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TTIP

Todo es secreto hasta un día

Fuentes: Rebelión

Incluso un aliado como Francia despertó, o al menos se colocó entre el sueño y la vigilia, al plantear su Gobierno, recientemente, que las conversaciones en curso entre la UE y los EE.UU. sobre el Tratado de Asociación Trasatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP, sus siglas en inglés) deben ser detenidas, e iniciarse […]

Incluso un aliado como Francia despertó, o al menos se colocó entre el sueño y la vigilia, al plantear su Gobierno, recientemente, que las conversaciones en curso entre la UE y los EE.UU. sobre el Tratado de Asociación Trasatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP, sus siglas en inglés) deben ser detenidas, e iniciarse nuevos diálogos.

¿Por qué la reacción si el TTIP se ha presentado como la panacea que intenta promover el crecimiento multilateral mediante la creación de la mayor zona de libre trasiego de mercancías del mundo? Bueno, lo cierto es que el proyecto ha sido controvertido desde el momento en el que se propuso, hace tres años, como bien indica Prensa Latina; se han criticado su secretismo y su falta de rendición de cuentas.

Mientras sus heraldos proclaman que ayudará a las pequeñas empresas a abrirse a los mercados y a hacer más fácil los procesos de aduana, sus detractores temen que las únicas favorecidas resulten las grandes corporaciones, con la anteposición del interés de estas al nacional, conforme a una aseveración de Russia Today.

¿Las causas del mutismo gringo? No en vano, en Il Manifesto, La Haine y la Red Voltaire, el analista Manlio Dinucci ha etiquetado el ente en preparación como la OTAN económica. Integrante de un panorama que incluye, además, el golpe en Ucrania, las guerras contra Libia y Siria, la ola de emigrantes y el despliegue castrense del bloque a las puertas de Rusia.

Pura arremetida contra el planeta, en general, y Moscú, en particular, en la que, se ha filtrado, «la ciudadanía, los parlamentos, los gobiernos, Estados enteros se ven despojados de toda autoridad sobre sus opciones económicas, puestas en manos de organismos controlados por transnacionales y grupos financieros que violan los derechos de los trabajadores, las exigencias de la protección del medioambiente y las exigencias de la seguridad en materia de alimentación, destruyendo a la vez los servicios públicos y los bienes de la comunidad».

Para nuestro articulista deviene nítido el proyecto de Washington: llevar la alianza dizque noratlántica (ya el río se ha salido del lecho) a una fase superior, «creando un bloque político, económico y militar EE.UU/UE, siempre bajo las órdenes de EE.UU., que -junto con Israel, las monarquías del Golfo y otros países- se opone al área euroasiática en ascenso -ascenso basado en la cooperación entre Rusia, China- al igual que a los países del grupo BRICS [Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica], a Irán y a cualquier otro Estado que se sustraiga a la dominación de Occidente». Mondas y lirondas cuestiones de geopolítica.

Geopolítica, sí, con una panoplia que abarca también armas como las negociaciones para el Acuerdo Transpacífico (TPP), configurado hasta ahora por Brunei, Nueva Zelanda, Singapur, Australia, Canadá, los Estados Unidos, Japón, Malasia, y que, involucrando a tres países de América Latina: México, Perú y Chile, niega la participación -no faltaba más- al mayor de la región Asia-Pacífico: China.

Y es que, como explica Roberto Chiazzaro, diputado por el Partido Socialista del Frente Amplio, Uruguay, a Sputnik Novosti, a partir de la crisis de 2008 las multinacionales se veían limitadas en sus posibilidades de manejar el comercio internacional por las leyes nacionales y las coincidencias de los Estados en la Organización Mundial de Comercio (OMC), por lo que intentan una nueva ingeniería para conseguir sus fines.

«Este sistema apunta a la deslocalización del proceso productivo. Se acabó la fábrica en la cual entraba la materia prima por una puerta y por la otra salía el producto terminado. Esto significa que se necesita una gran liberalización de las aduanas y del comercio, que no se lograba con la OMC. Ahora la dejan de lado y negocian estos tratados, que no son multilaterales sino plurilaterales, por afuera de la OMC y en secreto».

Siguiendo la lógica del expositor, tenemos que los Estados pierden soberanía para definir los conflictos con las empresas, pues se establece que la resolución de los diferendos no se realizará en el ámbito judicial interno, sino en tribunales arbitrales, como el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), en la órbita del Banco Mundial.

«Se elimina la potestad […] para beneficiar a las pequeñas empresas o a las empresas nacionales, y se pretende una igualdad jurídica entre multinacionales y las empresas nacionales, impidiendo […] políticas de desarrollo». En materia de las públicas, no conseguirán provechos, porque estarán en igualdad de condiciones con las extranjeras.

Como ha señalado Alcira Argumedo, en La Haine, la construcción de estas instituciones se conjuga con los enfrentamientos por áreas estratégicas y recursos naturales cada vez más escasos -petróleo, gas, oro, diamantes, coltán y similares-, que en el Oriente Medio y África se traduce en conflictos devastadores. En la actualidad, se libran cinco -supuestamente «civiles» en algunos casos, pero con participación de uno u otro de los polos de poder en cada bando-, en el mundo árabe y Asia Central: Irak, Afganistán, Siria, Libia y Yemen. A su vez, siete asolan al África negra: Malí, Chad, Nigeria, República Centroafricana, Congo, Somalia y Sudán.

Nada, que, tal afirma un colega en la ampliamente consultada Rebelión, habría que pecar de incauto para no distinguir el peligro representado por el hecho de que sobre el medioambiente y las inversiones los Estados no se arroguen ningún derecho a cuestionar el accionar de las firmas que se establezcan en sus territorios y de que se les brinden facilidades para explotar la flora y la fauna. O sea, cero legislaciones locales para el control de pesticidas, medidas de protección ecológica, seguridad alimentaria, sanciones fiscales.

Peor aún. «Esas disposiciones permitirían a las entidades privadas, tanto nacionales como extranjeras, demandar a los Estados ante tribunales internacionales por el entorpecimiento de sus negocios, supuestos daños a sus intereses por aplicar regulaciones o medidas de protección, y les permitiría recibir millonarias compensaciones de los gobiernos con el consecuente deterioro económico para los países».

En ese contexto apocalíptico para los más, ejemplos sobre este injusto proceder sobran a lo largo de los últimos años. ¿Alguien de bien podría olvidar acaso el desastre ambiental, ecológico, económico y humano que provocó en la Amazonía ecuatoriana la antigua compañía Texaco, adquirida por Chevron en 2001? ¿Soslayar que, «después de derramar durante años de indiscriminada explotación más de 64 millones 340 mil litros de petróleo crudo, además de 68 millones 130 mil litros de aguas de formación (las que brotan de la tierra con petróleo, contaminadas con hidrocarburos tóxicos), la Chevron, con diferentes artimañas, se ha negado a pagar a los habitantes de esa zona ecuatoriana las indemnizaciones establecidas por varios tribunales?».

Luego, se sabe, se agenció un juez en la ciudad de Nueva York que denegó su culpabilidad, y la exoneró de erogar la indemnización solicitada.

Esta «diplomacia económica» -así la juzgan, en Alai, Isabel Morales y Umberto Mazzei-, «en fin la visión anglosajona del orden mundial», es contrastada desde Moscú y Beijing, que en respuesta anudan lazos. Un primer síntoma paradójico de la arremetida occidental, el abandono de la racionalidad económica en las sanciones a la Federación euroasiática, porque perjudican más a quien las aplica. Se erige en evidente la presión norteamericana para que la Unión Europea deje de vender bienes y servicios a Rusia, sexta economía mundial por poder de compra (PPP) y tercer socio comercial de la UE, con un comercio de 326 miles de millones de euros en 2013.

Y con respecto a la exclusión del TTIP, proverbial contraofensiva la del «dragón»: «proyectos comunes de comercio, infraestructura e inversión con los países que hay entre China y Europa, que es el más sólido mercado de China. El objetivo geopolítico es la prosperidad en las regiones que atraviesan las versiones terrestre y marítima de la Nueva Ruta de la Seda, para evitar que se siembre un caos que alimente iniciativas subversivas en su periferia».

Mas volvamos a la cuestión inicial. ¿Por qué la protesta de Francia? Nuestros autores hacen diana. «El TTIP está pensado para amarrar legalmente a Europa, que es un gigante económico, científico y ético adormecido, antes de que despierte. El ejemplo europeo en cuanto a protección social es visto como peligroso para el modelo anglosajón de competencia darwiniana, sin más ética que el lucro. El TTIP erosiona el Estado de bienestar.

«Por último, el TTIP completa la tarea de debilitar a Europa creando un caos periférico que amenaza su seguridad. Ese es el resultado, para nada casual, del derrocamiento directo o indirecto, siempre con armas norteamericanas, de todos los gobiernos seglares, con sensibilidad social, en países musulmanes, tanto de Asia Menor como de África, para crear masas de refugiados que agobien a Europa».

Una pregunta clave: ¿Los pueblos del Viejo Continente se sacudirán a tiempo «o esperarán que su liberación, como el sol, venga del oriente»?. Al parecer ya se están desperezando, por la cantidad de movilizaciones masivas contra el TTIP -el TPP en otros puntos geográficos-, y por razones de peso como el propio reconcomio con que el ministro galo para el Comercio Exterior, Matthias Fekl, declaró que «en Francia ya no hay más apoyo político a estas negociones. Francia llama a poner fin a estas negociaciones». Y más aún. «Los estadounidenses no dan nada o dan solo migajas. No es así como se hacen las negociaciones entre aliados».

Seamos optimistas, entonces.

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.