Recomiendo:
3

¿Birmania hacia la balcanización?

Fuentes: Rebelión [Imagen: el líder de la junta militar de Birmania, general Min Aung Hlaing]

A poco más de tres años de que los militares birmanos volvieran a tomar el gobierno de su país, ya que en verdad el poder nunca lo habían abandonado, se enfrentan a operaciones armadas en prácticamente todos los estados y las regiones en que se divide el país. (Ver: Birmania, un incendio al sur de China.)

Unas 50 formaciones armadas que responden a los principales grupos étnicos, de un total de 240 etnias que componen el espectro birmano, desde octubre del año pasado formaron un poderoso bloque insurgente y abandonaron el alto el fuego informal que mantenían desde hacía años con el Gobierno central lanzando una operación coordinada en el norte del estado de Shan.

El Tatmadaw, en birmano “Fuerzas Armadas Reales” –nombre queproviene de los tiempos de la monarquía-, ha sufrido una serie de importantes derrotas que por primera vez en la historia moderna del país hacen temblequear su poder omnímodo y fundamentalmente el de su actual jefe, el general Min Aung Hlaing.

Desde entonces la junta ha ido perdiendo territorios claves a lo largo de las fronteras con Bangladesh, China e India. Y según diferentes analistas, parece poco probable que los recuperen en un breve plazo.

También se prevé la caída de la ciudad de Myawaddy en el oriental estado de Karen, uno de los más importantes cruces fronterizos con los que cuenta el país por su flujo comercial con el reino de Tailandia. En esa área, tras duros combates con la Unión Nacional de Karen, numerosos efectivos del Gobierno se rindieron en los últimos días, según ha informado el vocero de las Organizaciones Armadas Étnicas (OAE), un conglomerado de grupos insurgentes que se ha formado tras el golpe del primero de febrero de 2021. Estos grupos, ahora asociado bajo el paraguas de la OAE, luchan desde hace décadas contra el poder central por diferentes niveles de autonomía e independencia.

Sobre la junta militar también pesan acusaciones de repetidos bombardeos y ataques aéreos contra población civil, además de ejecuciones en masa en diferentes regiones del país y también en las que sigue manteniendo, como las del centro del país, incluidas las grandes ciudades como Yangon, Mandalay y Naypyidaw, esta última la capital de la nación, mientras en los estados fronterizos de Chin, Rakhine, Shan, Karenni y Karen, los avances de las diferentes guerrillas como la Fuerza de Defensa Nacional Chin o el Ejército de Arakan, son cada vez más exitosos. (Ver: Birmania: Las guerras étnicas diezman al poder militar.)

Debido a que el ejército federal se vio obligado a desplegar múltiples frentes, sin lograr contener los ataques y los avances, en diversas regiones, el Gobierno se ha visto obligado a reinstalar la ley de incorporación forzosa o conscripción, tanto para hombres como mujeres -a medida-, lo que a la vez está generado más inestabilidad política y protestas sociales que agregan mayor presión al Gobierno del general Hlaing.

Las derrotas y rendiciones, que se han acelerado desde principios de año y en estas últimas semanas se han multiplicado, más allá del efecto político, incluso al interior de la junta, y el golpe anímico en las tropas, tiene una consecuencia práctica, muchos de los equipos militares y armamento abandonado -incluso vehículos blindados y algunos obuses- es rápidamente incorporado a las filas insurgentes, por lo que el Estado birmano está pasando a convertirse en el mayor proveedor de armas de sus enemigos. En las fronteras con India, Bangladesh, China y Tailandia, se repiten las escenas donde se ven desertores totalmente desarmados buscando refugio en los países vecinos.

Políticamente el Gobierno no está mucho mejor desde el derrocamiento del primer Gobierno democrático de la historia birmana, al que de manera solapada dirigía la legendaria Aung San Suu Kyi (Premio Nobel de la Paz 1991) hoy condenada por corrupción a 27 años de prisión, con la oleada de protestas civiles que ha sacudido la vida de los 54 millones de birmanos, que fueron reprimidas con extrema violencia y han dejado muertos, desaparecidos y miles de detenidos, lo que también provocó que muchos civiles tomaran las armas y se unieran a las diferentes fuerzas que luchan contra el Gobierno.

Si bien la señora Suu Kyi, de una larga carrera política que la llevó a prisión domiciliaria, entre 1989 y 2010, manteniendo a pesar de las acusaciones de corrupción altos índices de popularidad, alguna vez tendrá que dar cuenta de su injerencia en el genocidio del pueblo rohingya, la minoría musulmana perseguida históricamente en Birmania, país de una enorme mayoría budista.

De los casi dos millones de rohingyas que vivían en el estado de Rakhine hasta el 2017,- año en que comenzó el exterminio- solo quedan algunos miles. El resto, los que no han sido asesinados por los constantes pogromos a cargo de fuerzas militares, policiales y bandas de fundamentalistas budistas tolerados por la señora Suu Kyi, han debido abandonarlo todo para escapar principalmente a Bangladesh, donde más de un millón de personas se hacinan en los campos de refugiados de Cox’s Bazar, este de Dacca o directamente deciden lanzarse al mar en embarcaciones en largas y erráticas derrotas que en muchos casos terminan en naufragios.

La mirada de los vecinos

La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), con una importante injerencia de los Estados Unidos y extremas políticas antichinas, ha monitoreado la crisis birmana intentando incluso mediar sin ningún éxito.

Aunque en vista a la debilidad que están mostrando la junta militar volvería a intentarlo para el inicio de conversaciones con el Gobierno de Unidad Nacional, una alianza de distintos partidos y organizaciones sociales que se han opuesto al golpe desde el primer día y en gran parte han sido los responsables de todas las acciones políticas contra la junta. Aunque su principal premisa es que los militares estén dispuestos a abandonar el control.

En este contexto es donde juega fuerte China, que ha mantenido históricamente una importante influencia, por momentos muy compleja, en lo económico, político y militar con sus vecinos del sur.

Beijing nunca aprobó el golpe, ya que había establecido fluidas relaciones con el Gobierno de la señora Suu Kyi, con sustanciales inversiones en diferentes áreas, incluso la construcción de un puerto y una línea férrea, para comunicar a China con el Golfo de Bengala, además de un oleoducto. Además, el Gobierno de Xi Jinping se encuentra muy irritado por la pasibilidad de los militares birmanos para combatir la proliferación de centros de estafas en línea dirigidos a ciudadanos chinos. Al punto de que algunas fuentes insisten en que China habría aprobado la embestida de los grupos étnicos armados ahora unidos en la OAE cuando lanzaron la ofensiva contra el ejército en el estado de Shan.

Mientras, India ha puesto fin al Régimen de Libre Circulación (FMR), un acuerdo con Birmania que permitía a ciudadanos de los dos países, con vínculos étnicos a ambos lados de la frontera de los cuatro estados del noreste indio -Arunachal Pradesh, Nagaland, Manipur y Mizoram, que comparte frontera con Birmania- penetrar hasta 16 kilómetros en ambos territorios sin necesidad de visa.

Nueva Delhi, además, dispuso vallar los 1.643 kilómetros de frontera entre los dos países, en particular los 510 kilómetros con el Estado Chin, donde las operaciones entre el Tatmadaw y la Fuerza de Defensa Nacional Chin, han sido particularmente duras, obligando a mucha población civil de la etnia chin a desplazarse a India, donde los esperan sus hermanos étnicos, los mizos del estado de Mizoram, mientras la balcanización de Birmania parece avanzar tan veloz como la guerra.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.