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Irán en la encrucijada del Imperio: guerra, energía y crisis del capitalismo global (II)

Fuentes: Rebelión

La guerra contra Irán ha entrado en una fase que expone con crudeza la naturaleza del sistema que la produce. Lo que en los primeros días fue presentado como una operación quirúrgica destinada a neutralizar una amenaza estratégica se ha transformado rápidamente en un conflicto regional de desgaste que revela algo más profundo que una disputa geopolítica puntual. La guerra actual no es simplemente un enfrentamiento entre Estados; es una expresión concentrada de las tensiones estructurales del capitalismo en su fase de crisis hegemónica.

El plan inicial de Washington parecía claro: una operación de decapitación política y militar que destruyera la capacidad de mando iraní, desorganizara sus estructuras de defensa y produjera una rápida capitulación estratégica. El precedente de Irak en 2003, donde la caída de Bagdad fue presentada como una victoria fulminante del poder militar estadounidense, alimentó la ilusión de que la superioridad tecnológica bastaría para paralizar a cualquier adversario regional. Sin embargo, la historia volvió a demostrar que las guerras del siglo XXI no se comportan como simulaciones de laboratorio ni como demostraciones televisivas de poderío militar.

Pese a los ataques iniciales dirigidos contra su liderazgo y contra infraestructura estratégica, el Estado iraní no colapsó. La maquinaria política que sostiene al país está diseñada precisamente para sobrevivir a ese tipo de golpes. La República Islámica nació en un contexto de guerra, sanciones y amenazas externas, y durante décadas ha desarrollado estructuras institucionales capaces de resistir presiones que habrían desestabilizado a muchos otros Estados. La dispersión del poder entre la Guardia Revolucionaria, las instituciones religiosas y las redes regionales de aliados convierte cualquier intento de “decapitación” en un gesto más simbólico que decisivo.

La respuesta iraní, lejos de ser una reacción desesperada, ha seguido la lógica de la guerra asimétrica. Irán no pretende derrotar militarmente a Estados Unidos en una confrontación convencional; pretende algo mucho más realista y, a largo plazo, mucho más peligroso para el orden global: convertir el conflicto en un pantano estratégico del que Washington no pueda salir sin pagar un precio político, económico y militar elevado. La guerra ha comenzado a extenderse por toda la región a través de ataques indirectos, operaciones de sabotaje y presión constante sobre las bases militares estadounidenses desplegadas en Oriente Medio.

Este tipo de guerra dispersa es precisamente el terreno donde las grandes potencias modernas se vuelven vulnerables. La superioridad militar tecnológica no desaparece, pero pierde parte de su eficacia cuando el campo de batalla se multiplica en múltiples frentes. El conflicto deja de ser un choque frontal entre ejércitos y se convierte en una red de hostigamientos permanentes que desgastan lentamente la capacidad operativa del adversario.

Los drones Shahed representan uno de los símbolos más claros de esta transformación. Estas plataformas relativamente simples y baratas han alterado la economía misma de la guerra. Un dron que cuesta apenas decenas de miles de dólares puede obligar a utilizar sistemas de defensa que valen millones. La lógica industrial del complejo militar estadounidense se enfrenta así a un tipo de conflicto donde la ventaja tecnológica no siempre se traduce en ventaja estratégica. En la guerra de desgaste, lo que importa no es solo quién posee las armas más sofisticadas, sino quién puede sostener el conflicto durante más tiempo.

Pero el verdadero campo de batalla de esta guerra no se encuentra únicamente en el aire o en el mar. El frente decisivo es energético. El estrecho de Ormuz se ha convertido nuevamente en el punto más sensible de la economía mundial. Aproximadamente una quinta parte del petróleo global transita por ese corredor marítimo, lo que significa que cualquier perturbación significativa tiene repercusiones inmediatas en los mercados internacionales.

El petróleo acercándose o superando los cien dólares por barril no es un accidente del mercado ni una simple reacción especulativa. Es la manifestación de una vulnerabilidad estructural del capitalismo contemporáneo. La economía mundial sigue dependiendo profundamente de la energía fósil para sostener su aparato productivo, su logística global y su sistema financiero. Cuando esa arteria energética se ve amenazada, todo el edificio económico comienza a temblar.

La historia del capitalismo moderno está atravesada por este tipo de crisis energéticas. En 1973, el embargo petrolero desencadenó una ola inflacionaria que sacudió las economías occidentales y marcó el fin de la era de crecimiento estable de la posguerra. En 1979, la revolución iraní provocó otra crisis que reconfiguró la política energética global. Hoy, en un mundo mucho más interconectado y financieramente frágil, el impacto potencial de una interrupción prolongada del flujo energético sería aún más profundo.

Estados Unidos se encuentra así atrapado en un dilema estratégico. Para mantener abierta la ruta energética del Golfo Pérsico necesita proyectar poder militar en la región, pero esa misma presencia militar lo convierte en objetivo permanente de ataques indirectos. La liberación de reservas estratégicas de petróleo y los esfuerzos diplomáticos para formar coaliciones navales destinadas a garantizar la navegación en Ormuz reflejan un intento desesperado de contener una crisis que amenaza con desbordar los cálculos iniciales.

Pero estas medidas son, en esencia, paliativos temporales. Las reservas estratégicas pueden amortiguar un shock momentáneo, pero no sustituyen el flujo constante de petróleo que alimenta la maquinaria industrial global. Del mismo modo, las flotas navales pueden escoltar buques y patrullar rutas, pero no pueden eliminar completamente la amenaza de drones, minas o ataques de saturación.

Irán lo sabe. Y precisamente por eso su estrategia parece orientada a mantener la presión sin necesidad de cerrar completamente el estrecho. Basta con generar suficiente incertidumbre para elevar los costos del comercio marítimo y alterar el funcionamiento normal del mercado energético. En un sistema económico donde la estabilidad depende de flujos constantes y previsibles, la incertidumbre se convierte en un arma tan poderosa como cualquier misil.

La guerra actual revela así una verdad incómoda para el discurso oficial del capitalismo global: el sistema que se presenta como garante de estabilidad y prosperidad está profundamente condicionado por la violencia estructural que lo sostiene. Las rutas energéticas, los mercados financieros y las cadenas de suministro globales no funcionan en un vacío político; dependen de estructuras militares capaces de proteger intereses estratégicos mediante la fuerza.

El capitalismo contemporáneo no es simplemente una red de intercambios comerciales y avances tecnológicos. Es también un sistema armado hasta los dientes, sostenido por bases militares, flotas navales y complejos industriales dedicados a la producción permanente de armamento. La guerra no es una anomalía dentro de este sistema; es uno de sus mecanismos recurrentes de ajuste y reorganización.

Cuando la hegemonía de una potencia comienza a erosionarse, la tentación de recurrir a la fuerza para preservar posiciones estratégicas se vuelve más fuerte. Las transiciones hegemónicas en la historia del capitalismo nunca han sido procesos pacíficos. El ascenso del Imperio Británico estuvo acompañado por guerras coloniales devastadoras. El declive británico y el ascenso estadounidense se resolvieron a través de dos guerras mundiales que transformaron el mapa político del planeta.

Hoy el sistema internacional atraviesa otra fase de transición. El ascenso económico de Asia, la creciente autonomía estratégica de múltiples regiones y la fragmentación del orden financiero global están debilitando las estructuras de poder que dominaron el mundo durante décadas. En este contexto, las guerras regionales funcionan como episodios de un proceso más amplio de reorganización del poder global.

La guerra contra Irán debe leerse precisamente dentro de ese marco histórico. No es solo una disputa por seguridad regional ni un intento de frenar un programa nuclear. Es también un movimiento dentro de una lucha más amplia por el control de rutas energéticas, por la estabilidad del sistema del petrodólar y por la preservación de una arquitectura geopolítica que ha permitido a Estados Unidos desempeñar el papel de árbitro del sistema mundial durante más de medio siglo.

Pero el conflicto actual también muestra los límites de ese poder. La incapacidad de lograr una victoria rápida, la extensión regional del enfrentamiento y el impacto económico global revelan que el margen de maniobra del imperio ya no es el mismo que en décadas anteriores. Cada intervención militar produce efectos secundarios que escapan al control inicial de quienes la impulsan.

La guerra ha entrado así en una fase donde ninguno de los actores puede imponerse de manera decisiva, pero todos tienen capacidad suficiente para prolongar el conflicto. Este tipo de guerras de desgaste tiende a extenderse en el tiempo y a generar consecuencias que van mucho más allá del campo de batalla inmediato.

La posibilidad de una escalada mayor permanece abierta. Un ataque particularmente devastador contra infraestructura energética, el hundimiento de un gran buque petrolero o un enfrentamiento directo entre fuerzas navales podría desencadenar una reacción en cadena capaz de transformar la guerra regional en una crisis global de proporciones históricas.

Pero incluso si ese escenario extremo no se materializa, el daño estructural al sistema internacional ya está en marcha. La guerra está acelerando procesos de reorganización geopolítica, fortaleciendo alianzas alternativas y debilitando la confianza en las instituciones que durante décadas sirvieron como mecanismos de regulación del orden mundial.

La paradoja del capitalismo contemporáneo es que el mismo sistema que proclama la globalización como un espacio de cooperación económica depende, en última instancia, de una arquitectura militar diseñada para defender intereses estratégicos mediante la fuerza. Cuando esa arquitectura se ve cuestionada o desafiada, la respuesta tiende a adoptar formas cada vez más violentas.

La guerra contra Irán no es un accidente histórico ni un error de cálculo aislado. Es el producto de un sistema que, en momentos de crisis, recurre una y otra vez a la violencia como mecanismo de ajuste. El capitalismo ha demostrado una capacidad extraordinaria para reinventarse tras cada crisis, pero lo ha hecho muchas veces al precio de conflictos devastadores que redefinen el equilibrio de poder mundial.

Lo que se juega en esta guerra no es únicamente el futuro de Oriente Medio. Lo que está en disputa es la forma que adoptará el orden global en las próximas décadas. Y como tantas veces en la historia, esa transición va desarrollarse bajo la sombra persistente de la guerra.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.