Recomiendo:
1

Reconstruir la devastada economía de Myanmar es la clave para una futura democracia

Fuentes: Traducción al español: Cristina Alonso

Hay que resistir a la dictadura, pero eso no es suficiente. Resolver la crisis económica del país podría transformar la sociedad.

Myanmar se enfrenta a un desastre económico y humanitario de proporciones épicas. Hay una necesidad urgente de proteger a las personas más pobres y vulnerables y proporcionar asistencia de una manera que no afiance la dictadura. Es igualmente importante utilizar esta crisis para transformar la economía política de Myanmar, increíblemente desigual y singularmente explotadora. Es la clave del cambio democrático. También es la clave para crear una sociedad más justa, así como más libre y próspera.

Al golpe de estado del ejército en febrero le han seguido huelgas y protestas, y una intensa represión. El ejército no ha sido capaz de consolidar su golpe y, en cambio, ha desencadenado involuntariamente movimientos revolucionarios decididos a acabar con el papel de los militares en la política de una vez por todas. Se avecinan años turbulentos.

Mientras tanto, la economía se ha colapsado, con decenas de millones de personas cayendo rápidamente en la pobreza extrema y el Programa Mundial de Alimentos estimando que 3,4 millones de personas no podrán alimentarse adecuadamente en los próximos seis meses. El sistema sanitario también se ha colapsado, poniendo en peligro la vida de muchas personas más, incluidas los varios cientos de miles que dependen de los medicamentos para la tuberculosis y el VIH y los 950.000 menores que normalmente se vacunan cada año contra el sarampión, la polio y otras enfermedades. En la actualidad no hay prácticamente ninguna prueba de Covid-19 ni posibilidad de vacunación a gran escala.

La causa lógica de la catástrofe que se está produciendo es el golpe de estado y sus consecuencias, pero entender la historia de la economía política de Myanmar es fundamental para pensar en lo que puede venir después.

La economía de Myanmar bajo el dominio británico se basaba en la inmigración de trabajadores indios y la exportación de productos primarios. Tras la independencia, en 1948, la política estuvo dominada por la izquierda y los esfuerzos por acabar con el legado colonial. Pero a finales de la década de 1980, una nueva junta militar puso fin a la «vía birmana al socialismo», creando nuevos mercados, en particular en torno a las industrias extractivas vinculadas a la revolución industrial de China, país vecino. La fiscalidad y los servicios sociales eran prácticamente inexistentes. La desigualdad se disparó y una mezcla de cambio climático y confiscación masiva de tierras llevó a millones de personas a Tailandia en busca de trabajo. En las tierras altas, junto a un mosaico de batallones del ejército, milicias y fuerzas de las minorías étnicas, había redes de creación de dinero mucho más ricas que incluso los hombres armados, incluida una red de metanfetamina que, según la ONU, valía miles de millones.

Las reformas políticas de los últimos 10 años no fueron acompañadas de ningún cambio estructural en la economía. El ejército dio un gran paso atrás en los negocios, y la liberalización dio lugar a una mayor competencia extranjera, así como al crecimiento de algunos sectores como el turismo, el inmobiliario y las telecomunicaciones. Surgió una pequeña clase media, pero la mayoría de las personas habitantes de Myanmar siguió viviendo al borde de la violencia y la pobreza extrema, incluidos los grupos más vulnerables: campesinado de las tierras altas, agricultores sin tierras, nuevos habitantes de barrios marginales urbanos, descendientes del sudeste asiático y de otras minorías étnicas. La limpieza étnica de los Rohingya en 2017 no tiene parangón en cuanto a escala y brutalidad. Pero el estado de Myanmar lleva mucho tiempo fallando a muchas de sus gentes.

Con la pandemia llegó una conmoción económica que hizo que una economía ya frágil cayera en picado, como consecuencia de los cierres y las interrupciones del comercio exterior. El sector de la confección, la única industria manufacturera, prometedora en el país, se puso de rodillas. Un estudio internacional realizado el pasado mes de octubre reveló que la pobreza de ingresos (personas que ganan menos de 1,90 dólares al día) había aumentado del 16% al 63% de la población. La ayuda estatal era casi nula.

Ahora, tras el golpe de estado, la economía está prácticamente paralizada. Una huelga general, junto con los bloqueos de internet por parte del ejército, han paralizado gran parte del sistema financiero, interrumpiendo los negocios y los pagos de nóminas por un valor equivalente a miles de millones de dólares al mes. Con la confianza cayendo en picado y el banco central no queriendo o no pudiendo proporcionar la liquidez necesaria, las familias están acumulando todo el efectivo posible. Es difícil imaginar cómo sobrevivirá la gente corriente en los próximos meses, especialmente los grupos más pobres del campo, la mayoría de los cuales carecen de tierras y dependen totalmente del trabajo ocasional.

Sin embargo, es probable que la junta militar birmana sobreviva a cualquier recesión económica, ya que el sistema de Myanmar nunca se ha alejado del que creció bajo juntas anteriores, con las sanciones económicas occidentales más duras posibles. Los nuevos negocios de la última década, como la industria manufacturera, se marchitarán, los antiguos, como la madera y la minería, volverán a ganar terreno, y los ilícitos en las tierras altas, desde el narcotráfico hasta el blanqueo de dinero y el tráfico de especies silvestres, florecerán en la prolongada inestabilidad que se avecina.

Pase lo que pase, la prioridad internacional debe ser garantizar que las comunidades pobres y vulnerables de Myanmar puedan recibir la asistencia necesaria para mantenerse con vida, prestando especial atención a la vacunación infantil. Pero esto debe hacerse con habilidad política, para no socavar las posibilidades de cambios políticos radicales en el gobierno que la gran mayoría de la población desea.

Los movimientos revolucionarios actuales pretenden reducir los ingresos de la junta y están dispuestos a pagar un alto coste económico. Pero el éxito de la transición se producirá a lo largo de años, no de meses, y es importante identificar el panorama económico más adecuado para el cambio democrático. Las medidas para debilitar a la junta que refuerzan inadvertidamente la mano de las redes criminales transnacionales pueden conducir no al colapso del estado, sino a un orden político mutante, que tardará generaciones en ser eliminado.

Hay que resistirse a la dictadura, pero la democracia no es suficiente. En los últimos meses, una nueva generación de dirigentes ha salido a la palestra, y muchos de ellos han rechazado el etnonacionalismo en el centro de la política de Myanmar, buscando nuevas alianzas más allá de las divisiones raciales, étnicas y religiosas. Esto no sólo es bienvenido, sino que es esencial para cualquier éxito futuro. Pero también hay que centrarse en los problemas de desigualdad y subdesarrollo, protegiendo a los grupos vulnerables ahora, mientras se reimagina y se moviliza en torno a una economía política más justa para el futuro.

Thant Myint-U es el autor de La historia oculta de Birmania: raza, capitalismo y la crisis de la democracia en el siglo XXI (Atlantic Books)

Fuente original en inglés: https://www.theguardian.com/commentisfree/2021/may/14/myanmar-economy-democracy-dictatorship-economic-crisis