Recomiendo:
1

Qué hay realmente detrás de la nostalgia colonial de Occidente

Fuentes: Rebelión [Foto: Varias personas sospechosas de pertenecer a los Mau Mau interrogadas por las fuerzas coloniales británicas en Gilgil, Kenia, el 8 de enero de 1953 (AP)]

Traducido del inglés para Rebelión por Jesica Safa

Hay un esfuerzo conjunto de rehabilitar el pasado colonial para dar paso a un nuevo orden.

Durante muchos años se presentó el «orden global basado en reglas» como un sistema benigno de gobernanza global establecido por Occidente. Es cierto que sus orígenes se remontan al mundo colonial y muchos de sus sistemas reflejaban las desigualdades raciales coloniales, pero de todos modos se le consideraba el precursor de la prosperidad y el orden mundiales, en los que Occidente había pasado mágicamente de ser un villano colonial a ser un salvador.

Pero aquell época fue muy diferente para gran parte del Sur Global. Se vivió como genocidio, saqueo y desplazamiento. En toda África, Asia y el Caribe las administraciones coloniales interrumpieron y suprimieron los sistemas e industrias locales, diseñaron economías de cultivos comerciales vulnerables a las sacudidas mundiales de precios y redefinieron la autoridad política para priorizar el control imperial.

Con el tiempo aumentó la exigencia de un relato más preciso de la catástrofe que Occidente había infligido al resto, de que reconociera sus crímenes históricos que iban desde el exterminio hasta la esclavitud y la exigencia de compensaciones. Eso coincidió con un reordenamiento del poder global que dejó a Occidente cada vez más inseguro de sí mismo (ya no son nuestros salvadores, los buenos de la historia que durante mucho tiempo habían fingido ser).

Hubo un reconocimiento excesivamente comedido. En el caso de Kenia, las revelaciones sobre la existencia de campos de tortura británicos durante la lucha por la independencia de los años cincuenta provocaron expresiones de arrepentimiento sin disculpas por parte del gobierno británico y una compensación mezquina.

De la misma manera, Alemania aceptó haber cometido un genocidio en Namibia contra los pueblos ovaherero y nama en la primera década del siglo XX, pero sigue negándose a pagar compensaciones y, en cambio, ofrece 1.300 millones que se pagarán a través de programas de ayuda durante 30 años como «un gesto de reconciliación».

No fueron más que unas migajas, pero supusieron un importante punto de inflexión. Los movimientos en todo el mundo, desde Black Lives Matter en Estados Unidos hasta Rhodes Must Fall en Sudáfrica presionaron a favor de reconstruir el relato histórico sobre la supremacía blanca y la dominación occidental. El pensamiento y discurso crítico anticolonial se extendió desde la academia hasta la cultura popular.

Pero la reacción no tardó en llegar. En algunos círculos hubo un firme rechazo de la «culpa blanca» que recogieron los políticos e incluyeron en las campañas políticas. El revisionismo colonial demostró ser popular y dar votos. También llegó rápidamente a los foros internacionales.

Un buen ejemplo es el reciente discurso del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Habló elogiosamente del orden imperial anterior a 1945. Para él fue una época en la que «Occidente se había ido expandiendo: sus misioneros, sus peregrinos, sus soldados, sus exploradores salieron de sus costas para cruzar océanos, asentarse en nuevos continentes y construir vastos imperios que se extendieron por todo el mundo». Rubio presentó el dominio occidental como una era de prosperidad y liderazgo moral argumentando que Occidente no debería avergonzarse de su pasado. Según sus interpretación, el colonialismo no consistió en una jerarquía racial y en saqueo, sino en una administración, un orden y una civilización. Su declive es, implícitamente, algo de lo que lamentarse.

Lo que Rubio y otros como él plantean es que Occidente asuma plenamente su papel de villano. No retóricamente, por supuesto (los malos rara vez afirman serlo), sino en la práctica, rehabilitando el imperio y dejando de lado la culpa y la vergüenza por errores históricos. Consideran que reconocer los errores históricos es una debilidad, incluso odio hacia uno mismo. Y en lugar de abordar los errores del pasado, proponen usar el poder para eliminar el recuerdo.

Se trata de un claro intento de redención a través de la conquista de la memoria. No se trata simplemente de debatir acerca del pasado, se trata de moldear el vocabulario moral del presente. De alejarse, también, del actual «orden basado en reglas» y pasar a una realidad donde no hay reglas para «la ley del más fuerte».

Si el imperio es benevolente, entonces las jerarquías contemporáneas se pueden reformular como liderazgo responsable. Los regímenes de comercio desigual se convierten en estabilidad. La presión militar se convierte en tutela. Las intervenciones se convierten en administración. El colonialismo, como hemos visto en el caso de la llamada «Junta de Paz» del presidente estadounidense Donald Trump, se rebautiza no

como dominación, sino como orden necesario y preludio de prosperidad. La multipolaridad no se enmarca como un ajuste estructural, sino como una decadencia desestabilizadora.

Esto es útil políticamente en un momento en el que el dominio occidental se enfrenta a desafíos provenientes de potencias en ascenso y de alianzas cambiantes. La nostalgia por una supremacía indiscutida ofrece claridad y sustituye el malestar por orgullo. Transforma las exigencias de justicia en acusaciones de ingratitud y su gramática refleja el patrón familiar. El imperio daña, pero en última instancia salva; se equivoca, pero se redime. Su importancia sigue siendo incuestionable.

No hay necesidad de un ajuste de cuentas estructural o de una restitución. El foco se desplaza de las consecuencias materiales del dominio colonial a la carga emocional de la vergüenza occidental. La historia consiste en restablecer la confianza en lugar de en hacer frente a la desigualdad.

El discurso de Rubio estaba destinado a una audiencia occidental, pero debería hacer sonar las alarmas para el resto de nosotros. Es tentador tratar esa retórica como el fracaso moral de unos pocos hombres malos, fácilmente caricaturizado e igualmente de fácilmente ignorado. Sería un grave error.

Debemos reconocer que están reconstruyendo la estructura del colonialismo: un sistema legal, económico y epistémico diseñado para privilegiar los intereses occidentales, su opresión codificada en la ley, sus órdenes aplicadas mediante la coerción y sus beneficios distribuidos según líneas raciales.

Por lo tanto, la rehabilitación del imperio no es nostalgia. Es preparación. Es la construcción de un marco moral en el que las jerarquías del presente no necesitan justificación porque las jerarquías del pasado han sido absueltas, y si bien el pasado no se puede deshacer, se puede recordar erróneamente.

Hemos estado viviendo con las terribles consecuencias de hacer eso en nuestras economías, dentro de nuestras fronteras y en nuestros cuerpos, y justo cuando empezamos a quitarnos la venda de los ojos, hay un intento de cegarnos otra vez. No debemos ceder al revisionismo, sino resistirnos activamente diciendo nuestra verdad, insistentemente y sin disculpas, hasta que no pueda ser ahogada.

La memoria no es pasiva, es una elección que hacemos todos los días, y esa elección nos pertenece tanto como a cualquier otra persona.

Texto original: https://www.aljazeera.com/opinions/2026/2/23/what-is-really-behind-the-wests-colonial-nostalgia

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.