En el debate entre quienes consideran que las fronteras deberían estar abiertas porque todas las personas tenemos los mismos derechos naturales y quienes consideran que los flujos migratorios deben restringirse porque perjudican económica, política y socialmente, se soslaya un aspecto fundamental de la cuestión, más incómodo y rara vez explicitado: el papel que la migración juega en la dinámica capitalista como mano de obra barata.