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¿Qué nos enseña el coronavirus sobre una gran potencia?

Test de estrés a los EE.UU. y China

Fuentes: Rebelión

Traducido del neerlandés por Sven Magnus

La pandemia del coronavirus es la crisis sanitaria más grave de la historia mundial reciente. La forma de abordarlo enseña mucho sobre un país, no sólo sobre su sistema de salud, sino también sobre cómo está organizado, cuáles son sus prioridades, lo efectivas que son sus políticas, etc. En otras palabras, Covid-19 es un serio test de estrés. Apliquemos este test a las dos superpotencias actuales: China y los EE.UU.

El enfoque de los EE.UU.

Primero las bolsas de valores, no la salud

A mediados de enero se diagnosticó al primer paciente de coronavirus en los EE.UU. Una semana antes el director del CDC (Centro de Control y Prevención de Enfermedades) había sido contactado por su colega chino sobre un brote extraño de neumonía. En aquel momento ya estaba claro que el virus adquiriría proporciones epidémicas en los EE.UU. si se propagaba. Los informes desde China y otros países asiáticos eran alarmantes.

Sin embargo, el gobierno de Washington no se tomó esta amenaza en serio. El 10 de febrero Trump anunció tranquilamente que el virus desaparecería por sí solo cuando subieran las temperaturas..

Recién cuando las bolsas de valores cayeron el 12 de marzo, los EE.UU. se despertaron. Varios estados prohibieron los eventos de masas, cerraron las escuelas o impusieron reglas de «distanciamiento social» (distancia de seguridad). En otros estados aún se permitían las reuniones masivas, como las vacaciones de primavera en Miami o eventos deportivos muy concurridos.

El 22 de marzo se declaró el confinamiento para un tercio de la población. En ese momento ya había más de 25.000 contaminaciones confirmadas. A modo de comparación, en China esto ocurrió después de 548 contaminaciones y en Bélgica después de 559 contaminaciones. En todo el período anterior al confinamiento, apenas se realizaron pruebas. A consecuencia de ello se perdieron valiosas semanas para rastrear y poner en cuarentena a las personas infectadas con el fin de cortar de raíz la epidemia.

¿Por qué esa lenta reacción?

Trump intentó hasta el último momento salvaguardar los intereses de los grandes grupos de capital, aunque fuera necesario a expensas de la prevención y la protección de la población. Por eso quiso posponer lo más que pudiera medidas como la «distancia de seguridad» y un confinamiento le parecía impensable. Se opuso con vehemencia a los gobernadores de los estados que habían tomado tales medidas. «No debemos tener una cura peor que el problema», decía Trump, proclamando en voz alta lo que muchos de la élite económica, incluso en su propio país, pensaban en voz baja. Dominic Cummings, el principal asesor de Boris Johnson, expresó esa opinión de una la manera más directa: «Hay que proteger la economía y si eso significa que algunos jubilados mueran, es una lástima».

Hay una segunda razón que explica la reacción lenta. Mediante recortes de presupuesto el gobierno de Trump ha reducido drásticamente, por no decir destruido, su capacidad para combatir epidemias en su país. Sin embargo, en 2014 Obama había advertido que una pandemia podría estallar al cabo de 5 a 10 años y que los EE.UU. tenían que prepararse para ello. Trump ignoró esa advertencia. En 2018 cerró el departamento que se ocupa de las pandemias dentro del Consejo de Seguridad Nacional. Además, redujo los recursos del CDC, el Centro que se ocupa de las epidemias en los Estados Unidos. Justo unos meses antes del brote de la pandemia cerró el departamento del CDC en China, con lo que privó a los EE.UU. de información vital en el momento del brote. Pero incluso cuando la epidemia ya estaba en marcha, Trump siguió reduciendo los recursos del CDC aún más…

El fracaso del sistema de salud

Los Estados Unidos gastan el 17 % de su PIB en atención médica, es un 50 % más de lo que gasta la mayoría de los países ricos y más del triple de China. Sin embargo, no estaban para nada preparados para esta epidemia. A principios de marzo el país apenas tenía el 1% de las mascarillas necesarias para combatir el virus. Cuando estalló la epidemia también hubo una desesperante escasez de respiradores, de tests e incluso de termómetros.

Pero el problema es más profundo. Es un problema estructural que no solamente se debe a la política de Trump. La atención médica en los Estados Unidos ha sido completamente privatizada y es una verdadera medicina de dinero. Por un lado, los adinerados pueden permitirse un tratamiento excelente. Por otro lado, uno de cada cinco habitantes no tiene ni siquiera seguro médico o tiene uno muy malo. Los pobres reciben una atención de calidad inferior o ni siquiera pueden permitirse importantes intervenciones médicas. Como resultado de la coronacrisis, más de diez millones de personas ya están desempleadas. Automáticamente pierden su seguro médico.

Situaciones del tercer mundo

Las consecuencias de este fracaso político son dramáticas. En el país más rico del mundo los funcionarios locales y los médicos compiten entre sí para conseguir mascarillas, respiradores e incluso termómetros. Debido a la escasez los hospitales pagan hasta 20 veces el precio normal por el equipo, si es que pueden conseguirlo.

En un país que gasta cientos de miles de millones de dólares al año en armamento, las enfermeras hacen mascarillas improvisadas con filtros de café y se ven obligadas a trabajar vestidas de bolsas de basura y ponchos. Hay una gran escasez de respiradores y de equipos de protección para el personal médico en ciertos hospitales, lo cual lleva a escenas apocalípticas en ciertos lugares. En Nueva York, han construido hospitales de campaña y ha enterrado en una fosa común a muchas personas muertas.

A diferencia de China, los Estados Unidos no han logrado limitar la epidemia a una región. En este momento los EE.UU. están a la cabeza del mundo con más de 1.000.000 personas infectadas y más de 58.000 muertas. Trump declaró que «habrán hecho un buen trabajo» si pueden limitar el número de víctimas entre 100.000 y 200.000. Los epidemiólogos afirman que el número de muertes podría haber sido diez veces menor si el confinamiento hubiera comenzado dos semanas antes.

Para el país con la economía mayor y la tecnología médica más avanzada del mundo esto sólo se puede calificar de un fracaso total, tanto médico como social. El daño a la reputación es incalculable. Martin Wolf, economista en jefe del Financial Times, lo dice muy claro: “Los EE.UU. están perdiendo su reputación de competencia elemental”.

El enfoque de China

Medidas drásticas

Hasta donde sabemos, el virus se originó en la ciudad de Wuhan, una ciudad de 11 millones de habitantes. En la primera etapa las autoridades locales no sabían bien qué estaba pasando y subestimaron la gravedad. Un oftalmólogo que dio la alarma y luego murió de la enfermedad fue incluso reprendido. Fue algo doloroso y completamente equivocado. Su nombre se rehabilitó póstumamente y se despidió a los responsables locales.

Esa fue la fase inicial, cuando no se sabía nada todavía. Pero cuando se hizo evidente que se trataba de un virus nuevo y agresivo, el gobierno central de Pekín puso inmediatamente manos a la obra. El Covid-19 se identificó el 7 de enero. Todavía no había muertos en aquel momento. La primera muerte por coronavirus no se produjo hasta cuatro días después. El 20 de enero se clasificó el virus de infección grave que podría causar una epidemia. Tres días después se cerró la metrópoli de Wuhan así como otras 15 ciudades chinas un día después.

Ese confinamiento drástico fue la decisión correcta. La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró tras una visita a China a principios de febrero: «El audaz enfoque de China para contener la rápida propagación de este nuevo virus ha cambiado el curso de una epidemia aceleradamente mortal».

Los grandes recursos

Se utilizaron enorme recursos para mantener la cantidad de víctimas lo más baja posible. Se trasladó desde el resto del país a la provincia de Hubei, el epicentro de la epidemia, a 40.000 médicos y enfermeras. Unas 3.000 empresas de toda China, desde fabricantes de automóviles, empresas textiles hasta gigantes farmacéuticos, sintonizaron temporalmente su actividad comercial para fabricar mascarillas, ropa de protección, desinfectantes, termómetros y equipo médico. El gobierno chino aumentó significativamente la fabricación de mascarillas. El 2 de marzo China producía más de 200 millones de mascarillas al día, había multiplicado la producción por 20 en un mes.

Los médicos chinos utilizan las últimas tecnologías para detectar y tratar la enfermedad. Utilizan inteligencia artificial para obtener un diagnóstico más rápido y para cartografiar el curso de la epidemia más rápido y mejor, utilizan Big Data (el procesamiento de enormes cantidades de datos por «supercomputadoras»). Hay robots ayudando a descontaminar los hospitales.

Movilizar a la población

La cooperación de la población es esencial para el éxito de una cuarentena. Bajo el lema «En la lucha contra el virus solo somos tan fuertes como nuestros eslabones más débiles», el gobierno chino dejó poco al azar. A través de lemas en grandes vallas publicitarias, altavoces en la calle, programas de radio y televisión, artículos de periódicos e innumerables vídeos en las redes sociales los chinos se concienciaron de los riesgos del virus y se les explicó la mejor manera de afrontarlos.

Pero son principalmente los comités de barrio los que se aseguraron de que todo funcionara bien. Según un reportaje del NRC Handelsblad (diario financiero de Hollanda), en cualquier caso están haciendo un excelente trabajo en la contención de la epidemia. «Para el control de Covid-19 los miembros de los comités pueden considerarse como una verdadera bendición. Estos miembros llaman a la puerta sin avisar para comprobar si todas las personas que están dentro tienen derecho a estar allí. Conocen bien a la gente de barrio. Los comités forman parte de una especie de consejos de distrito. Les proveen de mascarillas, abrigos, carpas, termómetros y carteles».

Un médico de la OMS describe esta gran movilización social como una gran hazaña y un gran éxito. «Los chinos se movilizan como en una guerra. Realmente se veían a sí mismos en el frente para proteger al resto de China y al mundo». Los chinos lo ven como una «guerra de larga duración». Según Zhang Whenhong, uno de los más conocidos expertos chinos en epidemias, la gente del interior aún mantiene su distancia, sigue usando las mascarillas en público y sigue lavándose las manos regularmente.

Una catástrofe evitada

La epidemia estalló en la ciudad de Wuhan. China logró evitar que el virus se extendiera por todo el país. Eso habría sido una verdadera catástrofe. En la India, por ejemplo, se esperan posiblemente entre 1 y 2 millones de muertes por el coronavirus. En China, según las cifras oficiales, hay 4.636 muertes.

El periódico financiero Financial Times, que es todo menos pro-China, dice que puede que se haya registrado una cantidad inferior de personas infectadas y muertas en las primeras etapas, pero que “actualmente no hay pruebas convincentes de que se hayan ocultado o pasado por alto las personas contaminadas”.

La cifra por habitante es comparable a la de países de la región, como Japón, Corea del Sur o Indonesia. Según el reputado instituto Science Daily, el enfoque chino previno unas 700.000 infecciones. La OMS describe el enfoque chino como “tal vez el control de enfermedades más ambicioso, flexible y agresivo de la historia”.

Según Michael Ryan, el principal ejecutivo de la OMS, “la respuesta del gobierno chino a la epidemia fue enorme y el gobierno merece un gran aprecio por esa respuesta y la transparencia con que la trató”. Otros países pueden sacar lecciones del enfoque chino, pero la prestigiosa revista médica The Lancet duda de que suceda: «Aunque otros países no tienen el enfoque chino de ‘mando y control’, hay importantes lecciones que los presidentes y primeros ministros pueden sacar de la experiencia china. Pero parece que esas lecciones no se sacaron».


Gráfico: Cantidad acumulada de muertes, por cantidad de días desde 100 muertes

La mejor defensa es un buen ataque

El contraste entre ambas superpotencias es grande. China logró controlar la epidemia con bastante rapidez y pudo limitar significativamente la cantidad de víctimas. Actualmente ofrece ayuda y asesoramiento a 120 países. El enfoque de Washington, por otra parte, es desastroso. Los Estados Unidos van camino de tener una cantidad récord de muertes. Su imagen ha sufrido mucho.

Para desviar la atención de esa política desastrosa y canalizar la ira del público los creadores de la opinión pública y los políticos tienen a China en la mira. Trump inicialmente hablaba del “virus chino”. Se difunden rumores de que el virus proviene de un laboratorio chino. Otro ataque frecuente está apuntado a las cifras oficiales de China. Y como el enfoque chino fue elogiado por la OMS, esa institución también está en el punto de mira, justo cuando el mundo necesita más que nunca a la OMS, Trump incluso quiere dejar de contribuir con dinero a esa organización.

En los EE.UU. esta estrategia ya parece funcionar. El 58 % de los ciudadanos estadounidenses responsabiliza a China del brote de la epidemia en su país, mientras que sólo el 42 % atribuye la responsabilidad a su propio gobierno.

Pero hay otra razón para los permanentes ataques a China. Los EE.UU. son una superpotencia en declive. China amenaza cada vez más su dominio en la tecnología, la industria del futuro y el armamento. Washington está haciendo todo lo posible para evitarlo y, por eso, está tratando de contrarrestar el ascenso económico y tecnológico de China. Al caracterizar a los chinos como los malos están preparando al público en general para una feroz guerra comercial o quién sabe si algo peor. Hoy en día, más del 80 % de los ciudadanos estadounidenses están a favor de una guerra comercial a gran escala con China.

Conclusiones del test de estrés

La prueba de estrés que aplicamos a ambos países nos permite sacar una serie de conclusiones.

Cualquiera que sea su opinión sobre China en otros ámbitos, cuando se trata de la lucha contra el coronavirus nadie puede ignorar el hecho de que el país fue capaz de hacer frente de forma eficiente una crisis médica muy grave. La sociedad china está estructurada de tal manera que el gobierno es capaz de desplegar enormes recursos muy rápidamente y también sabe involucrar a la población. La revista científica médica The Lancet afirma: “El éxito de China se basa en gran medida en un sistema gubernamental fuerte que se puede movilizar en tiempos de crisis, combinado con el consentimiento voluntario del pueblo chino para obedecer los estrictos procedimientos de salud pública”.

Los EE.UU. es el país más rico del mundo. Con un PIB per cápita cuatro veces mayor que el de China se podría esperar que el país se enfrentara a la epidemia al menos tan bien como los chinos, pero vemos que ocurre lo contrario. En cualquier caso, el enfoque de EE.UU. deja claro que la salud pública no es una prioridad allí. En primer lugar de las prioridades está el máximo beneficio de los grandes grupos de capital y todo lo demás está subordinado a eso. El gobierno trabaja al servicio de esos grupos. En China es justo lo contrario. Allí los grandes actores económicos están bajo el control del gobierno.

Lo sorprendente es que para evitar una posible crisis económica el gobierno de los Estados Unidos, al igual que en la crisis de 2008, está considerando medidas típicamente “socialistas”: ordenar a las empresas que acumulen reservas estratégicas, inyectar cantidades enormes de dinero en la economía, la compra masiva de acciones de las empresas amenazadas (para evitar que sean adquiridas por el capital extranjero), incluso la nacionalización de sectores enteros. Según el Wallstreet Journal, las actuales medidas de estímulo son “el mayor paso hacia una economía de planificación centralizada que jamás han dado los Estados Unidos”. Laura, una estudiante de doctorado en Seattle, comenta: “No sé mucho de economía, pero una cosa está clara para mí: este es el momento de forzar cambios serios. Si el socialismo tiene que salvar cada diez años al capitalismo, está claro que no funciona, creo…”

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