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La reconfiguración del poder militar estadounidense tras la ofensiva de Irán

Fuentes: Rebelión

La invasión a Irán entró en una fase que pocos en Washington imaginaban cuando comenzó la ofensiva a finales de febrero, lo que se presentó como una operación destinada a debilitar rápidamente la capacidad militar iraní y a provocar un cambio de régimen, se transformó en un escenario mucho más complejo. En pocos días el conflicto dejó de ser un conjunto de bombardeos selectivos y empezó a golpear directamente la infraestructura militar de Estados Unidos en la región, con noticias que muestran un patrón claro de bases atacadas, radares dañados y sistemas de comunicación destruidos en una red defensiva que no estaba preparada para absorber tantos impactos en tan poco tiempo.

Desde el inicio de la invasión, Irán ha lanzado ataques contra al menos siete instalaciones militares estadounidenses en el Medio Oriente, aunque algunos reportes mencionan nueve o más posiciones si se incluyen intentos interceptados o daños menores. Los impactos se concentraron en Bahréin, Kuwait, Catar, Irak, Emiratos Árabes Unidos y posiblemente en instalaciones en Arabia Saudita y Jordania, tratándose de golpes dirigidos con precisión contra estructuras clave como radares de alerta temprana, terminales de comunicación satelital, hangares, edificios administrativos y centros de coordinación militar.

La lógica de la ofensiva iraní es clara, en lugar de gastar toneladas de munición para intentar destruir bases completas (lo que sería poco exitoso si se mira el ejemplo de Estados Unidos e Israel atacando bases militares en Irán) se ha dirigido a degradar la capacidad de mando, control y comunicaciones con la intención de dificultar la coordinación entre fuerzas estadounidenses y sus aliados, de manera que se busca reducir el tiempo de reacción frente a nuevos ataques y debilitar la red que conecta los radares con las defensas antimisiles y las unidades navales que operan en la zona.

Una de las instalaciones más afectadas fue el cuartel general de la Quinta Flota estadounidense en Bahréin, donde los drones iraníes golpearon estructuras de radar y terminales de comunicación satelital, provocando daños en edificios y antenas que se aprecian en imágenes de satélite. Como esta base coordina casi todos las operaciones navales en el Golfo, cualquier interrupción en sus sistemas de comunicación tiene un impacto directo en la capacidad de respuesta de toda la flota.

También en la base aérea de Al Udeid, en Catar, que funciona como el principal centro de operaciones aéreas de Estados Unidos fue alcanzado el radar AN/FPS-132, un sistema capaz de detectar misiles balísticos a miles de kilómetros de distancia y que forma parte del núcleo de su red de alerta temprana, por lo que su inhabilitación reduce de manera drástica el tiempo disponible para detectar y responder a los ataques Iranies, algo que ya se observa en Israel donde las alertas llegan con apenas dos minutos de antelación cuando antes se tenían hasta quince minutos.

Asimismo, en Jordania fue alcanzado un radar clave asociado al sistema antimisiles THAAD, un sensor que resulta fundamental para guiar interceptores contra misiles balísticos y cuya destrucción debilita la capacidad de detener proyectiles antes de que logren objetivos estratégicos. Por su parte, las bases de Kuwait como Ali Al Salem, Camp Arifjan y Camp Buehring registraron impactos en edificios logísticos y estructuras de radar que, si bien no paralizaron completamente sus operaciones, sí afectaron la cadena de abastecimiento y la coordinación operativa necesaria para el despliegue de tropas. En Irak, instalaciones cercanas a Erbil también tuvieron impactos por oleadas de drones y misiles en zonas donde operan fuerzas dedicadas al monitoreo regional, demostrando que el conflicto está llegando a varios puntos del mapa militar estadounidense.

Estos hechos han sido confirmados por diversas fuentes, desde periodistas independientes que difundieron imágenes en los primeros días hasta medios internacionales como CNN, ABC News, The Washington Post y The New York Times e incluso medios israelíes, que publicaron análisis basados en declaraciones oficiales y reportes militares. Agencias como Reuters y compañías especializadas en observación satelital también confirmaron daños en varias de estas instalaciones, mientras que las cifras de bajas humanas se sitúan entre seis y doce soldados según fuentes como NPR, las cuales contrastan con los reportes iraníes los cuales no han sido verificados, pero reportan cerca de 600 víctimas militares.

El impacto estratégico de estos eventos se refleja también en la situación naval, pues diversos reportes indican que el mayor portaaviones estadounidense en la zona fue retirado temporalmente debido al riesgo de ataques con misiles de largo alcance. La combinación de radares dañados y proyectiles capaces de penetrar defensas obligó a reducir la exposición de activos navales, lo que representaría un hecho extraordinario en la historia militar reciente de Estados Unidos, ya que nunca en las últimas décadas una guerra iniciada por Washington había provocado tantos ataques directos contra sus propias bases en tan poco tiempo.

En medio de este panorama, Estados Unidos enfrenta la difícil decisión de declarar cumplidos sus objetivos iniciales para comenzar una retirada o escalar el conflicto mediante una operación terrestre. Abandonar el escenario tendría consecuencias profundas para los aliados en el Golfo que dependen de esa protección para sus instalaciones energéticas, pero una invasión convencional podría transformarse en un conflicto largo y costoso debido al terreno montañoso y la red de túneles militares en Irán.

Lo anterior no implica que Irán está saliendo indemne, pues más allá de estas claras victorias estratégicas, el país persa ha sufrido severos daños militares y también en su infraestructura civil, ya que se reporta que Estados Unidos e Israel han atacado hospitales, escuelas, centros deportivos, instalaciones eléctricas, desalinizadoras e incluso el aeropuerto principal del país. Aunque la cifra de bajas también se ha mantenido en secreto por el gobierno Irani, se estiman que son cercanas a mil o más personas, incluyendo una gran cantidad de civiles afectados deliberadamente.

Mientras estas opciones se discuten, la atención de Washington ha empezado a desplazarse hacia América Latina con una multiplicación de reuniones políticas, iniciativas de seguridad y operaciones militares conjuntas en el continente. Este giro responde a una lógica histórica donde las potencias buscan espacios para reafirmar su influencia con menor riesgo militar cuando enfrentan dificultades en otros frentes estratégicos, ofreciendo escenarios donde se puede proyectar fuerza contra redes criminales o en ejercicios regionales sin desafiar la capacidad tecnológica de un Estado como Irán.

El ataque de un supuesto campo de entrenamiento de las disidencias de las FARC en la frontera de Ecuador con Colombia, junto con las declaraciones de Marco Rubio y Donald Trump de comenzar a realizar acciones militares unilaterales para atacar supuestas rutas de narcotráfico demuestra que están buscando desplazar la atención de la situación tan compleja que está sucediendo en Medio Oriente y que no tiene vistos de resolverse pronto.

Así, un conflicto que comenzó en el Golfo Pérsico empieza a proyectar sus efectos mucho más lejos, pues mientras los radares dañados en Medio Oriente obligan a reorganizar las defensas, la política exterior estadounidense despliega nuevas “iniciativas” en el hemisferio occidental. Las decisiones que se tomen en los próximos días no sólo determinarán el rumbo de la guerra actual, también pueden redefinir el papel que América Latina ocupará en la estrategia global de Estados Unidos hacia el futuro.

1 Profesora Investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana, México. Integrante del grupo: Nuestro futuro, nuestra energía; de la red de Energía y poder popular en América Latina, así como de la Colectiva Cambiémosla Ya. Correo: [email protected]

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.