A pesar de que han pasado 81 años del lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón, los dirigentes de las principales potencias nucleares continúan avanzando de forma imprudente hacia un holocausto nuclear.
Las nueve potencias nucleares (Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña, Francia, Israel, India, Pakistán y Corea del Norte), que poseen unas 12.100 cabezas nucleares, están todas ellas enfrascadas en modernizar y aumentar sus arsenales nucleares a toda velocidad. El gasto en armas nucleares llegó a un máximo histórico de 119.000 millones de dólares en 2025, lo que supone un aumento del 19% respecto al año anterior. Solo el gobierno de Estados Unidos, a quien corresponde más de la mitad de este gasto, se ha embarcado en reforzar, a lo largo de varias décadas, su arsenal nuclear a un coste de 1,7 billones de dólares.
Como ha observado la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (International Campaign to Abolish Nuclear Weapons, ICAN), «este gasto abrumador en armas nucleares demuestra una voluntad de investigar, desarrollar, financiar y crear herramientas para exterminar a la humanidad».
Por otra parte, han fracasado los acuerdos internacionales entre potencias nucleares sobre control y desarme de armas nucleares. Rusia y Estados Unidos poseen el 86 % de las armas nucleares del mundo y a pesar de haber firmado en el pasado muchos tratados para limitar o reducir las dimensiones de sus arsenales nucleares, el último de estos tratados, New START, expiró el pasado mes de febrero.
La acelerada carrera armamentística nuclear va acompañada de reiteradas amenazas de guerra nuclear. Los altos cargos rusos son particularmente tristemente célebres a este respecto. Según The Voice of America, desde principios de 2022 a finales de 2024 los altos cargos rusos hicieron públicas 135 amenazas nucleares, 27 de ellas formuladas por Vladimir Putin. Pero el Estados Unidos de Donald Trump también ha amenazado reiterada y públicamente a otros países con la destrucción nuclear, lo mismo que la Corea del Norte de Kim Jong Un.
Para poner de relieve esta situación que cada vez es peor, a principios de este año [2026] los directores del Bulletin of the Atomic Scientists [Boletín de Científicos Atómicos] adelantaron las manecillas de su famoso «Doomsday Clock» [Reloj del Juicio Final] a la posición de 85 segundos antes de medianoche, la posición más peligrosa de toda su historia.
Por supuesto, ha habido muchas otras advertencias de que las armas nucleares presagian un desastre global, incluidas muchas inmediatamente después de la impresionante aniquilación de Hiroshima y Nagasaki. «Pocas veces, si es que ha ocurrido alguna vez, una guerra ha acabado dejando a los vencedores […] con la certeza de que […] no está asegurada la supervivencia», señaló el comentarista de la radio de CBS Edward R. Murrow. El Chicago Tribune advirtió que una futura guerra atómica el dejaría al mundo «convertido en una extensión yerma, en la que las personas supervivientes […] se ocultarán en cuevas». En Francia el líder de la resistencia Albert Camus declaró que el mundo moderno «ha llegado al último grado de barbarie» en el que las naciones se enfrentaban a la posibilidad de un «suicidio colectivo».
A medida que el temor nuclear se extendía por el mundo, muchas personas trataron de evitar la catástrofe. Algunos apelaron a reforzar drásticamente la gobernanza mundial para impedir que estallara una guerra nuclear, mientras que otras defendieron con ese mismo objetivo el desarme nuclear. Albert Einstein, que hablaba en nombre del recién creado Comité de Emergencia de Científicos Atómicos, encarnó este levantamiento popular al afirmar que «una nueva forma de pensar es esencial para la supervivencia de la humanidad».
El movimiento antinuclear fue disminuyendo y creciendo a lo largo de las décadas siguientes, pero en momentos de movilizaciones masivas tuvo una incidencia importante en las políticas armamentísticas. Naturalmente, los dirigentes de muchas naciones se sintieron atraídos por las armas nucleares, especialmente tras miles de años de historia de la humanidad en la que a menudo parecía que la seguridad nacional radicaba en la fortaleza militar. Con todo, como indicaron las encuestas de opinión y las manifestaciones masivas, la movilización antinuclear provocó en gran parte de la opinión pública el rechazo de las armas nucleares y de la guerra nuclear. Por consiguiente, la mayoría de los gobiernos decidieron no crear armas nucleares e incluso no desplegarlas en su territorio.
Incluso los pocos gobiernos que fabricaban armas nucleares fueron incapaces de oponerse al acuerdo sobre el control de las armas nucleares y a las medidas desarme, debido a la fuerte presión del activismo antinuclear y de la opinión pública. Dwight Eisenhower, John F. Kennedy, Nikita Khrushchev, Ronald Reagan y George H.W. Bush no eran «palomas» nucleares cuando asumieron el cargo, pero en respuesta a la presión popular tomaron importantes medidas para frenar los peligros nucleares. Algunos altos cargos del gobierno, como Mijail Gorbachov, incluso se convirtieron en fervientes partidarios de la causa antinuclear.
Sin embargo, a medida que el siglo XX llegaba a su fin se empezaron a debilitar los avances para reducir la amenaza nuclear. Las protestas populares disminuyeron y se redujeron las organizaciones que luchaban por el desarme nuclear. En cambio, se fortalecieron las fuerzas conservadoras y militaristas, y lograron impedir que el Senado estadounidense ratificara el Tratado de Prohibición Completa de las Pruebas Nucleares, exigieron que se fabricaran nuevas armas nucleares y frustraron la iniciativa de Barack Obama de crear un mundo sin armas nucleares.
Aunque las organizaciones a favor del desarme nuclear estaban a la defensiva a principios del siglo XXI, todavía tenían fuerza suficiente para lograr una importante victoria. Se unieron en la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares y trabajaron estrechamente con altos cargos de naciones pequeñas y no nucleares para organizar una serie de conferencias de la ONU sobre cuestiones nucleares. Así, en la conferencia de 2017 los delegados nacionales aprobaron por 122 votos contra 1 adoptar el Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares de la ONU (TPNW, por sus siglas en inglés), que prohibía las armas nucleares. Por el momento cien países, la mayoría de los países del mundo, han firmado este tratado, que entró en vigor en enero de 2021.
Aun así, la situación sigue siendo muy grave. Actualmente la mayoría de los dirigentes de las potencias nucleares son nacionalistas, militaristas y autoritarios, y no tienen el menor interés en el desarme nuclear, sino que se afanan en preparar a sus países para una catastrófica guerra nuclear. No es de extrañar que ninguno de ellos tenga interés en firmar o siquiera cumplir el Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares. Aunque el movimiento antinuclear continúa oponiéndose a las prioridades de estas potencias, sigue siendo débil e incapaz de detener el avance hacia la catástrofe nuclear.
De modo que, a menos que surjan nuevos dirigentes menos belicistas o renazca el movimiento antinuclear, o ambas cosas a la vez, parece probable que haya una guerra nuclear.
Hay que admitir que es posible que, cuando se produzca una catastrófica guerra nuclear, convenza finalmente hasta a altos más lentos en comprender cargos gubernamentales de que la era nuclear exige una nueva forma de pensar las relaciones internacionales. Por desgracia, ese reconocimiento llegará demasiado tarde para que sirva de algo, ya que una guerra así acabará con la mayor parte de la vida en la tierra.
Lawrence S. Wittner es profesor emérito de Historia en SUNY/Albany y autor de Confronting the Bomb (Stanford University Press). Véase su blog.
Texto original: https://countercurrents.org/2026/08/the-rulers-of-the-nuclear-powers-are-slow-learners/
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