desembocado en el océano

Se sabe que en el pensamiento crítico no hay lugar para una deriva apocalíptica, para el final de la historia. El pensamiento crítico surge como un pensamiento de la historia, y en la historia encuentra su esfera de pertenencia. La evolución no es objeto del pensamiento crítico, ni el pensamiento crítico conoce la evolución. Por esta razón, el pensamiento crítico está muerto, y ya no interesa a nadie, excepto a un pequeño número de académicos que se repiten atónitos viejos análisis que apenas captan nada de una realidad que ha abandonado el río de la dialéctica desembocando en el mar impasible de la evolución. Los demás, que no son críticos ni académicos, acuden en masa a los altares de alguna iglesia, o tragan antidepresivos, o se tiran, de forma más efectiva, desde el décimo piso. La potencia desmesurada de la evolución no sabe qué hacer con la crítica, no sabe qué hacer con la ética, no sabe qué hacer con la humanidad.

Por otro lado, incluso antes del pensamiento crítico, es la crítica misma, como facultad cognitiva, la que se ha ido a la mierda. La crítica, la facultad de discernir entre lo verdadero y lo falso, entre lo bueno y lo malo, requiere del tiempo necesario para la elaboración de los enunciados, para la valoración de los acontecimientos. La crítica estaba estrechamente vinculada al modo alfabético de comunicación, al modo secuencial de exposición. Y como McLuhan predijo en 1964, cuando la tecnología de la comunicación secuencial de la escritura es sustituida por la tecnología simultánea de la electrónica, el pensamiento crítico es sustituido por el pensamiento mitológico.

Ya estamos en el universo del pensamiento mitológico, ocupado por gigantescas máquinas de destrucción, impasibles, indiferentes al dolor y al placer, indiferentes a la indignación moral y a la rabia política. La evolución continúa sin atormentarse con la conciencia, como un animal prehistórico que regresa con sus pezuñas tan grandes como montañas, incendios gigantescos como un continente, multitudes aturdidas con la mascarilla verde y la Antártida que se descongela rápidamente inundando las costas en las que viven seiscientos millones de habitantes. La crítica (el arte de la medida) no está equipada para estas desmesuras.

Para qué sirve pensar

A diferencia de lo que dice Heidegger en Was heisst Denken?, diría que pensar no tiene mucho que ver con el ser. En la esfera del devenir histórico, pensar significa hacer que el mundo fuese decible y, por lo tanto, habitable. Al abandonar la esfera de la historia y la crítica, el devenir del mundo se ha vuelto independiente de nuestro pensamiento. No obstante, ahora nos toca pensar en los años veinte del siglo XXI, la década en la que hemos entrado, porque incluso si el pensamiento ya no gobierna el flujo, puede sugerirnos una manera de nadar (…).

La nueva década fue anunciada por una convulsión del cuerpo planetario: la revuelta volcánica pero incoherente que en el otoño de 2019 movilizó a millones de personas desde Santiago de Chile hasta Hong Kong, París o Beirut, chocando con varias formas de poder, todas igualmente graníticas. La convulsión fue seguida inmediatamente por el triunfo barroco de la muerte: la eliminación del asesino Soleimani por el asesino Trump, y la reunión del asesino Trump con el asesino Netanyahu para iniciar la solución final del pueblo palestino. La década fue anunciada por el fuego interminable de los bosques australianos, por la aglomeración de miles de personas que huyen de la playa que baja al océano: la última playa. En una playa frente al océano con las llamas detrás de nosotros: aquí estamos. Todos.

Qué hace Ricky tras la última escena?

Sorry we missed you es sin duda la más desesperada, la más angustiosa de las películas de Ken Loach. Es la historia del descenso al infierno interminable de la precariedad de una familia de proletarios ingleses. Es una película sobre la esclavitud que ha tomado el lugar del trabajo asalariado: explotación absoluta, tortura cotidiana, desierto angustioso de la metrópoli, competencia agresiva que devasta hasta el último pedazo de relación humana, miseria interminable. La madre es una cuidadora por horas; Ricky, el padre, trabaja como transportista para una empresa de reparto a domicilio; los dos niños están abrumados por la devastación psíquica precaria, la comunicación mediada por el teléfono móvil que suena continuamente para recibir órdenes e implorar ayuda, y no hay ningún futuro imaginable más allá de la repetición infinita de este infierno.

En un determinado momento de la película, el padre, después de ser atacado durante el trabajo por un grupo de ladrones, regresa a su casa herido con la cara hinchada y dos costillas rotas y telefonea al jefe llamado Malone que lo amenaza con una multa si no va a trabajar el día siguiente. Temprano, por la mañana, adolorido con unos vendajes ensangrentados, Ricky se sube a su camioneta y corre por las calles hacia el almacén donde lo espera Malone, el jefe torturador que se beneficia de su trabajo y manda sin escuchar razones. La película termina así, y no sabemos qué sucederá cuando llegue Ricky, en esas condiciones. ¿Trabajará todo el día? ¿Se derrumbará? ¿Qué hará el protagonista de la película de Ken Loach después de esta última escena?

Se me ocurre una respuesta. Ricky llega al almacén de la empresa PDF (Parcels Delivered Fast) pisando el acelerador a toda velocidad, derriba la puerta y se precipita en el local en dirección a la oficina donde lo espera Malone, el jefe. La furgoneta atraviesa la puerta a ciento veinte kilómetros por hora y aplasta al jefe contra la pared, haciendo papilla su cuerpo macizo, moliendo sus huesos uno por uno y, al mismo tiempo, matando al conductor. Es solo mi imaginación, es justo lo que deseaba ver, pero es algo que Ken Loach no ha mostrado ni quizás imaginado. El suicidio es la única salida: esta es la única conclusión de la película y también de la vida que vivimos. En el mejor de los casos, podemos ser shahīd, mártires suicidas, pero sin vírgenes esperándonos en el paraíso (porque no hay paraíso, solo el infierno en el que vivimos).

Ninguna guerra fría en el horizonte

Entramos a tientas en la tercera década del siglo, y tratamos de entender las líneas generales de la evolución del mundo después de que Trump agrediera a la globalización neoliberal, la misma que ahora amenaza con hundirse definitivamente tras la pandemia viral. Algunos parecen estar de acuerdo en en el hecho de que hemos entrado en una nueva guerra fría que opondría a Estados Unidos y China. Competencia económica en el contexto de un proceso de rearme y de mejora tecnológica de la guerra virtual. Por supuesto, hay algo de verdad en esta consideración (en la que Federico Rampini insiste, por ejemplo, en sus libros recientes), pero creo, por dos razones, que la analogía con la guerra fría no funcione.

La confrontación soviético-estadounidense entre los años cincuenta y ochenta se basó en un fuerte control bipolar de los conflictos mundiales. Estados Unidos y la Unión Soviética tenían la potencia militar y la autoridad política necesarias para controlar, reprimir y canalizar las transformaciones geopolíticas locales, así como contener los conflictos sociales dentro de un marco geopolítico sustancialmente rígido. Nada que ver con el contexto actual: la línea divisoria entre la hegemonía china y la hegemonía estadounidense —incluso dominando el juego global en la economía, la tecnología y el equilibrio geopolítico—, no tiene las características de la bipolaridad perfecta de la era soviética. Los actores geopolíticos se han multiplicado caóticamente, muchos de ellos tienen armas nucleares y la lógica bipolar no controla la dinámica de sus proyectos en conflicto.

En segundo lugar, el equilibrio del terror entre los años cincuenta y ochenta se basó en proyectos ideológicos coherentes, y los conflictos locales tuvieron lugar en líneas recomponibles (el campo socialista y las democracias occidentales). Hoy la imagen del mundo está fragmentada a lo largo de líneas de identidad que son irreductibles a un diseño unitario. La única verdadera línea de fractura unificadora es la que opone el Norte del mundo, en declive demográfico y económico, al Sur del mundo en plena explosión demográfica. Y merece la pena profundizar en este tema.

En el próximo decenio, el declive de la población del hemisferio norte podría convertirse en un colapso precipitado. El bloque social y étnico que corresponde al Norte colonial —Europa, Norteamérica, Japón— no acepta su propio declive, y reacciona con un movimiento etnonacionalista que actualiza la obsesión fascista de defender a la raza blanca amenazada por la sustitución, transformando el mundo blanco en una fortaleza asediada. Flota el fantasma del pasado colonial, el absoluto no-dicho del discurso político occidental.

El cielo de la guerra fría estuvo dominado por dos conflictivos diseños universales: la democracia y el libre mercado versus el socialismo y el Estado totalitario. Esto produjo una tendencia a la rigidez paranoica de los dos conjuntos culturales. El cielo del siglo XXI está atravesado por innumerables flujos de identificación precaria, incoherente, tendencialmente psicótica. La subjetivación colectiva se aferra agresivamente a la raza, la etnia, la nación, la fe religiosa, la identidad sexual. El contexto que se va delineando, lejos de presentar los contornos tranquilizadores conocidos de una guerra fría, tiene, en mi humilde opinión, las características de la guerra civil global.

El triunfo de la muerte

La democracia liberal es la incubadora de la actual forma cumplida del nazismo, que encuentra su lugar de elección en los Estados Unidos, una entidad fundada en el genocidio, la deportación y la esclavitud, cuya sociedad constitutivamente racista hoy se hunde en la demencia senil.

La década de 2020 se está inaugurando con el triunfo definitivo de Trump. En el contexto internacional, la eliminación del general iraní Soleimani suscitó un escándalo entre los demócratas (como si el Partido Demócrata hubiera sido alguna vez respetuoso con el derecho internacional) y provocó una ola de dolor y rabia en las masas iraníes. Pero, para deleite de los votantes estadounidenses, se ha demostrado que el régimen chií es impotente y que su única respuesta posible es una acción suicida, y en el caso iraní el resultado suicida es absolutamente probable, dado que el regreso del Mahdi —el duodécimo imán oculto— solo sucederá cuando su pueblo se haya sacrificado.

El triunfo de Trump se ha vuelto abrumador con la conclusión del proceso de impeachment, y está destinado a que culmine en noviembre con la victoria electoral que sancionará definitivamente el fin de la democracia liberal en el mundo. Difícilmente este segundo triunfo de Trump podrá ser contrarrestado por el poder financiero de Bloomberg, ya que la mayoría de los votantes jóvenes están con Sanders, y es poco probable que se dejen convencer para votar a un candidato más odioso aún que el propio Trump [Nota edición: este artículo se publicó antes de la retirada de Bernie Sanders de la carrera presidencial]. A estas alturas, los jóvenes electores han aprendido que los fascistas son horribles, de acuerdo, pero el chantaje de la izquierda neoliberal (o nosotros o el fascismo) no lo es menos. La victoria de Trump consolidaría a escala global un fenómeno del cual el nazismo de Hitler fue una anticipación inmadura.

El principal teórico del etnonacionalismo del siglo XXI es el autor de un texto titulado Manifiesto por la independencia europea, no menos idiota y no menos efectivo que el Mein Kampf. Su nombre es Andreas Breivik y se publicitó matando a 77 personas desarmadas, y en su mayoría menores de edad, el 11 de marzo de 2011. En su abominable escrito, explica que el error de Hitler fue la identificación de los judíos como el principal enemigo de la raza superior, puesto que son aliados en la lucha mortal contra los musulmanes y otras razas inferiores. Se trata de la teoría que hoy anima la política de la Casa Blanca y la alianza entre el cristianismo evangélico ultrareaccionario y el sionismo, en la perspectiva del inminente apocalipsis. Esta alianza tiene como objetivo crear las condiciones culturales y militares para el exterminio racial en la fase de una cada vez más cercana catástrofe ambiental.

El discurso supremacista contemporáneo (en la formulación de Trump y Bolsonaro, por ejemplo) no se basa en la negación del cambio climático, como puede parecer, sino en un razonamiento más realista: ocho mil millones de personas no pueden convivir en el planeta Tierra en condiciones de devastación ambiental. Por lo tanto, se trata de crear las condiciones técnicas para la supervivencia de una parte de la humanidad y, por lo tanto, de eliminar la otra parte. Ningún teórico, periodista o político de la derecha mundial se expresa en términos semejantes, por supuesto. Pero este es el significado no tan oculto del discurso supremacista contemporáneo, que ya gobierna casi todos los países del norte del mundo.

La paradoja demográfica (envejecimiento del norte contra la expansión de las poblaciones india, islámica y africana) tiene como consecuencia lógica una migración gigantesca que los supremacistas llaman gran sustitución. Incluso si la llamada gran sustitución no es el efecto de una conspiración maléfica de Soros, como deliran los paranoicos, no puede negarse que vaya apareciendo naturalmente esta tendencia, como hace la izquierda antirracista, que no se atreve a pensar que la única forma de afrontar este fenómeno es una estrategia de redistribución de la riqueza para equilibrar los efectos del colonialismo. En este vacío estratégico, el suprematismo razona cada vez más abiertamente en términos de una solución final: rechazo de la migración, eliminación de la mayoría de la población mundial. En estas monstruosas premisas, literalmente inimaginables, está basado el discurso neorreaccionario y encuentra una perspectiva de racionalidad, por repugnante que sea. El inconsciente planetario sintoniza con un contenido hasta ahora reprimido: la imposibilidad de la convivencia de miles de millones de habitantes en condiciones de cambio climático y estancamiento económico a largo plazo.

En las décadas posteriores a la segunda guerra mundial tuvo lugar una gigantesca batalla cultural y política: el movimiento obrero y estudiantil fue el protagonista, pero no pudo desarrollar una estrategia de redistribución frugal y escapar del modelo de crecimiento. De ahí que el movimiento fuese derrotado y la contrarrevolución nihilista thatcheriana preparara el regreso del nazismo, esta vez en una versión madura. El nazismo de Hitler fue solo una horrenda premonición: en realidad, el capitalismo aún no había madurado la perspectiva de extinción que hoy se percibe claramente, y no se habían constituido las condiciones técnicas de control absoluto.

En el libro lack Earth: the Holocaust as history and as warning, Timothy Snyder sostiene que el totalitarismo político se vuelve aceptable para la mayoría de la población cuando la alternativa es la precipitación de condiciones ambientales insostenibles, y el genocidio se vuelve aceptable cuando aparece como la única posibilidad para evitar la extinción de la propia familia o la propia nación.

Para pensar los años veinte se debe tener el coraje de pensar en la inminencia del horror.

Funky nazi

El etnacionalismo que triunfa a nivel mundial es la señal de una desesperación expresada en un lenguaje absurdo. A la migración que presiona en las fronteras y obliga a los depredadores a atrincherarse detrás de muros físicos y mentales cada vez más altos y cada vez más frágiles, el etnacionalismo blanco, incapaz de asumir la responsabilidad del colonialismo y pagar el precio, opone la propia primacía con la apocalíptica lógica de exterminio. Asediada internamente por la demencia senil y la depresión, la cultura dominante destruye en sí misma todos los rastros humanos para no sucumbir a su propia fragilidad íntima. El cinismo se convierte entonces en el registro ético y lingüístico predominante.

¿Qué significa cinismo en el plano lingüístico y ético? El cinismo tiene algo que ver con la ironía: con ella comparte la suspensión de la relación entre enunciación y verdad. A pesar de la analogía retórica, sin embargo, entre el cinismo y la ironía hay una divergencia ética radical: la ironía suspende la relación entre la enunciación y la verdad para aludir a la pluralidad de mundos posibles, mientras que el cinismo suspende esa relación porque no quiere renunciar al privilegio implícito en la conservación de lo existente. Pienso en la extraordinaria muestra de cinismo de toda la clase política republicana frente al impeachment de Trump. Nadie podía negar que el presidente había realizado una acción inmoral, ilegal, vergonzosa. Nadie lo negó. Pero la defensa del poder blanco no puede ceder ante tales trivialidades, especialmente porque en los últimos setenta años la política exterior estadounidense ha sido una sucesión ininterrumpida de actos inmorales, ilegales, vergonzosos. Por lo tanto, cada declaración del presidente y sus secuaces estaba fundada, hasta límites grotescos, en una suspensión sistemática de la verdad. Cualquiera que dijera la verdad sería amenazado, asaltado, ridiculizado y finalmente despedido (como sucedió con un militar y un embajador que simplemente dijeron la verdad sobre las llamadas de chantaje de Trump a Zelenski). Se ha tratado de una representación cómica extraordinaria porque todos, hasta los espectadores más desprevenidos, sabían que cada palabra del presidente era falsa. Pero la agresividad dio fuerza de verdad a la falsificación más obvia. La política de toda la clase dominante blanca occidental, sin distinción entre izquierda y derecha, estaba perfectamente sintetizada en esa subversión cínica de la enunciación.

Estamos aquí ante una evolución del estilo nazi: en el discurso hitleriano había una trágica seriedad de la tradición, la familia, la comunidad y la nación. En el nazismo 2.0, la tragedia se evapora para dejar espacio a la comedia cínica. La familia, la tradición, la comunidad, la nación no son más que ficciones que han perdido toda relación con lo vivido. El trumpismo contemporáneo exalta la comunidad con cinismo barroco, pero sabe que ya no hay ningún sentido de comunidad en el capitalismo tardío global. Exalta los valores de la nación, pero sabe bien que el poder está totalmente desterritorializado. Por esta razón, el meme irónico toma el lugar de la retórica trágica: no hay consistencia ni seriedad en el meme, porque su poder se basa en la super-inclusividad semántica, es decir, en el hecho de que cada signo puede significar todo y su opuesto. Pura voluntad de potencia sin ninguna fe en la verdad del enunciado.

Cincuenta años de penetración mediática y publicitaria ininterrumpida han creado las condiciones para esta erosión de la relación entre el enunciado y la verdad. La publicidad ha destruido cualquier coherencia de la enunciación, expandiendo desmesuradamente el espectro semántico de cada signo, hasta incluir en cada interpretación lo opuesto de lo que significa cada signo. La interpretación se ha hecho ejercicio de puro poder sin coherencia.

En la jerga afroamericana, el término funky se usa para referirse al exceso de excitación, la ruptura de cualquier inhibición semántica y de cualquier coherencia ética. Funky es la desconexión del lenguaje de cualquier relación con la coherencia, y la arbitrariedad desencadenada del flujo semiótico. Funky-Nazi es la tormenta de mierda que la razón política no es capaz entender y, aún menos, de detener (…).

¿De qué extinción estamos hablando?

La extinción ha entrado en la esfera perceptiva del género humano en la segunda década de este siglo: la palabra impronunciable ha sido pronunciada. No la razón política sino el inconsciente percibe esta posibilidad, este acercamiento del fin. Si cruzamos el pronóstico de crecimiento de la población en el sur del planeta con la reducción del espacio habitable debido a la catástrofe ecológica (áreas costeras inundadas, áreas continentales que exceden las temperaturas tolerables, áreas devastadas por la contaminación tóxica), nos damos cuenta de que las grandes migraciones son inevitables. Las grandes migraciones alimentan las guerras, el internamiento masivo de los pobres por los menos pobres y el exterminio. Eso es lo que ya está sucediendo en la frontera mediterránea y en muchas otras fronteras de la Tierra.

A pesar de los patéticos llamamientos (el tiempo se acaba, sólo quedan diez años…), la catástrofe ecológica ya no es reversible, ni siquiera puede ser contenida: esto explica el crecimiento de las fuerzas políticas que niegan el problema. Ganan las elecciones solo aquellos que se comprometen a continuar con la devastación y aquellos que persiguen el crecimiento sobre cualquier otra consideración: crecimiento quiere decir devastación, y la palabra sostenible va acompañada de una sonrisa sardónica. En Italia, para ganar las elecciones en Emilia-Romaña, el candidato del Partido Democrático (centro-izquierda) exigió que el gobierno nacional cancelara un proyecto de ley que quería establecer un impuesto sobre el plástico debido a que la producción de envases de plástico se concentra en Emilia. No hay deniers: nadie cree realmente que el cambio climático no exista. Pero la mayoría piensa que no se puede hacer nada para detener el apocalipsis, por lo que lo único razonable es bunkerizarse y exterminar a los que se acercan al búnker.

Desde que George Bush declaró en la Cumbre de Río de Janeiro de 1992 que «el nivel de vida de los estadounidenses no es negociable», la alternativa ha sido clara: o la humanidad se libera del pueblo estadounidense o el pueblo estadounidense se libera de la humanidad. La victoria de Trump marca el momento en que el pueblo estadounidense se prepara para la eliminación de la humanidad para que los estadounidenses puedan mantener su nivel de vida. Por el momento parece que prevalece esta perspectiva. La nación más asesina de todos los tiempos (cuya historia de genocidio, deportación y esclavitud hace palidecer al Tercer Reich) está lista para el Holocausto de la humanidad no estadounidense. America First finalmente significa esto. A menos que alguien decida desatar la hecatombe final comenzando con los estadounidenses, ya que varios países (Corea del Norte, por ejemplo, y por supuesto China) tienen la fuerza necesaria para incinerar a la mitad de la población estadounidense. El suicidio es la monstruosa perspectiva que se está delinando para la humanidad del siglo XXI. ¿Desde qué punto de vista deberíamos lamentarlo?

Temo que el futuro contenga una posibilidad más dolorosa que la extinción biológica de la humanidad. La humanidad es lo suficientemente resistente como para sobrevivir al cambio climático, la guerra mundial y los bombardeos atómicos. Quizás la especie humana sobreviva. Y la civilización también está destinada a sobrevivir, transferida a la esfera automática de la red conectiva global. Separada de los humanos, objetivada en técnica, la civilización podrá reproducir y expandir sus concatenaciones abstractas. Lo que no sobrevivirá en mi opinión es el frágil equilibrio de la civilización humana, de la civilización en cuanto humana. Una civilización inhumana, y poblaciones humanas sin civilización: esta me parece la perspectiva más probable para el siglo XXI (…)

Ética de la extinción

Pensar los años veinte significa interpretar las tendencias que aparecen en la condición actual, pero no solo. También significa trazar las líneas de una ética de extinción. Una ética del devenir nada.

La ética moderna quería ser una preparación para el buen vivir. Ahora necesitamos volver a concebir la ética como una preparación para el buen morir. No (sólo) en el sentido estoico de meditar individualmente sobre una muerte digna, sino también en el sentido de elaborar una conciencia colectiva del horizonte de extinción de la civilización humana.

Franco Bifo Berardi (Bolonia [Italia], 1948) es filósofo, escritor y agitador cultural. Graduado en estética y formado con Félix Guattari, actualmente es profesor de historia social de los medios de comunicación en la Academia de Bellas Artes de Brera (Milán). Fue un destacado activista de la llamada autonomia operaria italiana durante la década de los setenta y, desde entonces, ha desarrollado una prolífica obra crítica en la que ha estudiado las transformaciones del trabajo y de la sociedad producidas por la globalización, especialmente en cuanto al rol de los medios de comunicación en las sociedades postindustriales. Su producción teórica ha ido acompañada de un activismo por los medios de comunicación alternativos, tarea que inició con la fundación de la revista A/Traverso, fanzine del movimiento de 1977 en Italia, y que prosiguió con la creación de la Radio Alice —la primera emisora pirata del país— y la TV Orfeu, cuna de la televisión comunitaria en Italia. En el terreno ensayístico, debutó con Contro il lavoro (Feltrinelli, 1970) y, desde entonces, ha publicado medio centenar de títulos, algunos de ellos traducidos al castellano, como La fábrica de la infelicidad (Traficantes de Sueños, 2003), La sublevación (Artefakte, 2013) o Fenomenología del fin (Caja Negra Editora, 2017).

Publicado originalmente en la revista Not el 20 de febrero de 2020, y traducido por Juan Dorado en El Cuaderno Digital

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