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Jon Sobrino, el jesuita sancionado por el Vaticano, en visita a Euskal Herria

«Clama al cielo cómo están América Latina y África»

Fuentes: Gara

A Jon Sobrino le preocupa mucho más que su cocinera en la Universidad de El Salvador no confíe en él que la «Notificación» con la que El Vaticano le llamó al orden en marzo pasado por dudar de la divinidad de Dios. Seguro. Estos días está de visita familiar en Euskal Herria y hoy hablará […]

A Jon Sobrino le preocupa mucho más que su cocinera en la Universidad de El Salvador no confíe en él que la «Notificación» con la que El Vaticano le llamó al orden en marzo pasado por dudar de la divinidad de Dios. Seguro. Estos días está de visita familiar en Euskal Herria y hoy hablará en una iglesia bilbaina sobre su mensaje, y el de otros como él, que incide en que «fuera de los pobres no hay salvación». El miércoles, respondió a las preguntas de los periodistas.

«Extra pauperes nulla salus», es el mensaje que pregona y que tantos quebraderos de cabeza le ha granjeado ante la curia vaticana desde hace años, demasiados ya. «Fuera de los pobres no hay salvación», traducido del latín. Sin embargo, preguntado sobre si fuera de El Vaticano hay salvación, Jon Sobrino, como buen orador y lejos de polemizar de puertas afuera de la Iglesia a la que pertenece, prefiere esquivar la cuestión por esos `caminos del Señor tan inescrutables’. Es utópico intentar sacarle un sí o un no; es difícil arrancarle una respuesta escueta, y más el titular que uno trata de provocarle; pero en su oratoria es fácil encontrar comprometidos mensajes que aquí, en la sociedad occidental, se antojan predicados en el desierto.

Jon Sobrino (Barcelona, 1938), está estos días de visita familiar en Euskal Herria y no retornará a El Salvador hasta dentro de un par de semanas. Esta tarde ofrecerá una conferencia que se espera multitudinaria en la capital bilbaina, pero ayer se sentó delante de los micrófonos en una rueda de prensa en la que, sobre todo, dejó patente que ni va «por libre» ni ha perdido un ápice de humildad en su labor.

El martes, Ricardo Blázquez, obispo de Bilbo y presidente de la Conferencia Episcopal Española, aconsejó al jesuita que «repiense lo que le ha dicho la Santa Sede», en referencia a su llamada de atención de marzo pasado «acerca de ciertas proposiciones que no están en conformidad con la doctrina de la Iglesia». Blázquez, que debería predicar con el ejemplo, le dijo que «es mejor caminar humildemente en la unidad y concordia de la fe que ir como un sublime aislado».

Como era inevitable, la primera cuestión que le fue planteada ayer a Sobrino fue la «fraternal petición» del obispo de Bilbo. En respuesta, el aludido dejó claro desde un primer momento que no busca polémicas ni sublimes titulares. «A mí no me gusta que estas cosas terminen en pequeñas batallas sobre quién ganó», puntualizó en referencia a su `pugna’ con la alta jerarquía católica y en respuesta a lo dicho por «el Blázquez» -como se refirió a él-, con el que sólo ha hablado una vez.

No obstante, quiso dejar claro lo siguiente: «Ni me siento sublime ni me siento aislado, y humildemente tenemos que caminar todos, desde el último sacristán hasta el obispo de Roma». Y añadió, en alusión a la «Notificación» vaticana, que «si con decir que voy aislado se quiere decir que sea humilde y no soberbio para escuchar lo que dicen otros, tengo que decir que llevó 31 años recibiendo notificaciones y escuchando lo que otros teólogos, y también jerarcas de la Iglesia, dicen de mí».

Jon Sobrino quiso rendir ayer, como lo hará hoy, su particular homenaje a Ignacio Ellakuria, abatido a tiros por soldados del Ejército en la Universidad de El Salvador, en 1989, junto a siete personas más «cuyos nombres nunca salen en los titulares de prensa». Quiso rescatar, dijo, al «Ellakuria olvidado», el que denunció que «en este mundo hay pueblos crucificados» y que «esos pobres cruficados no esperan sólo que les bajemos de la cruz, sino que son una posibilidad de que los demás seamos más humanos».

«¿Ser humano es ser demócrata?», se preguntó. «Pues no lo creo. Porque ser humano es sentir cercanía con esos 3.000 millones de seres humanos que viven con menos de un dólar al día», respondió. En cambio, recriminó que si bien sigue muriendo mucha gente en el mundo «por causas históricas, sobre todo hay mucha gente que muere lentamente». Y puso como ejemplo los niños y niñas que agonizan de hambre cada día, no pudiendo evitar detenerse en la reciente reunión de los países más ricos del planeta en el G-8. «Gracias a ellos, a partir de ahora morirán unos pocos menos», ironizó. «Se dice que es porque no hay voluntad política, pero lo que hace falta es voluntad humana… y no la hay», se quejó.

Sobrino recuperó para la memoria la cumbre de obispos latinoamericanos que tuvo lugar en Medellín (Colombia) en 1968. El documento consensuado entonces comenzaba con la palabra «justicia», recordó. «Pues hoy, el continente latinoamericano, como el africano, están como cuando se reunieron los obispos en Medellín, están que clama al cielo, por eso es necesario volver allí, a Medellín, y al Jesús de Nazareth del siglo I».

Retomando el discurso de su amigo Ellakuria, compartió ayer con él su idea de que «estamos en una sociedad del capital gravemente enferma» o inmersos en un «egoísmo petrificado», como lo definió. La respuesta, defendió, es «oponer una civilización de la pobreza, que hace del trabajo, y no del capital, el motor de la historia, y una civilización de la solidaridad».

«Humanizar el mundo»

Jon Sobrino no es tan `radical’ en su discurso como Leonardo Boff o Juan José Tamayo, ni su oratoria es tan directamente crítica y sus reproches tan abiertos. No mencionó ni una sóla vez a la alta jerarquía eclesiática ni a la curia vaticana durante su menos de una hora de rueda de prensa. Sin embargo, dado su enfrentamiento teológico, algunos de sus intercalados mensajes bien pudieran interpretarse como severos reproches.

Así, el jesuita bilbaino sentenció que «si no se toma en serio la realidad que está abajo, no vendrá nunca la salvación, porque sólo desde abajo se puede humanizar el mundo». Sin embargo, como él mismo admitió, «hoy, los pobres son los despreciados».

¿Y la Teología de la Liberación? Algunos creen que la llamada al orden vaticana a Sobrino ha redescubierto, al menos en lo mediático y más allá de la Iglesia de los países más empobrecidos, esta teología repudiada por la jerarquía católica. Teólogos alemanes mostraban su apoyo hace un par de meses al propio Jon Sobrino y ahora lo acaban de hacer otros homólogos españoles. Ayer, el jesuita aclaró que «el problema no es `la Teología de la Liberación sí o no’, porque mucho antes de que hubiese Teología de la Liberación, Jesús de Nazaret se lió la manta a la cabeza con las Bienaventuranzas y con Mateo, 25».

Tras advertir de que «el destino de las cosas no depende del destino de las palabras», en alusión al compromiso con los pobres de la última cumbre de obispos en Brasil, matizó que «mucho antes de que existiese la palabra Teología de la Liberación, hubo una palabra en el Éxodo cuando se dice que Dios dijo: `He visto a un pueblo oprimido, he escuchado los clamores que les arrancan sus capataces’; y, entonces, Dios sigue y usa una palabrita: `… y he bajado a liberarlos'».