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Afganistán: los mulás en su laberinto

Fuentes: Rebelión

Afganistán ha caído en la trampa que la geografía y la historia hace muchos años le habían tendido.

La geografía que tanto y tan bien han utilizado los guerreros afganos para resistir a y vencer a los imperios que los invadieron (Reino Unido en 1839 y en 1878, Unión Soviética en 1979 y Estados Unidos en 2001) se les ha venido en contra porque hace imposible al ejército de Kabul controlar a los milicianos del Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), que utilizan los pasos de la Línea Durand, como se conoce a la frontera afgano-pakistaní, para golpear en su país y retornar al otro lado de la línea, donde tienen sus campamentos, sin la autorización de Kabul, pero con el guiño de Kandahar, donde reside el verdadero poder religioso-militar del Emirato Islámico.

Y de la historia, porque Afganistán no ha podido escapar, como India y Pakistán, de la trampa que el Raj británico montó antes de su retirada en 1947: Jammu y Cachemira, aquel principado gobernado por un maharajá hindú y con una población mayoritariamente islámica, que desde entonces ha sido un foco constante de inestabilidad entre Nueva Delhi e Islamabad. Lo que no han podido resolver cuatro guerras y centenares de choques fronterizos a lo largo de estos últimos 79 años.

Esa irresolución fronteriza en lo que se estableció la Línea de Control (LoC) que separa a la Cachemira india de la pakistaní es, junto al paralelo 38 que divide las Coreas del norte y del sur, en los dos lugares más militarizados del mundo, a excepción de los que a su antojo establezca Israel, por ahora solo en Medio Oriente.

Desde entonces, estas tres naciones claves de Asia central han sido víctimas de los juegos de intereses de Occidente cada vez que fue necesario, siempre acompañadas por las elites gubernamentales que han sabido sacar sus ventajas para perdurar en el poder.

Los combates que desde la noche del 27 de febrero se están librando en la Línea Durand son solo una faceta más de este designio histórico.

El toma y daca que desde octubre del año pasado juegan desembozadamente Kabul e Islamabad, con aquella incipiente guerra que dejó decenas de muertos y que pudo ser contenida gracias a la rápida intervención de Catar y Turquía (Ver: Pakistán Afganistán: ¿De qué lado están los fundamentalistas?).

Una vez más, Islamabad responsabiliza al Gobierno del líder supremo de Afganistán, el mullah Haibatullah Akhundzada, de permitir el establecimiento de bases terroristas en su país, tanto del TTP como del Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA), la milicia independentista más activa de esa provincia, mientras que los afganos lo niegan.

La actual crisis, mientras transcurre el mes de Ramadán, la mayor celebración del islām, la ha precipitado la oleada de atentados terroristas en el oeste de Pakistán, que ha dejado en las últimas semanas más de quinientos muertos por parte de milicianos del TTP, que van y vienen a su antojo a través de los incontrolables pasos fronterizos. Particularmente en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa, vecina de Afganistán, generando centenares de muertos y heridos entre las tropas regulares y la población.

A las respuestas de Islamabad al presumible dejar hacer de los talibanes a los terroristas, que el año pasado asesinaron a más de mil personas, también se agregan sanciones económicas, cierre de pasos fronterizos, prohibición del comercio bilateral y la persecución y expulsión de los miles de ciudadanos afganos que en estas últimas cuatro décadas, con el inicio del ciclo de invasiones y guerras civiles que terminó por consumir al país, se refugiaron en Pakistán. (Ver: Afganistán, sin lugar donde volver.) Desde la llegada de los talibanes al poder en agosto del 2021, cerca de cuatro millones de ciudadanos afganos han sido expulsados de Pakistán e Irán, generando al Gobierno una crisis humanitaria para la que no tiene respuesta.

La certeza de la intervención de India en este conflicto, asistiendo, de manera solapada no solo al Gobierno afgano, sino también al TTP y al BLA, desencadenó el ataque de Pakistán a posiciones terroristas en territorio afgano en la noche del domingo 15, causando la muerte de al menos unas veinte personas.

El jueves 26 en horas de la noche llegó la anunciada respuesta de los talibanes atacando posiciones pakistaníes a lo largo de la frontera, habiendo tomado, según fuentes afganas, unos quince puestos fronterizos pakistaníes, provocando bajas y tomando un número indeterminado de prisioneros.

La urgente respuesta de Islamabad fue el bombardeo de veintidós blancos, ya no solo de los insurgentes, sino también de posiciones afganas, que habían eliminado a 274 regulares afganos y muyahidines, y también a una docena de militares pakistaníes. Por su parte, el portavoz talibán informó que más de medio centenar de soldados paquistaníes habían muerto y una veintena de puestos había sido tomada por los suyos. Los ataques pakistaníes también incluyeron Kabul, que ya había sido atacada en octubre, y Kandahar, algo así como la ciudad santa de los talibanes donde reside el poder religioso. Además de la capital y Kandahar, también fueron atacadas Paktia, Khost y Laghman, todas capitales provinciales.

Guerra abierta

Los ataques entre la noche del jueves y la madrugada del viernes, día santo para las dos naciones, ambas mayoritariamente musulmanas, tienen el grave condimento de que es la primera vez que el Gobierno del primer ministro pakistaní Shehbaz Sharif, puesto prácticamente en el cargo por el Departamento de Estado después de unas fraudulentas elecciones a principios de 2024, ataca también bases del ejército afgano. Lo que, como ha definido un funcionario de Islamabad, significa “guerra abierta”. Más allá de que Afganistán no esté en condiciones materiales ni políticas de enfrentar una guerra de características convencionales.

La superioridad numérica y material de Pakistán en comparación con el ejército afgano es abrumadora, con poco más de ciento setenta mil hombres frente a los seiscientos mil efectivos pakistaníes, acompañada por una diferencia abismal en aviación, blindados de combate y, como si fuera poco, su capacidad nuclear.

Por lo que, de pretender resistir, Kabul tendría que volver a su gran fortaleza, la guerrilla, como lo hizo con los soviéticos y los estadounidenses, aunque las condiciones objetivas para este tipo de guerra, muy posiblemente después del desgaste de los veinte años de invasión de EEUU y la crítica situación económica y social que viven los 37 millones de afganos desde hace cinco años, es poco probable que se pueda reactivar.

En términos concretos, el único apoyo con que cuenta Kabul es India, que ha jugado con el apoyo a los mulás desde que llegaron al poder en agosto del 2021 a cambio de la inestabilidad en la frontera norte de Pakistán, además de alentar y financiar a los grupos insurgentes que operan en el interior pakistaní.

India se ha mostrado extremadamente gentil como nunca antes con Afganistán, reabriendo su embajada en Kabul y habiendo recibido al ministro de Asuntos Exteriores afgano, Amir Khan Muttaqi, como a un verdadero amigo en la visita de seis días en octubre pasado. Lo que significó la primera gira de un funcionario de alto cargo de Kabul desde que el grupo retornó al poder.

Por lo que el apoyo explícito a los talibanes afganos por parte del Gobierno indio es una declaración de guerra, en un contexto siempre al borde del conflicto por Cachemira o cualquier otra razón. La política antipakistaní del primer ministro indio Narendra Modi es parte de su programa de gobierno. Es en este contexto que Nueva Delhi ha condenado de manera rotunda los ataques contra Afganistán, condenando las acciones militares paquistaníes y señalando su apoyo a la soberanía e integridad territorial de Afganistán. Según agregó el Ministerio de Asuntos Exteriores, este es un nuevo intento del Gobierno de Shehbaz Sharif para distraer la compleja realidad interna de Pakistán, fundamentalmente en lo económico.

Aunque su pragmatismo pueda hacer abandonar su colaboración tanto con los afganos como con la insurgencia pakistaní, tras el acercamiento a Washington después del largo invierno que Modi y Trump vivieron durante todo el año pasado, apenas hace unas semanas comenzó a descongelarse la relación.

De todos modos, mientras nadie intervenga, Pakistán va a seguir golpeando con toda la contundencia que pueda los campamentos terroristas y, si da lugar, bases del ejército afgano, buscando debilitar el frente armado que se le podría armar en su frontera norte, además de empujar a los mulás más hacia lo profundo del laberinto en que se han encerrado.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.