“Así
como es indiscutible que el mundo gira, también lo es que todos los
pueblos desean vivir en paz.”
— Mahmut Dikerdem
El 17 de mayo de 1982, el juicio contra la Asociación por la Paz en Turquía fue descrito como “el juicio de la paz”. En su defensa, Mahmut Dikerdem formuló una idea que era a la vez ética e histórica: la humanidad desea la paz.
Sin embargo, décadas después, esta idea parece cada vez más frágil. Desde los años ochenta, las guerras regionales, la amenaza nuclear y la devastación ecológica han erosionado la paz como horizonte posible. Las intervenciones militares lideradas por Estados Unidos, junto con la agresividad regional de Israel, han debilitado el derecho internacional y normalizado un estado de guerra permanente.
El retroceso de la idea de paz
En los años setenta, la paz era una demanda social poderosa. Los movimientos socialistas contribuían a fortalecer el derecho internacional y los valores pacifistas. Hoy, en cambio, el panorama ha cambiado radicalmente. El neoliberalismo y el ascenso de regímenes autoritarios han vaciado de contenido los valores colectivos e internacionalistas, mientras que el nacionalismo de extrema derecha y el fundamentalismo religioso han ganado terreno.
La lógica del capitalismo ha atomizado a los individuos, transformándolos en sujetos competitivos y aislados. En este contexto, la paz ha dejado de ser una demanda de masas y ha quedado confinada a minorías progresistas.
La izquierda, la violencia y una tensión persistente
En la tradición marxista, la cuestión de la paz siempre ha sido problemática. La afirmación de Marx de que “la violencia es la partera de la historia” ha sido a menudo descontextualizada y convertida en una justificación general de la violencia revolucionaria.
Durante el siglo XX, esta interpretación dio lugar a doctrinas de “guerra justa” o defensa del socialismo. En casos extremos, incluso las armas nucleares fueron concebidas como instrumentos de lucha de clases. Esto debilitó el contenido ético de la paz y generó una tensión duradera en la izquierda.
Y, sin embargo, los movimientos de izquierda han sido históricamente fundamentales en las luchas por la paz. La pregunta sigue abierta: ¿es posible una transformación social sin violencia, y cómo puede defenderse la paz en ese marco?
Las bases materiales de la guerra
Reducir la guerra a la biología o a la naturaleza humana es profundamente insuficiente. Las guerras modernas son el resultado de conflictos entre Estados y bloques de capital. El control de recursos energéticos, rutas comerciales, territorios estratégicos y posiciones geopolíticas constituye la base estructural de la guerra.
La expansión actual del armamento nuclear confirma esta realidad. El despliegue de armas nucleares y el colapso de los acuerdos de control evidencian un peligro creciente. El “Reloj del Juicio Final”, situado a segundos de la medianoche, simboliza esta amenaza existencial.
¿Es posible la paz?
Decir “no a la guerra” no es suficiente. La paz debe convertirse en una estrategia política. La historia demuestra que los movimientos contra la guerra pueden influir en la política. Las protestas contra la guerra de Vietnam o la invasión de Irak en 2003 son ejemplos claros.
Asimismo, la idea de que la guerra impulsa el progreso debe ser cuestionada. Aunque algunos cambios históricos estuvieron vinculados a guerras, estas no son el motor del progreso. Más bien, destruyen capacidades productivas y logros sociales. Los avances más importantes han surgido de luchas sociales: movimientos obreros, luchas anticoloniales, feministas y democráticas.
La paz como posibilidad histórica
La cuestión de la paz remite a otra más profunda: ¿puede transformarse el orden global actual?
La historia indica que sí. La abolición de la esclavitud, el fin de los imperios coloniales y el desarrollo del derecho internacional muestran que la humanidad puede limitar la violencia.
La paz no es fácil. Pero considerarla una utopía equivale a aceptar la inevitabilidad de la guerra. La historia no es solo una historia de guerras, sino también de luchas por la paz.
Una paz duradera requiere el reconocimiento del derecho de los pueblos a la autodeterminación, la reducción de las desigualdades y la reorganización de las relaciones internacionales sobre la base del derecho y no de la fuerza.
La paz no es una ilusión. Es una necesidad histórica.
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