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Poder, democracia y guerra contra Irán

¿Quién decide lo que es legítimo?

Fuentes: Rebelión [Foto: la Torre Azadi [libertad] de Teherán]

Traducido del inglés para Rebelión por Jesica Safa

Se invoca la democracia como legitimidad moral en la guerra, mientras que la autoridad de Irán descansa sobre unas complejas bases políticas, religiosas e históricas.

Sin embargo, la democracia no es el enemigo, lo es manipularla.

El discurso político occidental ha equiparado durante décadas la legitimidad con las elecciones, números que se cuentan en un solo día, certificados por unas instituciones que, a su vez, operan dentro de sistemas moldeados por un inmenso poder financiero. El resultado es una preocupante simplificación: la legitimidad es más procedimental que moral.

En Estados Unidos la democracia funciona dentro de una economía política profundamente influenciada por la financiación corporativa, las estructuras de lobby y la propiedad concentrada de los medios. No se informa meramente a la opinión pública, se la manipula. Existe la competencia electoral, pero dentro de los límites trazados por la riqueza y la continuidad institucional.

Sin embargo, cuando Donald Trump gana unas elecciones, la legitimidad se considera absoluta. Poco importa que se enfrente a acusaciones que van desde conducta criminal hasta extralimitación constitucional. Poco importa que sus políticas puedan violar el derecho humanitario internacional, poco importa que las acciones militares de su gobierno provoquen la muerte de civiles en el extranjero.

Es legítimo porque el recuento de votos fue correcto.

La suposición es clara: la democracia santifica el poder automáticamente, pero el éxito electoral no neutraliza los crímenes de guerra. No borra las violaciones del derecho internacional, no transforma unas políticas cuestionadas en verdades morales.

La democracia es valiosa, pero no es un elemento de disuasión moral.

El escudo democrático de Israel

En ningún lugar esta tendencia es más visible como en Israel.

La pretensión de Israel de ser «la única democracia en Oriente Medio» ha servido durante mucho tiempo como armadura diplomática. La frase se invoca no meramente como una descripción política, sino como una exención del escrutinio.

A pesar de que Benjamín Netanyahu se enfrenta a acciones legales internacionales y a acusaciones relacionadas con el genocidio de Gaza, sigue presentando el marco democrático de Israel como prueba de su posición moral, las elecciones se citan como prueba de legitimidad y el debate parlamentario se ofrece como prueba de un equilibrio político saludable.

Pero la democracia no anula la ocupación militar, no legaliza el castigo colectivo, no absuelve de violaciones graves del derecho internacional humanitario y no hace que el genocidio sea permisible.

La cuestión no es que Israel celebre elecciones, la cuestión es cómo se utiliza el lenguaje de la democracia para marginar las acusaciones de genocidio y reformular la agresión militar como el comportamiento propio de un Estado civilizado que se defiende a sí mismo.

Desde la Segunda Guerra Mundial a menudo se ha recurrido retóricamente a la democracia para justificar cambios de régimen, invasiones y «guerras preventivas». Irak fue invadido en nombre de la liberación, Afganistán fue ocupado bajo el estandarte de la libertad y las intervenciones en América Latina, África y el Oriente Medio se presentan habitualmente como esfuerzos por defender los valores democráticos.

El problema no es la democracia, sino el excepcionalismo democrático: creer que una estructura electoral de un Estado le otorga inmunidad moral.

El relato iraní

La misma lógica conforma el discurso bélico en torno a Irán.

Se suele calificar a Irán de ilegítimo porque no cumple con las normas democráticas liberales occidentales. Los llamados a un cambio de régimen no se enmarcan simplemente como cálculos estratégicos, sino como imperativos morales.

Incluso quienes son críticos con Trump o Netanyahu frecuentemente operan dentro de este marco. Pueden oponerse a políticas específicas, pero aceptan la premisa más amplia de que las democracias occidentales poseen una autoridad moral inherente, mientras que los sistemas no occidentales deben demostrar su legitimidad.

Este binomio es profundamente perverso.

Cuando se asume la superioridad moral, las víctimas civiles se vuelven desafortunadas pero tolerables, las sanciones que devastan las economías se convierten en herramientas de disciplina, la escalada militar se convierte en una defensa basada en principios. El derecho internacional se vuelve selectivo y vinculante para los adversarios, flexible para los aliados.

Cuando el lenguaje de la democracia se utiliza como arma, se transforma en un escudo retórico tras del cual opera el poder con una responsabilidad mermada.

La legitimidad de Irán

Para entender la resistencia de Irán, hay que ir más allá de lo caricaturesco.

Irán no es una democracia liberal en el sentido occidental, pero tampoco es una autocracia simplista que se mantiene únicamente gracias a la coerción. Su legitimidad proviene de un complejo sistema político arraigado en la historia, la religión y el modelo institucional.

En la cúspide se encuentra el Líder Supremo, elegido por la Asamblea de Expertos, un organismo establecido por la constitución y compuesto por juristas islámicos electos. La propia Asamblea se elige a través de elecciones nacionales y tiene la autoridad de nombrar y supervisar al Líder Supremo.

Esta estructura refleja la doctrina de Wilayat al-Faqih , la tutela del jurista islámico. En el pensamiento político chiita esta doctrina fusiona la autoridad religiosa con la supervisión política, que emergen tanto de la tradición jurisprudencial como de la ideología revolucionaria.

Sin embargo, el sistema iraní no es exclusivamente religioso.

El presidente se elige por votación popular. Se elige el parlamento (Majles), las facciones políticas compiten dentro de unos parámetros constitucionales definidos. Instituciones como el Consejo de Guardianes supervisan la legislación y las elecciones para asegurar la continuidad constitucional e ideológica.

Quienes lo critican sostienen que estos mecanismos restringen el pluralismo, mientras que sus partidarios afirman que preservan la coherencia y la soberanía.

Independientemente de la posición que se tenga, la legitimidad en Irán proviene de múltiples fuentes:

– La legitimidad revolucionaria de la Revolución Islámica de 1979.

– La legitimidad religiosa arraigada en la jurisprudencia chiíta.

– La legitimidad electoral a través de la recurrente participación pública.

– La legitimidad nacionalista fortalecida por la resistencia a las presiones extranjeras.

Estas formas no reflejan los patrones liberales occidentales, pero la legitimidad es cultural e históricamente contextual, no es un molde universal.

Estas estructuras gozan de suficiente aceptación dentro de Irán como para mantener la continuidad política, incluso bajo una inmensa presión externa.

La supervivencia como prueba

Irán ha soportado durante cuatro décadas una guerra devastadora contra Irak, décadas de sanciones, aislamiento económico, operaciones cibernéticas, asesinatos de altos funcionarios y repetidas amenazas militares.

Los Estados carentes de legitimidad estructural colapsan bajo semejante presión acumulada, se fragmentan internamente o se desintegran institucionalmente.

Irán no.

Esto no implica unanimidad, han estallado protestas, existen divisiones políticas y los problemas económicos son reales. Pero la legitimidad no es la ausencia de desacuerdo, sino la presencia de una cohesión suficiente.

Cuando se intensifica la confrontación externa, se suele fortalecer la consolidación nacional. En contextos existenciales, las poblaciones se unen en torno a la soberanía, aun cuando critiquen la gobernanza.

El discurso occidental suele suponer que es inevitable que colapse el régimen en Irán si se intensifica lo suficiente la presión, una suposición que ha demostrado ser incorrecta una y otra vez.

La cuestión de la legitimidad

El debate no es democracia frente a no democracia, sino autenticidad frente a manipulación.

La democracia es un sistema de gobierno valioso cuando opera con transparencia y dentro de los límites de la ley. Pero cuando se utiliza el marketing de la democrática para justificar la guerra, para proteger a los dirigentes de la asunción de responsabilidades o normalizar las violaciones del derecho internacional, se convierte en un instrumento retórico de poder.

Estados Unidos e Israel invocan la legitimidad electoral para considerar que la escalada militar está fundada moralmente. Irán, mientras tanto, deriva su legitimidad de un modelo híbrido que fusiona la religión, la revolución y las instituciones republicanas.

Un sistema se promociona en todo el mundo, mientras que el otro se deslegitima en todo el mundo. Sin embargo, su perseverancia habla por sí misma.

Texto original: https://znetwork.org/znetarticle/who-decides-what-is-legitimate-power-democracy-and-the-war-on-iran/

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.