La desigualdad tiene un efecto profundamente negativo sobre la salud y el bienestar, escriben Richard Wilkinson y Kate Pickett. No porque mate de forma repentina, sino porque va transformando poco a poco la forma en que las personas viven, se relacionan, afrontan los problemas y envejecen. En lugar de comportarse como una toxina que provoca un repentino aumento de la mortalidad tras un periodo de incubación fijo, la desigualdad se asemeja más a una niebla que se va infiltrando gradualmente en los cuerpos, las relaciones y las instituciones con el paso del tiempo.