Aunque hayamos olvidado la guerra civil que incendia Birmania desde el primero de febrero del 2021, eclipsada por conflictos de mayor relevancia internacional, como la que la OTAN ha declarado a Rusia en Ucrania o la que Estados Unidos e Israel llevan a cabo en Medio Oriente para exterminar la resistencia en Palestina, Irán y Líbano, las operaciones del Tatmadaw, el ejército birmano, continúan contra el poderoso abanico de milicias regionales que, con diferentes sesgos ideológicos y propósitos, combaten en algunos casos al Gobierno central desde hace décadas.
El conflicto, en el que se estima que ya han muerto cerca de 100.000 personas, aunque es difícil de verificar ese número por las condiciones geográficas donde se libra -espesas junglas y terrenos quebrados- parece haberse encajonado en un punto donde todos han cruzado la línea de no retorno, aunque tampoco parece que nadie esté en condiciones de avanzar mucho más, ya que ninguna de las partes cuenta con la potencia suficiente para alcanzar una victoria, por lo que deben conformarse con avances y retrocesos insustanciales.
Por lo que, a cinco años del golpe de Estado que derrocó al gobierno de Aung San Suu Kyi, todos los jugadores continúan enredados dentro del propio juego de alianza de milicias antigubernamentales en las que cohabitan rivalidades étnicas, religiosas, ideológicas y territoriales, abarcando también diferentes intereses geopolíticos, en contraposición a un modelo de integración territorial, heredado de la larga presencia colonial británica (1824-1947) que, si alguna vez funcionó, también hace décadas que se ha agotado, ya que jamás fue una nación homogénea, sino que unificó a la fuerza decenas de pueblos, religiones y lenguas. En el país han debido coexistir la mayoría étnica bamár con karen, kachin, chin, shan, mon, kayah, rakáin y muchas más que hoy cada una de ellas, con mayor o menor poder de fuego, cuenta con milicias armadas.
Lo que comenzó como un levantamiento contra los militares ha pasado a ser una profunda crisis del Estado birmano, que amenaza con una posibilidad concreta de balcanización.
La junta militar encabezada por el general Min Aung Hlaing se ha convertido casi en una fuerza de ocupación no solo dentro de la ciudad de Naypyidaw, una verdadera ciudad fantasma con una población que no llega al millón de habitantes, construida a imagen y semejanza del Tatmadaw, desproporcionada en su tamaño. La que fue declarada capital en 2005 por la junta militar de entonces, porque en Birmania, no importa cuándo, desde su independencia siempre hubo una junta militar que dispuso su arbitrio absolutamente de todo.
Mientras, hacia el interior del país los militares controlan las grandes ciudades gracias a que conservan la superioridad aérea. Más allá de esos centros urbanos, la realidad es diferente a la que pretenden mostrar a la opinión pública local e internacional.
Principalmente en las áreas fronterizas, la presencia estatal se ha ido diluyendo y los grupos armados han pasado a controlar no solo el territorio en el que operan, sino además la administración de justicia, el cobro de impuestos y el control del comercio, entre otros atributos gubernamentales.
En 2021 los militares repitieron el error que vienen reiterando desde 1962, cuando realizaron el primer golpe de Estado. Desde entonces se convirtieron en un estado paralelo dentro del Estado, desde donde dictan más allá de cualquier constitución las normas con que se han manejado siempre los más de cincuenta millones de birmanos. Aunque esta última experiencia provocó lo inesperado, que miles de ciudadanos, no importa la edad ni su condición, pasasen a incorporarse a las milicias preexistentes al último golpe, o se conformasen en una nueva organización armada, Fuerzas de Defensa Popular, que orbitase bajo el control del gobierno civil en el exilio autodenominado Gobierno de Unidad Nacional.
Bajo la denominación de Operación 1027, distintas organizaciones insurgentes iniciaron una ofensiva simultánea en el norte del país, consiguiendo tomar bases militares, pasos fronterizos y ciudades estratégicas. Más allá de esto, la junta militar consiguió sobrevivir y pasar a una ofensiva en que no se escatiman los abusos de los derechos humanos de la comunidad civil.
Una nueva fase para la misma guerra
A base de bombardeos aéreos, ataques con drones, la utilización de artillería pesada contra poblaciones civiles, el Tatmadaw ha conseguido desgastar posiciones de los insurgentes, en un intento de recuperar el control territorial en áreas que desde hace largos meses había perdido, para evitar que la insurgencia no solo se consolide militarmente, sino que también lo haga políticamente, estableciendo administraciones permanentes, por las que puedan reclamar en tribunales internacionales.
China, que no solo por proximidad comparte con Birmania una frontera de más de dos mil kilómetros, sino por las importantes inversiones en infraestructura (oleoductos, gasoductos, corredores comerciales, rutas y trenes vinculados a la Iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda) cercanos a los 20.000 millones de dólares, es el principal jugador externo en el país. Esta guerra complica sus planes; más allá de que han conseguido establecer cierto equilibrio pactado no solo con la junta militar, sino también con algunas milicias que controlan territorios que le interesan preservar a Beijing su presencia.
Por lo que lo fundamental para el gobierno de Xi Jinping es evitar el colapso total del Estado que pueda desestabilizar la frontera y amenazar sus inversiones.
En este contexto también India enfrenta una disyuntiva parecida, ya que los estados del nordeste indio a lo largo de la historia han mantenido fuertes vínculos comerciales basados en que ciertas comunidades se han establecido en esas áreas mucho antes de que las actuales fronteras fueran trazadas y terminen separándolas. Por lo que Nueva Delhi ha decidido mantenerse atenta a esos casi 1.700 kilómetros que separan de su vecino. Tailandia, en menor medida, también es un país afectado por la guerra, ya que desde el comienzo ha sido incesante la llegada de refugiados provenientes de los estados que se ubican al otro lado de su frontera (Shan, Karen, Mony y la región de Taninthary), lo que redondea una frontera de 2.500 kilómetros.
Aunque la frontera más conflictiva, a pesar de ser la menos extensa, es desde antes de la guerra la que tiene con Bangladesh por el arribo de cerca de un millón y medio de Rohingyas, la minoría musulmana que desde 2017 los sucesivos gobiernos birmanos han intentado borrar de su geografía a como dé lugar y de lo que han estado muy cerca.
Al otro lado de la frontera, en el estado bangladesí de Cox Bazar, en una serie de campamentos para refugiados han logrado asentarse a un millón y medio de rohingyas que se mantienen en las peores condiciones y cuyo destino, desde los primeros arribos, anteriores incluso al 2017, sigue siendo incierto. En aquellos campamentos, que no dejan de ser inmensos slums donde ha comenzado a filtrarse la guerra birmana, donde cada vez son más frecuentes pequeñas batallas “urbanas” entre los diferentes grupos de desplazados, también manejados por cárteles de la droga.
Para impedir más arribos, ya no solo de rohingyas, sino también de otras etnias birmanas que simplemente escapan de la guerra que en el Estado de Rakhine ha sido particularmente dura, por lo que Dacca ha comenzado a levantar una alambrada de púas a lo largo de la frontera con Birmania, 270 kilómetros que en su mayoría dibuja el trazado del río Naf. A las alambradas se les agregan nuevos puestos fronterizos.
La Guardia Fronteriza de Bangladesh también aplicaba políticas de “tolerancia cero” al tráfico de metanfetamina y de Phensidy, licores, marihuana, heroína, cocaína, LSD y diferentes productos farmacéuticos ilegales. Allí el año pasado se incautaron un promedio de sesenta mil dosis al día.
En mucho, este tráfico ha ayudado a financiar la guerra de la milicia del Estado de Rakhine. El Ejército Arakán, la milicia étnica budista, ha conseguido desplazar al Tatmadaw del control de gran parte de la frontera, en una guerra donde, más allá de los eclipses, sigue sucediendo.
Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC
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