El frente interno del actual primer ministro pakistaní, Shehbaz Sharif, continúa acumulando crisis que no solo hacen dudar de su continuidad, a pesar de estar sostenido por el ejército y Washington, sino también de la propia unidad de la nación, por lo que Pakistán no tiene lugar para maniobras.
En un rápido racconto, hay que mencionar la crítica situación económica, que lo ha llevado al tercer lugar entre las naciones más endeudadas con el Fondo Monetario Internacional, solo por detrás de Ucrania -en guerra con Rusia desde hace más de cuatro años- y de la Argentina del esperpéntico Javier Milei, que con menos de tres años en el cargo consiguió arruinar el país quizás para siempre.
Además hay que recordar que Sharif, quien pertenece a una de las grandes familias políticas de Pakistán íntimamente ligada al establishment y con históricos lazos con Washington, una vez más fue una pieza fundamental en la destitución del primer ministro Imran Khan en 2022, quien, tras ser derrocado mediante un juicio amañado, desde 2023 se encuentra detenido en la prisión de Adiala (Punyab), privado de todos sus derechos y absolutamente aislado, en una jaula de una celda de 2,7 por 3,3 metros. Este hecho fue el que posibilitó, tras un discutido proceso eleccionario, la llegada de la familia Sharif una vez más al poder en 2024.
Más allá de este tembladeral político y económico, el país se encuentra sometido a altísimos niveles de inseguridad por las acciones terroristas de grupos separatistas baluchis, como el Ejército de Liberación de Baluchistán (BLA) o el Frente de Liberación de Baluchistán (BLF), y los fundamentalistas del Movimiento de los Talibanes Pakistaníes (Tehrik-e-Talibán Pakistan, TTP). Existen sospechas de que estos grupos reciben financiación, logística y armamento de India, mientras que utilizan el territorio afgano como santuario. Esto ha sido lo que precipitó a Islamabad a realizar diferentes operaciones aéreas contra el emirato de los talibanes para que, a fines de febrero último, iniciara guerra abierta a Kabul, la que se encuentra encapsulada a consecuencia de la guerra que Estados Unidos y el engendro sionista iniciaron, apenas un día después, contra la República Islámica de Irán.
Tanto baluchis como los pashtún, del TTP, buscan independizarse del gobierno central de Islamabad, o al menos altos niveles de autonomía, ya que estas tribus han sido artificialmente ensambladas por el Raj británico para organizar mínimamente la partición.
En esta derivan anti-Islamabad parecen haber comenzado a navegar los cachemires del sector administrado por Pakistán, dominando la región nominalmente autónoma que denomina “Azad Cachemira” (Cachemira Libre), el antiguo principado de Jammu y Cachemira, el que dio origen al largo conflicto entre ambas naciones tras conseguir su independencia en 1947, lo que provocó cuatro guerras, infinidad de choques fronterizos y la posibilidad siempre presente de que una nueva guerra estalle en la frontera conocida como la Línea Radcliffe y la disputada Línea de Control (LoC) en Cachemira.
En el marco de esta realidad, sumado a la tensión por el inicio de la primera etapa de las elecciones para la Asamblea Legislativa local para cubrir 45 escaños, las que habían sido impugnadas tanto por el Movimiento para la Justicia de Pakistán, el partido de Imran Khan, como por el Partido Popular de Pakistán (PPP) de una de las grandes familias políticas del país, los Bhutto Zardari.
El centro de la disputa es acerca de las bancas reservadas para los refugiados de la Cachemira administrada por la India, que a partir de las políticas de expulsión trazadas por Narendra Modi, el primer ministro de India, contra los musulmanes, han comenzado a llegar por miles.
Por lo que los disturbios que estallaron el pasado lunes 28 y continuaron hasta el día siguiente, dejaron al menos, según el Comité Conjunto de Acción Popular (JAAC), una organización civil cachemir, treinta civiles muertos en la ciudad de Mirpur, donde las autoridades se encargaron de limpiar todas las pruebas haciendo desaparecer los cadáveres que habían llegado al hospital central, el que además fue clausurado.
Vecinos que no se identificaron dieron a conocer que pudieron fotografiar y grabar cadáveres ensangrentados en medio de las calles antes de que las fuerzas de seguridad pudieran levantarlos y desaparecer cualquier evidencia.
Estas oleadas de protestas ya hace más de un año se extienden por Cachemira, en el pasado junio los muertos llegaron al centenar. Por lo que el gobierno central mantiene un estricto bloqueo de las comunicaciones telefónicas y el acceso a las redes.
Estas restricciones, a las que se sumaron el aencarecimiento de productos básicos y las tensiones electorales, hicieron que miles de personas salieran a las calles exigiendo además la reforma electoral en la región. Se modifica la situación excepcional que provoca la disputa con India, está fuertemente militarizada.
Como es habitual en contextos similares, en uno y otro lado de la frontera las autoridades, en este caso de Pakistán, denunciaron que las protestas en su Cachemira estaban siendo financiadas y alentadas por agentes indios.
Cachemires ciudadanos de segunda, como casi todos
Los orígenes de la actual ola de disturbios se remontan a mayo de 2023, cuando un grupo de manifestantes en la ciudad de Rawalakot, del distrito de Poonch en la Azad Cachemira, inició una sentada exigiendo que la Administración redujera el costo de la energía y se subvencionara la harina de trigo, cuyo valor se disparó a consecuencia de la inestabilidad económica heredada de la crisis política generada por el vacío de poder que dejó la destitución de Imran Khan.
Frente a la falta de respuesta, muchos dejaron de pagar sus facturas de electricidad, al tiempo que, como gesto simbólico en cada marcha, en cada acto político, aquellas facturas eran quemadas.
A partir de entonces, toda la Cachemira pakistaní se instituyó en estado deliberativo permanente, lo que la represión abierta y las acciones secretas contra los principales dirigentes y militantes del común, como desaparición forzosa, tortura y muerte en algunos casos, no han podido desarmar.
El envío de más efectivos de las fuerzas de seguridad tampoco ha conseguido menguar las movilizaciones. Por lo que la represión con balas de plomo y gases lacrimógenos se ha convertido en un episodio cotidiano.
Mientras, la presencia cada vez más evidente de insurgencia armada, que es utilizada y financiada por la inteligencia pakistaní para que opere en la Cachemira india, desde hace décadas es otro factor de inestabilidad y confusión a ambos lados de la Línea de Control, por las que la fuerza de seguridad, tanto india como pakistaní, tiene carta libre para operar contra civiles sin ningún temor a las consecuencias.
Por la violación constante de sus derechos, entre los cachemires del sector pakistaní ha comenzado a crecer un sentimiento, por lo menos, de una autonomía verdadera. En 2018 se le había otorgado lo que es solo figurado, un sentimiento muy similar al de las minorías baluchis, sindhis o pashtuns, a los que Islamabad, a la hora de repartir beneficios, ignora en provecho de los punjabis, la etnia más numerosa y poderosa del país, con cerca del 50 por ciento de la población, lo que significa unos 120 millones, y a la que pertenecen los altos cuadros de militares, jueces, funcionarios gubernamentales y llega a los altos cargos de la política, ministros, legisladores y casi siempre los primeros ministros (11 de 19).
Es cierto que la Línea de Control, y en verdad toda la frontera sur de Pakistán, más que una línea divisoria es una verdadera trinchera de casi 3.500 kilómetros, dispuesta a encenderse por cualquier detalle que hace que Pakistán no tenga lugar en el mapa de maniobras.
Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


