Introducción
Desde el 7 de octubre de 2023, el mundo ha presenciado una de las mayores olas de movilización social desde la guerra de Irak. Surgieron campamentos estudiantiles desde la Universidad de Columbia hasta Berkeley, y desde Ámsterdam hasta Londres. Estibadores del puerto de Oakland se negaron a cargar buques que transportaban armamento con destino a Israel. En diciembre de 2023, Sudáfrica presentó una demanda ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, acusando a Israel de cometer actos constitutivos de genocidio en Gaza.
A medida que el conflicto se extendía al Líbano, Yemen y, finalmente, desembocaba en una confrontación militar directa en la que participaron Israel, Estados Unidos e Irán, comenzó a hacerse visible aquello sobre lo que numerosos analistas de izquierda habían advertido durante años: la guerra regional ya no era una posibilidad teórica, sino una realidad en pleno desarrollo.
Sin embargo, cuando examinamos las consecuencias políticas de este período, surge una pregunta incómoda para la izquierda mundial. Millones de personas salieron a las calles. La solidaridad con Palestina se convirtió en un lenguaje político compartido entre generaciones. En numerosos países occidentales, especialmente entre la juventud, creció el rechazo a las políticas exteriores de sus propios gobiernos. Y, pese a la magnitud de estas movilizaciones, no surgió un frente internacional contra la guerra, no se consolidó una estructura política duradera y tampoco nació un nuevo internacionalismo capaz de desafiar al poder imperial.
La cuestión central de este artículo, por tanto, no es simplemente por qué la izquierda fue incapaz de unificarse. La pregunta más profunda es otra: ¿por qué la mayor ola mundial de oposición a la guerra de las últimas décadas no consiguió convertirse en el punto de partida de un renovado internacionalismo antiimperialista?
Desde una perspectiva marxista, la respuesta no puede reducirse a las discrepancias entre organizaciones de izquierda ni a los conflictos personales entre dirigentes políticos. Las raíces de este fracaso deben buscarse en transformaciones históricas de mayor calado: la crisis estructural del capitalismo global, el declive de la hegemonía estadounidense, el debilitamiento de las organizaciones de la clase trabajadora y las profundas transformaciones internas que ha experimentado la propia izquierda durante las últimas cuatro décadas.
La crisis organizativa de la izquierda
La primera, y probablemente la más fundamental, explicación de este fracaso reside en la erosión de la infraestructura organizativa de la izquierda internacional. Los movimientos antibelicistas del pasado —desde la lucha contra la guerra de Vietnam hasta los movimientos de liberación nacional y anticoloniales de las décadas de 1960 y 1970— se apoyaban en redes de partidos comunistas, sindicatos poderosos, movimientos de liberación y organizaciones políticas internacionales. Aquellas estructuras estaban lejos de ser perfectas y arrastraban numerosas contradicciones, pero disponían de un elemento hoy prácticamente ausente: la capacidad de transformar la movilización callejera en una estrategia política sostenida.
Gran parte de esa infraestructura ha desaparecido o se ha debilitado de manera considerable. Tras más de cuatro décadas de reestructuración neoliberal, los sindicatos han perdido afiliación, capacidad de negociación y buena parte de su potencial para coordinar acciones internacionales. En el Reino Unido, la tasa de sindicalización ha pasado de abarcar aproximadamente a la mitad de la fuerza laboral a finales de los años setenta a representar apenas una cuarta parte en la actualidad. En Estados Unidos, el porcentaje es todavía menor y ronda apenas el diez por ciento de los trabajadores asalariados. En numerosos países, el movimiento sindical ha dejado de ser un actor político central para adoptar una posición esencialmente defensiva, dedicada a preservar conquistas obtenidas durante etapas anteriores de organización obrera.
Los movimientos surgidos en los últimos años presentan una configuración muy distinta. Son redes descentralizadas, articuladas mediante plataformas digitales y formas flexibles de coordinación. Han demostrado una enorme capacidad para movilizar a decenas o incluso millones de personas en muy poco tiempo, pero con frecuencia carecen de las instituciones necesarias para convertir la indignación social en poder político duradero.
Los campamentos estudiantiles de la primavera de 2024 ilustraron con claridad esta contradicción. Constituyeron una extraordinaria demostración de valentía y conciencia política, pero estaban integrados, sobre todo, por coaliciones temporales de organizaciones estudiantiles, colectivos religiosos y activistas de derechos humanos, más que por un frente político de base clasista dotado de una estrategia común de largo alcance que trascendiera las reivindicaciones inmediatas de cada universidad.
En síntesis, nunca faltó la voluntad de resistir. Lo que faltó, de manera constante, fue la forma organizativa capaz de convertir esa resistencia en una fuerza política histórica.
La tensión entre las políticas de identidad y la política de clase
El segundo factor remite a una transformación más amplia de la izquierda contemporánea: el desplazamiento progresivo de una política centrada en las relaciones de clase hacia otra organizada, en gran medida, en torno a las cuestiones de identidad, reconocimiento y representación.
Este cambio no carece de fundamentos históricos. Las luchas contra el racismo, el patriarcado, el legado del colonialismo y las múltiples formas de exclusión social han constituido procesos genuinamente emancipadores. Gracias a ellas se han conquistado derechos fundamentales y se ha ampliado el significado mismo de la igualdad y la justicia. Ningún proyecto serio de izquierda puede ignorar que la explotación de clase nunca existe de manera aislada, sino que se entrecruza con formas de opresión racial, de género, nacional, étnica y cultural.
La dificultad aparece cuando estas luchas dejan de estar articuladas con un análisis estructural del poder. Cuando la opresión se interpreta únicamente a través de categorías identitarias separadas, y no en relación con las estructuras económicas, las relaciones sociales y el funcionamiento del capitalismo global que la producen y reproducen, disminuye la capacidad de construir alianzas amplias, estables y duraderas.
La cuestión palestina constituye un ejemplo evidente. No puede comprenderse únicamente como un conflicto entre identidades nacionales o relatos enfrentados. Debe analizarse también desde las dinámicas del colonialismo de asentamiento, la ocupación militar, la industria mundial del armamento, los intereses del capital y la competencia geopolítica que atraviesa el sistema internacional.
Del mismo modo, la confrontación con Irán no puede explicarse únicamente mediante el lenguaje de la seguridad o la rivalidad entre Estados. Forma parte de una larga historia de intervenciones occidentales en Oriente Próximo, de disputas por recursos estratégicos y de los esfuerzos de las grandes potencias por preservar su influencia en una región decisiva para el funcionamiento del capitalismo mundial.
Un movimiento antiimperialista capaz de perdurar necesita una política que conecte luchas diversas a partir de una comprensión estructural compartida. Debe ser capaz de articular el movimiento obrero, el feminismo, las luchas ecologistas, el antirracismo y el movimiento contra la guerra sin subordinar unas reivindicaciones a otras ni reducirlas a cuestiones secundarias.
Por ello, el desafío de la izquierda contemporánea no consiste en rechazar las luchas basadas en la identidad, sino en integrarlas dentro de un proyecto más amplio de emancipación social. Se trata de recuperar una de las mayores fortalezas de la tradición marxista: la capacidad de relacionar las distintas formas de opresión con una crítica global del sistema capitalista mundial, sin perder de vista las experiencias concretas de los sectores históricamente marginados.
La crisis del concepto de imperialismo
Un tercer obstáculo, quizá el más decisivo, reside en el debate aún no resuelto dentro de la propia izquierda acerca del significado contemporáneo del imperialismo.
En la tradición marxista, y especialmente a partir de la obra de Lenin, el imperialismo no constituye simplemente la política exterior agresiva de un Estado determinado. Se trata de una estructura histórica del capitalismo en la que la acumulación de capital, el poder financiero, la expansión militar y la dominación geopolítica organizan las relaciones entre Estados, economías y clases sociales.
Sin embargo, la izquierda contemporánea mantiene profundas discrepancias acerca de cómo debe aplicarse este concepto al sistema mundial actual.
Una corriente, heredera del antiimperialismo clásico, considera que Estados Unidos y sus principales aliados siguen siendo el núcleo del imperialismo contemporáneo. Subraya la historia del colonialismo, las intervenciones militares, las sanciones económicas, las operaciones de cambio de régimen y la extensa red mundial de bases militares estadounidenses como expresión central de la dominación imperial.
Otra corriente sostiene que el imperialismo no puede identificarse exclusivamente con Occidente. Desde una lectura más compleja del sistema-mundo, argumenta que diferentes Estados —desde Rusia y China hasta diversas potencias regionales de Oriente Próximo— también pueden participar en relaciones de dominación, expansión militar y competencia imperial, y que ningún Estado debería quedar exento de crítica únicamente por enfrentarse a Washington.
Este debate, que ya dividió profundamente a la izquierda durante la guerra de Ucrania, ha reaparecido con fuerza a raíz de las crisis de Gaza e Irán. Para algunos sectores, cualquier actor que desafíe el poder estadounidense pasa automáticamente a formar parte del campo antiimperialista. Para otros, semejante enfoque sustituye el análisis marxista por una lógica de alineamientos geopolíticos, según la cual el enemigo de nuestro enemigo debe ser considerado necesariamente una alternativa progresista.
Un enfoque auténticamente antiimperialista debe evitar ambas simplificaciones. Debe reconocer el papel histórico y estructural desempeñado por el imperialismo occidental, especialmente por la hegemonía militar, financiera y política ejercida por Estados Unidos y sus aliados. Pero, al mismo tiempo, debe mantener una crítica independiente frente a todas las formas de dominación, incluidas aquellas ejercidas por potencias regionales o no occidentales.
Como recordaba Lenin, el imperialismo hunde sus raíces en las estructuras del capital y del poder, no simplemente en la identidad política de determinados gobiernos. Aplicar hoy esa idea exige un análisis concreto de las transformaciones del sistema mundial y no la repetición mecánica de los alineamientos políticos del siglo XX.
Por ello, una perspectiva marxista debe sostener simultáneamente dos principios inseparables: la oposición a la dominación imperial ejercida por las grandes potencias capitalistas y la oposición a todas las formas de explotación, opresión y militarismo, independientemente del Estado que las practique.
Esta posición dialéctica resulta mucho más exigente que la simple elección de uno de los bloques geopolíticos en disputa. Sin embargo, únicamente preservando esa independencia política podrá la izquierda recuperar su capacidad para ofrecer una alternativa real frente a la lógica de la competencia entre grandes potencias.
La economía política de la guerra
Otra dimensión fundamental del problema reside en la base económica de las guerras contemporáneas. Las guerras no son únicamente el resultado de decisiones políticas adoptadas por los gobiernos; también están profundamente insertas en intereses materiales y en las dinámicas de acumulación del capitalismo.
El complejo militar-industrial, especialmente en las economías capitalistas centrales, se ha consolidado como una poderosa red que articula a los fabricantes de armamento, las instituciones financieras, las industrias de la seguridad y los aparatos estatales. La magnitud de este sistema resulta elocuente. El gasto militar de Estados Unidos supera actualmente los 850.000 millones de dólares anuales, una cifra superior a la suma de los presupuestos militares de varias de las principales potencias que le siguen. Paralelamente, empresas como Lockheed Martin y RTX han registrado beneficios extraordinarios y carteras de pedidos récord precisamente durante los años marcados por la escalada bélica en Gaza, Ucrania y el Golfo Pérsico.
La continuidad de la guerra permanente no constituye, por tanto, un simple accidente de la política internacional. Los presupuestos militares, los contratos de armamento y la expansión de las industrias de seguridad representan enormes circuitos de acumulación de capital. Para los actores económicos vinculados a estos sectores, la inestabilidad internacional deja de ser únicamente un riesgo para convertirse también en una fuente de rentabilidad.
Esto no significa que todas las guerras puedan reducirse mecánicamente a intereses económicos. Los conflictos políticos, las trayectorias históricas, las luchas nacionales y los factores ideológicos desempeñan igualmente un papel decisivo. Sin embargo, un análisis marxista no puede dejar de plantear una pregunta fundamental: ¿quién obtiene beneficios materiales de la militarización y quién soporta sus costes?
La respuesta es inequívoca. Los costes de la guerra recaen de forma abrumadora sobre las poblaciones trabajadoras: quienes pierden sus hogares, sus medios de vida o sus propias vidas. En cambio, los beneficios económicos tienden a concentrarse en un reducido grupo de corporaciones, instituciones financieras y élites estrechamente vinculadas al complejo militar-industrial.
Por ello, la lucha contra la guerra no puede separarse de la lucha contra el neoliberalismo y la desigualdad social. Los mismos gobiernos que alegan carecer de recursos para financiar la sanidad pública, la educación, la vivienda o la transición ecológica encuentran, sin embargo, cantidades prácticamente ilimitadas para ampliar sus presupuestos militares.
La guerra y la austeridad no son fenómenos independientes. Constituyen dos expresiones complementarias de un mismo orden económico que sitúa la acumulación de capital por encima de las necesidades humanas.
El poder de los medios de comunicación y la disputa por el sentido
El poder imperial contemporáneo no se sostiene únicamente mediante la fuerza militar, la supremacía económica o la influencia diplomática. También depende de su capacidad para producir relatos, definir la realidad y establecer los marcos desde los cuales la sociedad interpreta los acontecimientos. Toda guerra es, simultáneamente, una batalla por el territorio y una batalla por el significado.
La guerra en Gaza volvió a poner de manifiesto la importancia estratégica de esta dimensión ideológica. Aunque las imágenes de destrucción, desplazamiento forzado y sufrimiento civil llegaron diariamente a millones de personas en todo el mundo, buena parte de los grandes medios occidentales continuó presentando el conflicto principalmente a través del lenguaje de la seguridad, el terrorismo y el supuesto «derecho a la legítima defensa».
En ese relato, el contexto histórico —décadas de ocupación militar, colonialismo de asentamiento, profundas asimetrías de poder y el apoyo político, militar y económico brindado por los gobiernos occidentales a Israel— quedó frecuentemente relegado a un plano secundario o incluso invisibilizado.
Este fenómeno confirma, una vez más, lo que Edward S. Herman y Noam Chomsky describieron como los mecanismos estructurales de filtrado de los sistemas mediáticos. La concentración de la propiedad de los medios, los intereses económicos de sus propietarios y la dependencia de fuentes oficiales condicionan profundamente la manera en que se construyen los relatos dominantes sobre los conflictos internacionales.
Criticar este marco informativo no implica negar la complejidad de los conflictos ni minimizar la violencia ejercida por distintos actores. La cuestión esencial consiste en analizar cómo las instituciones dominantes construyen una jerarquía de legitimidad: qué formas de violencia son presentadas como defensa, cuáles son etiquetadas como terrorismo y qué víctimas adquieren visibilidad política mientras otras permanecen prácticamente invisibles.
Como señaló Antonio Gramsci, las clases dominantes no gobiernan únicamente mediante la coerción. Su poder también descansa en la capacidad de convertir intereses particulares en sentido común, haciendo que una determinada interpretación de la realidad aparezca como natural, objetiva e inevitable.
Desde esta perspectiva, la tarea de una izquierda antiimperialista no consiste únicamente en denunciar las guerras, sino también en disputar los marcos ideológicos que las legitiman.
Las plataformas digitales han abierto posibilidades inéditas para cuestionar los discursos oficiales y difundir información alternativa. Sin embargo, por sí solas no han generado organizaciones políticas estables. Su lógica favorece los ciclos rápidos de atención, la viralidad y la movilización inmediata, más que la construcción de estrategias colectivas de largo plazo.
Aquí reside una de las contradicciones fundamentales de nuestro tiempo: la humanidad nunca había estado tan interconectada y, sin embargo, las organizaciones políticas capaces de transformar esa conexión en poder histórico continúan siendo extraordinariamente débiles.
Un sistema-mundo en transición: el declive de la hegemonía y el significado de Gaza
El fracaso del movimiento contra la guerra para convertirse en una fuerza antiimperialista de alcance internacional sólo puede comprenderse en el marco de la crisis más amplia del sistema-mundo contemporáneo. Las guerras y conflictos de los últimos años —Gaza, Ucrania, Yemen, Siria y la creciente confrontación en torno a Irán— no constituyen episodios aislados. Son manifestaciones interrelacionadas de una transformación histórica de mayor alcance: la crisis del orden internacional construido bajo la hegemonía de Estados Unidos y el surgimiento de un sistema mundial cada vez más inestable, competitivo y multipolar.
Como sostuvo Immanuel Wallerstein, los períodos de declive hegemónico rara vez son períodos de paz. Por el contrario, suelen caracterizarse por una creciente incertidumbre, por la intensificación de las disputas geopolíticas y por la competencia entre distintas potencias que aspiran a definir la arquitectura del nuevo orden internacional.
Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar y financiera del planeta. Sin embargo, su capacidad para imponer un orden internacional relativamente estable ha disminuido de forma evidente. Paralelamente, nuevas potencias y diversos actores regionales cuestionan aspectos de la hegemonía estadounidense sin ofrecer, necesariamente, una alternativa social o económica capaz de superar las contradicciones estructurales del capitalismo global.
En estas condiciones de transición histórica, el recurso a la fuerza militar adquiere una importancia creciente para las élites dominantes. Cuando las contradicciones económicas se profundizan y la legitimidad política comienza a erosionarse, los Estados recurren cada vez más a la expansión militar, al fortalecimiento de los aparatos de seguridad y a los conflictos externos como mecanismos destinados a preservar su posición de poder.
Oriente Próximo ocupa un lugar central en esta dinámica precisamente por su importancia estratégica. Sus recursos energéticos, sus rutas comerciales, su posición geográfica y su peso geopolítico convierten a la región en uno de los principales escenarios donde se disputa el futuro equilibrio del sistema mundial.
Desde esta perspectiva, Gaza no fue únicamente una tragedia humanitaria —aunque, sin duda, lo fue—. También puso al descubierto algunas de las contradicciones más marcadas del orden internacional contemporáneo. La guerra evidenció el abismo existente entre el discurso oficial sobre un supuesto «orden internacional basado en reglas» y la aplicación selectiva de esas mismas reglas en función de los intereses estratégicos de las grandes potencias.
Precisamente esa contradicción abrió una oportunidad histórica para la izquierda internacional.
¿Por qué Gaza representó una oportunidad histórica para la izquierda?
A pesar de sus debilidades organizativas, la respuesta internacional a la guerra de Gaza demostró que las bases sociales para reconstruir un nuevo internacionalismo siguen existiendo.
Una generación marcada por la crisis financiera de 2008, por la emergencia climática y por el agotamiento del proyecto neoliberal irrumpió en la escena política mundial. Universidades de Estados Unidos y Europa se transformaron en importantes centros de movilización. Miles de estudiantes cuestionaron las relaciones entre sus instituciones académicas y la industria armamentística, exigiendo responsabilidades políticas y éticas.
Al mismo tiempo, determinadas acciones impulsadas por trabajadores vinculados a las cadenas globales de suministro señalaron otra posibilidad: el retorno, aunque todavía parcial, de la política de clase al movimiento contra la guerra.
La negativa de los estibadores del puerto de Oakland a colaborar en el envío de armamento destinado a Israel constituyó un ejemplo particularmente significativo. Aunque se trató de una acción limitada, mostró el enorme potencial estratégico que posee la clase trabajadora cuando actúa desde su posición dentro de la producción y la circulación mundial de mercancías.
A diferencia de la protesta meramente simbólica, la acción organizada de los trabajadores tiene la capacidad de intervenir directamente en las redes materiales que hacen posible la producción y el sostenimiento de las guerras.
No obstante, sería prematuro interpretar estos acontecimientos como el renacimiento de un movimiento obrero internacional contra la guerra. Más bien representan indicios prometedores de una posibilidad política que la izquierda aún no ha logrado convertir en una estrategia sostenida y reproducible.
Mientras tanto, el llamado Sur Global comenzó a desempeñar un papel cada vez más autónomo frente a las narrativas dominantes de Occidente.
La demanda presentada por Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia devolvió el concepto de genocidio al centro del debate internacional y simbolizó la creciente exigencia de un orden mundial más igualitario. En numerosos países de África, Asia y América Latina aumentó el escepticismo hacia las pretensiones occidentales de monopolizar la autoridad moral en los asuntos internacionales.
Como sugería Wallerstein, las crisis hegemónicas no sólo generan conflictos; también abren espacios para nuevas posibilidades políticas.
Sin embargo, toda esa enorme energía social permaneció fragmentada. El problema nunca fue la falta de solidaridad internacional con Palestina; fue, más bien, la ausencia de organizaciones capaces de convertir esa solidaridad en una fuerza política internacional duradera.
Y, sin embargo, la fragmentación organizativa no constituye el único desafío que enfrenta la izquierda contemporánea. Incluso allí donde existen organizaciones, muchas de ellas encuentran enormes dificultades para responder a una pregunta esencial: ¿qué proyecto histórico proponen construir, más allá de aquello contra lo que luchan?
La crisis de la imaginación política
Más allá de sus debilidades organizativas, la izquierda atraviesa una crisis de otro orden: una crisis de imaginación política.
El declive de los proyectos socialistas del siglo XX, unido a la hegemonía ideológica del neoliberalismo durante las últimas cuatro décadas, ha reducido de manera considerable el horizonte de lo políticamente imaginable. Hoy numerosos movimientos sociales han demostrado una notable capacidad para resistir injusticias concretas: se movilizan contra las guerras, defienden a las comunidades amenazadas, denuncian la discriminación y ponen al descubierto los abusos del poder. Sin embargo, con frecuencia encuentran dificultades para formular una visión coherente de la sociedad que desean construir.
En otras palabras, resulta más fácil imaginar la resistencia que imaginar la transformación.
Esta constituye una de las contradicciones fundamentales de nuestro tiempo. Millones de personas reconocen las profundas disfunciones del orden existente: guerras interminables, desigualdad creciente, devastación ecológica y una concentración sin precedentes de la riqueza y del poder. No obstante, esa percepción crítica rara vez se traduce en un proyecto político compartido capaz de señalar un horizonte alternativo.
Para la izquierda, el antiimperialismo no puede limitarse a una posición negativa de rechazo frente a las guerras o la dominación. Debe expresar también un proyecto histórico afirmativo: una propuesta de cooperación internacional basada en la igualdad, la justicia económica, el control democrático de los recursos estratégicos, la sostenibilidad ecológica y una organización de la economía orientada a satisfacer las necesidades humanas antes que la acumulación ilimitada de capital.
Sin un horizonte de esa naturaleza, los movimientos sociales corren el riesgo de quedar atrapados en ciclos repetitivos de resistencia. Son capaces de desafiar conflictos concretos, pero incapaces de transformar las estructuras que los producen.
Por ello, la tarea histórica de la izquierda no consiste únicamente en reconstruir organizaciones. También exige reconstruir la capacidad colectiva para imaginar otro mundo posible.
Un nuevo internacionalismo debe responder no sólo a la pregunta de qué rechazamos, sino también a otra mucho más decisiva: qué sociedad queremos construir.
Construir un nuevo internacionalismo antiimperialista
La principal enseñanza del período reciente es clara: la protesta, por sí sola, no basta.
Los millones de personas que se movilizaron contra la guerra en Gaza demostraron que el deseo de justicia, solidaridad y paz sigue vivo en amplios sectores de la sociedad mundial. Lo que estuvo ausente nunca fue la voluntad popular, sino la capacidad organizativa necesaria para transformar esa voluntad en una fuerza histórica coherente.
La historia demuestra que las grandes transformaciones sociales rara vez nacen de movilizaciones espontáneas. Los movimientos adquieren capacidad para cambiar la sociedad cuando construyen organizaciones estables, desarrollan procesos de formación política, crean instituciones propias y elaboran estrategias de largo plazo.
Por ello, el desafío actual de la izquierda no consiste simplemente en movilizarse contra cada nueva guerra, sino en reconstruir las bases organizativas del internacionalismo.
Sin embargo, ese nuevo internacionalismo no puede ser una simple reproducción de las formas políticas del siglo XX. El mundo ha cambiado profundamente: la clase trabajadora se encuentra hoy mucho más dispersa a escala global; la producción ha sido reorganizada mediante complejas cadenas internacionales de suministro; las tecnologías digitales han transformado radicalmente la comunicación política; y la crisis ecológica se ha convertido en un eje inseparable de cualquier proyecto emancipador.
Pese a estos cambios, algunos principios fundamentales conservan plena vigencia: la oposición a toda forma de dominación, la resistencia al militarismo, la solidaridad entre los pueblos oprimidos y la construcción de un orden social orientado a satisfacer las necesidades humanas y no la lógica de la acumulación del capital.
Reconectar la política contra la guerra con la lucha de clases
Uno de los desafíos más importantes para la izquierda del futuro consiste en reconstruir el vínculo entre la lucha contra la guerra y la organización de la clase trabajadora.
Una de las principales debilidades de muchos movimientos antibelicistas contemporáneos es que permanecen separados de los conflictos cotidianos que afectan a la mayoría de la población trabajadora. Sin embargo, la guerra y la desigualdad social forman parte de una misma lógica estructural.
Los presupuestos militares no son simples cifras incluidas en las cuentas públicas. Representan recursos que dejan de destinarse a la sanidad, la educación, la vivienda, la protección social o la transición ecológica. El mismo sistema económico que produce precariedad laboral, pobreza y desigualdad genera también una militarización permanente.
Por ello, el movimiento sindical debe recuperar un papel central en la lucha contra la guerra.
La fuerza de la clase trabajadora no reside únicamente en su número, sino en el lugar estratégico que ocupa dentro del proceso de producción y circulación del capital. Los trabajadores de los puertos, del transporte, de la logística, de la industria armamentística y de los sectores energéticos poseen una capacidad potencial para intervenir directamente en las infraestructuras materiales que hacen posible la guerra.
La experiencia de los estibadores de Oakland debe interpretarse precisamente desde esta perspectiva. No constituye todavía la prueba de que haya surgido un nuevo movimiento obrero internacional contra la guerra, pero sí muestra el enorme potencial que puede desarrollarse cuando el poder de la clase trabajadora converge con una política antiimperialista.
La cuestión decisiva para la izquierda no consiste únicamente en cómo protestar contra las guerras, sino en cómo organizar a quienes, con su trabajo, hacen posible el funcionamiento cotidiano de la maquinaria militar.
Sin esa articulación entre lucha de clases y movimiento contra la guerra, la oposición al militarismo corre el riesgo de permanecer en el terreno de la denuncia moral, sin adquirir la capacidad de transformar las estructuras económicas y políticas que alimentan los conflictos armados.
Más allá de la fragmentación: reconstruir la independencia política de la izquierda
El futuro de la izquierda depende, en gran medida, de su capacidad para evitar dos desviaciones igualmente problemáticas.
La primera es el campismo geopolítico: la idea de que la política internacional puede reducirse a la confrontación entre Estados rivales y que cualquier actor enfrentado a la hegemonía estadounidense debe ser considerado automáticamente una fuerza emancipadora.
La segunda consiste en una forma de internacionalismo liberal que condena determinadas expresiones de violencia mientras ignora las estructuras del capitalismo global, el imperialismo y las profundas desigualdades que organizan el sistema internacional.
Una izquierda renovada debe rechazar ambas perspectivas.
Debe reconocer el papel central que continúa desempeñando el imperialismo occidental y asumir las consecuencias históricas del colonialismo, de las intervenciones militares y de las estructuras internacionales profundamente desiguales.
Pero, al mismo tiempo, debe mantener una posición crítica frente a todas las formas de dominación, incluidas aquellas ejercidas por potencias regionales o por Estados que desafían la hegemonía occidental sin romper con la lógica del poder imperial.
Esta independencia política no constituye un lujo intelectual; representa la condición indispensable para cualquier proyecto auténticamente emancipador.
La misión histórica de la izquierda nunca ha consistido en alinearse con uno u otro bloque de poder. Su tarea ha sido construir una alternativa basada en los intereses comunes de la clase trabajadora y de los pueblos oprimidos, más allá de las fronteras nacionales.
El internacionalismo no puede reconstruirse convirtiéndose en la prolongación de la estrategia geopolítica de ningún Estado.
Una política antiimperialista consecuente debe situar la emancipación humana por encima de cualquier alineamiento entre potencias. Debe defender simultáneamente el derecho de los pueblos a decidir su propio destino y la oposición a toda forma de ocupación, explotación, autoritarismo y dominación, cualquiera que sea el Estado que las ejerza.
Se trata, sin duda, de una posición más compleja que la simple elección de un bloque frente a otro. Pero precisamente esa independencia es la que otorga al antiimperialismo su fuerza crítica y su potencial transformador.
Conclusión: crisis, posibilidad y el futuro del internacionalismo
Las guerras de Gaza, Yemen, Siria, Ucrania y la creciente confrontación en torno a Irán ponen de manifiesto una realidad de fondo: un capitalismo global atravesado por crecientes contradicciones económicas y por una crisis de hegemonía que recurre cada vez más a la militarización, la coerción y la guerra como mecanismos de reproducción del poder.
Al mismo tiempo, la respuesta de millones de personas en todos los continentes demuestra que el deseo de solidaridad internacional y de resistencia sigue plenamente vigente.
Las calles, las universidades, los lugares de trabajo y los movimientos sociales han mostrado que continúan existiendo las bases sociales para un nuevo internacionalismo. Lo que faltó no fue la voluntad de los pueblos, sino una organización política capaz de transformar esa voluntad en una fuerza histórica organizada.
La crisis actual de la izquierda no es únicamente una crisis de ideas. Es también una crisis de organización, de estrategia y de articulación internacional.
Si la izquierda no extrae las lecciones de este momento histórico, las futuras guerras volverán a generar enormes movilizaciones populares sin traducirse en transformaciones políticas duraderas.
Pero si consigue comprender las enseñanzas fundamentales de este ciclo —la necesidad de reconstruir organizaciones, de recuperar una política de clase capaz de superar la fragmentación, de ampliar la imaginación política y de defender una perspectiva antiimperialista verdaderamente independiente—, la crisis actual podrá convertirse en el punto de partida de una nueva etapa del internacionalismo.
Antonio Gramsci escribió que las crisis históricas son aquellos momentos en los que «lo viejo muere y lo nuevo no termina de nacer». Son períodos atravesados al mismo tiempo por el peligro y por la posibilidad.
El futuro no está escrito de antemano. Las mismas contradicciones que hoy alimentan el militarismo, el autoritarismo y nuevas formas de barbarie pueden abrir también espacios para proyectos emancipadores.
La cuestión decisiva para la izquierda del siglo XXI consiste en saber si será capaz de construir el movimiento internacional que transforme la resistencia dispersa en una fuerza histórica organizada, capaz no sólo de oponerse al imperialismo, sino también de abrir el camino hacia un orden mundial más democrático, igualitario y verdaderamente humano.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


