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Japón

Sanae Takaichi en el santuario Yasukuni

Fuentes: El viejo topo

El 21 de octubre de 2025 Sanae Takaichi entró en el Kantei tokiota como primera ministra. Heredera política de Shinzo Abe, Takaichi es una mujer que pertenece al ala más dura del gobernante Partido Liberal Democrático, PLD, y es miembro de la Nippon Kaigi, una organización de extrema derecha que postula cambiar la Constitución para rearmar el ejército, que defiende honrar a los criminales de guerra japoneses en el santuario de Yasukuni, niega que Japón esclavizara sexualmente a jóvenes chinas y coreanas («mujeres de consuelo» las denominaron), mantiene que la espantosa matanza de Nankín se ha exagerado y que los juicios de posguerra a los criminales de guerra como Tōjō son ilegítimos: un completo catálogo fascista, que la nueva primera ministra japonesa comparte, aunque ahora procure mantenerlo oculto. El duro nacionalismo de Takaichi se asienta en la alianza con Estados Unidos, la contención de China y el rearme, para convertir a Japón en una potencia militar. Es la plasmación de un proyecto político largamente incubado en los sectores ultranacionalistas que nunca han renegado del pasado fascista y expansionista japonés, y supone con Takaichi la culminación del viaje iniciado con Shinzō Abe hacia un nuevo Japón militarista que quiere olvidar los fantasmas del pasado sin reparar en que causaron la despiadada degollina de la guerra y la destrucción apocalíptica de 1945.

Unos días después de convertirse en primera ministra, Takaichi viajó a Washington para entrevistarse con Trump, en un encuentro donde la Sōri se comprometió a alcanzar el 2% del PIB japonés en gastos militares en marzo de 2026. En el plan para «contener a China», Trump y Takaichi acordaron reforzar su colaboración con Corea del Sur, Filipinas, Malasia, India y Australia, e incorporar a Japón a la estrategia que pretende convertir a Taiwán en el ariete del hostigamiento a Pekín. Con esos acuerdos, Takaichi se aproximaba a la nueva arrogancia occidental que se expresa con la zafiedad de Trump pero que revela el temor a la creciente fortaleza china que se ha convertido en el principal agobio estratégico para Washington y Tokio. Tres días después de la cita en la Casa Blanca, la primera ministra japonesa se entrevistó con Xi Jinping en la cumbre de la APEC y la tradicional cortesía japonesa no le impidió introducir su «preocupación» sobre la situación en el mar de China meridional, Xinjiang, Hong Kong y Taiwán, en línea con las habituales y provocadoras exigencias estadounidenses llenas de mentiras que son una evidente injerencia en los asuntos chinos. Con la mirada puesta en Estados Unidos, Tokio busca incorporar a Filipinas y la India en una red de seguridad contra China, y pretende incluso incorporar a Vietnam. Quiere también reformar el artículo 9 de la Constitución, que considera una imposición de los años de MacArthur de ocupación militar tras la guerra. Esa Constitución, que implica la renuncia a participar en guerras y a recurrir al ejército para resolver conflictos y disputas internacionales, está siendo enterrada.

Takaichi ya se había reunido en abril de 2025 con el presidente taiwanés, el secesionista Lai Ching-te, y tras su nombramiento como primera ministra le envió una carta reafirmando su «apoyo incondicional» a Taiwán, gesto que acompañó en noviembre de 2025 reuniéndose con el representante de la isla en la cumbre de la APEC celebrada en Corea del Sur. Era otro calculado paso en la construcción de un nuevo Japón convertido en potencia militar. Si bien la diplomacia japonesa ha defendido hasta hoy que se mantenga el actual statu quo de Taiwán, Takaichi mantiene que una intervención china en Taiwán “pone en peligro la supervivencia de Japón”. La primera ministra ha ido más lejos, haciendo gala de una gran imprudencia, al asegurar que el estado actual de Taiwán «amenaza la seguridad de Japón», sugiriendo así, aunque sin afirmarlo explícitamente, su apoyo a la independencia de la isla e insinuando una intervención militar japonesa en caso de conflicto. Las palabras de Takaichi fueron un enorme error que la diplomacia nipona intenta ahora contener, y ese fue su propósito al enviar a Pekín a un alto cargo del Ministerio de Asuntos Exteriores nipón, Masaaki Kanai, aunque la cita fue tensa y la portavoz china calificó después de «ridículas» y contrarias al derecho internacional las declaraciones de Takaichi. La refriega entre Pekín y Tokio llegó incluso al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La temeraria Takaichi olvidaba que, ante la intromisión japonesa en Taiwán, China puede presionar con las islas Ryūkyū (la actual prefectura de Okinawa): los acuerdos de Postdam que pusieron punto final a la Segunda Guerra Mundial establecieron que Japón conservara las cuatro islas principales del archipiélago (Honshū, Hokkaidō, Kyūshū y Shikoku) mientras que las islas Ryūkyū quedaban bajo administración estadounidense y su futuro debía ser decidido por los países vencedores en la guerra. Estados Unidos estableció allí sus bases militares, hasta hoy, y aunque devolvió las islas Ryūkyū a Japón en 1972 (tras el Tratado de San Francisco de 1951), la Unión Soviética, China, India y Corea del Sur no suscribieron ese Tratado por diferentes motivos: de manera que el asunto no está cerrado.

La escasa previsión de la primera ministra, o su radicalismo extremista, le ha llevado también a empeorar las relaciones con Rusia (reclamando los que denomina «Territorios del Norte»: cuatro islas, Etorofu, Kunashiri, Shikotan y Habomai, que pertenecen a las Kuriles rusas); y con Corea del Sur, asegurando en el parlamento que las islas Dokdo (Takeshima para Tokio) son japonesas, aunque están controladas por Seúl; e incluso con Corea del Norte. Tensar al mismo tiempo las relaciones de Japón con China, Rusia y las dos Coreas no parece un programa inteligente para el futuro nipón. Todo ello al tiempo que el taiwanés Lai, un nacionalista liberal y anticomunista, presidente desde 2024 y partidario de la independencia de la isla y de la alianza con Estados Unidos, presentaba a principios de diciembre un presupuesto de 40.000 millones de dólares para la compra de armamento y para desplegar el T-Dome, el escudo de defensa aérea inspirado en el israelí. Por su parte, Cheng Li-wun, la principal dirigente del Kuomintang, defiende la unidad china, quiere cooperar con Pekín y mantiene que tanto los ciudadanos de Taiwán como los chinos continentales forman parte de la misma nación china. Cheng es consciente de que relevantes sectores de Estados Unidos, Japón y de países de la OTAN podrían convertir a Taiwán en una suerte de «Ucrania» para acosar a China.

Remachando el clavo, Takaichi aseguró ante la Dieta que el «uso de la fuerza en Taiwán» por China podría constituir una «amenaza para la supervivencia» para Japón, por lo que podría «permitir que las Fuerzas de Autodefensa ejerzan el derecho de autodefensa colectiva», mientras su ministro de Defensa, Shinjirō Koizumi, viajaba a la isla japonesa de Yonaguni, a cien kilómetros de Taiwán, anunciando el despliegue de misiles tierra-aire de defensa antiaérea (en una isla donde Estados Unidos ya ha ampliado puertos y pistas de aterrizaje de sus aviones de guerra para intervenir en el estrecho de Taiwán). El disparate y la provocación fueron evidentes, porque Japón no tiene ningún derecho sobre Taiwán y su declaración era una grosera injerencia en los asuntos chinos. La decisión de Takaichi suscitó una dura advertencia del Ministerio de Defensa chino y la recomendación a los ciudadanos chinos para que no viajen a Japón. Y el gobierno nipón no puede obviar que China es el mayor socio comercial de Japón y necesita sus importaciones.

A principios de diciembre, aviones militares japoneses se aproximaron de forma innecesaria a la zona donde la Armada del Ejército Popular de Liberación chino, EPL, realizaba ejercicios al este del estrecho de Miyako que habían sido comunicados previamente. Ese estrecho está situado entre la isla de Miyako y Okinawa y es una vía de unos 250 kilómetros de ancho que comunica el mar de China oriental y el mar de Filipinas. Son aguas internacionales por las que navegan los buques militares chinos, un paso marítimo de gran importancia para el dispositivo de defensa y comunicación chino. Takaichi aborda también la disputa por las islas Diaoyu/Senkaku desde una visión militar, algo que puede dar lugar a serios incidentes. A finales de año, Koizumi acusaba a China de ampliar el radio de acción de su marina y aviación y de la actividad de sus portaaviones, y advertía a Pekín de que se reuniría a principios de 2026 con el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, para examinar los movimientos militares chinos.

Si bien la letra de la Estrategia de Seguridad Nacional aprobada por Trump parece suavizar el enfrentamiento con China, la realidad es que Estados Unidos aprobó en diciembre de 2025 un programa de venta de armamento a Taiwán por valor de 11.000 millones de dólares, con sistemas de misiles de medio y largo alcance, incluidos 82 lanzadores HIMARS con 420 misiles ATACMS, drones, misiles antitanque Javelin y obuses autopropulsados, lo que permite a Taipéi alcanzar objetivos en la parte continental de China. Ese «paquete» de ayuda a Taiwán, el segundo con Trump, es el mayor nunca aprobado por un gobierno estadounidense. Cuando terminaba el año, Pekín contestó con sanciones a empresas militares estadounidenses y con la Misión Justicia 2025, unos ejercicios militares en las cercanías de Taiwán en clara advertencia al separatismo taiwanés y a quienes le apoyan. Al mismo tiempo, el impredecible Trump ha pedido a Takaichi que no eleve más la tensión con China, pendiente de sus propias negociaciones con Pekín, adonde viajará en abril de 2026 para entrevistarse con Xi Jinping. Según Defense One, una publicación estadounidense creíble con fuentes en el Pentágono, existe una versión «clasificada» de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (aunque la Casa Blanca lo ha negado, como era previsible) que especula con la conveniencia de crear un foro de grandes potencias, C-5, que reuniría a Estados Unidos, China, Rusia, India y Japón, sin países europeos, convirtiendo al G-7 en un club obsoleto. Esa hipótesis puede convenir a Takaichi, en su plan para fortalecer el papel internacional de Japón.

Takaichi defiende la alianza con Washington, haciendo de Japón un aliado indispensable que pide igualdad y reciprocidad y asume más cargas aumentando su presupuesto militar. La nueva primera ministra exorciza el temor a la fortaleza de China pidiendo a Estados Unidos bases militares conjuntas, cadenas de mando militar integradas y un escudo antimisiles que cubra todo el archipiélago japonés y Asia oriental: no concibe esa «alianza» impuesta desde la derrota en la Segunda Guerra Mundial como un protector paraguas estadounidense sino como la plataforma que proyectará el poder japonés, aunque su plan también va a crear recelos en el Pentágono, acostumbrado desde 1945 a imponer a Tokio sus planes y condiciones. Si Kishida mantuvo una mayor cautela hacia China, Takaichi conjuga la vieja rivalidad con su gran vecino con la seguridad nacional, asumiendo la visión estadounidense de que China es una dictadura que amenaza el “orden liberal basado en reglas”. Esa caricatura le ha llevado ya a cometer excesos y graves errores diplomáticos: considerar a Taiwán “un socio democrático esencial”, apoyando veladamente al nacionalismo independendista (pese a que Taiwán siempre ha formado parte de China) y haciéndolo además desde su pasado de potencia ocupante de la isla, no refuerza la seguridad de Japón. En la práctica, ha abierto la mayor crisis entre Japón y China en el siglo XXI.

El gobierno de Takaichi también quiere impulsar la «desvinculación» económica ofreciendo subsidios a las empresas japonesas para que trasladen su producción fuera de China. Si Japón es una potencia económica desde hace décadas (su PIB en PPA es el cuarto del mundo, tras China, Estados Unidos e India), Takaichi quiere además potenciar la industria militar, eliminando las barreras a la exportación de armamento y convirtiendo al ejército nipón en uno de los más relevantes del mundo. El recurso a la «amenaza china», al miedo y al patriotismo, busca un cambio sustancial que permita a las Fuerzas de Autodefensa, el Jieitai, convertirse en un ejército convencional y que pueda participar en intervenciones en el extranjero junto a sus aliados.

Pero Takaichi no cuenta con el apoyo de otras fuerzas políticas. El ex primer ministro Yoshihiko Noda, del Partido Democrático Constitucional, calificó las palabras de Takaichi como «arriesgadas e imprudentes» y de llevar las relaciones con China a una situación extremadamente tensa. La dirigente del Partido Socialdemócrata (denominación que adoptó el Partido Socialista) Mizuho Fukushima, protestó ante el Kantei exigiendo que Takaichi se retractase de sus declaraciones por ser una amenaza para la paz; e incluso el anterior primer ministro, Shigeru Ishiba, del mismo partido que Takaichi, criticó a la primera ministra por romper la «ambigüedad estratégica» japonesa. También el expresidente del Partido Comunista de Japón, PCJ, y miembro de la Cámara de Representantes, Kazuo Shii, exigió que Takaichi retirara sus imprudentes declaraciones, y el secretario general del PCJ, Akira Koike, criticó en la Dieta también con dureza las palabras de la primera ministra y las peligrosas alusiones a Taiwán, y el joven Taku Yamazoe (miembro del PCJ y de la Cámara de Consejeros -el Senado japonés-, y abogado defensor de los trabajadores de la central de Fukushima) declaró que Takaichi incumple con sus palabras los compromisos que asumió el país en el Comunicado Conjunto de 1972 entre Pekín y Tokio donde se afirmaba que Japón «comprende y respeta plenamente» que Taiwán es parte inalienable de China.

Sin embargo, Takaichi no va a abandonar sus ideas de extrema derecha. Las visitas al Santuario Yasukuni seguirán provocando la ira de Pekín y Seúl, y malestar en Washington, que quiere conservar el control del plan de acoso a China. La frágil reconciliación con Corea del Sur podría colapsar, dañando irreparablemente la cooperación trilateral con Estados Unidos frente a Corea del Norte y China. Con Moscú, las relaciones parecen condenadas a un invierno perpetuo. Y la Unión Europea (sobre todo Alemania y Francia) quiere acordar con Takaichi convenios de asistencia, mientras intenta participar en la mesa de las grandes potencias. Para Estados Unidos, Japón será un aliado más fuerte, pero también más impredecible y menos inclinado al compromiso: la extrema derecha japonesa y el sector más duro del ejército aprueban la dureza de Takaichi frente a Rusia y China, aunque la diplomacia quiere prevenir el aumento de las tensiones.

A mediados de diciembre de 2025, la prensa japonesa daba cuenta del proyecto del gobierno Takaichi de aumentar el presupuesto de defensa para el año fiscal 2026, alcanzando los nueve billones de yenes (unos 60.000 millones de dólares): es el cuarto año consecutivo del enorme aumento de gastos militares. Según Kyodo News, el presupuesto servirá para comprar misiles de largo alcance y drones ofensivos para crear el sistema de defensa costera no tripulado basado en aviones de la empresa aeroespacial estadounidense Shield AI. Siguiendo la estela norteamericana, Japón convertirá la Fuerza de Autodefensa Aérea en aeroespacial, comprará misiles hipersónicos e incluso ha sugerido que podría disponer de submarinos nucleares. Y no hay duda de que esas decisiones impulsarán la carrera armamentista en Asia oriental, aumentarán la tensión en el mar de China oriental, el mar Amarillo y el estrecho de Taiwán, y crearán nuevas disputas en toda la región porque ese nuevo militarismo japonés no puede ser ignorado por los países que sufrieron la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, desde China y Corea pasando por Filipinas, Malasia, Birmania, Indonesia, Singapur, Thailandia, Vietnam, Laos y Camboya. Y pese a que la Estrategia de seguridad nacional, aprobada en 2022, fijaba que la «adhesión a los Tres Principios No Nucleares se mantendrá sin cambios en el futuro», Takaichi ha anunciado también su propósito de revisar la tradicional regla de «no introducción», violando uno de los tres principios: «no poseer, no producir y no permitir la introducción de armas nucleares», que fueron aprobados por el primer ministro Eisaku Satō en 1967. Esa declaración de Takaichi apunta a permitir que Estados Unidos instale armas nucleares en Japón.

Sanae Takaichi también quiere utilizar la política exterior, atizando el miedo a la «amenaza china», para impulsar la transformación interna, deteniendo el declive económico con un proyecto de reconstrucción nacional que configure el nuevo Japón, dueño de su destino, sin hipotecas pero manteniendo sus alianzas. Para ello, Takaichi va a tener que enfrentarse a dos serios problemas: aumentar el gasto militar exigirá reducir las prestaciones sociales a una población envejecida que, para completar el nuevo escenario, acusa el constante aumento de los precios, y tendrá que conjurar los demonios de la guerra con buena parte de la población japonesa que no olvida la destrucción de posguerra y el infierno causado por el militarismo durante la Segunda Guerra Mundial y la devastación de los bombardeos estadounidenses. La retórica militarista condujo al Japón a las atrocidades en China (la matanza de Nankín sigue estando presente) y a la ocupación de buena parte del continente asiático, y atizar hoy el nacionalismo no parece la mejor apuesta por el futuro: puede desencadenar una peligrosa colisión en Asia oriental, donde confluyen tres países con armamento nuclear, China, Rusia y Corea del Norte, además del que posee Estados Unidos en sus bases de Corea del Sur. Takaichi niega el horror del militarismo japonés, pero otros lo recuerdan: en marzo de 2025, el dirigente comunista Taku Yamazoe presentó en la Dieta documentos que demostraban que la Unidad 731 del ejército invasor japonés realizó experimentos con seres humanos vivos en China, y exigió al gobierno de Shigeru Ishiba, entonces primer ministro, el reconocimiento de la verdad histórica, tras décadas de ocultar las pruebas de los crímenes de guerra cometidos por Japón. Yamazoe mantuvo que si Japón reconoce los crímenes que cometió durante la guerra deberá rendir cuentas, y el gobierno de Takaichi quiere evitarlo.

Un país que soporta ciento veinte bases militares y casi sesenta mil soldados de la potencia que la bombardeó con bombas atómicas no es un país independiente y soberano, y mucho menos una «nación vencedora», pero la desaparición de la Unión Soviética en 1991 y la consiguiente crisis del comunismo que desencadenó consolidaron en Japón ese imaginario: sus élites han cultivado desde los años noventa la falsa idea de formar parte de las «naciones vencedoras». Pero Japón fue derrotado en la guerra y sufrió el fascismo y el militarismo, y después el apocalipsis nuclear y la ocupación estadounidense, y sigue albergando las bases del Pentágono con miles de soldados: su estatus era un espejismo. Ahora, teme la pujanza de China.

La idea de que sus fuerzas militares eran «exclusivamente defensivas» significaba que solo actuarían en caso de ser atacadas y nunca fuera de sus fronteras. Esa visión está siendo destruida por un nuevo concepto que especula con la necesaria «capacidad de contraataque», y la progresiva militarización japonesa ha llegado al espacio y el ciberespacio. El sol naciente de Takaichi no es el astro discreto de otros tiempos: ilumina un Japón que quiere detener su declive para convertirse en una potencia dura y severa. Y si su proyecto sigue adelante, con ella o con otros gobernantes, el mundo no puede esperar buenas noticias, porque el renacer definitivo de Japón como potencia militar bajo la dirección del nuevo nacionalismo no será un sencillo ajuste del tablero internacional: puede ser un terremoto geopolítico cuyas réplicas afectarán a toda Asia oriental y, con ella, al equilibrio mundial. Takaichi lo sabe, y avanza sin vacilar, mirando el santuario Yasukuni.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.