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Biden construyó una innecesaria y costosa nueva polaridad con Moscú

La provocación como política

Fuentes: El Cohete a la Luna

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la disolución del régimen comunista, en 1991, el mundo vivió una polarización entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética basada en lo que se dio en llamar la mutua destrucción asegurada por sus respectivos arsenales nucleares.

Hubo también una competencia económica entre un sistema capitalista y otro comunista, que como sabemos se resolvió en favor de la gran potencia del norte. Sobrevino, a partir del antedicho año, el abandono de los regímenes comunistas de los países que habían estado bajo la férula de Moscú, que optaron por independizarse: Hungría, Checoeslovaquia, Polonia, Rumania, Bulgaria y Ucrania, entre otros. En 1989, la caída del Muro de Berlín había unificado ya a las dos Alemanias.

No obstante este descalabro, la flamante Rusia mantuvo sus capacidades atómicas y se abrió al desarrollo capitalista, en tanto que los arsenales nucleares de Moscú y Washington se mantuvieron incólumes.

Con el tiempo, a esta polaridad estadounidense post-soviética se le agregó otra: China, que con su régimen comunista alcanzó por un lado un desarrollo económico formidable y, por otro, en la última década, una capacidad atómica respetable. Surgió, entonces, una doble polaridad: de Estados Unidos y Rusia, restringida al plano militar, y ente la gran potencia del norte y China, en los planos productivo, financiero y mercantil.

Donald Trump procuró durante su gobierno (2017-2021) contener el crecimiento y la expansión comercial de China en el marco de la llamada globalización, caracterizada por su fundamentalismo de mercado, la predominancia del libre cambio y una amplia aceptación de las actividades comerciales. Apeló para ello a una serie de sanciones y/o restricciones financieras y mercantiles aplicadas exclusivamente a Pekín. Y decidió sacar a su país de la Asociación del Pacífico (Transpacific Partnership), así como de la aún en proceso de creación Asociación del Atlántico (Transatlantic Partnership). Embestía así contra la pujanza con que China venía abriéndose camino en la esfera económica, especialmente en el plano comercial. Fue el primer arrebato destinado exclusivamente a intentar contener el impulso chino. Con Moscú, en cambio, mantuvo sin alterar la paz armada, que era sustentada por la ya mencionada mutua destrucción asegurada.

Biden

El actual Presidente norteamericano, por su parte, decidió jugar activamente a dos bandas –contra Rusia y China en forma simultánea– e incorporó para ello nuevas iniciativas.

Sorprendentemente comenzó contra Rusia, antes incluso de poner fin a las guerras de Oriente Medio y alrededores. En febrero de 2021 dos poderosos cruceros norteamericanos surcaron el Mar Negro con la anuencia de Turquía, que tiene soberanía sobre los estrechos de Dardanelos y Bósforo, entre los que se encuentra el pequeño Mar de Mármara. Es esa la única vía de entrada al recién mencionado Mar Negro. Y entre fines de junio y la primera semana de julio se llevaron a cabo en ese mismo mar, ¡oh casualidad!, las ejercitaciones aeronavales Sea Breeze, que contaron con una gran cantidad de naves de guerra y de aeronaves de la OTAN y de otros países que no la integran, como Ucrania. Fue este un enorme desafío rayano en la provocación dedicado a Rusia, que como es sabido es uno de los seis países tributarios del Mar Negro. Con posterioridad a estas maniobras multinacionales, las entradas y salidas de naves y aviones continuaron.

A comienzos de 2022 hubo una conversación entre Biden y Vladimir Putin, que se mostró más que molesto por el accionar de la OTAN en el antedicho mar y pidió explícitamente, entre otros reclamos, que no hubiera emplazamientos atómicos en Ucrania. El Presidente norteamericano respondió que no podía asegurar esto último. Vale mencionar, en el mismo sentido, que en una reunión inmediatamente posterior a la de los dos Presidentes –al día siguiente– el canciller ruso Serguéi Labrov recibió una respuesta similar del Secretario de Estado norteamericano, Antony Blinken.

Fue el final. A partir de ese momento, la agredida y carente de garantías Rusia se convirtió en agresora y la guerra contra Kiev comenzó poco después. En pocas palabras, Biden mudó de tablero y en lugar de antagonizar prioritariamente con Pekín, como venía haciéndolo Trump, indujo una guerra convencional que involucraba a Moscú y dejó a China en un segundo plano. Cabe acotar que la mutua destrucción asegurada entre Rusia y Estados Unidos permanecía aún vigente.

Por otra parte, el 15 de septiembre de 2021 comenzó por primera vez un despliegue combinado de fuerzas de los Estados Unidos, Reino Unido y Australia en la región de Asia-Pacífico, con la creación del AUKUS (acrónimo de Australia, Reino Unido y Estados Unidos, en inglés), con el objeto de sentar presencia en la región y controlar tanto el quehacer de la flota china como su comportamiento geopolítico. Asimismo, impulsó la instalación del Marco Económico del Indo-Pacífico, que reunió a su país con Australia, Brunei, Corea del Sur, India, Indonesia, Filipinas, Malasia, Nueva Zelanda, Singapur, Tailandia y Vietnam. Todo esto con el propósito de incrementar el desarrollo de actividades económicas, financieras y comerciales en esa área.

Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, realizó en agosto del mismo año una sorpresiva visita a la ciudad de Taipei en abierto desafío a China, que protestó airadamente pues se estaba rompiendo un no formalizado pero aún vigente acuerdo establecido hacía mucho tiempo atrás entre Washington y Pekín. El gobierno chino montó con rapidez unas intensas maniobras aeronavales cerca de la antedicha isla en represalia a lo hecho por Pelosi, para que no quedaran dudas acerca de cómo sustentaba su posición respecto de Taiwán.

Hace un par de semanas tuvo lugar una larga conversación entre Biden y Xi-Jinping, que pareció orientarse hacia un aplacamiento de las tensiones entre ambos países. Si bien se informó poco sobre el intercambio entre los dos Presidentes, quedó la impresión de que había habido una distensión. Sin embargo, en la muy reciente reunión en Bucarest de los ministros de relaciones exteriores de los países de la OTAN se marcó un nuevo retroceso. Se habló allí claramente del “desafío” (sic) que representaba China en al ámbito Asia-Pacífico y se exploraron en concreto diversas maneras de hacerle frente, probablemente por primera vez en la historia de esa alianza atlántica.

Final

Biden ha establecido una doble polaridad (o una bipolaridad) que tiene poco que ver con la que existiera antaño. La más intensa es con Rusia a raíz de la guerra convencional ruso-ucraniana en curso. Una contienda que inició Moscú pero fue fomentada e inducida por Washington. Estados Unidos, como se ha visto más arriba, constriñó a Rusia y la colocó en una situación muy difícil. Se mantiene además entre ambos países el viejo contrapunto nuclear.

La otra polaridad, mucho menos intensa pero no poco importante, es con China, que se circunscribe a los ámbitos mercantil, financiero, productivo y, más recientemente, geopolítico. A esto último, desde el año pasado, le presta una especial atención.

Si el Presidente de los Estados Unidos hubiera acordado que no habría emplazamientos nucleares en Ucrania probablemente la guerra ruso-ucraniana no hubiera existido.

¡“Cosas vederes, Sancho”! De una rara manera, Biden construyó una innecesaria –y costosa por donde se la mire– nueva polaridad con Moscú: no ya la de la mutua destrucción asegurada sino la de una inesperada guerra convencional en la que, por delegación, campea Ucrania con un amplio apoyo de los países que integran la OTAN.

Extraño por donde se lo mire, aún en el convulsionado mundo en el que vivimos hoy.

Fuente: https://www.elcohetealaluna.com/la-provocacion-como-politica/