Una resolución califica el comercio de personas en los siglos XV y XIX como “el mayor crimen contra la humanidad jamás cometido” y proclama el derecho de los africanos a recibir compensaciones
La esclavitud fue la mayor afrenta contra la historia de humanidad, pero 138 años después de su abolición sigue concitando controversias entre los países que la sufrieron y quienes la practicaron con eficacia industrial. El último capítulo de este desencuentro histórico tuvo lugar el pasado 17 de marzo en la Asamblea General de la ONU, en el transcurso del debate ante una propuesta de Ghana para consensuar el reconocimiento universal de que la esclavitud sufrida por los negros –lo del exterminio de indígenas es aún más delicado– fue el crimen más grave jamás cometido por el ser humano. Las diferencias de percepción entre los países africanos y los europeos siguen siendo abismales. Desde el principio pudo constatarse la falta de voluntad política de algunos gobiernos para limar asperezas y afrontar el espinoso tema de las reparaciones, el verdadero objetivo del documento ghanés que, sin embargo, no tuvo una traducción tangible en cuanto a plazos, recursos y posibles cuantías.
Si al inicio de la sesión ya se conocía que el texto recibiría el rechazo frontal de EEUU, Israel y Argentina, el final desveló que otros 52 países se abstendrían, entre ellos España, más proclives a entonar un retórico mea culpa que a compensar económica y jurídicamente a los Estados africanos que padecieron la esclavitud. Pese a esta posición, la resolución salió adelante con el voto favorable de 123 naciones, todas del sur global. En el documento aprobado se reitera el derecho de los africanos y de las personas de ascendencia africana a recibir compensaciones por las penalidades sufridas, se reclama la restitución de los bienes culturales expoliados durante la colonización y se insta a aquellos países que institucionalizaron el comercio de personas a que presenten disculpas formales por este comportamiento inhumano.
Queda por ver el recorrido que tendrá esta resolución justo ahora que la ONU está siendo dramáticamente ignorada por los mismos Estados que un día sistematizaron la esclavitud como base del funcionamiento de sus colonias. Para el profesor de Historia de América de la Universidad del País Vasco, Óscar Álvarez Gila, “es bastante evidente que las decisiones de Naciones Unidas son muy limitadas, pero la resolución aprobada es un avance para conocer las aberraciones que cometieron contra los pueblos africanos no sólo los europeos, y cómo todo esto contribuyó a la formación de un capitalismo global posterior”, asegura.
Las cifras de la esclavitud son escandalosas. Las fuentes más fiables, la Unesco e investigadores como el estadounidense Marcus Rediker o la británica Anthea Jeffery, han calculado que entre 12 y 15 millones de personas fueron capturadas, vendidas y esclavizadas a la fuerza durante la trata transatlántica que impulsaron las potencias coloniales entre los siglos XV y XIX. De esta aterradora contabilidad están excluidos los 13 millones de africanos transportados por el Océano Índico a diversos países asiáticos, así como los nueve millones que fueron subastados en diferentes mercados árabes transaharianos, los cuatro millones que esclavizó el Califato de Sokoto, lo que hoy es el norte de Nigeria, los 1,3 millones que compró el Imperio otomano, los aproximadamente 147.000 que acabaron en Irán y los 300.000 en Etiopía. “El sistema esclavista provocó millones de muertes. En este sentido, podría considerarse un genocidio como muchos otros. Pero la diferencia es que su objetivo no era matar a los esclavos sino mantenerlos vivos para que trabajaran y crearan beneficios a los esclavizadores y a sus gobiernos”, aclara Rediker, catedrático de Historia Atlántica en la Universidad de Pittsburg y coautor del libro Barco de esclavos: la trata a través del Atlántico (Capitán Swing, 2021).
La resolución aprobada ahora en la ONU refuerza las aspiraciones africanas de arrancar a los países que se lucraron con la colonización una condena sin paliativos sobre lo que supuso su comportamiento inhumano en las comunidades originarias. También buscan impulsar la reparación de una memoria que a menudo es omitida o desdeñada en muchos lugares. “El racismo es el regalo envenenado que dejó la colonización. En el siglo XIX se comienza a identificar la esclavitud con la raza. Fue la manera de justificar que en ese momento la mayoría de los esclavos eran negros, porque en el siglo XVI no era así. Entonces se enviaba a ladrones o convictos de Gales y otros lugares a América como esclavos temporales durante cinco o seis años. Pero aquello suponía un gasto muy alto. El cambio llegó en los siglos XVII y XVIII, cuando empezaron a necesitar más mano de obra para las grandes plantaciones americanas y comenzó a justificarse la esclavitud en función de la raza. Así preservaron un orden social injusto que reconocía que el papel natural de los negros era servir a los blancos porque eran inferiores”, apunta Álvarez Gila.
La primera piedra para lograr la condena internacional de aquel despiadado comportamiento se colocó en 1994, después de que la Unesco empezara a desbrozar las causas y las consecuencias de la esclavitud mediante un programa mundial llamado ‘La ruta de las personas esclavizadas’. Hubo que esperar dos décadas para que la Asamblea General de la ONU tomara las riendas de la batalla al acordar que cada 25 de marzo se conmemore el Día Internacional en recuerdo de las víctimas de la Esclavitud y la Trata Transatlántica de Esclavos. Desde entonces, algunos países han ido incorporando a su ordenamiento jurídico medidas que garanticen la no repetición de aquellas barbaridades y la inclusión de programas de memoria en sus sistemas educativos para ayudar a los jóvenes a comprender la magnitud de aquella tragedia. Estados africanos como Senegal han tomado decisiones en esa dirección. También algunos europeos.
En 2001, la diputada francoguayanesa Christiane Taubira impulsó en Francia la primera ley a nivel mundial que tipificaba el comercio de esclavos y la esclavitud como crímenes de lesa humanidad. Y no sólo eso. A partir de ese momento, el sistema educativo galo comenzó a abordar en escuelas y colegios la memoria colonial representando las atrocidades cometidas por sus antepasados en los territorios de ultramar y dando a conocer las secuelas raciales que dejaron a la sociedad actual. Portugal, el primer promotor europeo del tráfico de esclavos y el último en ceder el control de sus colonias junto a España, reconoció en 2024 su responsabilidad histórica en este régimen y provocó un debate aún abierto sobre la implementación de posibles reparaciones económicas a quienes lo sufrieron, como el desarrollo de políticas públicas para combatir el racismo sistémico y la creación de un memorial en Lisboa. En 2020, la Iglesia anglicana también admitió las vulneraciones a los derechos humanos cometidas por los británicos y pidió expresamente perdón por su pasado esclavista, algo que la Corona rechaza de momento hacer. En los Países Bajos, el rey Guillermo Alejandro aprovechó la celebración del 150 aniversario de la abolición de la esclavitud por su país para reconocer el destacado papel que desempeñaron en el tráfico humano, un comportamiento que el entonces primer ministro Mark Rutte, alguien poco sospechoso de izquierdista, calificó como “crimen contra la humanidad” durante un acto de desagravio a descendientes de esclavos de Surinam y las Antillas holandesas.
En esa lista falta España, a la que le suele costar mucho hacer una catarsis sobre su pasado histórico, sea cual sea su naturaleza. En el caso de la esclavitud, su contribución fue copiosa. En realidad, fue uno de los principales actores en el comercio transatlántico de personas. Una investigación del historiador estadounidense Marcus Rediker cifra en 1,6 millones los africanos transportados y vendidos entre 1500 y 1870 en Cuba y Puerto Rico. Un millón de ellos fueron enviados en barcos españoles y el resto en navíos portugueses, franceses y británicos contratados por la Corona en virtud de un acuerdo ad hoc llamado ‘Asiento de negros’, que permitía externalizar el transporte de esclavos desde África en función de las necesidades de sus colonos en las plantaciones de caña de azúcar.
La abolición en los territorios de ultramar españoles, excepto en Cuba, que tuvo que esperar a 1886, fue promulgada el 22 de marzo de 1873 por el Gobierno de la I República, que intentó que aquel momento fuera recordado con una placa en el Congreso donde pudiera leerse “El día de hoy quedó rota la cadena del esclavo”. Así consta en el diario de sesiones, pero esa inscripción conmemorativa nunca terminó de colocarse. Desde entonces, apenas se ha tratado de escarbar políticamente en aquella época. En un siglo sólo se han tramitado dos proposiciones no de ley (PNL): una en 2011, presentada por los grupos parlamentarios socialista y popular para levantar un monumento conmemorativo a aquel pasado; y otra de Unidas Podemos en 2022, en la que se instaba al gobierno a incorporar la esclavitud en los libros de texto y a reconocer el papel que tuvo España en el comercio transatlántico de personas. Ambas proposiciones fueron aprobadas por mayoría, pero también acabaron, como la placa de la I República, en el cajón del olvido. “Ni una ni otra PNL han tenido implicaciones concretas. Ni siquiera en las dos leyes de memoria histórica, que no incorporan la cuestión del esclavismo y el colonialismo como elementos de conocimiento porque están restringidas a la Guerra Civil y la represión franquista”, explica el historiador de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) Martín Rodrigo Alharilla, autor del libro Del olvido a la memoria. La esclavitud en la España contemporánea. “Esto revela que la sociedad civil trabaja, y también las universidades; donde no se hace casi nada es desde las instituciones. Los académicos generamos conocimientos de aquella época pero hay que destacar la labor que hace el mundo del activismo, que está lanzando rutas sobre el pasado esclavista en ciudades como Barcelona, Valencia, Bilbao o Madrid, organizan exposiciones y performances. Son de las cosas más positivas que hay. Existe una web que es una gran herramienta para geolocalizar lugares actuales en España donde hay huellas de aquel pasado, y donde aquel que lo desee puede encontrar material didáctico para investigar sin necesidad de ser un especialista”, afirma Rodrigo Alharilla.
Hoy resulta muy interesante escuchar a los descendientes de aquellos que sufrieron directamente la esclavitud. Gente que, aunque hayan cambiado las cosas, siguen sufriendo el pillaje, la desigualdad y el racismo. Los bubis, por ejemplo, vivían en la Isla de Etulá o Eri, en el Golfo de Guinea, antes de ser rebautizada como Isla Fermosa y Fernando Poo por los colonos, y luego Bioko por el dictador fang Teodoro Obiang. La mayoría de ellos conserva intacta la memoria de sus pobladores originarios, así que nadie como ellos para contar lo que allí sucedió con los colonos portugueses y españoles. Weja Chicampo tiene 69 años y vive exiliado en España. Es un hombre culto y amante de la historia. “Los bubis somos pescadores por naturaleza, pero en el siglo XVIII abandonamos nuestras casas en las playas para refugiarnos en el interior, en los bosques. Desde entonces no hemos vuelto al mar. Huíamos de los extranjeros que llegaban en barcos para capturar jóvenes de los poblados, niñas que desaparecían y luego eran vendidas como esclavas. Los mayores me enseñaron a no ir a las playas porque decían que estaban los demonios que venían de ultramar para robar personas que nunca más volvían a ver”, relata. Hace unas semanas, la comunidad bubi organizó un singular encuentro en Bososo, el gran bastión de su cultura ancestral en la isla de Bioko, con descendientes de antiguos esclavos llegados de EEUU y Jamaica. Chicampo siguió la velada por internet, emocionado, como si volviera del exilio por un momento y empezara a recorrer las aldeas de su infancia, jugando con amigos, entrando y saliendo de las casas que los vecinos siempre mantenían con las puertas abiertas. En el vídeo que ha guardado se ve a un joven jamaicano charlando con un grupo de mujeres a las que relata el tiempo que le llevó descubrir el origen de su familia y los años que llevaba esperando volver. “Una prueba de ADN reveló que soy bubi en un 95%. Para mí es una revelación”, se escucha en la grabación. La ceremonia es solemne. Las invitadas, sentadas en círculo, le observan con miradas que transmiten un pesar acuoso y antiguo. “Nuestra historia está muy marcada por la esclavitud. ¿Cómo olvidarla? Es una memoria que se ha ido trasladando de generación en generación”, concluye Weja Chicampo, que nunca ha buscado la compasión de quienes la practicaron porque sólo con palabras no se repara la injusticia.


